miércoles, 18 de abril de 2018

Mi crítica de "César debe Morir" (Cine-Hnos. Taviani)

El domingo murió en Roma Vittorio Taviani, hermano de Paolo, quizá el dúo de directores más afianzado y consolidado que  dio la historia del cine. Filmaron siempre juntos, con el nombre de "Hermanos Taviani" y fueron una sola cabeza, una sola mirada y un solo  corazón a la hora de hacer películas. Despuntaron deslumbrándonos con esa obra maestra que fue "Padre padrone", allá por los 70 y que mereció los más altos premios en numerosos festivales. Le siguieron "La Noche de San Lorenzo", "Kaos", "Good morning Babilonia", "Las Afinidades electivas" y más cerca "Tu ridi" o esta que nos ocupa hoy, "César debe morir" (2012). Se interpusieron entre esta y la muerte de Vittorio sólo dos títulos más: "Maravilloso Bocaccio" (2015) y "Una cuestión privada" (2017). Y es bueno recordar al maestro que nos dio tantas emociones y tanta gloria para el cine italiano ya que los canales de TV no lo hicieron, y sólo algunos diarios informaron de su muerte. En días como los que corren es difícil encontrar un cine de tamaña calidad artística y con compromiso humano y social como el que desarrollaron los Taviani. Ahora Paolo (de 86 años) se habrá quedado muy solo, sin la otra mitad del corazón, que falleció a los 88, después de una larga enfermedad. Es por eso que desempolvé este film que tenía por ver y me dispuse a mirarlo atentamente.
El tema de la película es una representación del "Julio César" de Shakespeare realizada por presos altamente peligrosos de la cárcel de Rebibbia (Pabellón de alta seguridad). Y la obra los humaniza, nos los presenta como actores experimentados y consumados que asumen el compromiso con todos los rigores de su oficio. El teatro saca lo mejor de ellos, los pone en un estado de sensibilidad tal que los compromete emocionalmente con el nudo de la obra y con la experiencia de trabajar ante la mirada de un público (el de teatro y el del cine). Sí, porque los actores de la película son los mismos presos que se nos muestran en el día a día del hacer la obra. No sólo asistimos al proceso de gestar una producción teatral, sino al de ver como delincuentes seriamente comprometidos con el delito se vuelven seres sensibles ante nuestros ojos. No son nenes de pecho. Algunos tienen condena perpetua por asesinato o crimen organizado, otros penas menores por robos o tráfico de drogas. Partamos de la base que las condenas no son como acá, allá se los condena de veras y se les hace pagar por el daño cometido a la sociedad. Pero a la vez se les brinda la suficiente comodidad para que su reclusión no sea un calvario. Celdas limpias, con colchones y almohadas con fundas, frazadas, mesas e implementos e incluso radiadores. Por supuesto que en el penal tienen que trabajar, ya sea limpiando pisos u otras labores. Pero se les da la oportunidad de poder expresarse libremente mediante el teatro (en este caso) como elemento terapéutico y de reintegración a la sociedad.
La primera prueba que se les toma es decir su nombre, origen, dirección y nombre paterno en dos situaciones distintas: una en un puesto de frontera, dejando a su esposa del otro lado y llorando, y la otra bajo presión. Todos responden de muy diversas formas y lo hacen excepcionalmente bien, como actores consagrados. La filmación tiene un prólogo y un final en color (que coincide con el momento de la función) y el resto en un riguroso blanco y negro, que corresponde a toda la fase del momento creativo, pero dentro de los límites de la prisión. Esto está filmado de esa forma para asociar al eje de la representación con lo vital, con el color, la libertad absoluta y el resto con los rigores del cautiverio. Y ese blanco y negro no aburre, es altamente expresionista, tiene todas las tonalidades de grises que podamos imaginar y constituye un placer para los ojos y para el alma. Por supuesto que después de la prueba inicial son convocados todos para ese "Julio César" shakespeareano, distribuyendo los papeles de acuerdo al grado de excelencia. Están todos: César, su acólito Antonio, Brutus, Cassio, Lucio y los demás. Julio César fue un gobernante democrático que se convirtió en tirano, si bien ofreció a su país las más altas glorias militares, y fue asesinado por su brazo derecho, ese Brutus ("tu quoque, filli?", la célebre frase en latín con que la muerte sorprendió al César) que lo hizo, según él, para salvar al pueblo de la República de los abusos del traidor.
El papel de Brutus es el más complejo dentro de la obra y es asignado a un actor excelente (recordemos, un preso), que lo compone con todos los matices y dobleces que un profesional utilizaría. César es interpretado también por otro grande, aunque este un poco más pendenciero... interrumpe el ensayo para echarle en cara a su interlocutor su mezquindad y su corrupción para con él. Los presos ensayan a todas horas, de tal modo que incorporan sus parlamentos a su quehacer cotidiano y por momentos no sabemos cuándo están recitando y cuándo hablando de sus cosas. Pero hay un motivo conductor: buscan la excelencia en lo que hacen. Y esto los ennoblece. Los enaltece. Nos olvidamos de sus pasados al ver las caras compungidas por la muerte del líder, las horas de conspiración o los discursos redentores. Utilizan el patio de recreación para desplegar sus escenas diariamente, e intervienen como el público de Roma los demás presos desde sus barrotes carcelarios, gritando, vivando o abucheando a los personajes.
Todos están perfectos en sus roles y el tema de la conspiración pasa a confundirse con las vivencias personales de sus vidas en el delito: de tanta actualidad resulta este "Julio César" que hace que los presidiarios expongan fragmentos de sus vidas en la representación. Incluso habrá días en que alguno de ellos no esté listo para ensayar por una visita que lo ha dejado traumatizado. Cuando todo está listo se abren las puertas de esa cárcel-teatro y todos los familiares se avalanzan en manada para ver a sus seres queridos en la función, hasta aplaudirlos de pie unánimemente. Después llega la parte triste. Cada uno vuelve a su celda después de la satisfacción de la tarea bien hecha. Y la vida de ellos no será igual después de esta experiencia. Algunos han escrito un libro, uno (Brutus) se convertirá en actor a su salida de la prisión, y todos han dejado huellas de su paso por la escena (esto se revela al final de la película, casi en los títulos finales).
"Desde que me familiaricé con el arte, esta celda se ha vuelto una prisión", es la última frase que pronuncia uno de ellos para cerrar la película. Y así ha de ser. Porque el arte es la máxima expresión de libertad que puede conocer el ser humano, y debe ser muy duro renunciar a él y volver a sentirse encerrado entre cuatro paredes. Pero la semilla ha fructificado, y ninguna de esas vidas tocadas por el hado vuelve a ser la misma. "Y pensar que la secundaria me resultaba aburrida", dice en un momento el actor que encarna a César devorándose un libro. El arte salva, podemos concluir, y supera las paredes de cualquier prisión. Excelente película para ver en familia y comentar y debatir, a pesar de su corta extensión (una hora y cuarto). 
Vittorio ha muerto. ¡¡¡Larga vida a Vittorio!!!
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 14 de abril de 2018

