lunes, 16 de enero de 2017

Mi crítica de "La Tentación del Dr. Antonio", de "Bocaccio 70" (Cine-1962)

Sigo con mi revisión de films del gran Federico Fellini para el curso que espero poder llevar a cabo este año. Esta vez le toca a un mediometraje de 50 minutos, que pertenece al film en conjunto "Bocaccio 70" (los otros episodios serán dirigidos por Mario Monicelli ("Renzo e Luziana" -eliminado en el corte final del film), Lucchino Visconti ("El Trabajo") y Vittorio De Sica ("La rifa")), el film es de 1962 y sólo volvería a intentar otro mediometraje en el '68, "Tobby Dammit" en "Historias Prohibidas", un tributo a Edgar Allan Poe.
Acá Fellini se asoma por primera vez a trabajar con color y le sale muy bien, son especialmente bellos los planos nocturnos en el delirio del Dr. Antonio con Anita. Los intérpretes son Peppino De Filippo y Anita Ekberg, como el castrador censor Dr. Antonio y la chica del anuncio de leche. Su próximo film sería aún en blanco y negro ("8 y 1/2") y recién arribará definitivamente al color en "Giulietta de los Espíritus". Hay dos aspectos del uso del color que alcanzarán más madurez en "Giulietta..." pero que ya están presentes: la utilización expresionista y decorativa del color y el simbolismo de ciertos colores -sobre todo el blanco y el rojo- La apertura del film es un juego polícromo: dos monjas con blancas tocas se separan del centro del encuadre como la cortina de un telón de teatro, dejando ver un grupo de niñas vestidas de amarillo y blanco (el color papal). Por la derecha entran en cuadro una serie de curas vestidos con sotanas de rojo cerezo y desde la izquierda llueven pétalos encarnados. Estas indumentarias reaparecerán en todo su esplendor en el desfile de modelos eclesiásticos en "Roma".
El presente film es una sátira de la moral fascista residual en la época contemporánea, dirigida hacia una de las manifestaciones más hipócritas: la censura. La pone en boca de una criatura ambigua, al mismo tiempo demonio y Cupido que tiene el cuerpo de una niña traviesa. Recuerda la diablita pelirroja de "Tobby Dammit". Personaje juguetón, se introduce en el escenario de su propio relato y llega a tropezarse físicamente con Antonio Mazzuolo. Los ataque de la censura están representados en este signore, que hace la vida imposible a los enamorados que se apretujan en los coches del parque nocturno y se comporta frente al amor como un loco. Sufre la irrisión y la indignación generales, a las que opone los ideales antiguos, pero de una antigüedad fascista, que discrimina en la Roma imperial lo decente y lo indecente, lo virtuoso y lo bajo. En la música resuenan acordes militares o eclesiásticos comentando la acción o su sentido.
La vocecita nos presenta a Mazzuolo mediante un par de fotografías. "En esta se lo ve mejor" dice de una en que se lo ve besando un anillo eclesiástico, porque Mazzuolo es un beato. O las fotos para el documental cinematográfico. Se trata de una película en blanco y negro con la banda de sonido de las voces acelerada, aunque la música de piano que la acompaña se oye a velocidad normal. Cuando va a increpar a una mujer escotada a quien abofetea anuncia la diablita: "y es allí donde comienza nuestra historia".
Los primeros pasos de la historia es la colocación del cartelón de Anita Ekberg incitando al consumo de la leche italiana. Mazzuolo se escandaliza de tal forma que cae en el delirio. Mientras está con los boyscouts repartiendo ridículos premios su discurso es interrumpido por el ruido de unas grúas rojas que entran en campo como monstruos espaciales, como harán las cámaras y las grúas de rodaje en films posteriores. Parecen dedicarse a alguna obra en construcción pero son las que ayudan a la colocación del cartel, señalando la cara oculta del arte como trabajo, otra de las ideas constantes en el cine de Fellini.
Comienza el montaje del anuncio, se trata de la creación por el montaje de una gigantesca imagen de mujer, como lo hace el cine en su operación de fabricar un cuerpo inexistente, objeto de fantasía y deseo, a través de objetos parciales. Fellini utiliza una plataforma metálica como ya vimos en "El jeque blanco" y sobre todo en "8 y 1/2" y la va llenando con los distintos elementos que configuran una imagen y un sonido. Descompone estos elementos para jugar con ellos como con un rompecabezas y mostrar su verdadera esencia lúdica y placentera, como las fotografías de "El Jeque Blanco". Un micro de músicos negros se detiene e interpreta música de films anteriores de Fellini. A esta altura ya participan del jolgorio los scouts y los seminaristas. La música publicitaria comienza a sonar cuando se coloca el último fragmento que contiene la cara y el pecho de Anita. Más tarde serán los "bersaglieri" quienes toquen en su trompeta el leiv motiv de la banda sonora. Mazzuolo trata de tapar el escote como lo hizo antes con la señora del documental, pero no consigue nada. La censura, le dice el jefe de la cuadrilla, perjudica la belleza.
De la tentación del cine para Fellini a la tentación en pantalla grande y a todo color de la época del crecimiento, engrandecimiento e internalización del cine italiano y de la sociedad de consumo que amenazan el mundo tradicional de Mazzuolo. No estamos ante una reflexión sobre la publicidad, -como haría más tarde- sino sobre la imagen cinematográfica. En el cine de Fellini las referencias históricas siempre se expresan en término de imágenes, por lo que la crítica tradicional no las ve y le reprocha injustamente su subjetivismo arbitrario.
