domingo, 13 de enero de 2019

Mi crítica de "La Heredera" (Cine-1949)

¿Es posible agregar algo que no se haya escrito ya sobre "La Heredera", esta notable película del alemán radicado en Hollywood William Wyler (1902-1981)? Sólo diré que para los jóvenes que se quieran arrimar al cine clásico de la era de los estudios de Hollywood, esta es una oportunidad invalorable, por la lucidez de su autor, por la claridad de pensamientos y porque el tema no ha pasado de moda. Se trata de la relación de un cazafortunas con una heredera joven y casadera de no muchas luces, que se enamora con todo su ser. Ya está. la resumí en una oración, me ahorré todo el trabajo posterior. Pero no, algo más habrá que comentar. Los inquietos que quieran asomarse a esta etapa del cine pueden hacerlo además desde producciones como las actualísimas de Otto Preminger o las siempre vigentes de Alfred Hitchcock, por poner dos ejemplos. Son películas vitales, que no aburren, que entretienen y que, como buenos clásicos, nunca pasan de moda. Además la fotografía y la iluminación de "La Heredera" son una verdadera obra maestra, sumadas a la música, que hacen de la vieja canción francesa "Plaisir d' amour" el leiv motive del film.
Pero vayamos a las preguntas. ¿Puede una chica rica fiarse de cualquier desconocido/conocido que quiera casarse con ella por un súbito amor? ¿No es más zorro viejo el astuto padre que lo ve todo clarísimo? ¿Puede endurecerse el corazón de la joven por un amor mal habido? ¿Y hasta dónde es justo echarle en cara sus limitaciones intelectuales y físicas a la joven enamorada? Sí, porque todo ésto pasa en el film, y mucho más. Realmente no es una de las películas tontas de la época sino una con gran visión de 365°.
Olivia de Havilland (ganadora del Oscar por esta película, que nación en Tokyo en 1916... y todavía no murió) compone a Catherine Sloper, la hija única de Austin Sloper (Ralph Richardson) y su finada esposa; una chica sin grandes atractivos, se muestra deslucida la actriz y con el pelo grasiento, sin dotes para la conversación ni para desarrollar un tema en profundidad. La acción transcurre 100 años antes que la película, o sea en pleno 1850. El padre es un médico de buen pasar y viven en una mansión señorial, acompañados por la tía Lavinia (Miriam Hopkins), una vieja casamentera que insiste para que Catherine salga de su ostracismo y concurra a fiestas para conseguir un pretendiente. En la primera reunión que va, donde se anuncia la boda de una prima suya, conoce al apuesto y seductor Morris Twensend (Montgomery Cliff, en su esplendor), quien enseguida la saca a bailar y le ofrece su atención. Es, a la sazón, primo del novio de la prima de Catherine. Promete ir a visitarla al día siguiente. Catherine está confundida pues nunca tuvo tratos con un hombre, pero el buen semblante de este la hace confiar. Al día siguiente se presenta en la residencia y, dejados a solas por la astuta tía, él le declara su amor. Claro, él es pobre como una rata, dilapidó su fortuna y ahora vive de lo que le quedó en forma de posesiones. Ella es un bocado apetitoso pues recibe 10.000 U$s anuales en herencia de su madre y, a la muerte del padre, esa cifra se triplicará. Deciden casarse cuanto antes, lo cual, visto así parece muy traído de los pelos, ya que él es un joven apuesto y puede fijarse en cualquier chica de New York antes que en la deslucida Catherine. Por eso, cuando ella le anuncia su boda al padre, este tiende a desconfiar, y le pregunta por qué no se lo dijo Mr. Morris en persona, a lo que ella contesta que prefería adelantárselo ella porque Morris entiende la desconfianza que Austin tiene hacia él.