Mi crítica de "Las Formas del Agua" (Cine)

Acabo de ver la ganadora del Oscar a la Mejor Película 2017, la obra del también oscarizado Guillermo del Toro "Las Formas del Agua" y me caben mis dudas si esta era la mejor película del año pasado o simplemente una muy buena (excelente) historia de este hacedor de monstruos. Pero preguntémonos: ¿es "Las Formas del Agua" una fábula moderna de príncipes y princesas? Sí, lo es. ¿Es una de amor? También lo es. ¿Es una de espionaje norteamericanos vs. rusos? Y sí... ¿Es una de monstruos? También. ¿Es una película de suspenso? Sí, claramente. ¿Es un musical? Y, sí... ¿Es un film fantástico? Por supuesto. Por una vez la mezcla de todo ese pastiche resultó una muy buena película y podemos decir que tiene todos los ingredientes para entretener al público.
Por un lado tenemos una mujer muda (que no sorda), Elisa Espósito, que es empleada de limpieza en una gran corporación (la excelente Sally Hawkins) que parece no haber tenido nunca un novio y que nos recuerda en las primeras escenas a "Amelie", sobre todo por su inocencia, su boina al estilo francés y por la música francesa del extraordinario Alexander Desplat. Pero de Amelie sólo continuará un aura enamoradiza y romántica a lo largo de toda la película, no hay más parentesco que ese. Que comparte su mudez y su vida de soledad con otro solitario, su vecino, mucho mayor que ella y dibujante fracasado Giles (el siempre eficaz Richard Jenkins), pelado y barbado, que usa un peluquín para presentarse en sociedad. Ambos son adictos a las películas musicales del viejo Hollywood y a los pasos de danza, pero este es un dato menor. La asistente de limpieza tiene una compañera de color... negro, en la empresa, Zelda (Octavia Spencer) que le hace pata en todo, además de traducirla.
El agua está presente en toda la película. Desde el comienzo con la habitación de Elisa completamente bajo el agua, con sus muebles flotando, hasta la bañera que Elisa llena hasta el borde y en donde se masturba todos los días con fruición, pasando por la que vierte en la cacerola para hervir los consabidos tres huevos para su almuerzo. Un día, en esa extraña corporación, llega un tanque repleto de agua y con algo extraño adentro, que irá a parar a un laboratorio cerrado. Pero como mujeres de limpieza que son, ahí estarán cuando la horrible criatura le arranque dos dedos al Gral. Richard Strickland (Michael Shannon), el malo de la película, que como todo film que se precie, debe tener un maldito. Sí, ahí están para limpiar el reguero de sangre que ha dejado tras de sí Strickland y observar al extraño habitante de ese tonel de agua verdosa: un ser repugnante, mitad hombre mitad monstruo, con cara de pescado, recubierto con escamas y de piel viscosa, que permanece encadenado a esa extraña bañera. Claro, el General ha dejado tirado el bastón con el cual castiga a la criatura con descargas eléctricas en su cuerpo. Los dedos son juntados por Elisa y reconstituidos al cuerpo de Strickland. Elisa empieza a frecuentar a la criatura muda y a hacer buen rapport con ella, primero ofreciéndole un huevo cocido y más tarde poniéndole música de Glenn Miller. No olvidemos que todo esto transcurre durante la imprecisa década de los 60, con buena recreación de época y en plena Guerra Fría y carrera espacial por ver si soviéticos o americanos son los primeros en pisar la luna.
