miércoles, 6 de diciembre de 2017

Mi crítica de "Othelo" (Teatro-Vers. Gabriel Chamé Buendía)


Vi esta nueva versión de "Othelo", el clásico de Shakespeare (tardíamente, ya que hace mucho que lo tiene editado Teatrix) en la adaptación de Gabriel Chamé Buendía, que me dejó bastante desconcertado. No sé si me gustó, la verdad, pero sí considero que es de un gran esfuerzo y detallismo actoral y autoral. En principio se nos advierte desde la promoción que "termina mal", lo cual es un chiste que funciona pues ya todos conocemos el final de la tragedia de Othelo. Es una obra con mucho de clown y en términos satíricos, lo cual parece estar destinado a un público infantil. No es así, ya que no hay ningún niño en la sala, y si los hubiera los padres se horrorizarían ante el calibre de algunos chistes de un solo sentido (esto es peligroso, porque cuando el camino es unívoco, se cae en la grosería, lo escatológico, la palabrota; para que todo buen chiste funcione se requiere de un doble sentido), Ej. "en Chipre te van a acoger bien. Entonces vayamos a Chipre a que me acojan, a que me acojan bien..."; "un alma tan pura... ¿No se te habrá confundido la r con la t?"; "la concha negra de Dios"; y un montón de otros de tal calibre. Entonces estamos en una obra para adultos. ¿Por qué hay pues, chistes con destino para chicos? Buendía desconcierta con su propuesta, no sabe a decir verdad a dónde apunta ni a quién. (Hay una obra de él "Llegué para irme", en dónde la juega de payaso, con escenas también subidas de tono).
El texto remite concretamente a William Shakespeare en sus momentos más poéticos o dramáticos, pero está trastocado por la mano omnipotente del Buendía adaptador, todo es un absurdo, una sátira que incluso acude al metalenguaje teatral, con actores que se quejan porque hacen cuatro personajes o porque no les da tiempo a cambiarse. Los cuatro actores son dignos de mención: Matías Bassi (Othelo), Julieta Carrera (Desdémona, Bravancio, Montano y Bianca),Hernán Franco (Yago y el Duque) y Martín López Carzolio (Casio, Rodrigo, Emilia y Ludovico). Sus rostros son realmente muy expresivos y poseen la técnica del mimo además de la del clown. La puesta clownesca es lo menos interesante de la obra (cahetazos, acrobacias, uso de confeti, etc) aunque para los más chicos pueda resultar atractiva. El montaje del espectáculo está bien pensado, con unos pocos objetos (cubículos de madera, mesas, una tela que hace de mar o de capa, y pocas cosas más) arman todo un despliegue de imaginación al uso del teatro de la pobreza. Incorporan el uso de tecnología con una filmadora que reproduce en video en pantalla grande lo que están filmando, muy bien aprovechada, ya que no se hace abuso de ella y se la reserva sólo para cuatro o cinco momentos. La transformación de los actores de un personaje en otro es francamente admirable ya que la componen con pocos segundos y se meten en la piel de otro ser, incluso llegan a enfrentarse dos personajes con el mismo actor.
Todos conocemos la historia de "Othelo" pero la vamos a refrescar. Othelo es un negro moro (un "morochazo", hay moros importantes y otros de morondanga), Capitán en Venecia y casado con Desdémona, una atractiva jovencita blanca. Lo secunda su teniente Yago, que personifica el sentimiento de la envidia en la obra del bardo inglés, mientras que Othelo lo hace con los celos. Yago se siente desplazado por Desdémona y planea venganza contra su amo, entonces decide hacer que la llama de los celos y la traición broten en él haciéndole creer que su mujer la engaña con Casio, otro de los tenientes. A esos rumores infundados se suma la sustracción de un pañuelo de Desdémona regalado por Othelo que irá a parar a manos de Casio y que éste regalará a su novia Bianca. Cuando Othelo comprueba que el pañuelo ha desaparecido del poder de Desdémona y ahora está en el de Casio, sus peores temores se hacen realidad y brota la furia incontenible del moro omnipotente. Entonces, presa de los celos, estrangula a su esposa y al ser revelada la verdad por Emilia, su criada y mujer de Yago, increpa a éste, tratando de matarlo y finalmente, quitándose la vida.