Al levantar el anuncio es como si se levantara el telón. El cartel queda frente a las ventanas de Mazzuolo como la pantalla de un autocine, del cine como proyección de los deseos y su reverso, el temor generado por la propia represión.
El calvario de Mazzuolo está narrado sin contemplaciones. Visita espacios eclesiásticos fríos y funcionales, no de la iglesia barroca donde está el desnudo de los ángeles y la exuberancia de las madonnas, sino la escuálida iglesia fascista burocrática, blanca, estéril.
La escena con el censor que se toca continuamente la nariz y las orejas y se tira gases mientras diserta sobre las distintas clases de "instituciones", la visita del arzobispo y la inspección de los secretarios que acuden al descampado en un Mercedes, dan la pista hasta qué punto Mazzuolo ha perdido la cabeza, ni los suyos le hacen caso. Fellini muestra con gran economía y mucha gracia, que el escándalo está en el censor y no en el anuncio.
La tentación comienza por indicios: la visión de Mazzuolo en el espejo del baño del brazo enguantado sosteniendo un vaso de leche o los cambios que ve en el cartel. Pero el peligro no está aquí, en que el protagonista, como le pasa a Wanda de "El Jeque...", atraviese el espejo y se meta en el mundo de fantasía, por el contrario, es la imagen obscena de la gigante que invade el espacio "real" la que se instala en Roma y más tarde cobra vida y sale de su cuadro en medio de un irónico fragor gótico de tormenta, relámpagos, rayos y truenos. La gigante se anuncia con un sonido turbador: el repentino silbido de redes de su traje de noche y sus velos. Es una Venus y una niña, como la "Sylvia" de "La Dolce Vita", maternal y al mismo tiempo inocente, juguetona. Trata a Mazzuolo como un bebé y él, sofocado por el perfume de sus senos, pierde ante ellos su diminuto paraguas.
Su voz dulce y acatarrada tiene resonancias huecas cuando es una gigante. Cuando se vuelve una mujer normal la voz también desciende de volumen. Él, loco de amor, se propone seducirla, guardarla para sí en una relación fraternal. Ella amenaza con desnudarse.  Del streep-tease final de "La Dolce Vita" se pasa al delirio, se maquilla con su polvera-relicario. Cuando cae el vestido y los velos se pone frenético y nos impide ver la maravilla a nosotros, -no miren, salgan del cine- tapando el ojo de la cámara con su saco y sus pantalones, con lo que irónicamente resulta ser él quien queda en paños menores.
Finalmente, Anita se desnuda, y Mazzuolo, con armadura, le clava una lanza en su pecho (del cartel), que muere y cierra sus ojos sin soltar el vaso de leche. Mazzuolo ve venir, entre lúgubres campanadas, un cortejo de familiares y amigos con un ataúd gigante. Al día siguiente, con una polea, cuyo chirrido animalesco expresa la locura de Mazzuolo, lo bajan del cartel. Esta escena es semejante a la bajada del tío de Tita del árbol en "Amarcord". Luego lo encierran en la ambulancia en donde ríe la niña-diablo, triunfante, sacando la lengua, pero no de manera impúdica de otros personajes de Fellini sino con gesto infantil.
En resumen, que asistimos al mediometraje más inspirado de toda la película, una fiesta de color, música y humor. Otra vez lo hizo, Fellini.
Y gracias por leerme hasta acá, nuevamente.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 14 de enero de 2017

Mi crítica de "Incidente en Vichy" (Teatro-Broadway)


Teatrix. La guerra. El horror. La vergüenza de ser judío. El miedo. La paranoia. Los trenes. Los hornos. El coraje. La solidaridad. La incomprensión. La extrañeza. Lo nuevo. El exterminio. Todo esto y mucho más aparece en esta obra de Arthur Miller producida en Broadway en 1998 y dirigida sabiamente por Michael Wilson. Gracias a Teatrix tenemos la fortuna de poder asistir a ella en su versión completa de una hora y media. Está hablada en inglés y subtitulada, con lo que no perdemos la cadencia del idioma para la cual fue escrita. La carrera de Arthur Miller como dramaturgo ha sido muy extensa y plagada de obras señeras ("Todos eran mis hijos", "Panorama desde el puente", "La muerte de un viajante", "Cristales rotos", "El descenso del Monte Morgan", "El Precio", etc), éstas entre las más difundidas. De alguna u otra manera siempre tocó el tema del judaísmo, el cuál, como representante de esa religión, lo movilizaba mucho, acá preocupado por los albores del nazismo y los primeros reportes de judíos y de gitanos a los campos de concentración con sus hornos crematorios. Es un teatro de texto, para escuchar atentamente y no dejar pasar frase ya que todas son imprescindibles y jugosas; es un teatro que no se ha escrito para la diversión ni dispersión del espectador, sino para un profundo compromiso con la temática que trata y el momento social que se vivía en Francia -como en tantos otros países- en aquel momento. No quiero decir con esto que sea un teatro aburrido ni solemne, sino una verdadera joya de la dramaturgia y la interpretación para los que amamos el teatro.