Elisa comienza a hacerse presente en la vida de su monstruo y a mirarlo con amor, sintiéndose parte de él. Ella, a su manera es también una criatura especial dado su mudez y su soledad y por eso la empatía con el bicho es casi inmediata. Los dos están solos y desamparados en medio de un gentío de presencias. Se tienen el uno al otro, y lo descubren enseguida, el espécimen, que resulta tan agresivo con los demás es cariñoso con Elisa y hasta se deja acariciar, y acaricia él también. Pero Strickland tiene un jefe por encima de él que pide que maten al monstruo. Parecidas órdenes recibe Dimitri, un espía soviético que trabaja en la empresa y que se hace pasar por un investigador americano, de sus compatriotas que no quieren que sus adversarios desentrañen el enigma del monstruo. Pero Dimitri se niega a eliminarlo, porque él es, ante todo un investigador, y está estupefacto por el descubrimiento que los americanos hicieron en el Amazonas y a quien los indios veneraban como un dios: esa enigmática criatura venida de lo más insondable de las aguas sudamericanas.
Es por eso que cuando se desate la batalla para matar al enigma, Elisa se decida a secuestrarlo con la ayuda de su amigo Giles y a alojarlo en su bañera. Todo será parte de una operación comando, ahí es donde entra en juego el suspenso de la trama: el apuro de los jerarcas por matarlo, el secuestro organizado que programa Elisa, la camioneta de un Giles que se hace pasar por operario de lavandería y la complicidad del bueno de Dimitri, no resignado a que se extinga esa vida. Vamos a ser indiscretos. La operación tiene éxito y Elisa lo asila en su bañadera, en donde se le entrega desnuda en cuerpo y alma a su extraño inquilino y copulan fuera de la mirada inquisitiva del espectador (tal vez en algún fundido a negro, como sucedía en "La Rosa Púrpura de El Cairo").
Pero el propio Strickland es amenazado por su superior: su vida está en peligro si no aparece la criatura. Empieza a buscarlo denodadamente y desemboca en Dimitri, a quien sus camaradas le han descerrajado tres tiros. Lo tortura hasta que este dice que fueron las mujeres de la limpieza.
Entretanto Elisa vive su propia historia de amor con el monstruo: se encierran en el baño, clausuran todas las posibles filtraciones de agua y deciden llenarlo del líquido elemento para amarse libres y desnudos en su hábitat. Las goteras que caen en el cine de abajo de la casa le demandan a Giles que vaya a inspeccionar, y este abre la puerta del baño causando la pérdida de toda el agua y el descubrimiento "in fraganti" de los dos amantes. Por fin Elisa ha encontrado la horma de su zapato. Alguien que la ame  la comprenda por lo que es. Simplemente eso. Por eso se siente dichosa en el trabajo, a donde va con una sonrisa de oreja a oreja y por una vez en el film cambia su rostro de eterna melancolía. Desde el fondo de las aguas, cubierto de algas y con mancas en su cuerpo, con branquias en lugar de pulmones y con escamas a la vez de la piel, ha encontrado a su amor. Pero debe devolverlo a su elemento, y programa la lluvia que sucederá a los pocos días para echarlo en el muelle.
Todo se precipita. La criatura escapa, hiere a Giles y mata a su gato, se refugia en el cine. La herida le hace crecer el pelo al asombrado vecino de Elisa y ésta recupera a su amado. Se preparan para llevarlo a la zona de dársenas para llevarlo nuevamente al agua, pero detrás de ellos va Strickland... Y no voy a contar más porque se acerca el final de la película. ¿Podemos decir que esta es una película con final feliz? En cierta forma sí, porque el amor de ellos se convierte en eterno, pero no avancemos más. Es una película con una alta estilización y un romanticismo que impregna cada una de las imágenes. Y cuando decimos que es una fábula moderna, lo es, porque está contado a la manera de las viejas tradiciones orales o narrativas de la literatura, sin ese aire a moralina, por suerte, pero con toda el aura de cuento fantástico. Si no la vieron, conviene verla porque es un cine que hace bien al alma y a los sentidos, que nos ayuda a concientizar al diferente, al marginal, y aceptarlo con todo el amor que seamos capaces de darle. Es "E.T." en versión adulta.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 5 de abril de 2018