Hasta acá la versión tradicional de Shakespeare. Pero hay mucho de lúdico en esta versión y todo mal entendido se vuelve motivo de risa y de sátira. Hay alusiones al mundo moderno, al lenguaje actual como así a la tecnología, lo que convierte a la obra en una mirada actual de la pieza isabelina, recibe el aire fresco de la novedad, del juego permanente, de la complicidad del público (es una obra pensada para público). Hay mucho buen humor en la puesta que convive con el otro, el chabacano. El personaje de Othelo (al que le critico sus tatuajes en su torso eternamente desnudo) alrededor de la mitad de la obra se embadurna la cara con tintura negra y permanece así hasta el final, con el rostro no enteramente pintado, sino que es más bien un manchón, un desgarro, una combinación de ambas pieles, la caucásica y la mora. Esto es un efecto bien logrado por el director, y en donde brotan los ojos desorbitados del actor preso de la ira y los celos. El otro tema es el de la envidia, encarnado en Yago, un personaje bajo y siniestro muy bien interpretado por Hernán Franco, quien sabe dotar a su criatura de todo lo despreciable que contiene su encarnación (sus constantes movimientos de lengua son francamente asquerosos, como así lo es su cópula a contranatura con su esposa Emilia, interpretada por el actor Martín López Carzolio, quien declara que es la escena que más le molesta de la obra). También se dejan ver rastros de la atracción homosexual entre Yago y Othelo, en una secuencia donde aparecen los dos completamente desnudos, sólo tapadas sus intimidades por los cubos de madera, y en donde llegan a montarse uno encima del otro.
La constante lucha por el poder es otro de los temas de la obra, bien escenificado por el rebajamiento que sufre Othelo a manos de Yago, quien sueña con verlo hundido a sus pies, ya sea por haberse apoderado de Desdémona, a quien quería para sí, ya sea por el cargo de sumisión que Yago debe padecer frente a su amo negro. No se ahorran malas palabras en la versión de Buendía, lo que de seguro no estaba en el texto shakespereano, lo que vuelve más desfasado el tratamiento de la pieza. Othelo debe marchar a Chipre, en dónde fue a pelear contra los turcos, y es allí donde se desenvuelve toda la trama, seguido por su fiel Desdémona y por todos sus súbditos, incluyendo a Yago y a Casio.
Como vamos viendo Gabriel Chamé Buendía no pasará a la historia del teatro nacional, pero nos regala momentos de insuperable belleza plástica, como aquel en donde Pavarotti canta "Una furtiva lacrima", justo antes de eliminar Othelo a Desdémona o aquellos otros de talentosos duelos actorales. La actriz seleccionada para Desdémona no es nada bella y puede molestar al oído con sus grititos estridentes de enamorada, mientras que Matías Bassi, en la piel de Othelo impone su presencia y su ruda mirada, tal vez el personaje más serio de toda la comedia. Buendía tuvo por lo menos la iniciativa de convertir un clásico de la tragedia universal en una pieza a desacartonar, a sacarle la pátina de lo sublime e intocable, convirtiéndola en una comedia desenfrenada. Es mérito suyo, no hay por qué negarlo. Ahora, que los resultados se vean empañados por pequeños relámpagos de estupidez malsana es otra cosa...
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá. Recuerden que pulsando el "Ver Obra" pueden acceder al material.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