Sin música incidental, nos situamos en una descascarada comisaría de la ciudad de Vichy (Francia) en donde han sido reclutadas sin convocatoria alrededor de diez personas. Digo sin convocatoria porque han sido detenidos en la calle, por su aspecto o para "medir su nariz", como proclama uno de los personajes. Hay de todo: un influyente industrial, un pintor surrealista, un psiquiatra, un actor, un joven de 14 años, un reparador de trenes socialista, un judío ortodoxo, un príncipe austríaco, un gitano, un mozo y alguno más. Como los  "diez indiecitos" de Ágatha Christie irán desapareciendo uno a uno tras la siniestra puerta que da a la oficina del "profesor". El título en cuestión corresponde a un profesor en antropología racial nazi que es quien lleva a cabo los interrogatorios y que pertenece a la terrible SS. Al principio impera el desconcierto entre los "candidatos". No saben en dónde están ni para qué los han llevado ahí. Poco a poco, al ver a los oficiales (algunos de ellos franceses) reparan en que han caído en una comisaría. Y poco a poco, también, descartando datos como saber si los han llevado para ver si sus papeles están en regla, van infiriendo que hay un común denominador entre todos ellos: todos  son judíos, con excepción de dos (el industrial y el príncipe). A ellos dos se les otorga el pasaporte para salir en libertad. Se rumorea entre los presentes, que han escuchado que llevan trenes cargados de judíos hacia lugares de trabajo. Otro aporta algo nuevo: se han instalado hornos crematorios para la desaparición de los mismos. El terror empieza a imperar entre los que esperan su sentencia de muerte. Y está la más cruel de las verdades, los harán bajarse los pantalones para comprobar si están circuncidados, prueba irrefutable de su judaísmo. Nadie quiere entrar a ese cuarto del que ya no se vuelve. Hay quienes plantean salir por la puerta desbaratando al guardia, aunque saben que eso es imposible. Y hay quienes otorgan su última voluntad a los presuntos liberados (el príncipe Kessler es ario, y primo del Barón Kessler, austríaco y miembro de la SS), el príncipe ha emigrado a Francia tras ver  asesinar a uno de sus músicos por el sólo hecho de ser judío. Hay un guardia francés arrepentido que se enfrenta con el psiquiatra (quien parece comandar la "resistencia"), éste le increpa que por qué no se suicida antes que obedecer órdenes criminales, y el otro le pregunta qué cambiaría eso, si no sería inmediatamente reemplazado por otro y le inquiere al psiquiatra si él acaso no saldría contento si le dan el permiso de liberación aunque a todos los demás los envíen a morir, a lo que este responde que sí. Es un texto que habla sobre las culpas y las responsabilidades frente al horror de la muerte y la tortura. Es un texto del cual no se sale ya que nos presenta la degradación del ser humano ante los más horrendos crímenes. Es un texto el cuál me gustaría tener en mano para leer y releer, tal la riqueza de su provocación. Es un texto que nos hace asomar al abismo de la manera más sutil y desgarradora. En ese momento, el hecho de ser judío pasa a convertirse en objeto de temor y en pasaporte seguro para los campos.
En el último momento asistimos a un gesto de solidaridad tan grande que nos hace volver a tomar confianza en el ser humano, y mientras toda la policía corre tras el hombre que se ha escapado, vemos de fondo, correr a esos trenes, símbolo del destino para la muerte. Las actuaciones son todas sublimes, destacándose, por su preponderancia y compromiso, la del psiquiatra, la del pintor y la del Príncipe Kessler, sin empañar para nada todas las demás soberbias interpretaciones. La dirección aporta brío, compromiso y emoción a tan sublime texto. Es bueno, que, una vez más se nos recuerden los horrores del nazismo dentro de una obra de teatro, para no dejar cauterizar a esa herida que todavía sigue abierta, y que nos hace temer actualmente por el destino del mundo ya que en Europa están ganando elecciones democráticas grupos neonazis en varios de sus países. Algo preocupante porque quiere decir que la historia no les ha enseñado nada o porque es tan fuerte ese antisemitismo que no perdona a un pueblo perseguido.
Y gracias por leerme hasta acá nuevamente.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 12 de enero de 2017

Mi crítica de "Taquicardia" (Teatro musical)


"Taquicardia" (que es lo que tengo yo, entre otros males) se llama el espectáculo 2016 de la prolífica Valeria Ambrosio, aquí como autora y directora, y se lo puede ver por Teatrix desde este mes. Está protagonizado por la multifacética Flor Benítez, una estupenda cantante y actriz. Y digo multifacética porque acá demuestra tanto su talento para el canto lírico como para abordar las canciones de corte más popular tanto en italiano, francés o castellano. Aunque la obra no es hablada (sólo cantada) podemos ver en ella un gran potencial como actriz dada su expresividad, su cantidad de matices y su calidad para el abordaje de distintos materiales.
Lo que no queda muy en claro es esta definición de "Kbaret post Kpitalista". Tenemos bien por cierto que todo empieza con la destrucción masiva del planeta por sucesivas bombas atómicas y un berenjenal de cosas post caos en la escena. Pero ¿por qué "post capitalista"? ¿Fue el capitalismo entendido como sistema/gobierno/organización el que tiró las bombas? ¿Son esos objetos ahora inútiles -en otro tiempo útiles- manifestaciones del capitalismo salvaje? Tal como ese celular que suena con la obertura de "La Traviata" y acumula mensajes apocalípticos. ¿Serán los humildes platos? ¿O acaso el zapato de taco que se obstina en no salir de abajo del piano? No quiero pensar que un piano deshecho pueda tomarse como símbolo del capitalismo. Bueno, son preguntas que para mí quedan sin respuesta.