Antes de que se presente a la mañana siguiente para hacer la declaración formal, Austin cita a la hermana de Morris para hacerle un breve interrogatorio, donde ella le da la razón de desconfiar de su hermano. Aún así se presenta Morris a la hora convenida y habla con el padre de Catherine. Este le dice que rechaza la boda por ser él un farsante, que sólo está allí por la herencia de Catherine y que no lo aceptará nunca como yerno. El pretendiente le había hecho jurar a su prometida que se opondría al padre en caso que el fallo no fuese positivo. Esta cumple con su promesa y se preparan a huir a la noche siguiente, haciendo que un cura los case en secreto y vayan juntos a pasar la noche de bodas a una posada y de allí emprendan su luna de miel. Bajo la lluvia, Catherine ve a Morris y le pide que la huída se produzca esa misma noche, ya que ha tenido una discusión desagradable con su padre. En esa confrontación, Austin le dijo que si ella se pensaba que en realidad la quería Morris, que cómo se iba a fijar en ella que era tan zonza y desangelada, que no podía mantener una conversación y que para lo único que servía era para bordar. Allí se da cuenta Catherine todo el desprecio que su padre sintió siempre por ella, vomitado en un sólo párrafo. Entonces es cuando le dice a Morris de huir, que rechaza la herencia del padre y que no quiere volver a verlo nunca más en su vida. Morris le dice que la espere esa noche a las 12, que pasará a buscarla en un carruaje y de ahí irán donde el cura. Catherine hace sus petates y se pone a esperar. Se presenta la tía Lavinia y ella la hace partícipe de sus planes. Entre las dos se ponen a esperar que venga Morris.
Pero el señorito no aparece nunca ni aparecerá. Ella sube las escaleras entre llantos, con el corazón destrozado y sus valijas impolutas y con veinte años más en su cara, realmente se le ha agriado el rostro. Pero el padre, sufre del corazón y se autoexamina y se da cuenta de que está próximo a morir. Así se lo hace saber a su hija, pero ella ni así se conmueve. Odia a su padre y se le ha endurecido el corazón. Le dice que no huirá esa noche ni ninguna otra ya que Morris la ha abandonado. Le pide que redacte un testamento para desheredarla, pero el padre se niega.
Después de la muerte de Austin todo vuelve a su cauce. Sigue viviendo Catherine en la mansión con su ejército de mucamas y ahora con su herencia completa. Cuando una tarde vuelve de paseo Lavinia y le dice que ha visto a Morris, y a los cinco minutos él toca el timbre. Llega con la cola entre las patas, le dice que tiene una explicación para todo, se la da, aunque ella no se deja convencer. Le dice que si aún lo quiere y ella contesta que sí. Entonces planean todo para salir de viaje de bodas esa misma noche. Pero Catherine no prepara sus maletas y le dice a la tía que ya le ha robado la esperanza y ahora pretende robarle el amor. Sigue con su bordado, y cuando él llega a buscarla, ella no le abre las puertas, mientras Morris queda afuera gritando desesperado su nombre, Catherine apaga las luces y sube a su cuarto. Se ha convertido en una solterona resentida y desconfiada ante el amor de los hombres. Me endureció la película, y cerré mi corazón a cualquier explicación de amor que pudiera darme señorita alguna, tanta es la potencia de las últimas imágenes del film con Catherine subiendo las escaleras con su lámpara mientras el novio se desgañita gritando afuera. ¡Se hizo justicia!
No quiero cerrar este comentario sin citar algunos de los grandes hitos de William Wyler, como "Jezabel" (1938), una versión de "Cumbres Borrascosas" (1939); "La carta" (1940); "La Loba" (1941); "Los Mejores Años de Nuestra Vida" (1944); "Vacaciones en Roma" (1953); "Horas desesperadas" (1955); "Horizonte de Grandeza" (1958); "Ben-Hur" (1959) y por último "Funny Girl" (1968). Todos grandes e imborrables títulos, mojones de grandeza que fueron forjando la cima del cine clásico norteamericano, la mayoría hecha por extranjeros huídos de la guerra. Una historia rica y valiosa a revisar de vez en cuando. No se pierdan esta o cualquiera de esas películas y disfrútenlas en grande, porque se lo merecen. Para un señor tan actual como el talentoso William Wyler.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 10 de enero de 2019