domingo, 3 de diciembre de 2017

Mi crítica de "Loving Vincent" (Cine)

"Loving Vincent" es una verdadera obra de arte, poco menos que un milagro cinematográfico que vino a darle un poco de aire a la alicaída cartelera porteña. Es una película de "dibujos animados" hecha con los cuadros de Van Gogh, se pintaron más de 35.000 cuadros con la técnica del impresionismo, extraídos de la enorme producción del pintor holandés y filmada con la base de personas de carne y hueso, a las que después se transformó en dibujos animados. La técnica de filmación se llama "stop motion" y consiste en filmar cuadro por cuadro para luego unirlos dándole la sensación de movimiento. Todo en la película hace recordar al genio de Van Gogh, respirar su aire, sentir su arte, compartir su vida y su muerte y ser partícipes de su locura. Además el argumento es de por sí interesante: lo que comienza como la simple entrega de una carta a la familia de Van Gogh deviene en historia policial en dónde el suicidio del pintor puede volverse homicidio.
"Autorretrato", "La silla de Vincent con pipa", "La casa amarilla", "Retrato del 'pare' Tangoy", "Agostina Segatori sentada en el café de Tambourin", "Retrato del marchand de arte Alexandre Reid", "Autorretrato frente al caballete", "Retrato de Armand Roulin", "Almiares en la Provenza", "Catorce girasoles en un jarrón", "Autorretrato con la oreja cortada", "El zuavo", "El café de noche", "Noche estrellada sobre el Ródano", "Retrato de Joseph Roulin", "Autorretrato con la oreja cortada y pipa", "Doce girasoles en un jarrón", "Paisaje cerca de Auvers", "Cabañas entre olivos y cipreses", "Trigal con cipreses", "Paisaje vespertino a la salida de la luna", "La habitación de Vincent en Arlés", "Vista de la iglesia de Saint-Paul de Marsole", "Árboles del jardín del hospital Saint-Paul", "Retrato del doctor Gachet con rama de dedalera", "La iglesia de Auvers", "Camino con ciprés bajo el cielo estrellado", "Trigal con cuervos", "La siesta", "El anciano afligido", son sólo algunos de los cuadros que dan origen a otras tantas imágenes pictóricas dentro del film. La referencia es constante y abrumadora, sólo cuando vemos algunos flas-backs la imagen troca en blanco y negro y pierde un poco el carácter impresionista. La pintura impresionista se caracteriza por grandes pinceladas de óleo yuxtapuestas, con contornos nítidos y marcados que dan la sensación de deformar la realidad o captarla según el propio mundo del pintor.
La historia comienza en Arles en 1891, dos años después del suicidio de Van Gogh, que ocurriera un 27 de julio , dos días después de que se hubiese disparado en el abdomen. De lo que habla el film también es de la soledad de este artista, que  pintó durante 28 años cientos de cuadros sin vender ninguno en toda su vida, siendo ahora valuados en millones de dólares. Él, a pesar de padecer de esquizofrenia (lo cual no se dice en la película, sólo se habla de "melancolía") tenía el vacío de encontrarse solo, y su única ambición era encontrar la compañía de una mujer, la cual nunca le llegó. No obstante, en la película se deja traslucir su relación con Marguerite Gachet, la hija del médico que lo atendió hasta último momento y con la cual parecía compartir más que una simple amistad. La relación con su médico era de camaradería, ya que ambos tenían los mismos gustos sobre arte y los dos eran pintores, aunque Gachet fuese un artista frustrado ya que por decisión familiar debió volcarse a la medicina. Para Gachet no hay duda en que lo de Van Gogh fuera un suicidio, aunque para otro médico, el Dr. Mazery se trataba de un asesinato cometido por uno de los jóvenes que rodeaban al pintor, con sus bromas, sus risas y su juventud, René Servetas. La hipótesis queda sin resolver a lo largo de la película y también puede verse el momento en el cual, él regala su oreja recién cortada a una prostituta de la cual estaba enamorado, causando el horror de ésta.
La película es un viaje subjetivo al interior del pintor y de su obra, se puede palpar todo su talento, así como el de los más de 100 artistas que pintaron los cuadros que componen el film. Es contundente la presencia del color amarillo, tan querido por Vincent, en toda su obra, y por consiguiente en todo el metraje (el saco de Armand Roulland es también amarillo). Es precisamente Armand quien emprende la busca, impulsado por su padre Joseph, cartero de Van Gogh, quien tiene una carta de éste para entregar a su hermano Theo, quien financiara durante toda su  vida su amor por la pintura y su sustento. Pero ya desde el comienzo sabemos que Theo se ha suicidado también después de seis meses que el pintor. La carta entonces será entregada en mano al doctor Gachet. De esta forma Armand puede recrear lo que fuera la vida de Van Gogh en Auvers, donde pasó su tiempo final. El genio del impresionismo se suicidó a los 37 años.
Allí conoce a quien fuera la casera del bar y hotel (pocilga y cueva de ratas) donde se hospedara Vincent, Adeline Ravoux, quien lo ayuda a reconstruir la historia. Él pintaba frenéticamente, como un poseso todos loso días de 8 a 17 hs. sin importarle el calor o la lluvia: el colocaba su caballete bajo el chaparrón y trataba de capturar la naturaleza que lo rodeaba. Otro de los milagros del film, además de la excelente fotografía es el increíble montaje, que da una unidad casi ininterrumpida a toda la sucesión de cuadros, sin que se noten las "costuras" del largometraje. La conjunción de actores de verdad convertidos en dibujos es otro milagro de la técnica, ya que permite cada expresión facial, cada mohín, cada movimiento, verse reflejado en la pantalla.
Está la historia de amor inconclusa (y ocultada por su protagonista), está la intriga detectivesca, así como el colorido desenfrenado de la paleta del gran inventor del arte del siglo XIX, todo junto para dar cohesión a una película de gran interés así como de deleite para los ojos y de una enorme belleza plástica. Repito, todo lo que sucede (y seduce) en la película es de interés para el espectador, quien no se haya acercado nunca a la obra de Van Gogh tiene acá la excusa perfecta para hacerlo. Y le aseguro que lo va a pasar muy bien en la hora y treinta y cinco minutos que dura la obra.
Recomendada ampliamente para todos los públicos.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 2 de diciembre de 2017