Lo que sabemos es que la Tierra explotó y sólo queda una sobreviviente -esto no se deduce sino que lo explica el resumen-, Flor, quien entre otras preocupaciones de su vida en soledad de aquí en adelante se manifiestan cantando canciones de amor como loca. Se escucha el llanto de un bebé y la vemos a ella incrustada adentro de la caja del piano, aparentemente con vida. Enseguida saldrá de allí y -con un músico en escena- se desata con una ópera barroca en clave (en clave de ópera) que puede confundirla con las óperas mozartianas y sus "recitativos" (la parte hablada de la ópera, acompañada por el clave). Mientras canta con muy buena formación lírico-clásico se las ingenia para sacar el zapato de debajo del piano y completar el par que le falta. Luego revisa su bolso y es el momento en que le suena el celular y expande la bellísima obertura de "La Traviata" verdiana con los mensajes del más allá. Hay en todos sus movimientos (hasta el momento) un velado homenaje a las corridas chaplinescas y al cine mudo todo, quiero creer que de forma voluntaria de la directora. Enseguida se larga con un "musical" en inglés, género por donde oscila el trabajo de la cantante. Luego asistimos a unas proyecciones electroacústicas sobre la escena que ella acompaña con su canto. Sin transiciones se pone a cantar una canción en italiano mientras llora abundantemente (las intenciones hay que adivinarlas ya que son poco claras). Hay que destacar el trabajo coreográfico que realizó Juan José Marco, que acentúan su sensualidad y su trabajo múltiple con los objetos en escena.
En ese momento irrumpe el músico a ordenar fragmentos dispersos de lo que antes fueran objetos, e irrumpe con su reloj, que no sólamente le marcará el paso del tiempo sino que será lo que desatará su "taquicardia" (presumimos). Enseguida Flor arremete con una bellísima versión de "No me quite pas" que se transmutará en canción en inglés mientras se dedica a acomodar objetos adentro del piano para luego cerrar su tapa, a modo de resguardo o de ataúd. Parece que queda cansada de hacer todo esto porque se queda dormida... Cuando despierta va depositando ramos de flores en todos los lugares de destrucción que se encienden cuando ella las besa, mientras canta una balada en italiano. Entonces, quien se había quedado en corpiño y bombachudo, encuentra ropa y se viste con ella, incluídos unos borcegos muy militares que también se coloca (¿la milicia no está asociada al capitalismo que queremos combatir?). Ahora le canta una canción a las "amadas" cucarachas, que según dicen serán los inmundos bichos que sobrevivirán una catástrofe nuclear. Bueno, ella les canta, muy enamorada de ellas...
Luego vuelve a quedarse dormida para despertarse enseguida, eufórica por sus movimientos y actitud, con "La Mañana" de la suite de "Peer Gynt" de Grieg. Cantará enseguida una versión de "Maledetta primavera" (en italiano) con todo el rimmel corrido de tanto hacerse amargura por nada, ¿vio?
Para el final encimará las versiones de "A perfect day", con "Lacrime d'aprile", un aria de ópera, para terminar cantando "Un beso y una flor" de Nino Bravo. Todo se resuelve de esa manera y los aplausos son muchos. Pero ¿y la progresión dramática de la obra? ¿y el "mensaje"? ¿Cuál es el sentido de amontonar canciones muy bonitas además, lógicamente, del lucimiento de la cantante? El que repase el derrotero de acciones y melodías que fui describiendo lo puede tomar como un simple rejunte o como un "homenaje" a Italia, Estados Unidos y Francia en una obra que nos quiere imponer el anti-capitalismo por enema. No se entiende. Perdoname Valeria, pueden haber sido muy encomiables tus intenciones y la cantante la verdad que es un lujo pero no se entiende...
Finalmente, el que quedó con taquicardia después de ver este ensayo, fui yo. Que Flor Benítez, además de sus talentos, es muy hermosa, con esos ojazos celestes pintados de manera hiperrealista y su delgado y esbelto cuerpo de amazona perdida en un planeta desierto, es innnegable, y ¿quién puede descartar el imán de atracción que ella nos ofrece? Pero de ahí a llamar a esto "obra" hay un trecho muy grande. Será que me agarraron en un día mal dormido y mal comido y eso me pone muy nervioso, pero ¡¡¡qué alguien me lo explique por favor...!!!
Me quedo con el rostro y la figura de Flor y su bellísima voz.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

miércoles, 11 de enero de 2017

Mi crítica de "Drácula" (Teatro musical)


Ayer pude ver por Teatrix (que no para de estrenar, nos está malacostumbrando), la sensacional "Drácula" de Pepe Cibrián Campoy-Ángel Mahler. Yo la había visto dos veces en el Luna Park en el momento de su estreno, allá por el '91 (la segunda vez, no la entendí) y puedo ver la diferencia con esta puesta en el 2011 en el Teatro Astral. La primera y más notable es la referente al espacio. Allá donde el Luna Park era amplio y generoso acá resulta mezquino y acotado. Faltan las grandes escalinatas por donde descendían los pequeños vampiritos y en donde se hacía el mar del océano y se resolvían escenas muy impactantes. También el lugar para que se deslizaran las escaleras se extraña, pero no es más que eso. La nueva concepción escénica es muy buena y está muy ingeniosamente resuelta. No recuerdo si se agregaron o se quitaron canciones, pero el esquema original se mantiene fiel a lo editado en aquel CD. memorable del '91. Todas las letras y la musicalización son notables y hacen honor a la dupla Cibrián-Mahler y la verdad es que no tiene nada que envidiarle a "El Fantasma de la Ópera" o "Los Miserables, por mencionar dos exponentes máximos del género. Es un muy buen ejemplo de que, el teatro musical, en la Argentina "aquí también podemos hacerlo". Sólo algunas partes aparecen deslucidas, que son aquellas que podrían haber sido habladas y no cantadas, que no tienen rima y la música hace grandes esfuerzos por acompañarles. 