Mi crítica de "El Repostero de Berlín" (Cine)

Esta notable co-producción israelí-alemana es de esas películas, como la danesa "La Fiesta de Babette", la taiwanesa "Comer, Amar, Hombre, Mujer" o la mexicana "Como agua para Chocolate", que une el cine con los alimentos, están destinadas a deleitar los sentidos y hacer que segreguen nuestras glándulas salivales. Pero ofrecer tal cantidad de exquisiteces dulces, para un diabético (yo lo soy) es un verdadero atentado... Pero acá estoy, sobreviví al embate y me regocijé con una película tan rica en su aspecto culinario como en su temática. Acá, la confección de postres, tortas y confituras está coloreada por un amor homosexual, que se lleva a cabo entre un repostero berlinés, Thomas (Tim Kalkhof) y un ingeniero israelí que trabaja en la comunicación de trenes en Alemania, Oren (Roy Miller). El pastelero alemán tiene una confitería propia de nombre "Pastelería Kredenz", adónde asiste siempre que está en Alemania Oren. Con la excusa de comprar un regalo para el cumpleaños de su hijo, le pide a Thomas que lo acompañe a comprar el juguete. A partir de allí comienza una relación entre los dos que se va a extender en el tiempo (con los sucesivos viajes de Oren entre Israel y Alemania, ya que está casado y tiene su hogar allá), conviviendo juntos durante su estadía en la tierra germánica.
La película está muy bien construida, sin golpes bajos de la relación entre los dos hombres, no se regodea en intimidades y tiene un guión sólido, así como la sabia dirección del judío Ofiz Raul Graizer, de mano firme y contundente en el relato. Pero quiere el destino que Oren muera en un accidente automovilístico en su país, al regresar a su casa, y Thomas, sin saber nada, le deje un montón de mensajes sin contestar en su celular. Se entera de su muerte por la compañía de trenes, a dónde va a recabar información. Sabe por su amante, que la mujer de este tiene una cafetería en Israel, y hacia allí viaja. Mientras duró la relación de novios, Thomas le pedía a su amante que le relatara sus encuentros íntimos con su mujer, en una especie de regusto masoquista, ya que pedía detalles reservados. Una vez en Israel, el buenote de Thomas va a la cafetería de  Anat (Sarah Adler), la viuda de Oran y pide un café y algo para comer. Se entienden con la preciosa mujer en inglés. Quieren los hados que Thomas acabe trabajando para ese comercio, ayudando en la cocina a lavar los utensillos, hasta que su labor de cocinero tiene ocasión de presentarse, para el cumpleaños del pequeño Itai (el hijo del matrimonio) y le hornee una ración de galletitas decoradas. Mutti (Zohar Strauss), hermano  de Anat lo increpa por haber usado el horno, ya que para un no judío está prohibido hacerlo. El prejuicio que tiene la familia de Anat hacia el alemán es el mismo que puede tener uno contra los homosexuales, infundado, como todos los prejuicios. Pero pronto logra conquistar a toda la familia, incluída la madre del difunto. 
Las galletas que Thomas prepara para la fiesta del niño tienen tanto éxito que pasa a fabricarlas para la cafetería, en dónde pronto corre el rumor que hay confituras exquisitas, sumada la mala mano de Anat para la cocina. Es invitado a comer a casa de la viuda y lleva una "Selva negra" preparada por él, que causa sensación. Enseguida acabará haciendo los más exquisitos postres para el negocio familiar. Todo marcha viento en popa y entre ellos se comunican en un inglés fluido y Mutti le ayuda a conseguir un departamento en la ciudad hebrea. La película, en su gran extensión está hablada en yddish o en alemán. Mutti logra hacer buenas migas con el extranjero y lo invita a pasar el Shabath a su casa. Los pedidos para fiestas de muchas personas empiezan a llegar a raudales, mientras preguntan si los productos están hechos por manos judías, a lo que siempre Anat responde que sí. Es notable como se ha dado vuelta el antisemitismo, en Israel recelan de todo extranjero que pueda existir entre ellos. Lo curioso es que Anat no pregunta nada del pasado y de a qué se dedicaba el ignoto pastelero, sorprendiéndose ante su bien desempeño en la cocina. Pero al mismo tiempo revisa una caja que llega desde Alemania con cosas de su marido en donde, revisando, encuentra diversos tickets de la pastelería   Kredenz, lo que la hace sospechar algo raro.
En una oportunidad que invita a cenar a su casa a Thomas, llueve y éste llega con la ropa mojada, Anat lo conduce al baño para que se cambie y le da ropa de su marido, que él tratará con veneración. Thomas cree encontrar a Oran en cualquier persona medio parecida a él, pero Oran está definitivamente muerto. Vemos un flashback sobre las citas mantenidas por ambos hombres en Alemania y cuando tenían sexo. Pero lo que es amistad con Anat, sumado a la soledad de esta y al atractivo de Thomas, quiere que ella, en una noche que se quedan trabajando hasta tarde, lo avance y él, primero, por su homosexualidad, la rechace, hasta que acepta el juego y terminan los dos haciendo el amor entre masas sin hornear y harina desparramada por la mesada de la cocina, en una escena que no llega a los decibeles que la que hayan tenido Jack Nicholson y Jessica Lange en "El cartero llama dos veces", pero que es igual de apasionada. A partir de allí ella no se siente más sola y al día siguiente se muestra eufórica.
Pero el diablo mete la cola, y Anat le pregunta por los recibos que guarda de su marido en su estadía en Alemania y por los muchos de la pastelería  Kredenz, que Thomas dice desconocer. Ella empieza a investigar la sospechosa pastelería por internet, llegando a ver su fachada y las tortas que allí se exhiben, de riguroso parecido con las que compone Thomas. Sin quererlo, empieza a atar cabos, y lo que al principio es sospecha, lo confirma al ver una nota hecha de puño y letra por Thomas (que conservaba entre los recuerdos de su marido) y un escrito actual del alemán. Pero falta el momento de la verdad. Y este llega cuando Anat le revisa los mensajes del celular al difunto esposo y comprueba que allí había trece (¡¡¡13!!!) mensajes de amor de Thomas. Ese con quien ella compartía lecho y que le hacía el amor tal como le había descrito su marido que le gustaba. A esto se suma un cartel dejado en plena vidriera de la cafetería diciendo que ese negocio no estaba comandado por judíos, con lo cual alejaba a su público. Anat sabía que su marido se veía con otra persona en sus idas a Berlín y (como no es estúpida) reconoce que su amante no esotro que Thomas. Esto la shokea enormemente y, mientras este amasa, llega Mitti con un boleto de Avión para el extranjero, para que se vuelva a Alemania al cabo de la siguiente hora. Este llora desconsoladamente. Ahora, ¿por qué aceptó acostarse con Anat siendo gay? Seguramente para compartirla con su amor muerto, poseyendo lo que Oren poseía tantas veces. El plano final, cuando Anat viaja a Berlín y lo ve salir de su pastelería sin decirle palabra, viéndolo desde la calle de enfrente, es de una poesía inusual. ¿Lo recuperará? ¿Habrá viajado para disculparse? No lo sabremos, porque allí termina esta hermosa película que nos da ganas de salir corriendo a comprarnos una torta. Excelente realización y un exponente más de lo que el cine israelí es capaz de regalarnos. Véanla. Los va a fascinar.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

