jueves, 14 de febrero de 2019

Mi crítica de "Así de Simple" (Teatro)

Ayer fui a ver mi primer obra teatral de este año, y empecé con "Así de Simple", en el Picadero, obra que ya va por  su sexta temporada. Y debo decir que la disfruté. "Así de Simple", el título mismo es una ironía o una paradoja, pues en cuestiones de amor de pareja nada es "así de simple", siempre hay recovecos, zonas oscuras, desvanes a los que no queremos subir, sótanos que nos da miedo visitar. Y nada es simple en la pareja que forman Clara y Joaquín, el candor de los tres o cuatro primeros meses se esfuma enseguida. Pero ¿cómo seguir cuando el amor no es suficiente? ¿O cuando se ama pero la rutina mata el enamoramiento? ¿Qué es lo que nos arrastra al fracaso en una relación? Todo esto se pregunta la obra escrita por Ignacio  Bresso y Sofía González Gil, y dirigida por esta última, que a la sazón debe ser hija del prolífico Manuel González Gil, aunque nos preguntamos ¿a la sazón de qué?
Clara y Joaquín. Joaquín y Clara. Dos personajes que ya han pasado al imaginario propio de todos los que asistimos a ese ritual de teatro que se produce todos los miércoles a las 21 hs. Y es que Clara y Joaquín no son dos, sino que son seis. Cada uno interpretado por tres actrices y actores, que comparten escena todo el tiempo y se refuerzan con los parlamentos y los diálogos unos a otros. Todo se deshilvana como verdaderos flash-backs (miradas sobre el pasado), aunque también hay un flash-foward (hacia el futuro), extrapolando este término del mundo del cine.Sí, porque todo empieza en el momento en que Clara y Joaquín deciden separarse, y él está destrozado por la decisión (es muy cómico como uno de los tres Joaquines se deshace en llanto, igual que una de las tres Claras). Este desdoblamiento debe haberse imaginado para dejar en claro que nuestros mundos interiores no son uno solo sino varios, y que cuando hay que tomar una decisión son muchas las voces que pugnan por opinar. En Clara está más claro: parecen ser las tres instancias psíquicas que imaginó Freud para su tercera tópica: el Yo, el Ello y el Super-Yo. Una es la racional y adecuada, otra se deja llevar por las pulsiones y está la tercera que es la que pone el orden y decide siempre sobre lo "correcto". Después de esa primera instancia de separación (no sin dolor y no con menos risas) volvemos para el pasado y accedemos a los momentos apacibles de la pareja, cuando veían una película juntos y la comentaban (claramente la película que están viendo es "Antes del Amanecer", de Richard Linklater, que trata sobre el enamoramiento de una pareja en su primer momento) y ella quedaba extasiada ante los conocimientos cinéfilos de su pareja. También asistimos al momento de conocerse y a las vueltas claras de toda pareja para tomar la decisión de encarar el asunto. Pero pasamos también por la falta de deseo sexual de él, acosado por la rutina y estupefacto viendo un partido de fútbol. A la cara de traste de ella haciendo la limpieza y después de haber concurrido a una fiesta familiar en donde todas las miradas estaban clavadas en ellos y en la expectativa de cuándo iban a tener un hijo, comparándolos con la hermana de él, la prolífica Marianita. En la difícil decisión de instalarse a vivir juntos y de darle las llaves del departamento a ella, etc.
Clara es diseñadora de interiores, profesión que Joaquín subestima y dice que se parece más a un hobbie que a una carrera, mientras que él es ingeniero, y en una primera cita ella se pone a bailar, borracha, ante el estupor de él. Ella le pregunta si no sabe bailar, y ahí se viene el momento más aplaudido de la noche: el baile de él (de los tres), coordinados al unísono por la magnífica coreografía de Carolina Pujal, en donde demuestra un excelente estado atlético y de gran bailarín, dejándola boquiabierta a ella y a todos nosotros. Clara acota: "no sabía que un ingeniero podía bailar así". El humor bordea toda la obra y son ingeniosas las réplicas que dan los dos tríos de amantes, casi al unísono y sin solución de continuidad. Los cambios de vestuario también son muchos y se producen en un instante, sólo el momento de entrar o salir por una puerta. La escenografía no peca de ingenio, tan sólo un sillón, una cama y una repisa, con dos cajones practicables en el centro, que van cambiando de funciones. Todo el derrotero de la obra nos pasea por las variadas fases del enamoramiento, hasta concluir mal, pero luego de ese principio de separación, viene el esperado flash-foward, aquel en que Joaquín invita a Clara a deshacer la casa y viene la posibilidad de un empezar de nuevo, aunque saben que es difícil, casi imposible por todo lo que han pasado, la chispita del deseo y la pasión se vuelve a instalar en ellos y se avecina un reiniciarse de la relación. De hecho, el final de la obra los muestra a los dos, detrás de una transparencia, besándose apasionadamente.
Los actores y actrices son todos excelentes y están a la altura de las circunstancias, lástima que no puedo identificar a cada uno por el nombre de su personaje, pero los nombres de ellos son (primero las actrices): Magdalena Pardo, Julieta Goncalves y Ailín Zaninovich y el de ellos: Andrés Passeri, Ignacio Bresso y Francisco González Gil. Es muy destacable también la labor de la joven directora Sofía González Gil que supo imprimir toda la frescura y la problemática del amor de juventud a esos seres que, por triplicado, le dan vida a una obra que de haber tenido sólo dos personajes hubiera sido muy convencional y aburrida. Toda la dinámica de la pieza está en ese desdoblamiento de sus criaturas que aman, padecen, desean o sufren por causa del amor. Y que mejor preludio para un día de los enamorados como hoy el haber visto esta obra. De las actrices cabe resaltar la labor de la "pobre víctima", la que sufre o se alegra más que nadie, la más joven y petisita del elenco que hace una labor magistral y que debe estar encriptada en uno de esos tres nombres... La obra está muy bien aceitada y ofrece momentos de sano regocijo y, lo más importante, nos deja pensando (y penando). Por eso sólo vale su visión. La recomiendo ampliamente.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