Vamos a los cantantes. Como Drácula está el multiterreno Juan Rodó (porque aparece en todas las obras de la dupla) y la verdad es que si bien posee un gran caudal de voz y un buen volumen, es muy limitado en su espectro, ya que tiene la misma tonalidad para todo y para todos los roles que interpreta. Es por demás inexpresivo en su canto. Esperamos que con el tiempo madurara... pero no lo hizo. Y si de inexpresión se trata, acá está acompañado por la sobrina de Pepe, Candela Cibrián, en Mina Murray, que ni es muy linda (a pesar de ser rubia, tiene una cara desproporcionada y la nariz no la ayuda...), sí tiene un buen manejo de los agudos y los graves. Como cantante es buena, aunque la parte actoral no colabora mucho. (Yo la había visto con Cecilia Milone como Mina y Paola Krum en Lucy, lo cual son palabras mayores). En el rol de Lucy está la bellísima, gran cantante y gran intérprete Luna Pérez Lening y salvamos la plata. Le toca el papel más difícil (o será que ella, con sus virtudes hace que parezca el más rico) y lo salva con prestancia. Aplausos para Luna. Jonathan Harker, el novio de Mina, está cantado por Leonel Fransezze y lo hace aceptablemente bien. En Nani se destaca Adriana Rolla (Nani siempre fue un papel muy difícil y muy querido por el público) y ella sabe bordarlo de manera admirable. Por último, Van Helsing es Germán Barceló, que hace lo que puede con su juventud para un papel que necesitaba alguien de más edad. Pero se defiende.
Pasemos ahora a la parte estrictamente musical. Son muy bellas y pegadizas las melodías de Mahler y no carecen de cierta poesía las inspiradas letras de Campoy. Si bien en lo que más se destacan ambos en en los ensambles vocales ("Obertura"; "Los Gitanos"; "La Plaza de Whitby"; "La Canción de los Locos") con sus magníficas coreografías y su aceitado mecanismo de concordancias en el baile, las arias (sí, podemos llamarlas así) solistas también son muy bellas y están muy bien interpretadas ("Siento enloquecer"; "Tu esclava seré"; "Saber por fin quién soy"; "Mi dulce Mina"; "Tus sueños dónde han ido"; "Madre tan sólo esta vez") y los dúos son especialmente inspirados ("Soñar hasta enloquecer"; "Dúo Mina-Drácula"; "Tú y yo, quién nos puede separar"). La verdad es que las más de dos horas y media de música y letra es un verdadero empacho melódico. Todas las partituras centrales o medulares del relato son muy hermosas, sólidas y valiosas, algo que no volverá a repetirse muy seguido en la trayectoria de la dupla.
Pepito Cibrián no sólo es un maestro en dirección general, libro y letras, sino también como puestista de luces, es maravilloso el clima que crea con la luminotecnia. Esa luminosidad en "stacatto" durante las escenas de las mordeduras del vampiro, de la posesión de Lucy o de la apertura del ataúd son francamente inigualables. Casi todo el espectáculo está dado con una luz blanca, lo que va muy acorde con el tono de piel del vampiro. Se agradece la luz cálida en "Los Gitanos" o "La Plaza de Whitby".
La historia está narrada muy ágilmente y es bien conocida por todos. La partida de Jonathan Harker, novio de Mina, agente inmobiliario, hacia Transilvania, para venderle unas tierras en Inglaterra al Conde Drácula. Éste es un hombre-lobo (ésto no aparece en la generalidad de las historias de "Drácula") y vampiro, que compra el terreno de una vieja abadía en Whitby. Mientras Drácula viaja hacia Inglaterra Jonathan permanece sin memoria perdido en los Cárpatos. Una vez llegado, vampiriza a Lucy, amiga de Mina próxima a casarse y cree encontrar en Mina a su antiguo amor redivivo. Trata de seducirla y explicarle que es la reencarnación de su antigua esposa, pero Mina se niega a aceptarlo. La ola de vampiros acecha a Whitby y llaman a un viejo profesor y "vampirólogo", Van Helsing, quien se dispone a matar al monstruo. Drácula secuestra a Mina y trata de vampirizarla, pero su amor por ella le hace ver la verdad, de que no es ella la que alguna vez amó y la deja libre. En eso llega Jonathan y vuelve a Mina. Van Helsing y el pueblo entero mata a Drácula con una estaca de madera en el corazón.
Para ese entonces se había estrenado la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola "Brams Stocker's Drácula", con Gary Oldman, Winona Ryder y Anthony Hopkins que produjo un sacudón en el Drácula contado hasta entonces en la pantalla, dándole una visión totalmente extraordinaria y con una narración a la vez clásica y moderna que reinventaba el Drácula hasta el momento conocido.
La puesta de Pepe Cibrián, con esas escalinatas por las que suben y bajan los personajes y que se mueven por todo el espacio escénico, uniéndose a modo de puertas, le imprimieron una vitalidad hasta entonces desconocida al teatro musical. Son muy buenos también los efectos especiales, como la aparición de Drácula en el espejo, la estaca clavada a Lucy o la conversión en vampiro del cadáver de Drácula a último momento "rompiendo el molde" nos deja entrever que estamos ante un musical rejuvenecido y renovado.
Pese a los errores aquí consignados mi puntaje para "Drácula" es un 10 y ampliamente recomendable para todo público. Y no se olviden que oprimiendo el "Ver obra" en mi blog pueden ver el musical completo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (primo del Conde Drácula, un crítico independiente).