Mi crítica de "Alanis" (Cine)

Con sólo cinco películas en su haber como directora (de las que vi tres sólamente), Anahí Berneri supo siempre como incomodar a su público, es, de hecho, una directora políticamente incorrecta. "Un año sin amor" (su ópera prima, de fuerte temática gay sado, 2005); "Encarnación" (2007); "Por tu culpa" (con una magnífica Érica Rivas, 2010), "Aire libre" (2014) y esta "Alanis" (2017), son sus títulos, lo que llevaron a Anahí Berneri a convertirse en una directora de culto. Con el premio de la Concha de Plata de San Sebastián de este 2017 a la Mejor Directora y a la Mejor Actriz (Sofía Gala Castiglione, no tan merecido, y que no me vengan a mí con que es hermosa, como la madre -para quien no lo sepa, Moria Casán-, que está cada día más parecida a un caballo de carrera, con el rótulo de sex symbol o diva que se ha autoimpuesto...). Para mí el premio era mucho más merecido para Dante Della Paolera, el Dante, hijo de Alanis/María, de un año y medio, que es una verdadera revelación con la naturalidad que trabaja ese nene, siempre buscando la teta, como si en verdad tuviera necesidad de ella.
La película cuenta unos días en la vida de una prostituta (Sofía Gala) y su compañera de trabajo, Gigí/Gisela (Dana Basso), quienes son denunciadas en su lugar de encuentros y vivienda y Gigí es detenida y ella es desalojada por el dueño del departamento, con lo que debe ir a refugiarse en la boutique de su tía Andrea (Silvina Sabater) y de su pareja, Román, en pleno Once. Alanis cría con devoción a su hijo, turnándose con Gigí mientras ella atendía clientes, y preparándole la comida, cambiándolo y atendiéndolo contínuamente como buena madre. El film pone en el tapete la vida de las prostitutas en el marco de su trabajo y de la explotación que se hace de ellas (la famosa "trata"), aunque acá ellas trabajaban por su cuenta en un departamento sin rendirle cuentas a nadie (o a casi nadie, ya que Santiago, el dueño del departamento en cuestión, deja entrever que se llevaba una tajada). Son tratadas por una asistente social en una primera instancia, quien se quiere encargar de buscarle un techo transitorio, aunque ella lo rechaza, y de confiscarle el teléfono, el que deberá ir a reclamar a la seccional con ahínco ya que ahí tiene la lista de sus clientes.
La película está muy bien construída (no podemos decir "sin golpes bajos", ya que en más de una escena muestra con crudeza el trabajo de esta chica), con un hábil guión y una puesta de cámaras inteligente, que opta por tomarla de espaldas en los momentos de confusión o de engaño, de dejarla en off (fuera de cuadro) o desencuadrada en aquellos tiempos de "desencuadre" personal de Alanis. Y trabaja con una escenografía en la que se destaca el uso de rejas (en la puerta del departamento de ella, en la seccional de policía, en el Palacio de Justicia, etc), como para demostrar que ella está presa de sí misma y de su oficio (el más antiguo del mundo, porque según Gabriela Acher, el de madre es el segundo más antiguo del mundo). También hay abundancia de espejos y reflejos que le devuelven la fuerte impronta de su identidad.
Alanis conisgue empleo gracias a su tía de empleada doméstica en una casa de San Telmo, en donde dura un día, ya que no regresa, su verdadera vocación es el sexo. Hace llamados por el diario, llama a varios clientes a los que les hace un "servicio" en el auto (ejemplo es la relación con ese hombre mayor a quien le pide 400 $ pero como él no puede "cumplir", le da sólo 200 $ y la baja del auto). Se pelea con otras prostitutas por la territorialidad, que éstas defienden como leonas, llegando incluso a herirla. Va a la Comisaría Central a declarar en favor de su amiga para obtener su libertad. Es sometida a un interrogatorio con Cámara Gesell (de nuevo los espejos) por un miembro de la policía, posiblemente un psicólogo, en donde sabemos que ella tiene en la actualidad 25 años, que vino a la ciudad desde Cipoletti, su pueblo natal a los 23 cuando estaba embarazada, traída por un cliente y que tuvo a su hijo en la Clínica Sardá (hasta se permite alguna broma con el Licenciado). Le roba plata a su tía de la caja registradora, le deja a su hijo al cuidado mientras ella "mariposea" por allí (la tía sale de sus casillas cuando el niño le vuelca todas sus cremas y cuando le "busca la teta" delante de las clientas). Hay un personaje del que no sabemos muy bien qué función dramática cumple, que es Román, la pareja de la tía (Carlos Vuletich), ya que es un vago que mira todo el día televisión en calzoncillos y no parece mala persona: se ocupa de jugar con el nene y de cuidarlo, pero no ejerce presión sexual alguna sobre Alanis, aunque su presencia se enuncia como perturbadora.
En una escapada de noche, Alanis se topa con las otras prostitutas de la calle, quienes la echan de su espacio geográfico y de las que logra escapar haciendo un levante en un auto, de un hombre que le ofrece 800 $, 500 para ella y 300 para pagar el hotel. Va con ese hombre al telo y él se nariguetea con cocaína antes del acto sexual, consigue sodomizarla a pesar de la negación de ella (y posterior aceptación) y en una catarata de insultos por ambos lados (que funcionan a manera erótica) consigue acabar su "labor". Cuando sale del hotel, es agredida por la pandilla de putas quienes la lastiman haciéndola sangrar. Finalmente se va de la tienda de la tía y consigue trabajo en un nuevo prostíbulo, a donde se va a vivir, logrando una buena convivencia con las restantes chicas y el cuidado de su hijo. Parece que el derrotero de la vida de Alanis parece ser no salir de la vida de prostitución.
No vamos a hacer acá un estudio sobre la trata de personas ni sobre lo "inmoral" que es la vida de una puta (¿por qué? No le hacen daño a nadie y otorgan bienestar momentáneo a quien se lo pide, parecería que nada más limpio que eso), sólo que están contínuamente expuestas a caer en manos de algún loco que haga con ellas un desastre. Todo legal siempre y cuando trabajen por su cuenta y no tengan que rendirle pleitesía y honorarios a una madama que las explote cínicamente o a algún cafisho de turno...
"Alanis" es una película honesta (por momentos "brutalmente" honesta que puede herir algunas susceptibilidades), Sofía Gala trabaja con desenvoltura y no tiene pudor de exponer su cuerpo desnudo ante la cámara y es buena actriz (todavía no justifico su premio en San Sebastián, ya que no me pareció un trabajo impactante). Recomendada para todos aquellos de mente abierta que quieran hacer de voyeur por un rato e indagar en la vida diaria de una prostituta, que por otra parte resulta una vida común, salvo por lo que hagan con su cuerpo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

viernes, 24 de noviembre de 2017

Mi crítica de "Vivitos y Coleando 2" (Teatro Infantil)