domingo, 10 de febrero de 2019

Mi crítica de "Enamorado de mi Mujer" (Cine)

Esta nueva película dirigida por Daniel Auteuil, se basa en el exitazo de Florian Zeller que acá se bautizó como "Sin Filtro" y que todavía se está exhibiendo en el teatro La Plaza. A diferencia de la obra, la película no se detiene en los comentarios de lo que la pareja protagónica piensa y se escucha en voz alta, aquí encarnados por el propio Auteuil (Daniel) y Sandrine Kiberlain (Isabelle). Con este recorte se pierde casi toda la gracia de la obra y mucho de lo que nos proponía la reflexión: la hipocresía, la doble moral, los deseos ocultos. De esto último se encarga de enfatizar la reescritura del propio Zeller, autor del guión, quien le otorga a la pieza más respiración de film, con ambientes abiertos, pasajes de vacaciones y recreos naturales. Digo que se ocupa de los deseos ocultos ya que casi toda la película transcurre en la mente de ese Daniel, obsesionado con la nueva pareja de su amigo Patrick (Gerard Depardieu), la joven y hermosa Emma (Adriana Ugarte). Me voy a detener acá un momento. Si bien Ugarte es una verdadera belleza no tiene ni punto de comparación con Muni Sieguelman, la argentina que encarna el mismo papel en la obra teatral. Ésta en verdad es una bomba, mientras la Ugarte adolesce de unos pechos pequeñitos, la nuestra ostenta unos volúmenes notables y su rubia cabellera impacta más que el morocho de la francesa. Puestas a competir en belleza la de la obra argentina le lleva varias cabezas de ventaja a la gala.
El problema más notable de la película es la falta de la autorreflexión que instalan los pensamientos en voz alta y algo fundamental: la presencia de Goity en la obra. Goity es un animal de teatro, imbatible por donde se lo mire y con un excelente talento para la comicidad. Auteuil se defiende pero hace lo que puede, más dado a la comedia romántica que a darle un verdadero carácter humorístico a la pieza. Se pierde mucho en la comparación, e incluso el final, que invita a la reflexión está más logrado en la puesta vernácula que en la extranjera. Sucede lo mismo con varias comedias francesas que acá fueron éxito y en la pantalla pasaron sin pena ni gloria, como el caso de "Le prenom". Decimos que está desarrollado el ensueño del protagonista ya que, a falta de palabras, sus pensamientos se ven en pantalla, engañando al espectador en más de una oportunidad, como las vacaciones compartidas en Ibiza, el viaje a Venecia de ambos amantes (Daniel y Emma, ya que aquí han cobrado estatura de pareja en más de una fantasía), la obra de teatro que protagoniza Emma, etc. Incluso el final es engañoso, ya que los ubica como habiendo dejado a sus respectivos cónyuges y convertidos en amantes clandestinos que han blanqueado su situación, incluso con un viaje de novios a Venecia. Cuando finalmente Emma decide abandonar a Daniel, este vuelve arrepentido a su casa y tanto su mujer como su amigo le cierran la puerta en la cara. Pero lo que creíamos que sucedía en verdad (se extiende por más de veinte minutos) está en la cabeza de Daniel, quien finalmente agradece locamente estar casado con Isabelle y se entrega a ella con toda la pasión que puede. Si bien las insinuaciones de Emma existieron en la realidad, su escape con ella al aeropuerto y posterior viaje no existieron jamás.
Resumamos la historia para quién no haya leído la crítica de "Sin Filtro" (a la que derivo). Daniel e Isabelle son un matrimonio bien avenido, de muchos años juntos. Ella profesora, él editor, compartieron en otro tiempo amistad con Patrick y Laurence, una pareja que supo ser señera en su sitial. Pero un buen día Patrick se enamoró de Emma y decidió dejar a su mujer, por una jovencita de 30 años, él que ostenta sus buenos 60. Eso lo hizo aborrecible para Isabelle quien se convirtió en paño de lágrimas para Laurence. Por eso cuando se encuentran en la calle Daniel y Patrick y este prácticamente se invita a cenar a casa de sus antiguos amigos para presentarles su nueva adquisición, hace entrar a estos en conflicto. Todo esto, que en la puesta argentina lleva su buen tiempo de escenario, acá está narrado elípticamente. Llega la noche de la cena y Emma cae como una bomba (en realidad es una bomba) y Daniel cae seducido por ella y sueña con una nueva vida a su lado, hasta que repara en toda la mezquindad, ruindad, iniquidades y aire de superioridad que quiere darse su amigo Patrick ante ellos, exhibiendo su trofeo de caza, su gran fortuna económica, así como las casas que alquila para vacacionar, la nueva residencia a la que se van a mudar, hasta el vino con que se presenta a lacena. Todo esto está tratado con mucho mayor humor y sagacidad en la puesta local que en esta adocenada película que sin embargo lleva el sello de un gran autor como es Auteuil, que supo revivir con éxito las películas más importantes de Marcel Pagnol. Una lástima que se haya desperdiciado tan buen material. O será que los argentinos tenemos un cuerpo de teatro que es imbatible en el mundo entero...
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 7 de febrero de 2019