Mi crítica de "Lord" (Teatro musical)


Mis comentarios acerca de "Lord", la nueva obra que estrenó Teatrix, son idénticos a los expresados en mi crítica de comienzos del año pasado, que pueden encontrar en este mismo blog. Hay que rastrearla solamente...
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "El Pequeño Poni" (Teatro)


Un nuevo estreno de Teatrix que da en el blanco. Es muy buena esta obra de Paco Bezerra, dirigida por Nelson Valente e interpretada por Melina Petriella y Alejandro Awada, exhibida en el teatro El Picadero el año pasado. Una escenografía despojada, tan solo una mesa blanca y sillas del mismo color y una gran foto de Miguel, el hijo de la pareja formada por Irene y Jaime, da marco a la historia que se desarrolla en apenas una hora. Es que no se precisa más para vestir a la acción, todo será palabras, acciones y drama (entendido esto en su doble acepción: el ejecutar un texto y el que ese texto sea de ribetes trágicos).
Lo que empieza como una simple charla de pareja sobre un libro que ella está leyendo y que él le regaló, va a dar paso a la escena siguiente a un caso de bullyng contra el hijo de ambos. Lo que puede criticársele a la pieza es la brevedad de sus escenas, que sin embargo empujan la acción hacia adelante siempre, pero le quitan ese espesor que tiene un diálogo largo y bien planteado. Aunque en el devenir de las escenas se sigue un nudo argumental, cada una de ellas aporta nueva información a la anterior en un sinfín de ascensiones. El caso es que Miguel, hijo único de Irene y Jaime, de apenas 10 años, va al colegio con una mochila rosa con las ilustraciones de su dibujo animado favorito: "Mi Pequeño Poni", y esto causa la burla y el escarnio de sus compañeros de clase y del colegio todo. Todos han abandonado al chico. Todos se han constituido en sus enemigos campales. Hasta el director se le pone en contra y será su padre el único defensor. La madre también adopta una postura crítica en torno a su mochila, ya que lo considera demasiado grande para lucirla.
El cuadro que ilustra la pared del fondo, con la cara de Miguel, se va transformando, de manera que la cara plácida con que empieza se va transformando, en el decurso de la obra en una cara angustiada, luego agónica y por fin despersonalizada hasta convertirse en un hueco. La aparente fusión de la pareja va a convertirse a lo largo de la pieza en una lucha encarnizada entre dos desconocidos y luego enemigos, para juntarse nuevamente ante el drama final. El chico es acosado en el colegio y no sólo su banco de al lado está desocupado sino que todos se burlan de él y le pegan; él se defiende como puede ante 253 agresores que todos los días están haciéndole la vida imposible. Hasta que es encontrado en el baño del colegio encerrado y dormido en el piso, luego de estar dos horas desaparecido. Jaime hablará con él e intenta convencerlo que deje la mochila y la reemplace, pero Miguel sostiene que no sólo le gusta sino que se siente "protegido" por ella, es por eso que el padre deja que continúe llevándola. Pero cuando cinco compañeros lo atacan en el baño del colegio, lo desnudan y le introducen un marcador en el ano y él le pega una patada a uno de ellos que se golpea y termina internado, su madre decide arrojarle la mochila bendita en un container. Miguel es expulsado del colegio por unos días, ante la ira de un director que no defiende al más débil. Y acá surge el tema de las minorías. ¿Es posible darle la razón a la minoría aunque la mayoría esté equivocada "supuestamente"? ¿La minoría conserva sus derechos? Esto plantea la discusión y el debate fiero entre los progenitores. El padre sostiene que su hijo debe conservar su individualidad ante la masa, y la madre, por el contrario, para mantenerlo lejos del peligro, prefiere que se amolde. "De un rosal no crecen jazmines o claveles, siempre crecerán rosas", sentencia Jaime, lo que desata el llanto y la desesperación de Irene, ya que no quiere aceptar que su hijo es "diferente". Y decimos diferente en todo el sentido del término, porque parece que ese pequeño poni ha determinado también su elección de sexualidad en su vida, algo que su madre no quiere ver. Se angustia, llora, ruge,, porque tiene terror a la diferencia, se avergüenza de su hijo y declara que siente odio hacia él al verlo salir de detrás del portón del colegio. Irene toma una posición flagrantemente contraria a Miguel. Vuelto al colegio empieza a no hablar, a no comer y a no responder a su nombre y tacharlo de todos los cuadernos, ya que sólo quiere llamarse con el nombre del poni que ostenta un unicornio en la cabeza.
La psicosis que afecta a Miguel se contagia como reguero de pólvora a sus padres, quienes se disocian y empiezan a agredirse mutuamente y a ver en todo motivo de pelea y de gritos desenfrenados. Acá se nota la distancia de actuaciones. Si bien Melina Petriella está conmovida por los sucesos y llora, aunque su voz se casque por los gritos pasada media actuación, Awada se nota distante, como recitando un texto recién aprendido, si bien al término de la función se nota afectado por el drama. Miguel no come en su casa, duerme mucho, no habla con sus padres y se está despersonalizando a grandes pasos. Esto lo notan ambos sin poder hacer nada, aunque intenten reponerle la mochila con su poni. El proceso de transfiguración ha comenzado y ya estamos en el punto de no retorno.
Miguel se encierra en su cuarto y se la pasa dibujando un chico con un cuerno en la cabeza y una luna que parece exceder el marco del papel. Luego eso será interpretado por su madre como elementos de su serie favorita. Un buen día, en que está con sus tíos, se cae en el pasto de la plaza y ya no despertará, pese a todas las acciones llevadas a cabo para lograrlo. Deben internarlo. Los estudios médicos dan bien, tanto las resonancias como los tratamientos neurológicos. No hay explicación de por qué el chico ha caído en ese sopor, tan parecido al de la bella durmiente del cuento. Pasan los días y Miguel sigue en coma, no hay explicación posible, Irene recoge historias clínicas de otros chicos que han padecido de lo mismo y luego han despertado. Le dicen que le hable, y en un momento Miguel aprieta su mano. Es la única señal que da el niño de que está consciente.
Al final, Jaime llora y le confiesa a Irene de que fue su culpa, ya que él fue quien lo enquistó en contra de ella. Miguel quería cambiarse de colegio, pero él lo convenció de que resistiera y se quedara en ese, que era lo mejor para él. Lo puso abiertamente en contra de la madre en su afición por mantener la mochila del poni. Jaime lo acepta en su diversidad y lo apoya a seguir su camino, mostrándose más comprensivo que Irene y más abierto a las elecciones y libertad de cada quien. Por fin llega una llamada al teléfono del padre que desatará el final. Sólo oímos "¿Cómo...?" y el silencio. No sabemos si Miguel ha muerto o se ha despertado. Es una obra con final abierto, pero la cara de Jaime parece prever el peor de los pronósticos...
La obra es consistente y, pese a la fragmentación, se deja seguir con atención y entusiasmo por conocer el destino de esa familia en peligro. Sobre el trabajo de ambos ya he hablado, aunque quiero agregar que por fin vemos a Petriella ponerse en la piel de una mujer adulta, con todos los sentimientos a flor de piel; y de Awada hemos conocido tiempos mejores. Nelson Valente se demuestra como un director correcto aún cuando los comentarios sobre la obra en la que está dirigiendo a Gael García Bernal en la piel de su Pessoa, actualmente en la cartelera porteña, son excelentes. Habrá que esperar mejores ocasiones para demostrarlo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

miércoles, 4 de abril de 2018

Mi crítica de "Cincuenta Sombras más Oscuras" (Cine)