martes, 10 de enero de 2017

Mi crítica de "¡Qué lo parió!" (Teatro)


Pude ver por Teatrix esta interesante puesta de un rejunte de los chistes del genial Roberto Fontanarrosa y su también genial personaje. Inodoro Pereyra me parece (junto con Mafalda) lo mejor del humor gráfico de la Argentina y de muchos otros países. Inodoro Pereyra es una historieta de descubrimiento, de puro placer humorístico, de una revelación constante, ya que cada cuadrito es un chiste en sí mismo, y de muy alta calidad. Debió estar muy inspirado el "Negro" Fontanarrosa cada vez que daba letra a su personaje. Al igual que sus cuentos, que son no sólo de gran valor humorístico y literario, sino una fuente de conocimiento y sabiduría en sí mismos.
Esta puesta de "Inodoro Pereyra" está interpretada por Rudy Chernicoff y secundado por buenas apariciones de actores como Roly Serrano (la Eulogia), Rodrigo de la Serna (Don Braulio), Daniel Rabinovich (el indio), Ingrid Pellicori (la perfumista), Claudia Lapacó (Doña Encarnación), Lito Cruz (el payador perseguido), Fabio Posca (el abuelo) y Jairo (el malabarista), donde las palmas se las llevan, por interpretación y libreto, mi adorado Rabinovich y Jairo por su cantar de "Los Hermanos".
Pero hay algo que no funciona en esta adaptación teatral de la tira del rosarino. Así como funcionaban las adaptaciones de los cuentos en "Los cuentos de Fontanarrosa" (Canal 7), con excelentes actuaciones y libretos, que despuntaban la risa o la carcajada franca en cada momento, no sucede lo mismo en el teatro. Será que la transposición de un cómic a otro lenguaje no genera lo mismo, será que a mí en particular me rechaza Rudy Chernicoff, vaya a saber cuál es la causa, pero a mí esta "¡Que lo parió!" no me despierta las mismas carcajadas que leyendo la historieta. Chernicoff no genera, para mí, ninguna gracia, no lo puedo ver reírse de los chistes que acaba de contar (en las antípodas de esto estaba el gran Verdaguer, al que no se le movía un músculo de la cara aún ante su cuento más desaforado), será que la razón y la sazón del humorista es no reírse de su propio chiste, esto genera en gran parte empatía con el actor. Será que la selección de chistes no fue del todo minuciosa (faltan chistes mayores, para mí, como eso de que "comíamos empanadas de vigilia para mantenernos despiertos" o el de que "la Eulogia demuestra la 'beyeza' por el absurdo), si bien hay una cantidad de chistes efectivos (que la Eulogia cuando se cae de la cama se cae por los dos lados a la vez; "mal pero acostumbra'o"; le conseguí trabajo a la Eulogia, de llorona en los velorios, para la compañía de sepelios "La lágrima viva"; un yaguareté es capaz de oler a un cristiano a un km, a mí me olfateaban a 4 kms.) y tantos otros igualmente graciosos, pero que en la boca de Chernicoff se dicen como al pasar y no como sentencia. No sé que es lo que fuere, pero para mí, el espectáculo falló.
Si a esto le sumamos que al final, Chernicoff nos "regala" 20 minutos de "El Señor del Baño" (ya me negué a hacerle la crítica en su momento) torturándonos con sus referencias interminables a la caca y a los pedos, cosa que me desagrada muchísimo.
La picardía es que los chistes del "negro", así como se dicen aquí, se olvidan enseguida, y si algo tenía de imperecedero el humor de Fontanarrosa es que sus ocurrencias se recordaban por mucho tiempo; creando leyendas incluso de cada uno, como el del oficio del trenzador de chinchulines o el del catador de vinos: "yo, con sólo verlo le digo: vino tinto, vino rosado, vino blanco". Lo que tiene de grande el humor de Fontanarrosa es ese doble sentido que nunca apunta a la grosería, sino más bien a los defectos en el lenguaje, o a las costumbres campesinas y citadinas, a los lugares comunes de nuestras vidas. Hay una cierta ingenuidad de tono blanco en el uso de la comicidad del rosarino que bien lo hizo ser el colaborador de Les Luthiers, otros cultores del humor sano. Todo esto queda empequeñecido en el espectáculo, donde se repite muy seguido el latiguillo "¡qué lo parió!" para asociarse con la chabacanería y adoptar el fácil aplauso del público, acostumbrado a una forma de humor menor o menos sutil.
La falta del Mendieta es otra carencia importante. Es como la voz de la conciencia que necesitaba don Inodoro para poner las cosas en orden (o ponerlas francamente patas para arriba). En otra versión porteña que se hizo aparecía el perro en escena, lógicamente, interpretado por un actor. La pantalla trasera donde aparecerán los distintos personajes es un recurso  para contar con grandes intérpretes, juntándolos a todos en una función, cosa que de otra manera no hubiera sido posible hacerse, pero distrae, poniendo al público en la expectación por "quién aparecerá" y desviándolo del monólogo a escenografía despojada, de Chernicoff. Como se habrán dado cuenta, no es mi actor favorito, pero más por lo vulgar que por otra cosa.
Bueno, el que desee ver la obra se encontrará al menos con la chispa y el genio de Fontanarrosa en su creación más rutilante, lo cual no es poco. Puede disfrutarlo, de todas maneras.