Mi crítica de "¿Por qué Será que las Queremos Tanto?" (Teatro)


Teatrix ha sumado a su catálogo esta obra en calidad de Obra Recuperada, grabada en el NDAteneo en el 2013. Como comedia, escrita y dirigida con solvencia por Daniel Dátola, es fresca, humorística y ágil, complementos de llevadera porque está interpretada por dos grandes actores como son Diego Pérez (Juan Carlos) y Alejandro Müller (Leo), quienes mantienen una charla de café distendida en donde se dedican a hablar de lo que hablamos todos los hombres: de mujeres. Y lo hacen no desde el costado libidinoso o en plan seductor sino en el de crítica abierta a ese ser inclasificable e indescifrable que se denomina mujer. Es por eso que el título de la obra resulte paradójico, porque se encargarán de encontrar y subrayar todos los defectos que su experiencia conyugal les acarrea con sus respectivas esposas. Juan Carlos y Leo son amigos entrañables y están casados en segundas nupcias, ambos, el primero con Martita y el otro con Susana, y es por la confianza que se tienen que pueden tomarse el pelo o provocar asombro en el otro por conductas impensadas. El lenguaje que utilizan es el de los muchachos de café, por lo tanto no es apto para puristas del idioma, con la puteada fuerte y constante de la que tan bien nos tenía acostumbrados el "Negro" Fontanarrosa con sus historias de café y de minas. El lenguaje no es el de la Sorbona, pero es lo bastante explícito como para pintar la picardía, el costumbrismo y el cuadro de situación que intenta describir Dátola en su retrato del mundo femenino, el cual siempre es acertado.
Para aquellos que no estamos casados ni nunca lo estuvimos no resulta ajena la anécdota, ya sea porque tal vez hemos tenido que sufrir la inoperancia femenina en más de una oportunidad o porque el mundo de la mujer es sobradamente conocido, así como sus manías y costumbres. Es muy gracioso que Leo tenga en su celular el ringtone con la música de "Tiburón", el que inmediatamente copiará Juan Carlos para anunciar el llamado peligroso de su mujer. Es sabido que en el mundo de los hombres se dedica mucho tiempo a hablar, contrariamente a lo que dicen los que creen que la mujer habla más, y se explayan durante hora y media sin interrupción y logrando el milagro de hacernos partícipes, de no aburrir nunca a pesar de estar casi clavados a sus sillas: lo que se ve es una charla amena y ágil que indaga sobre los comportamientos femeninos con sutileza y con la mirada masculina puesta en censora. Así discurren muchos teman importantes de la convivencia como por ejemplo los viajes a Miami y la inagotable pasión por visitar shoppings de sus esposas, la comida dietética y la imposibilidad de hacer un asado, la incomprensión por el fútbol, las vacaciones de verano con todos los detalles playeros, las fiestas de casamiento en que uno no conoce al novio ni a la novia, lo friolentas que suelen ser las mujeres en comparación con el hombre, la compra en las tiendas de ropa y su constante indecisión, las críticas de las mujeres entre ellas, los códigos que tienen los hombres en comparación a los de las mujeres, los recitales a los que debe uno acompañarlas, las horas que pasan en el baño arreglándose, la indecisión sobre qué ponerse, etc.
Un tema que sobresale es el de que los hombres somos más sensibles que las mujeres, en contra de lo que muchos piensan, ya que cuando la situación no da para más es el hombre el que da vueltas para cortarla, en cambio ellas no dudan en divorciarse, olvidándose de su marido y desechando el amor que este siente por ellas ya que es el que siempre se queda llorando la pérdida de su mujer. Muestra de esto son las letras de las canciones, desde los tangos que siempre invocan la huída de la fémina en desdén del macho; los boleros, las canciones románticas que siempre hablan del sufrimiento masculino en pos de un amor trunco. ¿Ellas qué tienen para ofrecernos? La letra de "Malo", o "Que le den candela", el pedido de "qué ganas de no verte nunca más" u "olvídame y pega la vuelta" cantado por esposas despechadas.
Es imprescindible la química que se monta en el escenario entre Pérez y Múller cuando hablan de sus respectivas parejas y al fin y al cabo lo mucho que las quieren, haciendo cosas impensadas por ellas, desde calentar los pies de la mujer en invierno en la cama o aceptar que decidan por ellos sobre qué ropa debe gustarles más a sus maridos. A pesar de pecar de grosero y altisonante, el diálogo da en el clavo con sus agudas observaciones y la risa se hace incontenible, y en varios momentos estallan los aplausos. Realmente ambos son muy buenos comediantes y saben mantener vivo un texto que en otras manos y cuerpos hubiera resultado asfixiante. La solución parece estar en dejarlas hablar a las esposas, prueba de ésto es la sordera que padecía el padre de Leo, que hizo que salvara el matrimonio con una mujer que le gritaba todo el día. Al final la cansaba y reinaba la paz. La confianza del mundo masculino es otro pilar sobre el que se apoya la obra, tanto Juan Carlos como Leo no dudan en dar sus opiniones y en sentir complicidades varias ya que se alternan los diálogos sobre las esposas y uno se anima a continuar la observación que dejó inconclusa el otro. No hay golpes bajos a pesar de todo, y el sano humor corre por todo el espectáculo. Un show que permite tanto la risa del hombre como dela mujer, ya que en ningún momento esta es ofendida en su condición de tal.
Y hoy que está tan de moda el femicidio, no dejan de observar que el programa favorito de sus esposas es "Mujeres asesinas", y que rematan cada capítulo con un "¡lo bien que hizo!". Lo que hace delirar a los hombres con "nos quieren matar". Es aguda la mirada sobre la mujer de los tiempos del hoy, sobre el mundo que nos toca compartir, sin herir susceptibilidades ni menospreciar a esos seres tan indóciles como amados. Es un verdadero placer ver "¿Por qué Será que las Queremos Tanto?", es una gran propuesta recuperada por Teatrix. Lo pueden ver sólo haciendo un click en "Ver obra". Disfrútenlo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

domingo, 3 de febrero de 2019

Mi crítica de "Cold War" (Cine)