Vi esta película que es un verdadero híbrido. Y digo híbrido porque es hija de dos especies diferentes: la literatura (es un decir... si a eso puede llamarse literatura) y el mal cine (aquel superficial, idiota, aburrido, sin ideas propias). ¿Qué podía salir de eso? Una película bastarda. Sin una pizca de pimienta, vacía, comercial, sin ingenio y lo que es mucho peor... sin humor. La vi, dicho sea de paso porque leí el libro; sí, yo también cometo mis pecados como es el de leer literatura basura algunas veces, pero como había leído el primero, me intrigaba saber cómo seguía la saga. También leí el tercero y ahora me encuentro empezando el cuarto. No, si me doy con ácido lisérgico, polvo de ángel y "Cincuenta sombras" yo...
Pero lo que más me intriga de este fenómeno de las "Cincuenta sombras" (ya lo he comentado en otras oportunidades) es el efecto psicológico y sociológico que tiene este libro y sus derivados. Dicen que más de ochenta millones de mujeres se "mojaron" leyendo este esperpento... y resulta que el mismo es de una rebaja de la mujer impresionante. El tema es el sadismo y la posesión de sumisas por parte de un Amo (Christian Grey) y su infligirlas a sufrimientos extremos en materia sexual. ¿Qué es lo que atrae a tantos millones de mujeres de este sometimiento cuando después se hacen marchas y reclamos pidiendo "Ni una menos"? ¿Hay un alma sumisa en cada mujer que le gusta ser azotada, vilipendiada y torturada hasta la humillación? ¿O es efecto de una campaña de marketing y ventas? Porque digamos la verdad, Anastasia Steele se escapó y lo dejó a Christian en la novela anterior porque no pudo soportar el dolor de su última aventura sexual, pero ahora vuelve a él como un perrito faldero y a lo largo de la novela/film le pide que la lleve de nuevo a la "sala roja" (lugar donde él ejerce su sadismo) para que abuse de ella. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿No le gusta o sí? Todo parece indicar que esta mujer (por lo menos esta, quiero creer) es excitable con el padecimiento físico y psíquico y así darle el gusto a un sádico h de p. Es cierto que Freud lo estudió en "Más allá del principio del placer", que todo montante de placer, pasados ciertos límites, se convierte en displacer, y que hay un goce (se habla de "goce" cuando está asociado a la pulsión de muerte) masoquista en ello que es disfrutable. Pero también estudio muy seriamente el sadismo y el masoquismo (para que exista un sádico, tiene que existir su complemento, un masoquista, sino uno de los dos se queda sin su juego) como patologías. Y acá el sádico de Christian Grey es un ser patológico al extremo.
Pero vayamos a los méritos estrictamente cinematográficos de la película. Filmada con el "Manual del Perfecto Cine Comercial" James Foley filma la historia sin apartarse para nada del libro (es todo un mérito meter un libro de más de 600 páginas en dos horas y diez de duración), pero le saca todo el condimento sexual que es la médula del texto. Sí, parece ser que el mensaje de la autora es "todo se arregla cogiendo", ya que todas las peleas, problemas y diferencias que surgen entre Ana (apócope de Anastasia) y Christian, se arreglan en la cama, en la ducha, sobre la mesa de billar, en la sala roja, etc. etc. Pero acá, en el film, se elimina todo efecto deseante, las escenas de sexo son muy pocas y duran escasos segundos, sin mostrar nada por supuesto, más que las preciosas tetas de Dakota Johnson (Ana, hija en la vida real de Melanie Griffith y Don Johnson), reducido todo por efecto del montaje (¡ay, maldito Sergei Einsestein y si uso del montaje cinematográfico) a un verdadero "polvo vainilla", que es como define Christian (el insulso y mal afeitado Jamie Dorman) al sexo zonzo, sin aditamentos. Lo cierto es que la hace probar bolas vaginales en una reunión de beneficencia y que la sodomiza un par de veces, pero la cosa no pasa más que de la insinuación (no hay nada explícito, quédense tranquilos, la película esta a quinientos metros libres del porno soft, Tinto Brass debe estar revolcándose en su sillón). Hay muuuuuuchas escenas comerciales, como aquellas postales tomadas cuando navegan en el barco de él o las escenas callejeras de una Seattle ultra moderna con los edificios de Christian Grey. Hay un poquito de suspenso, como cuando Leila, una ex sumisa que ha quedado prendada de su Amo, se presenta para matar a Ana (mal narrada musicalmente por Danny Elfman, maestro de lo siniestro en las películas de Tim Burton pero acá totalmente desaprovechado) que dura apenas unos instantes, o cuando Christian cae en su helicóptero (acá el director comete el pecado de mostrar el aparato volador haciendo su aterrizaje, mientras que en el libro se mantiene la tensión sobre su destino, preguntándonos si Christian sigue vivo o no).
Hay también un cameo de la ya veterana Kim Basinger (acá muy avejentada), como la intrigante Elena, esa mujer que le enseñó a Christian el arte de ser sumiso y que abusó de él en su juventud, enseñándole todo lo que luego aplicaría con sus propias sumisas. Este cameo es significativo porque desata los celos e indignación de Anastasia hasta límites insospechados, celos que se arreglarán, por supuesto, en la cama. Como también surge temor ante la aparición de Leila y su sometimiento y ternura con que la trata Christian, y el temor de perderlo por parte de Ana. Anastasia se muestra muy enamorada de Grey, y éste de ella, de tal modo que le pide casamiento y ella, después de pensarlo, le contesta que sí. Pero si me preguntan a mí qué es lo que une a esta pareja (por lo que se ve en el film y se lee en el libro), es la calentura, la gran atracción sexual que ejerce el uno sobre el otro y el otro sobre el uno. No hay otra cosa que eso. El amor verdadero pasa por otras partes, y no precisamente por las de abajo (aunque esto es necesario, no estoy diciendo que no). Hay mucho culto al cuerpo en la película, lo vemos a Christian trabajar sus músculos en su mini gimnasio y tensar sus bíceps, que todo el tiempo son acariciados por Anastasia, y el cuerpo de ella... ¿qué podemos decir? Es el de una chica normal, en ningún aspecto es voluptuoso, ni en sus pechos ni en sus caderas, pero lo vuelve loco a él por completo. De rostro es linda, con sus hermosos ojos verde agua y sus labios repintados como una puerta, pero no pasa de ser una belleza como tantas (bien decía Dolina que las chicas más hermosas no están en el cine o el teatro sino en la caja del supermercado o de la panadería). Lo que debe atraerle a ella de él (aunque lo niegue) es su obscena riqueza y sus gastos desproporcionados, aunque esto parece quedar relegado a un segundo plano en vista de sus habilidades sexuales (en el libro puede tener una relación tras otra sin cansarse nunca ni agotar sus reservas...). Otro fracaso de la película es que en el libro, Anastasia se muerde constantemente su labio inferior, lo que produce un ratoneo infernal en Christian... acá se olvidaron de poner eso... Y así, con fracaso tras fracaso, llegamos al final de esta segunda entrega de las "Cincuenta sombras" que ya deja entrever su secuela (llegó este año a los cines, esta es del 2017), otra tortura para los amantes del buen cine y otra bendición para las consumidoras de este "polvo vainilla".
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