Y no se olviden que los que entren al blog, pulsando "Ver obra" pueden acceder a la obra completa.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "Los Monstruos" (Teatro musical)

El miércoles 30 de noviembre me llegué hasta el teatro  El Picadero para ver la última función de esta obra, gran cosechadora de premios (7 Hugos, incluyendo el de Oro, 4 Ace 2016, 4 Florencio Sánchez 2016, Premio Argentores 2016, Trinidad Guevara 2016), pero a no desesperar, vuelve ahora en enero del 2017.
"A menudo las madres se nos parecen, y así nos dan la primera insatisfacción", dice la hija de madre judía Gabriela Acher, recreando, con ironía, los versos del Nano Serrat. Y no es lo que pasa exactamente en esta obra escrita y dirigida por Emiliano Dionisi y música y letras de Martín Rodríguez. Y actuada maravillosamente bien por dos "monstruos": Natalia Cociuffo y Mariano Chiesa. Y digo que no es lo que sucede en la obra porque acá los hijos parecen haber superado a los padres. Ellos son Patricio y Dolores (o Lola) hijos a su vez de Claudio y de Sandra, dos padres que no se conocen al principio y que el azar los presentará debido a ciertos desórdenes de sus hijos de 11 y 9 años respectivamente, en el colegio que comparten. Y una fiesta de cumpleaños en un pelotero infantil. Él, sin esposa, ella, con un marido ausente. Acá queda claro: los monstruos son los padres. Pero también pueden engendrar pequeños monstruitos. Nos preguntamos, qué es lo que puede hacer un chico de 11 años que ponga tan nervioso a su padre para que este lo golpee hasta casi matarlo. Y qué lo que hace que una nena calladita de 9 años impulse a tirar a su padre por la escalera, produciéndole múltiples fracturas. ¿Será que los hijos se nos parecen, como canta Serrat?
Patricio es el mejor. Es un genio para su edad. El n° 1. Imbatible. Entonces hay que atiborrarlo de actividades post escuela y exigirle que rinda como lo que es. Sin permitirle vivir su infancia. Y que aprenda a pegar. Que sepa defenderse en la vida ya que "papá no va a estar siempre para protegerte" le canta Claudio a un Patricio hiperactivo y gordito. Dolores en cambio, es la mejor en su curso por ser la más estudiosa y "calladita". Pero qué rencores esconderá tras ese mutismo casi autista. Como por ejemplo cuando le retuerce los testículos con violencia a Patricio, algo que su madre disculpa como "auténtica defensa".
Y ya que los padres exigen, sus criaturas no se quedan atrás. Todo lo que "Pato" pide es una lista infinita de juguetes bélicos, porque el padre le ha enseñado a "ser bien machito". Lo que pide Lola es que la dejen treparse a un árbol, negociando su bajada por una mini, un gatito, televisor en su cuarto, desayuno en la cama... y hacerse pis desde lo alto, no sabemos si de miedo o de alegría al ver a su madre desgañitarse para que baje porque "todo el mundo te está mirando, es una vergüenza, ¿por qué le hacés esto a mamá?". Para terminar, después de amenazas y súplicas varias con un "¡bajá, hija de puta!" a pleno grito en la calle (¿que va a pensar la gente como uno?).
Todo esto muy bien cantado por la Cociuffo en un admirable "¿Por qué a mamá?". Las canciones no son más que ocho, pero están cantadas con tantas ganas, esfuerzo y simpatía por la Cociuffo y Chiesa que bastan y sobran. Es un "musical de cámara", compuesto por teclado y guitarra electroacústica, batería, guitarra y bajo, pero que suenan como una orquesta completa. ¿Qué podemos decir de los dos intérpretes en cuanto a canto que ya no se haya dicho? Si los dos tienen voces maravillosas, una entonación perfecta, ricos matices, un hablar/y cantar rapidito y aligerado, son buenos actores y despliegan una energía constante. Y hasta asumen el rol de sus hijos en actuación y canto. Sólo se le puede criticar a Mariano Chiesa un cierto gusto por la brusquedad, por el grito interpretativo que ya era marca registrada de su psiquiatra en "Casi Normales".
Pero volvamos a lo monstruoso, ¿qué hay en esa sobreexigencia de los padres porque sus hijos sean los número uno? Tal vez, como lo explican bien aquí traumas de sus propias infancias, cosas no alcanzadas, el querer que sus hijos sean todo lo que ellos no pudieron ser. Y los hijos responden, claro, con su rebeldía pre-adolescente a ese trato/destrato ("¡Callate, pendejo de mierda!"). Los mensajes esquizofrenizantes son constantes ("sos el mejor"/ "no valés nada") y son capaces de transformar no sólo en monstruos violentos a los padres sino también en monstruos agonizantes a los hijos.
Lacán decía que era necesario "matar al padre". Pero lo decía en el sentido metafórico de superarlo. Aquí parece que eso fuese real, que si estos chicos no matan a sus padres van a terminar fagocitados por ellos, tal como hacía Cronos con sus hijos. Y es lo que lleva a Patricio al borde de la muerte y a Lola a intentarlo con su padre.
La escenografía se resuelve con dos sillas y una biblioteca con pequeñas cosas, se vuelca muy minimalista. Todo es veloz en escena, las transiciones, los diálogos y los monólogos, creando una catarata de palabras que nos hace imposible no odiar a tan "amorosos" padres. Tan es así que, al final del sostenido aplauso, Mariano Chiesa debe destacar que "nosotros no somos así". Y les agradecemos por habernos hecho reflexionar, con humor e ironía sobre nuestro rol como padres e hijos (lo dice alguien que fue "niño brillante" en su infancia, "superior a los demás" y por ello muy sobreexigido). Altamente recomendable para estas vacaciones.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "Yo Amo a Shirley Valentine" (Teatro)

Por fin, después de muchos traspiés con mi computadora, estreno nueva, y vuelvo a las críticas, algunas que tenía atrasadas...