Probablemente la mejor película del pasado año, una historia deslumbrante que figuró primera en los top ten de casi todos los críticos y que por fin pude ver. Lo que se cuenta no es más ni menos que una historia de amor con un final ortodoxo: casamiento, pero lo que importa es el contexto. Estamos en Polonia, en 1949, apenas unos años han pasado desde que terminó el tremendo Holocausto nazi y ahora bajo el régimen comunista de Stalin. La vida no es fácil para el pueblo polaco. Pero hay un grupo de personas que se encarga de ir recolectando cantos y músicas populares por poblados y comarcas con intenciones de crear un nuevo movimiento artístico.
Se convoca a una multitud de jóvenes que sepan cantar o bailar para ingresar a una escuela de arte en la misma Polonia a la que se presentan miles de muchachas y muchachos en busca de nuevos horizontes para sus vidas. Hasta bien entrados los primeros veinte minutos de película no sabemos todavía sobre quienes tenemos que apuntar nuestra vista, quiénes serán los protagonistas. Se prueban muchos cantores y bailarines para quedarse con los mejores de los mejores (como toda selección que hacía el régimen autoritario soviético, así se formó el Bolshoi, entre otros grupos de excelencia). Sólo algunos pocos pasarán la prueba y entrarán a formar el cuerpo estable de la escuela.
Ahora sí, ya lo sabemos, nuestra estrella será Zula, así llamada a Zuzana Lichon (Joanna Kulig), una bellísima rubia con una importante voz, destreza para el baile y un delicado físico. Ella pasará enseguida a engrosar las filas de canto y baile para la academia. Y no va y se enamora de su profesor y pianista, Wiktor Wreski (Tomasz Kot) y él de ella. Vivirán un tórrido romance (sí, con sexo incluido) que los llevará al delirio amoroso, entre bailes y canciones. Toda la película está surcada por muy buenas expresiones musicales del pueblo polaco y luego internacionales. Se forma el grupo "Mazurka" y se presenta con gran éxito por todo el país, deslumbrando con sus estrellas fulgurantes salidas del campesinado más popular. Un pequeño detalle es que Zula ha matado a su padre, quien se había propasado con ella y ésta acabó acuchillándolo... En 1951 visitarán Varsovia y enseguida serán las autoridades advertidas que sería muy "útil" incluir en el repertorio cantos de alabanza al camarada Stalin e incluir su retrato en el escenario. Por supuesto los directores se oponen a esto porque va contra el espíritu libertario de la escuela, pero siempre hay un advenedizo que dice que sí, y todos terminan cantando loas al gran camarada.
En 1952 viajarán a Berlín Oriental con su grupo, y Wiktor y Zula preparan la huida a una París libre, que se les antoja el mejor medio para su amor desbocado y su anhelo por expresar su arte. Wiktor cruza la frontera con su valija y espera infructuosamente a Zula, quien se ha quedado en una fiesta auspiciada por el gobierno ruso en honor del cuerpo de canto y baile. Wiktor debe hacerse a la idea que ha perdido a su gran amor, y se lo ve desprolijo, sin afeitar, tocando el piano en una orquesta de jazz en París, donde transcurren sus días. Los rumbos de Zula y Wiktor se han distanciado por primera y no única vez y deberán aprender a vivir el uno sin el otro. Pero en la Yugoslavia de 1955, Wiktor viaja a ver el ballet y ve a Zula desde la platea, quien a su vez lo advierte y todo su encanto y su perfección técnica se derrumban y tiene un momento de trastabilleo en el cuadro danzante.