viernes, 30 de marzo de 2018

Mi crítica de "Coco" (Cine-Dibujos Animados)

Vi la maravillosa "Coco", que con toda justicia ganó el Oscar a mejor producción animada, dirigida en este caso por Lee Unkrich y co-dirigida por Adrián Molina. Este film pertenece a la factoría Disney-Pixar, comandada por el talentoso Richard Lesseter. "Coco" es una historia compleja, pero que cala hondo y llega hasta el corazón. El verdadero protagonista de la película es Miguel, un chico mexicano de unos 10 años, pero su bisabuela Mamá Coco tendrá una presencia definitoria en la película, por eso el título del film puede prestarse a confusiones. Quien no quiera conocer detalles sobre el final del film, que no siga de estas líneas porque para poder analizarlo es preciso recorrerlo de punta a punta.
La anécdota se instala en tierras mexicanas, algo inusual para la compañía Disney-Pixar y narra la saga familiar de Miguel, cuyos ascendientes se remontan a su tatarabuela Imelda, su hija Coco y un marido que ha sido sacado de la foto porque los abandonó por irse con su guitarra a dedicarse a la música. Por eso la música es una palabra tabú para la familia Rivera, es algo así como una maldición. Y resulta que a Miguel le ha dado por inclinarse a ese arte y quiere ser cantante y guitarrista, como su admirado Ernesto de la Cruz, el cantautor más grande que haya dado la tierra mezcalita. La abuela Imelda, una vez dejada por su marido tuvo que rebuscársela por sí misma y se dedicó a la fábrica de zapatos, trabajo que ha ido pasando de generación en generación hasta llegar a los propios padres y abuela de Miguel, y quieren que su hijo continúe con la tradición y que ni se acerque a la música.
La calidad de los dibujos animados generados por computación es exquisita, y llega hasta el asombro, sobre todo en la escena dedicada a la Noche de los Muertos y la visita al cementerio, en donde la multiplicidad de detalles y la muchedumbre que puebla el santuario es tal que el detallismo se convierte en preciosismo. La visita a la Ciudad de los Muertos es de una imaginería visual que corta el aliento por su belleza de colores y figuras y puede quedar entre lo más logrado de toda la historia de la compañía Disney, esa fábrica de sueños que, desde que estrenó su primer largometraje, "Blancanieves y los Siete Enanitos" en 1937 viene acompañando multitud de infancias.
El tema de esta película es el festejo tan difundido en México del Día de los Muertos, y su demistificación de la muerte como algo terrible y angustioso, sino como un día para celebrar y recordar a las personas que nos precedieron en su viaje al Más Allá y el recuerdo con cariño y respeto. Los terapeutas que estudian el reciente "invento" de la "Decodificación" (a la que no llaman terapia) encuentran argumentos en esta película para sostener su postura. En breves palabras, la Decodificación (de la que no soy entendido no obstante mi paso por la facultad de Psicología) se basa en curar enfermedades somáticas del tratante, rastreando su pasado hasta remontarse a ancestros olvidados, como para buscar una justificación psicológica de esa enfermedad. Es algo parecido al otro "yeite" de las Constelaciones Familiares, pero con sutiles diferencias. Bueno, decía, han encontrado en esta película motivos suficientes para respaldar su teoría.
El caso es que Miguel averigua que su tatarabuelo, el que abandonó a su familia, no es otro que su ídolo Ernesto de la Cruz, de quien tiene todos los discos, se sabe de memoria sus canciones y sabe interpretarlas en la guitarra, y ve asiduamente sus películas. Y como lo que necesita para presentarse en la competencia del Día de los Muertos es una guitarra y su abuela le ha roto la que él construyó, se interna en el mausoleo de quien fuera su antepasado para tomarle prestada su guitarra. Pero allí, por un efecto perteneciente a la administración cósmica se ve arrastrado a la tierra de los muertos, a los que al principio mira con cierta aprensión, pero pronto aprende a tratar con esos esqueletos cuyas calaveras se estructuran y descomponen con toda facilidad, hasta sentirse uno de ellos (y de hecho lo es, ya que él empieza a transformarse en un muerto más). Pronto topa con su familia de origen, su tatarabuela Imelda y demás familiares, tíos, primos, etc. Le pide a Imelda la bendición para regresar al mundo de los vivos y esta se la da, a condición que se aleje para siempre de la música, tema que