Ahora Teatrix nos aporta esta obra del gran Hugo Midón que está llamada a perdurarlo.
Nunca entendí la lógica de los payasos. No me gustan, me resultan estúpidos, insulsos, insoportables, faltos de coherencia. No entiendo la lógica de los espectáculos infantiles en general, dónde sus protagonistas están llamados a gesticular mucho, gritar mucho y declamar mucho, todo aderezado por canciones pegadizas que condimenten un plato para el gusto infantil. Como sí entendía la lógica de los protagonistas de mi niñez: la gran María Elena Walsh, Pipo Pescador y los payasos Gaby, Fofó y Miliki. Porque eran algo que yo podía entender, que podía hacer cómplices a los padres, quienes lo disfrutaban también y sus canciones tenían un plus, algo que en su momento se me escapaba (o no) pero que al tiempo entendí como una "filosofía". En la actualidad el único actor-cantante-contador de chistes con el que sintonizo es el gran Luis María Pescetti, porque habla el lenguaje de los chicos sin excluir a los grandes. Y porque trabajando es él un chico más ("que no te oyo", "seguridad, retire a ese niño, por favor").
Pero al fin me acerqué a Hugo Midón, de quien no había visto ningún espectáculo porque ya era demasiado grande cuando él llegó y demasiado chico cuando se fue. Y entendí por qué seduce tanto a los chicos y a los padres (es sorprendente como en esta función en el teatro "El Picadero", de septiembre del 2017, había en la platea más grandes que chicos). Porque es como esas películas animadas estilo "Shrek" que apuntan tanto al público infantil como al adulto. Si bien toda la estética está concebida para los niños: colores chillones, narices de payasos, trajes exóticos, decorados simples, canciones pegadizas; hay cierto metamensaje que sólo siendo adulto se puede comprender (o "sospechar", más bien), el empleo de la literalidad de las palabras, el doble sentido, el origen del absurdo, los estereotipos del lenguaje, y, sobre todo, y esto es lo más importante, la anti-lógica de la lógica. Sí, hay mucho de Leo Maslíah en el discurso de Midón, un cantautor y contador de historias tan lógico que es llevado al extremo de la negación de lo lógico. Hay además poesía en Midón, y eso es algo que los chicos agradecen. Como en aquel sketch en que todo el elenco se pone a escuchar "Una furtiva lacrima" (sí, ópera en una obra para chicos) en la voz inmortal de Pavarotti y ésta es interrumpida por una mandamás con mucho de jerarca nazi, que odia la música, odia los colores, odia a los actores, a los bailarines y a los cantantes. Seguramente todos se quedaron frustrados de no poder haber terminado de escuchar el aria tan emotiva.
Claro, para que un espectáculo así brille, es necesario excelentes actores, cantantes y bailarines. Y esta vez quienes encarnan al trío principal son Laura Oliva, Julián Pucheta y Carlos March, muy bien secundados por Vicky Banfather, Fernando Avalle, Rodrigo Cecere y Flavia Pereda. Todos son excelentes en lo que hacen. Sobre todo porque deben asumir muchos personajes a lo largo de la hora y cuarto que dura el espectáculo y los hacen todos con solvencia. El libro y las letras de las canciones son del propio Midón y la música de Carlos Gianni y la dirección del siempre eficaz Manuel González Gil.
Hay chistes que sólo serán entendidos por los grandes (el habla de los dos estancieros, el sindicalista llamado Juan Domingo, la idishe mame de Aladino, la prepotencia y griteríos futboleros de los argentinos, la tierra argentina asediada por piratas en donde todos roban a todos, etc.), pero hay otra gran cantidad que es festejada por los menores de la familia, sobre todo los numerosos sinsentidos. Acá todos son payasos (su nariz colorada y su vestimenta así lo indican) pero no se comportan como tales, hablan (esta es la principal diferencia), coordinan y tienen conductas adecuadas con sus personalidades. Por eso me resultan empáticos (y simpáticos), son creíbles, no son grotescos ni crípticos, no se tropiezan ni se caen ni se tiran tortas de crema en la cara. Había una gran inteligencia en Midón, supo crear payasos verosímiles, acercarlos al mundo cotidiano de sentimientos y pasiones y hacerlos aceptables aún para quienes odiamos o temen a los payasos.
Los ritmos que se escuchan son variados, pero todos armónicos (recuerdo el desagradable musical de "Shrek" con música rockera, porque eso "acercaba a los chicos"), desde un vals, un merengue, pasando por un rock limpio (y muchas referencias al mundo rockero) o hasta el cuarteto se hizo con sensibilidad y armonía. La coreografía es de otra amiga de la casa, Doris Petroni (compañera de danzas de mi tía) y está muy hábilmente utilizada, al igual que el canto y la escenografía.
Hay muchos y muy variados sketchs, todos de igual eficacia, como los ya mencionados de los estancieros, el de Aladino, que viene a la Argentina a resolver sus problemas, el de las mamaderas de los bebés, el de los enamorados, el del cuarteto de rock, aquel de los piratas y muchos más, con un brillante final con todo el elenco cantando "Vivitos y Coleando" a toda voz y con la complicidad del público. Al fin entendí por qué Hugo Midón fue un grande. El show es altamente recomendable para el público familiar completo.
Y recuerden que pulsando "Ver Obra" pueden ver la pieza completa.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 18 de noviembre de 2017

Mi crítica de "Vino para Robar" (Cine)