martes, 8 de enero de 2019

Mi crítica de "Yo no duermo la siesta" (Teatro)


Ni chicha ni limonada me pareció esta obra de gran repercusión en el ámbito teatral independiente, llevada a cabo en el 2018 y grabada por Teatrix. Tenía puestas muchas expectativas en el "gran suceso de las hermanas Paula y María Marull" y se desinflaron un poco apenas empezó a transcurrir la obra. De la mitad para adelante repunta un poco, es decir, cuando apuesta a situaciones con humor, sobre todo las sostenidas por las dos niñas del elenco, peso pesado, para dos nenas llevar toda la carga de una obra sobre sus espaldas. Pero sí, se la cargan encima y si bien ninguna de las dos es muy carismática, logran insuflarle convicción y ánimos a una obra de por sí fluctuante. Toda la parte del tío discapacitado mental me pareció lamentable (no la interpretación, que está muy bien), pero me dio la impresión de que deslucía la pieza, por el constante machacar sobre la corta inteligencia de un ser que, lejos de inspirar piedad, suscitaba bronca (que me perdonen los del INADI). Paula Marull es la autora y directora de "Yo no duermo la siesta", y su hermana María la protagonista (en el rol de Doris o Dorita, una empleada doméstica dentro de una casa paraguaya). Todos son paraguayos en la obra, y hablan como tales (espléndido el trabajo de las dos niñas, que identifico como Laura y Sandra Grandinetti, ¡Ay la falta de nombres de los personajes/actores!), menos Hilda, la madre de familia, a quien no se le nota el acento, no sé si por un error en la dirección o por querer demostrar alguna cosa extraña.
Doris atiende a todos los de la familia, teniendo que estar muy atenta de Aníbal, el tío oligofrénico, quien, como todo enfermo mental, tiene sus manías, sus ratos buenos y de los otros. Se hace compañía con HIlda, su hermana y madre de Rita, una de las dos chicas. La otra nena se llama Natalie y es sobrina de HIlda, viviendo enfrente y teniendo a su madre en situación de dar el paso para la otra vida. Las chicas son la piel de Judas, y juegan sus juegos infantiles a la hora de la siesta (que no duermen), mientras se pelean con su tío Aníbal. Claro, Doris tiene que poner un paño de agua fría entre tanta refriega, y reta a las chicas y apaña al tío. Mientras, escucha por los auriculares su cumbia. Otra cosa que me chocó de la obra es que en todo momento se escucha cumbia en la casa, lo cual me parece insoportable (hasta en los títulos de crédito asistimos al bendito género musical),
Hilda y Aníbal se entretienen viendo pasar la gente por la vereda, mientras toman mate (infaltable en casa de paraguayos), y ven pasar una y mil veces la moto de "el hijo de Cacho", que atruena la paz de la siesta, con su melena al viento. Claro que Aníbal exclamará: "¡Cuántas motos!", no dándose cuenta que es la misma que pasa y repasa. Ahí, en la vereda tiene los primeros ataques (o mejor llamarlos "berrinches") y es calmado por su hermana y por la buena de Doris. Él quiere que sean las 4 de la tarde, porque "es la hora que me entra el sueño". Pasan a comer mientras HIlda se va. Y Doris sienta al tío a la mesa junto a los dos angelitos que tiene dando vueltas por allí. Sus juegos son inocentes, desde disfrazarse y querer ser una sirena o un molusco hasta pintarrajearse y jugar a ser "el río". Pero en uno de esos juegos perversos envuelven al tío con mantas y mangueras lo cual le provoca un ataque de nervios al pobre Aníbal. Hay que ponerle un ventilador sólo para él ya que sufre de mucho calor. Y no sabe pintar sus libros para colorear, dictamina Natalie. Lo que más ansía Aníbal es treparse a un árbol, y lo hará, después de dormir la siesta sentado a la mesa. Es muy graciosa la parte en que las dos nenas tratan de "operar" al perro de la casa y lo matan (humor negro), vienen con las manos llenas de sangre y dicen que están "operando al Lauchy" y que no resistió la operación. Entretanto, Doris escucha su cumbia... y el tío se trepa al árbol, dándose un porrazo que lo deja contuso. Las dos nenas tratan de avisarle a Doris, pero ella sigue enfrascada en su cumbia. Y sueña con verse agasajada por Peter, el "hijo del Cacho". Cuando éste irrumpe en escena, con su pelo largo y sus manos sucias de manejar y arreglar la moto, todo se pone patas para arriba. Las chicas tratan de convencerlo para que se le insinúe a Doris, y ella no hace más que echarlo. Llegan a esconderlo debajo del sillón cuando vuelve Hilda.
Pero lo mejor todavía no ha pasado. El momento mágico de la declaración con "beso largo" incluído (como le explicaron las dos chicas que debía hacer), mientras ellas tiran papel picado en la cabeza de los novios y suena una canción romántica, que por una vez deja de ser cumbia. Al descubrirlo Hilda debajo del sillón pone de patitas en la calle a su fámula, quien envuelve todas sus pertenencias en una bolsa y al otro día va a irse. Las chicas se despiden, temiendo Natalie el volver a su casa por la situación en que va a encontrar a su mamá. Se espera lo peor. Cuando las nenas están solas juegan a "la diálisis", obviamente un tratamiento que le hacen a la enferma. Luego de despedir a Natalie, Rita se queda sola y le pide a Doris de dormir con ella, quien la acoge en su lecho. Rita le dice, sin ahorrarse el humor negro tan propio de las criaturas que le dijeron que ella se va a morir pronto. Doris le hace entender que eso no es así ya que para eso hace falta cumplir muchos años.
Al día siguiente, Doris mete violín en bolsa y se aleja de la casa de sus patrones, pero en el momento en que va a irse aparece mágicamente Peter, con el cabello cortado bien prolijo y un gran oso de peluche para ella. Se produce la unión de los amantes y termina la obra.
Durante la primera mitad le faltó humor a la pieza, tratando de dárselo con las ocurrencias del tío enfermo, pero resulta más patético que humorístico. En la segunda parte, cuando las chicas se adueñan de la escena la obra levanta vuelo, sobre todo recurriendo a un humor negro que pasa por naif. Las actuaciones están bien y son difíciles de conseguir, hablando todo el tiempo con acento paraguayo (menos HIlda) y se lucen María Marull y las dos chicas, además del tío enfermo. Lo que se puede ver de Peter, que es poco, resulta convincente, tanto en su vida de "grasa" como en la de educado. Los nombres de los actores, además de los mencionados son: Mauro Álvarez, Luciana Grasso y Marcelo Pozzi. La gran consagración de María Marull, de la que tanto se habla, no me parece tal, sumándose al tándem de buenas interpretaciones en el resto del elenco. La obra se puede ver, no le quito méritos, pero hubiese sido más preciado un nivel más parejo en la escritura y no tener que esperar media obra para suscitar el interés. Los adictos a mi blog pueden verla haciendo un click en el link de arriba.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 5 de enero de 2019

Mi crítica de "Libertarias" (Cine-1996)