como ya vimos, está fuera de toda consideración para la familia. Entonces, huye, secundado por su fiel perro callejero Dante (todo un descubrimiento de estos Disney, por lo simpático y movedizo que es, además como en toda película de dibujos animados habitada por gente, debe haber un animal mascota que oficie de trazo cómico en Disney), hasta toparse con un personaje desheredado que está pronto por caer en el olvido, Héctor. El tema del olvido es muy importante, porque cuando en la Tierra ya no hay nadie que recuerde a sus muertos, estos simplemente se desvanecen y desaparecen del Mundo de los Muertos, que es ciertamente lo que pasa en la vida, vivimos en la memoria de quienes nos recuerdan hasta que somos olvidados, después desaparecemos de la faz de la existencia aún como muertos. Héctor es un mentiroso y engañador compulsivo que le dice a Miguel que conoce a Ernesto de la Cruz ya que cantó con él y que puede llevarlo hasta la esplendorosa fiesta que éste realiza en el Día de los Muertos y que es aclamado por la multitud.
Vamos a hacerla corta. Miguel se hace de una guitarra y llega hasta Ernesto de la Cruz cantando, quien reconoce su espléndida voz y el niño le dice que es su tataranieto. Él se emociona y lo hace anfitrión de su fiesta y logra cantar en el concurso. Pero Héctor le revela que está muy triste porque su hija Coco está pronto a olvidarlo y entonces desaparecerá. Ahí MIguel se entera que su verdadero tatarabuelo no es Ernesto de la Cruz sino el mismísimo Héctor, que fue asesinado por el cantante para apoderarse de sus creaciones y hacerlas pasar como suyas. Ernesto de la Cruz se vuelve loco de cólera y manda a Miguel y Héctor al fondo de un gran pozo para que se pudran. Ahora Miguel debe hacer reconciliar a Héctor con su esposa Imelda, ya que en verdad no la abandonó, sino que cuando iba a volver a su casa fue muerto por el villano (no podía haber un buen Disney sin un malo de turno). Coco, la bisabuela de Miguel es una viejecita que está perdiendo la memoria a pasos agigantados y está más cercana de la muerte que de la vida, sentadita en su silla de ruedas. Por fin Miguel se reencuentra con su familia muerta y hace disculpar a Héctor por Imelda, quienes son atacados por de la Cruz en su escenario multitudinario y una cámara que capta todos los movimientos registra la confesión del asesino y la virtud del cantautor Héctor. Inmediatamente es vituperado por el público y desterrado de su lugar de héroe. Héctor le canta a Miguel una canción que le cantaba a Coco cuando era chica y que ella cantaba con él "Recuérdame" (excelente pretexto para meter canciones en la película, como otro recurso viejo de la Disney). Finalmente Imelda y Héctor se reencuentran y le dan la bendición a Miguel de que vuelva a la Tierra de los Vivos y que siga su destino, si quiere ser músico lo ha de ser.
Miguel regresa justo para cantarle a Coco la canción que su padre le cantaba, y la viejita responde entre susurros con la misma letra, esto enternece a su familia viva y logra recomponer el retrato recortado de su abuela Imelda con la foto que Coco retiene de su padre. Al año siguiente Coco ya ha muerto, y se festeja el día de los difuntos entre un baile que organiza cantando a toda voz y ya con su guitarra propia Miguel, aceptado por su familia y con una danza que entrelaza a vivos con muertos. Por fin Coco se ha reencontrado con sus padres y ahora bailan felices, ya despojados de su pesado cuerpo.
En resumen la película es esto, pero tiene muchas tramas y subtramas más que le dan carnadura de película de "seres humanos". Casi toda la acción sucede en la Tierra de los Muertos y despliega gran alegría y entusiasmo, todo lo contrario a lo que hacía prever. El film es altamente entretenido, se mira con atención su hora y tres cuartos de trama y nos deja deslizar alguna lágrima. Es triste y alegre a la vez y tiene momentos plenamente emotivos, como todo a lo que nos tiene acostumbrado la Disney, ahora unida con Pixar (ya desde hace muchos años, y con quien ha logrado sus más rotundos éxitos, el primero fue el de "La Bella y la Bestia").
Altamente recomendada para todas las edades, la pueden ver cómodamente padres con sus hijos sin tener que resignar ninguno su sentido del humor ya que el que presenta es universal. La canción "Recuérdame" también logró el Oscar a la Mejor Canción.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 24 de marzo de 2018