Debido a la polisemia de las palabras "Vino para Robar" tiene un doble sentido, no sólo destaca la acción de "venir" sino que la convierte en esa bebida que se hace con uvas. La comedia de espionaje y suspenso de Ariel Winograd, del 2013, tal vez la más ambiciosa de su carrera es un verdadero homenaje al maestro del suspenso Alfred Hitchcock. Si tenemos en cuenta que Hitchcock también era un fino humorista (como lo dejó sentado en muchas de sus películas) no es tan desatinado que otro humorista quiera parodiarlo en su propio terreno. Hay referencias a "Para atrapar al ladrón" (si bien Mendoza no es la Costa Azul, también tiene bellos paisajes y realmente muy bien explotados, sin destinarlos al simple consumo turístico); "North by Northwest" ("Intriga internacional" o "Con la muerte en los talones", además éste es explícito, ya que en la última escena antes del epílogo, Valeria Bertuccelli tiene una remera con el nombre de este film grabado en ella), y más ampliamente, "Notorius" ("Tuyo es mi corazón"). La trama toda, llena de suspenso, emoción (thriller), intriga y espionaje parece un film del maestro inglés, al que no tiene nada que envidiarle; además los últimos títulos están musicalizados al mejor estilo de Bernard Herrman. Pero estamos aquí sobre todo en el ámbito de la comedia.
Y para comedia se cuenta con Daniel Hendler (Sebastián), ya lejos de los titubeos leomashlianos de su adolescencia, Valeria Bertuccelli, otra gran comediante (Mariana/Natalia) y Martín Piroyansky, en algo más que un papel de reparto, un verdadero protagónico. La película empieza con Sebastián recorriendo un museo, en donde ve una antigua máscara de oro, la que pretende robar. Por un accidental encuentro con la encargada de la seguridad del museo, Natalia, decide seducirla y la invita a cenar y la hace tomar más vino de lo que puede resistir. Así es que al llevarla a su casa logra hacerse con el dispositivo de seguridad que protege la máscara. Luego, de noche, ingresará en el museo y sorteando miles de obstáculos logrará hacerse del trofeo. Una vez a salvo, suena el teléfono de Natalia, que se ha olvidado en el auto de él y ésta le dice que está desesperada porque ha robado la máscara de oro y se encuentra lista para embarcarse a Uruguay. Allí Sebastián comprende que se le adelantó, y, según le dice ella, la reemplazó por una copia de yeso. Sebastián le dice que la espere antes de embarcarse que quiere despedirse de ella. En la sala de espera del Buquebus, le dice que vaya al baño a lavarse las lágrimas y logra meter la mano en el bolso de ella y trocar las máscaras. Se despiden. Pero cuando se va sospecha que lo ha engañado y parte la máscara y comprueba que la de yeso la tiene él y ella se llevó la verdadera. Así la ve mirarlo desafiante desde la proa del barco y saludarlo con la mano muy alegre. Este es sólo el comienzo de una trama que nos guarda varias sorpresas como esta: no todo lo que se ve es lo que parece ser...
Así nos trasladamos a Mendoza, en dónde ambos se verán envueltos en el robo de una botella de  Chateau Bardon, bien llamado el Malbec original, que es la que Napoleón guardara para sí, y que ahora Mariana (la misma Bertuccelli) le ha robado a un tal Segundo Basile, el zar de los vinos (Juan Leyrado), y que ha ido a parar a la caja fuerte de un Banco. Además de intentar matarlos, Basile contrata a un enólogo alemán, Karl Günterg, quien debe detectar el vino verdadero de entre los cientos de botellas que guarda el Banco. Sebastián conoce a Pascual, el padre de Mariana (Mario Alarcón), que no sólo es vitivinicultor, sino que además alquila piezas en su residencia retirada de la ciudad y ahí es donde hospedan al verdadero Günterg, reemplazándolo ante los ojos del mundo por su hijo, Frederik Günterg, que no es otro que Chucho (Piroyansky) bien caracterizado y hablando inglés fluidamente. Bueno, los enredos se multiplican y Winograd y sus guionistas han sabido poner los mejores chistes en boca de personajes de reparto (si bien se guardan algunos para los protagonistas) y, sobre todo, crear un clima humorístico en el fluir de la película y acentuar el guión en los artilugios del espionaje y sus múltiples disfraces y tecnologías. Contar más del argumento sería una traición hacia quien la vaya a ver ya que hay muchas más sorpresas, y bien condimentadas: la puesta en escena es la más arriesgada de toda su producción, y es notable la escena en el desfile de carrozas o las que transcurren en Italia después de los títulos. Además hay guiños a films como "The Score", último en el que participó Marlon Brando, junto a Robert De Niro y Edward Norton, y una reminiscencia de "Desayuno en Tiffany" con el célebre vestido de Audrey Hepburn y su peinado en el físico de Bertuccelli preparada para la fiesta en la bodega.
Los guionistas saben poner las mejores ocurrencias en boca de la actriz, quien deslumbrara después de su verborrágico papel en "Un novio para mi mujer", de Juan Taratuto, y la convirtieran en una de las mejores comediantes de nuestra cinematografía y el teatro. Y los chistes funcionan de maravillas. Claro que Hendler es otro actor que se ha criado con la comedia y no se queda atrás. Y Piroyansky también es muy bueno y brilla en su composición de ese fanático de la computación. Además Winograd nos hace escuchar las mejores piezas de jazz que alegran toda la película, hasta esa gran partitura que es "I Had to be You" en la voz de un cantante. En resumen, un film brillante en el que colaboran cada uno de los rubros artísticos y técnicos para entregar un producto de inmejorable factura.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 11 de noviembre de 2017

Mi crítica de "Ausente" (Cine)