En París en 1957 Wiktor está tomando la última copa en un bar a punto de cerrar, de donde lo despiden diciéndole que su chica no vendrá. Pero se produce el milagro: Zula aparece enfundada en su traje de terciopelo negro y se arroja a sus brazos. De allí, por supuesto, se van a hacer el amor. Ella le relata que ahora es ciudadana libre porque se ha casado con un italiano, a quien no ama, ya que lo hizo por él, para poder encontrarse. Comienzan a vivir juntos en París y empieza el lanzamiento de su carrera internacional como cantante. Wiktor ya es un talento de la música, faltaba su musa inspiradora para terminar de construir la perfección. Perfección que no es tal porque empiezan a llevarse como perro y gato. Ella, tironeada por una fama que no busca añora su Polonia natal y ocupada por el enemigo, y él trata de convencerla para que conozca gente. Así le presenta a Michel, un productor de discos, que hace una fiesta en su casa para una multitud de gente. Van los  dos, a disgusto ella, y ahí mismo se topa con la antigua amante de Wiktor, una poetisa francesa algo mayor que ella, pedante y dueña de sí con quien se enfrenta. Zula aprovecha para beber de todas las copas que se le ofrecen y así va emborrachándose, hasta terminar tirada en el baño tomando del pico de una botella. Sin embargo es rescatada por Wiktor quien la lleva en brazos hasta su apartamento. Ella graba un disco a desgano, Wiktor tiene que pedirle que se concentre ya que lo está echando todo a perder. Cuando el disco por fin aparece a las ventas, ella lo arroja a la calle. Aunque Wiktor sigue enamorado profundamente de Zula, ella ya no siente lo mismo por él y le dice que se ha acostado con Michel quien lo hace mucho mejor que él. Desaparece. Wiktor corre a casa de Michel para reencontrarla y éste le dice que ha partido a su tierra natal. Vemos volver a Wiktor después de un tiempo a Polonia en el año 1959, donde termina como preso en un campo de concentración comunista. Los años son largos, pero allí va a visitarlo Zula, arrepentida de su conducta y dispuesta a sacarlo deahí. Por fin, en 1964 son ambos libres nuevamente y deciden casarse en secreto, en una destartalada y abandonada iglesia y con un rito muy pagano se juran amor. ¡¡¡Se ha formado una pareja!!! Finalmente, luego del casamiento se sientan a observar el paisaje y deciden que es mejor verlo desde el lado de enfrente, con lo que sospechamos que van a volver a París. Así termina esta relativamente corta y encantadora película sobre amores y desamores, encuentros y despedidas, todo signado bajo la dura mirada del régimen comunista en su peor época.
Filmada en un hermoso blanco y negro y dirigida por la mano maestra de Pawel Pawlikowski, este film es un canto a la belleza, desde sus cuidadas imágenes, la calidad de su banda sonora que incluye las más bonitas canciones, la buena traza de sus intérpretes, la belleza de Joanna Kulig para los hombres y la de Tomasz Kot para regocijo de las féminas, todo parece hecho para el deleite en este film memorable que pasó por nuestras pantallas allá por septiembre del 2018. De visión imprescindible para cualquier amante del buen cine y para los entendidos en belleza y estética en general.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