El prólogo de esta discutible película del prolífico Vicente Aranda reza: "Verano de 1936. 18 de julio. El ejército se subleva contra la República/ 19 de julio. En Barcelona y en Madrid el ejército es derrotado por el pueblo./ 20 de julio. Las masas reclaman un estado revolucionario. El gobierno legal es incapaz de controlar la situación./ 21 de julio. Comienza la Guerra Civil Española, la última guerra idealista, el último sueño de un pueblo volcado hacia la utopía..."
¿Por qué será que siempre la palabra "utopía" se refiere al comunismo? Porque digámoslo claramente, el gobierno de la dictadura que gobernaba España era cruel y sanguinario, pero los que se le oponían eran los anarquistas y los comunistas, los genuinamente llamados "rojos". Y un gobierno de izquierdas -y mucho menos un desbarajuste anarquista- nunca fue bueno para la clase media a la que me enorgullezco de pertenecer. Ojo, no estoy con esto adhiriéndome a las facciones fascistas que por entonces gobernaban España, pero tampoco desearía que la opción fuera establecer un orden (perdóneseme el oxímoron) anarquista. Es como lo sucedido en la "patagonia rebelde" en la que una colonia de anarquistas trató de tomar el poder y fue sofocada por el gobierno de Irigoyen, tan bien narrado y auspiciado por el ahora patriota Osvaldo Bayer. Nadie en su sano juicio querría para su nación un gobierno anarquista, salvo para quienes profesan esas obtusas ideas (que en la teoría pueden ser muy buenas, como las del comunismo, pero en la práctica siempre defendió desastres). Y signos de la anarquía como sistema lo tenemos en la actualidad más cotidiana de nuestro país (sí, no es cosa del pasado) con las bombas puestas hace poco en nuestra propia ciudad, que por fortuna no alcanzaron a estallar.
Pero veamos la película, ésta está enfocada desde el punto de vista de los Republicanos, las facciones revolucionarias. Y recordemos que la palabra "revolución" designa un cambio de sistema, y que ninguna revolución se hizo sin derramamiento de sangre. Acá habrá sangre de ambos bandos, y mucha. El film empieza una vez comenzada la Guerra Civil y se inicia con una monja, María (Ariadna Gil), que debe refugiarse en un prostíbulo, al que arriban las revolucionarias, lideradas por Pilar (Ana Belén) y reclutan para sí a las prostitutas, salvándolas del yugo opresor que les hace vender sus cuerpos y adquiriendo autonomía y adhiriéndose al movimiento (como que no hubieran tenido poco movimiento en las camas). María es llevada por Pilar al epicentro de la lucha, cambiando su sombrero por un pañuelo rojo y convirtiéndola a la Juventud Libertaria a la que pertenecía Pilar. Hacen un primer recorrido por las calles llevando armas a sus camaradas y pasando con una motoneta que lleva en la caja mendrugos de pan (que ocultan más armas) para alistarse con sus compañeros de movimiento. La lucha es sin cuartel. Pronto se suma a ellas Floren (Victoria Abril), anarquista, espiritista y coja (en ese orden) y se sitúan en un lugar de trincheras donde transcurre la mayor parte de la película. Enfrente tienen al enemigo, y si bien no hay bajas en las filas Republicanas tampoco las hay en las fascistas (por el momento). Son muy significativos los planos detalle de la película, en especial de ese reloj al que el Obrero padre (Pepe Sancho) no se olvida de dar cuerda y deja especiales recomendaciones por si él cae en la lucha de que lo tengan siempre al día. Recuerdo un chiste de Woody que dice que hasta un reloj descompuesto da dos veces al día la hora exacta... Ese reloj será muy significativo, porque cuando el miliciano caiga, a bordo de un auto blindado, pasará a manos de otro que lo llevará encima con tal de darle cuerda. Significa las horas de la lucha que ya se estaba sofocando, o las horas que les quedaban de vida como personas.
Hay un ex cura secretario (Miguel Bosé) que está en el bando de los Republicanos y quien se enamora de María y llega a proponerle casamiento. Esta lo rechaza, por supuesto, por estar entregada a Dios. Hay también una ex prostituta que le ofrece sus carnes a un ex presidiario republicano, quien hacía dos años que no tenía contacto con mujer alguna... hasta en la guerra suele haber treguas. Y está la espiritista  Floren que se encarna en el espíritu de  Mateo Moral, el que había arrojado la bomba a Alfonso XIII, quien se encarna en su cuerpo y da órdenes precisas a la tropa. Siguiendo estas indicaciones logran hacerse con una caja de caudales, la que les servirá para volar el puesto de trinchera de las milicias fascistas. Se escabullen cruzando el río y se hacen del puesto liquidando a sus enemigos haciéndolos volar por los aires. Floren, imbuída por algún espíritu tira un tiro que le vuela la cabeza a uno de los contrarios.
Ya en la ciudad, el Obrero padre, maneja un tanque blindado con el que logra derribar un puesto enemigo, pero es muerto en la acción y es sucedido por el Obrero hijo (Jorge Sánz) quien se rebelará contra el movimiento por la muerte de su padre. Las mujeres son examinadas por un par de médicos quienes les diagnostican enfermedades venéreas y algunas otras del aparato genital, con lo que prefieren que la milicia de mujeres deje su función y se confinen a los talleres de tejido, lo cual debe ser comunicado por el ex cura. Las mujeres guerreras dicen que no dejarán la lucha ni aún muertas. Pero pronto vendrá la represalia. Los fascistas atacan todo el escuadrón de mujeres y las pasan a degüello, salvándose sólo María, la ex monjita, rescatándola de ser violada por la facción fascista por el jerarca, quien le tiene compasión por tratarse de una ex monja.
Cientos de iglesias han sido destruídas por los "rojos", miles de imágenes religiosas quemadas en hogueras así como obispos asesinados de un tiro en la cabeza. No, si no eran ningunos santos estos Republicanos... Todas las instituciones inamovibles se conmueven ante el paso de las milicias, y todo lo que parecía establecido se desestabiliza. Es el peso de una revolución. Las conciencias se sublevan, otras se atemorizan y hasta algún fascista se ahorca por honor a la patria.
La música de José Nieto es encantadora, y alterna marchas militares con cánticos religiosos y ha sido grabada por la Orquesta de la Radio de Bratislava, dando un aura temible de opresión al film. Todo el metraje se mueve entre el bando de los Republicanos, sin acceder a la intimidad de los contrarios, que son pintados acá como los malos de la película, y no sin motivos ya que eran facciones de temer, y la represalia fue muy dura. Nunca más se produciría otra Guerra Civil como esta en la historia de España y luego vendría la temible dictadura de Franco. Como resultado de la Guerra Civil contamos la muerte de Federico García Lorca y Antonio Machado y Miguel Hernández en la cárcel, como los poetas fusilados por el fascismo. Una guerra, que como todas las guerras, dejó importantes bajas de uno y otro lado y a la que nadie le fue indiferente.
Un film importante para revisitar el pasado reciente que aún deja escaras.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



jueves, 3 de enero de 2019

Mi crítica de "Salvajes" (Teatro)