Impulsado por los comentarios de una amiga y compañera, me vi impelido a ver esta película de buena factura, que me resultó excelente e impecable. Película de Marco Berger del 2011 que porta el estandarte de "Cine gay", es tan sutil en su concepción y con tal ausencia de golpes de efecto que bien podría pasar desapercibida desde esa calificación. Dado su marco de referencia, ya estamos acostumbrados a tratar en el cine, teatro, literatura y en la vida diaria el tema gay que ya no produce escándalo, pero en ese año del 2011, la sociedad todavía no estada tan empapada del tema (lo que concluyó con la ley del matrimonio igualitario) y tocarlo era un arma de doble filo. Pero allí fue Marco Berger con su historia e hizo historia.
Todo ocurre en el marco de un colegio secundario y la relación entre un alumno de 16 años, Martín Blanco (Javier de Pietro) y su profesor de gimnasia, Sebastián (Carlos Echevarría). La historia empieza en los vestuarios del natatorio y lo que vemos son cuerpos fragmentados, torsos, brazos, manos, mallas de natación y lo que esconden, piernas velludas, pies. Todos sabemos el poder de erotización que tiene la fragmentación del cuerpo humano tanto en el cine como en el arte en general (de esto saben mucho las películas pornográficas), es como si la completud bajara la capacidad de generar deseo, las partes independientes lo exacerban. Y Marco Berger lo sabe, como lo sabía también el gran Hitchcock, de quien esta película es en parte deudora (pienso en lo primero que me viene a la mente: la escena de la ducha en "Psicosis", pero hay pruebas a lo largo de toda su filmografía). Lo que comienza como un síntoma en un ojo, que desencadenará en que Sebastián lleve a Martín a la clínica de ojos, concluirá en un entramado en el cual Martín no logra entrar a su casa por ausencia de su abuela (después sabremos que estaba mintiendo, ya que vivía con sus padres) y el hecho de ir a pasar la noche a casa de Juan Pablo, un compañero con el cual se desencuentra, terminará logrando Martín su objetivo, ir a pasar la noche a casa de su profesor.
Sebastián es héterosexual y tiene novia, Analía (Rocío Pavón) pero ejerce un influjo devastador sobre Martín, quien lo desea con todas sus fuerzas. Sabemos que un chico de 16 años está en la etapa de indefinición sexual, con todos sus altibajos, si bien tiene una novia a la que no desea porque la conoce desde los 6 años, Mariana (una jovencísima Antonella Costa), los juegos homosexuales con su amigo, el constante devaneo de las miradas requisitorias en el vestuario y la cercanía física con todos sus compañeros con sus cuerpos bien torneados y con su profesor, llegan a confundirlo. Y a Sebastián también, por lo que vemos. Ya en el departamento de dos ambientes, Martín se queda a comer, se ducha en el baño de Sebastián, le usa su desodorante, sus perfumes, incluso le presta una remera, es decir, lo invade de todas las formas posibles (es un chico muy demandante, al borde de las ganas de asesinarlo), como queriendo poseerlo por completo a Sebastián, sustituyéndolo. Si bien la noche es motivadora, este chico está en plena efervescencia de su testosterona y vigila todos los movimientos de su profesor hasta encontrarlo con la guardia baja. Es allí, cuando, dormido, consigue meter mano en su muslo, a lo que el profesor se despierta, pero Martín ya ha desaparecido. Pasada la noche, Sebastián el dice a Martín que no diga a nadie que se quedó a dormir en su casa pues puede comprometerlo, un profesor que invite a dormir a un menor puede acarrear graves resultados.
Por la mañana al llegar al colegio Sebastián, en sala de profesores se entera que se armó un lío bárbaro en el colegio porque un alumno no fue a dormir a su casa diciendo que se había quedado en lo de un amigo, pero la madre del chico se había encontrado con la madre del amigo y negó tenerlo en su casa. Lo que culminó con un sonoro castigo por parte del padre del chico y la desesperación de la madre. La cara de Carlos Echevarría es inmutable durante toda la película, padece de una apatía tal, que sólo esta noticia parece desconcertarlo un poco. Martín acosa a su profesor y le dice que en realidad vivía con sus padres pero que decidió toda esta tramoya ya que pensó que de haber ido a su casa hubiera podido "pasar algo". Sebastián reacciona pegándole una trompada. Pero estamos en verano (no me dan los tiempos con el calendario de clases) y la exhibición de los cuerpos medio desnudos puede dar rienda suelta a la tentación. Si bien los dos (profesor y alumno) tienen novia, ninguno demuestra el más mínimo contacto erótico con sus parejas. Algo perturba la mente de Sebastián, como pensando en la oportunidad que pudo haber perdido de "tener algo" con su alumno. Las constantes miradas y arreglos frente al espejo que hace Martín, se parecen mucho a los de Analía que hace con sus pestañas o sus labios, confundiéndose la identidad masculina con la femenina. La primera parte de la película, toda la secuencia del desencuentro con su familia y la noche pasada en casa de su profesor es un verdadero thriller erótico, con una tensa música y una acertada fotografía de Tomás Pérez Silva.
La segunda parte, cuando ya todos vuelven al colegio se caracteriza por la tensión entre profesor y alumno, ya que cuando aquel le pega la trompada, éste se defiende diciéndole: "No me provoque, si yo lo denuncio vamos a ver cuál de los dos va a perder más". El thriller sigue, aquí en las constantes miradas entre los dos, en su encuentro (y desconocimiento) en el cine, todo hasta que un día, jugando a la pelota con Juan Pablo (Alejandro Barbero), Martín salta un techo para recuperarla y se mata.
La noticia cae como una bomba en el colegio en especial en Sebastián, quien de ahí en más empieza su infierno personal, resolviéndolo todo con una escena del más sugerente realismo mágico en dónde se reencuentra con Martín en los vestuarios, persiguiéndose en un laberinto de espejos (sí, como el de "El fantasma de la ópera", versión Andrew Lloyd Webber) y por fin encontrándose, dispuestos a perdonarse y amarse francamente, dándose un beso casto.
Es una segunda obra por parte del director (después de "Plan B") que lo muestra en toda su madurez y esplendor y que si bien es del 2011 da ganas de volver atrás para seguirle los pasos y ver qué fue de su experiencia. La recomiendo para el público adulto.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 9 de noviembre de 2017

Mi crítica de "Mi Hermana, mi Amor" (Cine-1966)