domingo, 27 de enero de 2019

Mi crítica de "The Portuguese Kid" (Teatro-Broadway)


Lo primero que quisiera preguntarme es de qué se ríen los norteamericanos. Ya estamos acostumbrados a escucharlos que se contorsionan de risa ante cada estupidez, pero aquí eso se hace más evidente, y para colmo los aplausos llegan en los momentos más inesperados para nosotros. Nuestro teatro, comparado con el de ellos está a años luz de comicidad y de talento, eso queda en claro. El nivel mental de los yanquis se ha reducido a las sitcoms de televisión, y esperan el remate de cada chiste para festejarlo en grande, aunque se trate de una trivialidad o una verdad de perogrullo. Eso es lo que deja traslucir "El niño portugués", una obra mediocre en cuanto a texto -no así en despliegue escenográfico, que para eso son maestros en Broadway- y actuaciones televisivas y poco transitadas en el teatro. En resumen, una obra adocenada de las tantas que nos llegan del mercado norteamericano.
Acá trabaja Jasson Alexander, a la sazón estrella de "Seinfeld", serie que nunca vi ni pienso ver, y que explica todo el éxito de esta obra: un actor exitoso de la TV, puesto a hacer lo que mejor sabe, one-liners televisivos muy festejados por el descerebrado público. Desempeña el papel central, el de Barry, un abogado exitoso que recibe la visita de una mujer cincuentona, amor de su niñez, Atalanta Lagana (Sherie Rene Scott), que llega para ofrecerle un importante negocio inmobiliario, la venta de su mansión y qué él percibirá el 4 ó 5 % de la ejecución, lo que se valúa en cientos de miles de dólares. La mujer ha enviudado dos veces, una de Vincent y otra de Jerome, y ahora tiene un nuevo amor: el veinteañero Freddie Imbrossi (Pico Alexander), un papanatas tan desagradable como la pasión que siente rejuvenecer a una cincuentona con alguien de la mitad de su edad.
Pero lo que hiere a Barry es que ese hombre fuera el antiguo novio de su actual mujer, Patty (Aimee Carrero) una morocha espléndida que luce su físico y su bello rostro para delicia del espectador, y que sobre todo... la hizo sufrir. Barry la rescató en su peor momento y ella le está eternamente agradecida por eso, pero se hace ilusión cuando se proyecta un almuerzo de negocios en casa de Atalanta, con el novio incluido, como brasas que todavía no se extinguieron. Así las cosas, se suma al cuarteto la omnipresente y maliciosa madre de Barry, la Sra. Dragonetti (Mary Testa), una metida que sólo hace denostar al "inútil de su hijo" y hacerlo enemistar con todas sus mujeres. La sra. Dragonetti ha sufrido la amputación de un dedo del pie a manos de Vincent, el esposo muerto de Atalanta, quien era cirujano de pies, y machaca con eso durante toda la obra, suponiendo que pudiese tener alguna gracia. Por otra parte, esta es una obra de salvatajes, el que le hizo Barry a Patty, y el que hiciera Atalanta a Barry cuando tenían 5 y 10 años respectivamente, a expensas de un niño portugués (sí, el del título) que amenazara con un abrelatas a Barry y él, sin capacidad para defenderse fue rescatado por la segura Atalanta. Por eso a cada nueva amenaza que encuentra en su vida, Barry responde "seguro que es portugués", como se refiere a Freddie, el nuevo novio de Atalanta.
La obra está planteada en cuatro cuadros con distinta escenografía y en diferentes espacios de tiempo, el primero en el bufete de Barry, el segundo en la habitación de Atalanta, que comparte cama con su novio, el tercero en el porche de la casa de Barry y el último en el  patio trasero de la mansión de Atalanta. Todos se suceden sin solución de continuidad y sin interferir la acción, mediante un escenario giratorio. Pero la "gracia" máxima de la obra reside en estigmatizar a los que votaron a Trump, a saber Barry y Freddie, sólo por el hecho de ser hombres y votar a un candidato masculino