El 20 de noviembre fui a ver la obra de Willy Russell en su última función al teatro de la Comedia. Ya vamos terminando el año teatral, me falta la última función de "Los Monstruos" el miércoles 30. La obra es un unipersonal romántico con mucho material para reflexionar.
Me pasa con Betiana Blum algo particular. La siento muy aniñada, muy meliflua para expresarse en su vida personal, algo así como que estuviera haciéndose la tarada. Pero eso no pasa con sus trabajos, que los siento fuertes y bien plantados. Algo por el estilo me pasa con Soledad Silveyra. La siento paparula para manifestarse en la vida, pero en sus trabajos... también. Desde "Rolando Rivas" a los 18 años que viene riéndose con esa risa aniñada. Y ya está bastante grandecita.
Pero vayamos a la obra que nos convoca. Shirley Valentine es un ama de casa como tantas otras. Gris. Mandoneada por un marido indiferente o tiránico que, en un momento de su vida decide revolear la chancleta y empezar a hacerse preguntas. Y termina por descubrir a la verdadera Shirley Valentine. Todo empieza con un accidente fortuito. Los vecinos se han ido de vacaciones y le piden que alimente a su perrito, que es vegetariano, como ellos. A ella le da tanta lástima que le ofrece el churrasco que traía para Joe, su marido. Y así es como Joe se ve compelido a cenar esa noche papas fritas con huevos fritos y estalla en un ataque de ira, tirando la comida e insultando a Shirley. Por suerte que Shirley tiene a su amiga y confidente: Pared. Sí, la pared de la cocina es la única que oye sus quejas y reflexiones. Tiene dos hijos que ya no viven con ella. Melandra, una chica que vive la revolución sexual porque ha descubierto el clítoris, algo que para ella estaba vedado, y Brian, un poeta callejero de protesta que vive en un departamento usurpado. Poco y nada es lo que se ocupan de ella y su frustración como madre, esposa y mujer. Y una amiga que decide que ha llegado el momento de que Shirley se tome unas vacaciones, regalandole un pasaje por 15 días con destino en Grecia...
¿Qué hubiese sido de la vida de Shirley sin ese regalo? ¿O si no lo hubiese aceptado? ¿O si no se hubiera decidido a ir? Lo más seguro es que hubiera terminado con una vida más opaca todavía, siendo una vieja resignada a servir y morir junto a su amo.
Pero no. Shirley toma valor, manda todo al diablo y se va con su amiga 15 días a Grecia. Y es allí donde empieza a disfrutar, a ver que la vida estaba en otro lado, a sentir que no son ciertos los versos de Serrat, esos de que "llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada". Y se empieza a descubrir a sí misma, a darse cuenta de sus potencialidades, que no está sólo hecha para hacer las compras y la comida. Y que puede ser amada por un hombre viril y buen mozo -Costa, un griego que le aclara para llevarla a pasear en barco que no quiere "cajar" con ella- y que éste puede enseñarle muchas cosas más que dónde está el clítoris. Es a partir de sentirse amada que la "Valiente Shirley" -tal el juego de palabras en inglés- puede amarse a sí misma. Y que luego no va a depender de que nadie la ame para seguir amándose. Conclusión, que decide quedarse en Grecia, trabajando en el bar de Costa y "sirviendo" a los demás. Sirviendo en la doble acepción, no sólo atendiendo mesas, sino también siendo útil para otros, algo que su Joe nunca había sabido apreciar. Y sirviéndose también a ella misma, porque logra algo que se parece a la sabiduría, a estar conforme consigo misma. Y se anima porque se pregunta, si ella no volviera a casa ¿alguien la extrañaría?
Es por eso que el texto se arrima a esa cosa que llamamos sabiduría, porque nos habla con un lenguaje simple de cosas simples, pero nos interroga a la vez sobre nosotros mismos. Y lo hace con un léxico pulido, casi enamorado de sí mismo y de su protagonista. En un tono que es para una sola cuerda -ya que es unipersonal- pero no para una sola tonalidad. Los matices son muchos y Betiana alcanza a desplegarlos todos, con su sabiduría también de persona simple, de ciudadana de a pie, que los lleva de su mano para hacerlos estallar en fuegos de artificio en el escenario. La obra está plagada de buen humor y depara momentos chispeantes, ya sea por las ocurrencias de Shirley o por las cosas que se/le suceden. El texto ha encontrado en Betiana Blum su voz y cuerpo justos para darle vida a este personaje. (Antes lo había jugado Alicia Bruzzo, en una interpretación que no ví y también habría sabido estar grandiosa en su papel, y en cine lo hizo Pauline Collins, otra actriz enorme, poco conocida, que supo darle la carnadura justa).
La escenografía es mínima, ayudada por dos pantallas posteriores que se convierten, ora en elementos de cocina, ora en las aguas azules y movedizas del Mediterráneo. La dirección de Valeria Ambrosio, acá alejada de los musicales, sabe imprimir el tiempo necesario para que esa hora y media se disfrute al máximo y pase volando y que el monólogo de Shirley/Betiana no canse nunca y nos quedemos con ganas de saber cómo siguió su vida.
Lástima que hizo una corta temporada de dos meses y que no pueda recomendarla porque ya bajó de cartel. Pero es el teatro que me gusta ver y que siempre estoy apto para aceptar nuevas propuestas.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).