Acabo de ver el controvertido film de Vilgot Sjöman, "Mi Hermana, mi Amor", realizador sueco que nació y murió en Estocolmo, desde 1924 al 2006, a la edad de 81 años. Principalmente trabajó con actores de Bergman para este film, de 1966 filmado en un excelente y riguroso blanco y negro, del fotógrafo Lasse Björne, que le da toda la potencia dramática que la obra necesitaba. Es una adaptación de una historia de John Ford, ambientada en la Suecia del siglo XIX. Si bien en el arranque parece algo similar a las "Relaciones Peligrosas", por las características de ambos hermanos, después toma un rumbo diferente.
Charlotte (Bibi Andersson, en su esplendor) y Jacob (Per Oscarsson), con melena leonina, son los dos hermanos en juego y tienen tal espíritu de seducción que a los pocos minutos ya sabemos que cometerán incesto. Él llega de haber estado cinco años ausente y ella está prometida en matrimonio al barón Carl Ulrik Almsden (Jarl Kulle), matrimonio que Jacob como tutor de su hermana tiene la capacidad de impugnar. Pasados los primeros prolegómenos, los hermanos se aman y se prometen estar juntos por el resto de sus vidas, renunciando ella a su casamiento. Pero hay otro personaje con la carga de la culpa y del pecado sobre sí, el Conde Schwartz (el también bergmaniano Gunnar Björnstrand), que tiene muy presentes estos conceptos por haber sido pecaminoso en su vida con ciertas mujeres. Esto marcará definitivamente a Charlotte, imprimiéndole el peso de la culpa a su relación con Jacob. El Conde es a la vez el tío de Ebba (Tina Hedström), una jovencita con quien Jacob juguetea y hasta llega a proponerle matrimonio. Charlotte y Ebba son muy compañeras y comparten muchos momentos juntos, por supuesto sin decir nada aquella de su conflictiva relación. Hay otro peso pesado en la historia: una de las mujeres pobres de la comarca y sirviente de Charlotte, la sra. Küller ha tenido un hijo sin padre hace ya muchos años, un hijo al que ha resultado tonto sin vueltas, es un oligofrénico que se sospecha ha sido engendrado por el padre de su madre. Y esto marcará definitivamente a Charlotte, sobre todo desde el momento en que se entere que está embarazada de su hermano.
Le envía una carta a su prometido diciéndole que suspende el matrimonio, y se promete a Jacob, pero este es un frívolo y mundano que, a pesar de que ama a su hermana, parece rehuir de los compromisos. Entonces Charlotte va a encontrarse con el barón Almsden y a ver la casa que éste compró para ellos. Le pide que le dé explicaciones sobre su renuncia, y ella lo besa y se hace conducir al lecho matrimonial. Allí consuman una relación que habían venido sosteniendo por meses y ella le declara que no puede casarse con él porque está embarazada de otra persona. Éste, después de pensarlo un poco decide que será el padre del hijo que Charlotte lleva en su vientre. Contraen matrimonio, aunque los hermanos no dejan de "visitarse" hasta que el barón empieza a sospecharlo todo, incluso la paternidad del niño.
La película debe haber causado un gran revuelo en la época de su estreno, porque en los 60' no era común que se pusiera sobre el tapete las relaciones incestuosas de modo tan claro. Aunque el film lo trata con total sobriedad, evitando las escenas incómodas y sólo dedicándose a la insinuación, si bien cuenta con varios desnudos secundarios. No es un tema muy frecuentado por el cine el de las relaciones incestuosas y por eso el motivo de "rara avis" de esta película y su decidido enfoque.
Bueno, Charlotte empieza a temer por la salud física y mental de su criatura al nacer, teniendo en cuenta al hijo de la sra. Küller y se empieza a sentir superada por la culpa. El barón reconoce que el hijo es de Jacob y se enfrenta con él, expulsándolo de su casa, aunque esto no impide los escarceos amorosos entre ambos amantes, y se toma revancha con su esposa alejándose de ella y no tocándola en todos los meses de su embarazo y echándole en cara que se ha comportado como una cualquiera al quedar embarazada de su hermano y que la odia. Allí va la ingenua de Charlotte a pedirle revelaciones a la sra. Küller sobre quien fue el padre de su hijo y ésta, al confesárselo logra horrorizarla. El vientre de Charlotte sigue creciendo, y Ebba le dice que Jacob ha desaparecido momentáneamente por una mujer que dejó embarazada y que ha sido acompañado por ésta. Charlotte le dice que eso no es así y en off le devela el verdadero origen de su hijo. Ebba, profundamente enamorada de Jacob y falsamente prometida en matrimonio con él, saca un pistolón y mata a Charlotte. Su esposo, horrorizado pide que venga un médico, pero comprueba que su mujer ya ha muerto. La sra. Küller, que entra justo allí, toma un cuchillo y le abre el vientre, sacando una niña hermosa y sana. Esto da el final de la historia y una nueva esperanza a la vida del engañado barón, quien ahora deberá ocuparse de la crianza de su hija (¿o tal vez la tome Jacob?).
La película no podía terminar más que en tragedia por como venía planteada y hay muchos simbolismos durante la obra. Un Conde que vive afligido por el peso de la culpa y del pecado, y que dice que todas nuestras faltas se expiarán en el infierno, mientras que Charlotte sostiene que después de la vida no hay nada, pero que logra contagiarle a ella el temor por la culpa y la busca de la redención, con una muerte que es aceptada con una sonrisa. Incluso en el montaje hay sorpresas, como la imagen de un cerdo gordo y bien alimentado para presentar, corte mediante al cura párroco gordo y protestante, casado y con seis preciosas hijas, en la siguiente escena. Las actuaciones confirman que este es un gran film, y la prodigiosa iluminación y el encuadre de cámara hacen todo esto un festival para los sentidos. La dirección demuestra que se puede ser audaz sin caer en el mal gusto y alimentar los buenos instintos. Esta obra fue conocida en la Argentina como "El fuego" y hay referencias a ese fuego a lo largo de toda una película que divide el mundo de ricos y pobres, de amos y sirvientes, de una forma muy tangible. Totalmente recomendable para el público adulto.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).