que competía con una mujer (a saber Hilary), es la conciencia del macho alfa no razonante ni pensante norteamericano que se deja deslumbrar por alguien de su mismo sexo aunque no tenga dos centímetros de cerebro y lleve a su país a la confrontación mundial, antes que dar su brazo a torcer de votar a una mujer. Si bien la obra peca de su actualidad (lo que la haría impensable de exhibir diez años más tarde), no por eso le insufla vigor estético ni pasa de comentario chistoso, no se puede fundar una obra en tan nimio argumento. La máxima idea que expone la pieza es cuando Atalanta exclama "soy mujer, soy una paradoja". Ahí nos hace ver un poco más de vuelo intelectual y poético, porque realmente bucea en lo que representa el alma femenina ante la concepción machista de la vida. Pero lástima que lo deja sólo como una frase y no explora más allá de ese dictamen.
La obra se abre en el estudio de Barry, en dónde va a visitarlo Atalanta, y deja expresar, entre otras cosas que siempre gritaba su nombre (y repetidas veces) mientras hacía el amor con Vincent, casi como una constante, tal era su fijación con su amor del pasado, aunque ahora estén en pie de guerra. Todo el diálogo es puramente enojoso, y suele surtir mucho efecto los gestos desmedidos por parte de las mujeres, cuando se comportan como unas energúmenas y rompen toda concepción de naturalismo a la obra. Por supuesto que durante el diálogo que llevan a cabo Atalanta y Barry, interviene la madre de éste, quien oficia como secretaria, en un tono tan guerrero contra Atalanta, como el de esta con la primera. Lo cual es muy celebrado entre el auditorio.
La segunda escena, en el cuarto de Atalanta nos hace ver que mientras mantiene relaciones con Freddie sigue invocando a Barry, y que este advenedizo novio veinteañero se quiere aprovechar de su fortuna, no así de su belleza (la mujer cincuentona no ejerce el mismo atractivo sexual que la joven esposa de Barry, por ejemplo, puestas las dos, como extremos de una misma cadena), haciendo poemas sobre su "trasero" (perdón por no decir "culo", pero así son las traducciones) y la luna, a los que compara, y sus grandes pechos como dos dibujos dejados, también por la luna (el chico es medio monotemático o corto de ideas). Allí se expresan la desconfianza de Atalanta sobre su amor y la necesidad de Freddie de que le compre un traje.
El tercer cuadro se desenvuelve en el porche de la casa veraniega de Barry, con su hermosa esposa en biquini y con un pareo, mostrando un físico muy bello, al igual que un fresco rostro de juventud, y expresa también la mezquindad de la nueva esposa por convertirse rápidamente en beneficiaria del 50 % de las propiedades de su marido y la intervención de la madre de éste que la combate a ultranza. Cuando le nombra que Atalanta está de novia con quien fuera su antiguo amor, le entrará una furia incapaz de contener y se autoinvita al almuerzo programado para el día siguiente.
Al otro día asistimos a la ceremonia de la comida en casa de Atalanta, donde, entre albóndigas extra picantes y  hamburguesas a medio cocer para Patty, que no puede probar el pescado, nos desayunamos que el amor entre Patty y Freddie sigue intacto, al besarla él y ella decidirse a abandonar a su marido. El traje que luce Freddie es bien mersa, con los pantalones que le quedan cortos y mocasines sin medias, y un chambergo que parece robado a un tanguero. Resuelven la venta de la casa, y luego de la huída de los dos jóvenes, los veteranos se quedan solos y se confiesan su amor. Perdonen si les conté el final, pero esta obra ni siquiera merece verse. Igualmente está disponible para todos los que quieran clickear el "Ver obra" y contemplarla, pero era mi deber hacer un resumen de la pieza. Espero que los haya satisfecho.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