No se dan una idea cómo me molesta que "Salvajes" haya permanecido durante bastante tiempo en cartel y tenga su público. Una obra degradante, que sólo apunta sus chistes a la grosería más escatológica (no digo a la simple mala palabra sino a lo más bajo de la argumentación) y sin ningún síntoma de inteligencia. Le tenía desconfianza ya que el elemento central es el mismo de "La madre que los parió", otra obra deleznable, digna de Sofovich o de Ricardo Fort, el autor es Juan Paya, uno de los actores de ese engendro y el director, el mismo, Héctor Díaz, quien como actor asume papeles que están acordes a su calidad interpretativa (que es sobresaliente), pero que, como director, se ha dedicado sólo a producir monstruos. El elenco era igual de anónimo: salvo Graciela Stefani (Emilia), la única con autoridad encima de un escenario; se suman Maida Andrenacci (Leticia), Federico Barón (el concheto del que no se dice el nombre); Juan Paya (Camilo, el encargado de seguridad); Payuca del Pueblo (Alexandra, un travesti que ostenta muy bien el nombre que se otorgó); Imanol Rodríguez (Matías "Tiburón", hermano de la anterior) y Andrés Rovetto (Claudio).
Entre todos sacan a relucir lo peor de la sociedad, tal vez como elemento crítico pero me parece que más bien se trata de hacer empatía con ello. La acción transcurre en el garage de un edificio de departamentos, en donde el encargado de seguridad ha abatido a un ladrón y lo tiene tapado, listo para meterlo en el baúl de su auto y dejarlo por ahí tirado. Mientras, mantiene de rehenes a todos los que de una u otra manera se han visto involucrados en el asunto y pueden salir y denunciarlo. Las tensiones son muchas, está Emilia, la presidenta del consorcio que se da aires de superioridad y es partidaria de llamar a la policía, Leticia, una chica "bien" con tendencias izquierdosas que se basa siempre en los derechos civiles y humanos, lo cual pone un toque de cordura al asunto, el consabido travesti, que debe soportar todos los embates ajenos debido a su condición, el hermano de esta, un desaliñado y pedante nuevo presidente del consorcio que ostenta su cargo sólo para "levantar" minas, el guardia de seguridad, pistola en mano, que no hace más que desocupar su baúl no se sabe de qué, Claudio, un "fumado" espiritista y "new age" que quiere exorcizar el cuerpo del difunto y el "tipo bien" que habla todo con un acento raro de clase acomodada y con estereotipos de mechar palabras en inglés y sin dejarse entender. Otro tema importante es la dicción y emisión de voz de los actores. Salvo a Graciela Stefani, de voz potente, a ninguno del resto se le termina por entender lo que dicen o quieren transmitir.
Y hago la aclaración de que no se basa en malas palabras, las cuales no me asustan, porque son expresiones claras y concisas. Así lo explicaba Pinti hace años: uno puede decir de alguien que es un bobo, pero si dice que es tonto, subimos otro escalón, ahora si dice que es un tarado, nos explicamos mejor, pero si decimos que el tipo es un boludo estamos un escalón más arriba, y ya es imposible dudar cuando decimos que el sujeto en cuestión es un pelotudo. Las malas palabras sirven para poner en claro el lenguaje, para darle categoría y rebajar al que lo merece; cuando Cervantes quiso decir "mierda" dijo "mierda" y cuando quiso decir "puta" no dudó en usar la palabra. Ahora bien, esta obra se regodea en el insulto rebajante, en la ordinariez gratuita y lo que es peor, en la imbecilidad.
Todos discuten si deben denunciar al asesino a la policía y entregar el cuerpo, pero llega a seducirlos la idea de trocearlo en pedacitos para hacerlo desaparecer, y tal vez pasarlo por la picadora de un carnicero amigo y hacer con esa carne empanadas, con las cuales alimentar a los niñitos de las villas... para que mueran... Se me dirá que la corrección política no siempre es la más efectiva en el terreno del humor. Como la autoritaria de Emilia quien quiere eliminar a la boliviana de la verdulería porque la estafó en el precio de los tomates, y que habría que poner a todos los bolivianos en un tren y devolverlos a su país.... Me parece que al autor Juan Paya se le va la mano con su xenofobia de adentro y de afuera.
Todos gritan, corren, farfullan sin que se les entienda nada y producen el caos sobre el escenario. Una obra execrable desde todo punto de vista para con las minorías y absolutamente rayana en lo repulsivo. No es apta para oídos y mentes bien entrenados en el arte del teatro, que tiene dignos exponentes en la misma cartelera porteña. ¿Y para qué seguir hablando de esta obra? Si quieren, pueden verla con sólo hacer un click porque a eso me comprometí con Teatrix, pero queda bajo la responsabilidad... de los seres humanos.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



miércoles, 2 de enero de 2019

Mi crítica de "Buscando a Dory" (Cine-Dibujos Animados)