Mi crítica de "Tarascones" (Teatro)

Ayer, en mi nueva salida al teatro pude asistir a una obra maravillosa, y lo digo de todo corazón y con todas las letras. Es inusual encontrar una obra así en el teatro argentino (y me arriesgaría a decir, mundial), con tanta lucidez y agudeza en su planteo formal y valiente en su temática. Es verdad, no iba virgen de la obra porque ya sabía que había ganado el premio ACE a Mejor Obra Argentina del 2017 (ya pasaron los tiempos de las también lúcidas reflexiones de los Gorostiza y Cossa, de los Viale y Gambaro, de claridad meridiana, pero ahora estamos frente a un nuevo teatro), que la obra estaba escrita enteramente en verso y que se trataba de un crimen entre amigas, amén de ser la mar de divertida. Todo eso se cumplió, y con creces. Debo decir enseguida que no es una obra para cualquiera, hay que ser muy suspicaz y demente (perdón, de mente) rápida para pescar al vuelo tanto ingenio. La obra tiene la consistencia de los versos heptasilábicos y de rima consonante, si bien un poco libre, y los parlamentos de las cuatro MARAVILLOSAS actrices se entrecruzan dando lugar a la hilaridad. Aquí el tema es una crítica a la clase alta adinerada que se reúne (sus mujeres) a tomar el té y jugar a las cartas, con un espantoso desprecio por las clases más bajas y en particular con la empleada doméstica, a quien acusan inmediatamente (e injustamente) del crimen en cuestión. Las actrices son, por orden puramente alfabético: Paola Barrientos, Alejandra Flechner, Eugenia  Guerty y Marcela Guerty, y se sacan chispas y brillo una a las otras. Es una verdadera labor de conjunto, en donde se apoyan unas a otras y donde saben que sin las demás, cada quién no tendría el lucimiento que tiene: se sostienen mutuamente espalda contra espalda como en tantos ejercicios teatrales nos enseñaron a sostener al compañero.
El crimen en cuestión, que al principio se confunde con el de una niña, es sin embargo el de una perrita, Bolitas, pequeña y diminuta que cabe en una caja de zapatos, y la ejecutora de tal macabro incidente parece ser la patada voladora de la criada, Carmen, que no sólo le quito la vida al can, sino que además la desfloró, haciendo que su himen sangrara de manera compulsiva. Es lógico, para el amor que su dueña le profesaba, Raquel (Marcela Guerty), el crimen merece el peor de los juicios y los castigos. Sin embargo, la acción, en la obra, está reemplazada por la palabra veloz, por el retruécano audaz, por el ingenio verbal. Si bien esto no quiere decir que no hay acciones concretas en la pieza, sí, las hay y en gran cantidad, lo que quiero decir que aquí el peso de la obra está en el orden de la palabra. Y al estar atravesadas por la palabra, las señoras del té, se vuelven inconfundiblemente humanas. Tan humanas que se desenmascaran como capaces de los peores atentados contra la vida humana. No hablemos ya de atar a la sirvienta con cables pelados, sino de haber cometido homicidio del marido (una), un juego lésbico con su alumna predilecta (otra), haber sido una cornuda con esposo fugado con la propia mucama (la tercera) y haber dado muerte a la mascota (la cuarta). No diremos cuál es cuál, sólo dejaré planteado que las mujeres ultra superadas y bien educadas y alimentadas han cometido sus bajezas peor que una paraguaya viviendo en Gerli, como la empleada. El encono que demuestran estas cuatro mujeres contra el personal de servicio es tal que la hacen víctima de las peores acusaciones y de un juicio que, si bien no se lleva a cabo de cuerpo presente de la infractora, da por tierra el veredicto de culpable aun antes de haberse iniciado.
Las mujeres en cuestión son Zulma (Barrientos, genial), Martita (Flechner, excepcional), Estela (Eugenia Guerty, increíble) y la mencionada Raquel, compuesta por Marcela Guerty (impagable). Los insultos que Martita descerraja contra la pobre Carmen son de un calibre y una cantidad tal que es imposible contarlos, pero deben haber sido más de cincuenta (sombras más oscuras), lo que impulsa al aplauso inmediato y cómplice por parte de un público a la vez crítico. Zulma se apura por devorar grandes cantidades de sandwichs de miga mientras las demás no la ven, y de ocultar su mal disimulado alcoholismo, Martita se lamenta por haber sido una engañada debido a su fealdad y se le vaticina que su marido, huído con su empleada, le dará dos hijos a la fámula con el nombre de "Lio" y "Diego Armando". Mientras que el monólogo de apertura que despliega Estela está a la altura de los grandes clásicos shakespeareanos, pero con una comicidad y un despliegue actoral tal que dejaría mudos a los actores del Método.
El cadáver de la perrita aparece en escena en la mencionada caja, y es blandido hacia el público en el saludo final. Se trata del más purísimo humor negro, sin dejar de lado las partes escatológicas, y si bien, el lenguaje es fluido y puro, tampoco abandona las expresiones vulgares y un tanto obscenas, que parecen marcar a estas cuatro damas patricias de la más alta sociedad aristocrática. No hay un momento donde no impere la risa y el buen humor, todo está pensado para hacer pasar al espectador atento la hora y media más hilarante que recuerde, riéndose, como es costumbre en el Humor con mayúsculas, de sí mismo, porque de eso se trata. De revisar las propias conductas y prejucios con que nos manejamos en nuestra vida social. Cuanto extranjero indocumentado habrá caído bajo nuestras críticas por el sólo hecho de poseer este estigma, que tan bien conocemos (¡a no hacerse los inocentes, acá caemos todos...!)
El hecho de poseer una máscara de la culpable, una máscara del más acendrado corte guaraní, que dicen tiene propiedades mágicas, a saber, la de adjudicar juicios al que la porte, juicios críticos, y hasta denuncias policiales, hará que esta careta vaya pasando de una en una y se vayan destapando ollas que huelen a podrido, sobre todo cuando el juicio en cuestión cae sobre una de las amigas del té y la canasta. Es de indudable gracia la "posesión" de cada una que se ponga la máscara, llegando al cenit con Estela, que hasta se anima a danzar con ritmos nativos y a bailar un innegable malambo. Y las voces que cada una saca haría temblar a la propia Linda Blair apresada por el demonio. Pero los peinados, el maquillaje y las expresiones faciales merece un párrafo aparte, tal es el grado de perfección que ha logrado cada actriz al manejar su propia máscara actoral, ese envase que le prestamos al personaje, como le gusta decir a mi directora, que se confunden con la risa, el llanto o la más atroz desesperación. El trabajo físico y mímico de las cuatro es sublime y merece el mayor de los elogios. Todo esto no sería mucho si no se hubiera dotado a la pieza de un sentido del humor cáustico y arrollador, ingenioso y arrebatador, es una comedia salvaje en su presentación e impiadosa en su temática. Por eso la recomiendo con toda devoción, está en El Picadero (antes pasó por el Cervantes) y va de jueves a lunes. Por favor no se la pierdan porque vale mucho la pena.
Ah, y merece mencionarse a dos mágicos artífices de este espectáculo: el autor, Gonzalo Demaría, un verdadero prodigio de imaginación y talento y el director, Ciro Zorzoli, sin cuya iluminación mental hubiera sido imposible este resultado. La escenografía, las luces y la música también colaboran para que todo salga redondo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).