La pérdida de memoria a corto plazo, como todo el mundo sabe o intuye, es un problema grave, que puede ser un anticipo de lo que va a derivar en Alzheimer. Yo estoy pasando por una etapa muy sensible respecto a eso pues mi mamá está entrando en un Alzheimer galopante que le trae muchos inconvenientes con sus recuerdos recientes y muchos de los pasados. Como es bien sabido, lo que mejor se conserva es la memoria de la infancia, de los primeros años de vida. Por lo tanto no estaba dispuesto a aguantarme una película que tomara como tema de burla la pérdida de memoria a corto plazo. Afortunadamente esto no sucede, y si bien en los primeros cinco minutos el tema da para la reflexión jocunda, avanzado el metraje se convierte en un verdadero problema para esa Dory entrañable que se olvida de todo menos de actualizar sus sentimientos (como suele ocurrirle a los pacientes con Alzheimer). Para quien no haya visto la excelente "Buscando a Nemo", les comento que Dory es una pez que no puede retener nada en su memoria, dada más a la parodia en la primera entrega que en esta. Acá asistimos a su primera infancia, donde ya demostraba este problema y era muy querida y cuidada por sus padres, Jenny (con la voz de Diane Keaton) y Charlie (vos de Eugene Levy). Pero quieren los hados de Disney-Pixar que Dory se aleje de sus progenitores para no volver a verlos, literalmente, se pierda sin saber volver a casa. Este es el argumento central de este hermoso film de 2016 dirigido e ideado por Andrew Stanton (y guionado) y todas las peripecias que sucedan en el camino a Dory serán el relleno de la película.
Es de destacar -como siempre- la alta calidad en los dibujos y la animación de la Disney-Pixar, y baste decir que los títulos finales tienen una duración de diez (¡10!) minutos para describir la cantidad de gente que trabajó en esta epopeya y figura en los créditos finales. Es un verdadero ejército de dibujantes, técnicos en computación y animadores los que acompañan cada estreno de esta compañía ensamblada. Si bien en esta oportunidad no tenemos casi canciones (sólo dos, y adicionales), la música como en todo Disney, es protagonista. La voz de la Dory adulta está doblada por Ellen De Genaries. Después de un breve paso por la infancia de Dory la encontramos en su edad adulta (o cuando menos, adolescente, ya que es complicado definir cuándo es la adultez de un pez), reencontrándose con sus viejos amigos Nemo y su padre Marlin, con quienes emprenderá el viaje de regreso al hogar. Son muchas las travesías por las que pasa esta querible pez Dory, sumado a su falta de memoria y su problema para recordar los eventos recientes, lo que la enredan en miles de problemas, todos ellos con un viso dramático pero resueltos con solvencia y risas para grandes y chicos. Lo que tiene la película, como en todos los últimos Disney, es una complicidad con el público adulto que hace apta su visión acompañando a los más pequeños, que se divertirán al mismo tiempo pero con otras cosas o situaciones. Hay para todos los gustos, como en el bien planificado Universo Disney.
Así Dory oye la voz de Sigourney Weaber, que la atrae hacia ella, con la lejana esperanza de poder encontrar a sus padres, y la ingresa en un Instituto para la Vida Marina, en donde enseguida es etiquetada y confinada a una pecera. Son instituciones benéficas que tratan de recuperar a los animales marinos y después de su cura, devolverlos al mar. Igualmente tiene un espacio para la exhibición de especies de todos los tamaños y colores para entretenimiento y conocimiento de los niños. Allí Dory se hace amiga enseguida del pulpo Hank, que será su aliado en el reencuentro con sus padres. El pulpo la ayuda a salir de la pecera, pidiéndole sólo que le regale la etiqueta una vez concluída la misión a efectos de poder salir del lugar. Después de muchas peripecias graciosas y de suspenso con el pulpo al costado, Dory se verá llevada (o caerá por sus propios medios) en el estanque de la ballena bizca Destiny (un tiburón ballena de buenos sentimientos que no puede con su vista, llevándose por delante cuanto obstáculo haya). Es compañero de estanque, un cachalote llamado Bailey que ha perdido su eco sistema de orientación, por lo que le resulta muy complicado poder predecir y ubicar objetos a la distancia.
Mientras tanto Nemo y su padre han dado con la ayuda de dos elefantes marinos fuera del instituto que los encomiendan a un pato desplumado (Becky) para que los transporte en un balde hasta dentro de la residencia para animales a fin de ubicar a su amiga Dory. Esta, lo único que sabe es que sus padres están en la zona del zoológico llamada "Mar abierto". Tal vez confunda esto con el verdadero mar abierto en donde se encontraban sus padres. Y se hace conducir hasta allí por la extremada pericia de sus nuevos amigos, que la guían según el (no)estropeado radar/sonar de Bailey. Llegada al "Mar Abierto" reconoce las viejas caparazones de caracoles que formaban el caminito de su infancia y se emociona pues allí encontrará a sus padres. Pero aquí le informan que han sido llevados al lugar llamado "Cuarentena", dentro del Instituto. Ahora, nuevamente debe emprender la marcha hacia un lugar distinto, siempre ayudada por sus amigos que conocen sus limitaciones para el recuerdo. Por fortuna se encuentra con Nemo y con  Marlin quienes se unen a la aventura. Pareciera que en las películas de dibujos animados siempre la acción se tiene que tirar para adelante a fuerza de peripecias o de giros en el camino, este es el secreto para tener concentrada la atención de los niños.
Una vez llegados a "Cuarentena", son transportados  en un camión que se dirige a Cleveland, pero gracias al eco sonido del cachalote pueden disponer la trayectoria del camión y ser interrumpido por una amorosa familia de nutrias, que, abrazándose cortan la ruta. El camión pasa a ser comandado por el pulpo y Dory viaja en un frasco desde donde dirige el trayecto. Finalmente, y detenido por la policía, el camión con todos los peces cae al agua del mar abierto y Dory se reencuentra con sus padres quienes la esperan amorosamente y sus amigos Nemo y Marlin. Sus padres reciben una gran emoción al volver a ver a su pequeñita ya crecida y ahora viven todos donde reina la paz y la concordia.
Una notable película que me hizo amigar un poco con el temido Alzheimer, ya que Nemo, en las situaciones apuradas decía: "¿Cómo pensaría en esta situación Dory? ¿Cuál sería se lógica?" Y utilizando las reflexiones más alocadas lograban salir con fortuna del entuerto, es decir que el Alzheimer nos regala otro tipo de pensamiento, no menos útil, que puede ayudarnos a reflexionar y a pasar los males... Mientras tanto sigo luchándola yo aquí con mi viejita que se acerca inexorablemente al final de la razón. ¿Qué me esperará de acá en adelante? Sólo la enfermedad lo sabe. Y vean la película porque es muy estimulante y está muy bien llevada.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "Tres Anuncios para un Crimen" (Cine)

Parafraseando la película de David Cronenberg, esta se trata de "Una historia de violencia". No importa que sea latente o explícita, no interesa si sea cuando Mildred le perfora la uña y el dedo al dentista con el torno, ni cuando ella misma arroja bombas molotov sobre la comisaría; no importa si cuando es amenazada por un extraño que dice haber violado y matado a su hija, o cuando ella hace colocar los tres enormes letreros: es violencia igual. Y Mildred no se detiene ante nada, habiendo ya siete meses en que su hija fue violada, quemada y muerta en un descampado y ella debe luchar ante la molicie que define a ese grupo de policías que parecen chiflados (pero malos) en su anárquico accionar. La actuación de Francis MacDormand como esa Mildred, madre de Ángela Hayes, la jovencita de 16 años que debió soportar abusos y por fin la muerte, es absolutamente apabullante y no da respiro: es el rostro y el cuerpo de una mujer amargada, profundamente dolida que no esbozará una sola sonrisa durante todo el metraje del film y que decide hacer justicia por mano propia ante la indiferencia policial. Actuación que le valió un Oscar a la MacDormand.
En la punta opuesta se encuentra el comisario Willoughly (Woody Harrelson), un hombre que parece sincero, pero inoperante, que tuvo ante si el caso y no ha sabido dar con un solo sospechoso en siete meses. Ante él van perpetrados los tres grandes carteles en los anuncios que hay en las rutas: "¿Qué hay, Jefe Willoughly?", "Violada mientras moría" y "¿Todavía no hay arrestos?", que Mildred hace colocar pagando lo que no tiene a la compañía de publicidad del pueblo de Ebbing, Missouri, donde ella vive y ocurrió todo. Pero la violencia no acaba allí, ella es víctima en todas sus formas, es ex esposa de un ex policía que la golpeaba brutalmente y que la dejó por una chica de 19 años. Mildred misma trata con violencia a sus hijos, Robbie y Ángela la misma noche de su deceso, en que tienen una discusión ya que la niña se la pasa tirada en su cuarto fumando marihuana la mayor parte del dia, y le pide plata para ir hasta una fiesta, a lo que la madre se la niega y le dice que se vaya caminando. La chica contesta que sí, y que ojalá la violen. La madre se lo confirma: "sí, ojalá te violen y te maten". Nunca se cansará de arrepentirse de esas palabras que cual oráculo edípico marcó su destino. El ex marido la visita a menudo, y se suscita otra escena de golpiza que es interrumpida por un cuchillo de cocina que Robbie le coloca en el cuello al padre. Todo es así de violento en la convivencia de Mildred (quien tiene un acento sureño que le valió, en parte, el Oscar).
Pero el Comisario Willoughly tiene otro as bajo la manga (involuntario): tiene cáncer de pancreas y le queda poco tiempo de vida. Cuando se lo comunica a Mildred ella no mueve un solo músculo de la cara (que ya tiene atenazados) en signo de compasión. Y cuando la arresta y le escupe sangre en la cara, él se disculpa gravemente, antes de ser internado. Es acicateado por esta mujer fuerte y dolida quien le reclama la solución del crimen, haber tomado muestras de sangre de todos los hombres del pueblo o haber tenido una conducta conciliatoria hacia la resolución del asesinato.
Hay un muchacho, Wilby, el cadete de la agencia de publicidad, quien le hace colocar los carteles, un poco atolondrado pero buen muchacho, que está entre ceja y ceja de Doxon, otro policía (Sam Rockwell), medio estúpido pero muy violento que pone palos en la rueda para el esclarecimiento del caso. La policía es dejada acá como una manga de pelmazos torpes. Pero Willoughly, atenazado por sus dolores y por la propia incapacidad para resolver el asunto, decide poner fin a su vida aunque tiene una hermosa mujer y dos hijas chiquitas que lo acompañan bien. Deja cartas. Para su esposa. Para Mildred y para Dexon. A su mujer le pide perdón por la decisión de quitarse la vida y le agradece cada uno de sus momentos; a Mildred le pide disculpas por no haber podido esclarecer el crimen y le dice que fue él quien pagó los próximos tres meses de los carteles, lo que arranca la primera y única sonrisa que ella esbozará en todo el film. Y a Doxon le dice que hay que ser honesto, un buen policía si quiere llegar a algo. Pero el día que éste recibe la noticia de la muerte de su superior no tiene mejor reacción que cruzar la calle, hasta la agencia de publicidad y arrojar al empleado por la ventana, produciéndole múltiples contusiones. Enseguida llega el reemplazante del comisario, un negro de rígidas órdenes y buen sentido común que viene a poner orden en la comisaría y lo primero que pide es la renuncia de Doxon. Este, a la vez, vive con su madre a la que amenaza con volarle la cabeza en cualquier momento (una vieja alcohólica que le dice a su hijo todo lo que tiene que hacer).
Luego vendrá la quema de los carteles, a los que Mildred intenta apagar, infructuosamente, con su matafuegos. Ella, en represalia prepara bombas molotov contra la comisaría y las arroja la noche en que Dexon está dentro leyendo la carta que le dejó su jefe. Recibirá quemaduras por todo el cuerpo pero se salvará. El nuevo comisario interpela a Mildred y a un enano que la acompaña y que ha sido el que sofocó el fuego en Doxon, y para cubrirla, éste le dice que están saliendo juntos y que ella estaba con él en el momento del incendio. Pronto llegan los carteles de reemplazo que Mildred, su hijo y el enano deben colocar a pulmón. Es en una cena que mantiene con el hombre de baja estatura, cuando se le acerca el marido de Mildred y confiesa haber sido el autor de la quema de anuncios. Ella no responde con ira (sin embargo), sino que le dice a la novia veinteañera que lo cuide.
Salido del hospital, Doxon está en un bar donde, pegado a él hay un tipo que se jacta de haber violado reiteradas veces a una jovencita, Doxon sale y toma nota de la patente del auto del sujeto, y una vez adentro se produce una paliza con lo que puede rescatar restos de su ADN. La llama a Mildred y le informa que está tras la pista el sospechoso. Ella le queda agradecida y por una vez en mucho tiempo renace en ella la esperanza. Pero Doxon aporta todos los detalles ante el jefe de policía, quien, luego de chequearlos, confirma que el sujeto no estaba en el país en el momento del crimen. Doxon se lo comunica a Mildred y esta se desarma, pero él le dice que ha averiguado el lugar en dónde vive el sospechoso y si quiere ir a hacerle una visita. Al día siguiente parten juntos, ya olvidados los rencores, como buenos camaradas, Mildred y Doxon a matar al tipo. Durante el viaje dicen que no están decididos a matarlo, que lo pensarán mientras van llegando...
Un film fuerte en contenido y forma, desgarrador como la vida misma y que no resuelve nada, el crimen ha quedado impune (todavía) y no hay mucha esperanza de resolverlo. Pero Mildred se ha definido como lo que es, una mujer fuerte, luchadora, que no va a dejarse vence y de armas tomar. Tal vez el mejor trabajo de Francis Mac Dormand en mucho tiempo, y eso que ella nos tiene acostumbraos a ejemplares desempeños. Y otro poroto anotado para el director: Martin MacDonogh quien supo imponerle toda la dureza y la crudeza que el tema necesitaba, así como cierto recato en las escenas más espinosas y dolorosas, como la de la violación, que nunca se ve. Un gran ejemplo de lo que el cine "oscarizable" e independiente puede dar. La recomiendo fervorosamente.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).