martes, 22 de enero de 2019

Mi crítica de "Ficción" (Cine-2006)

Realmente me encontré, casi por casualidad, con una película enorme, de esas que muy rara vez se consiguen, recomendado por mi amiga Amalia, quien la había visto y la había fascinado. Digamos primero que se trata de un film del catalán Cesc Gay y que es una de esas películas donde parece suceder muy poco, lo justo y necesario como para justificar una filmación. Pero es que sucede mucho más, esas cosas que no están a la vista y que debe intuir el espectador, pero que se perciben porque los personajes hablan por su piel. No es una película de "amour fou", más dada a Trufaut, aquí no sucede como en "La mujer de la próxima puerta", los actores casi ni se tocan, apenas alguna mano amiga dada para ayudar en la escalada al cerro, pero nada más. Y lo más importante (para mí), es que por fin una película dedicada al amor entre cuarentones (entre los que me incluyo), que hablan de temas de mi edad, que no tienen la piel rozagante ni la vitalidad de los 20, que tienen ya sus familias y sus carreras establecidas y en cierto modo están empezando a pegar la vuelta.
El diálogo que puebla la película es muy acotado, tan sólo diálogos o palabras sueltas como para ver que son parlantes los personajes y no estamos ante un film mudo, pero eso no importa porque lo que cuenta son las sensaciones. Parece una de esas obras de Chejov en donde parece suceder muy poco, pero oculta cataratas de sentimientos y pasiones ocultas. Ya desde el título mismo Cesc Gay nos dice que lo que estamos viendo es una ficción, no ocurrió, pero bien puede haber pasado, igual que ese argumento de la película que Alex (Eduard Fernández), el protagonista y director de cine está pergeñando y que si bien es otra ficción (aquí hay un juego de cajas chinas), parece reflejar el estado anímico actual del director: un hombre de 39 años en crisis. "¿Pero no estamos todos en crisis?" dice Alex, y la verdad es que sí, cada uno de los personajes tiene su propia crisis personal que parece ocultar muy bien. Mónica (Montse Germán), esa turista invitada por Judith a contemplar las bellezas de la región, que según declara tuvo muchos novios pero recién ahora (a los 40) sabe lo que es convivir en pareja, con Pablo, un periodista portugués que hace dos años la conquistó en un concierto de violín que ella ofreció (Mónica es violinista) y que robó su corazón. Ahora piensan en adoptar a Nerina,  una niña africana de 3 años a la busca de padres adoptivos. Judith (Carme Pla), la amiga vital y compinche de Alex, que está sola y aceptó tener un hijo con su mejoro amigo, el que cierra el cuarteto, Santi (el siempre eficaz Javier Cámara), la que sufre con un hígado que le está acortando la vida y por el que va a hacerse estudios constantes y ver a multitud de médicos, siempre lista para una excursión a los lagos o para escalar la montaña de la cruz. Y por último Santi, quien parece andar por la vida tranquilamente, tocando un poco la guitarra, bromeando otro poco, pero que sin embargo siente la necesidad de completarse en el hijo que tendrá con su amiga, a falta de alguien que lo quiera más y mejor. Tiene una amante de 55 años, a la que complace y que lo complace a él, pero eso no es amor, es puramente sexo, y a cambio de la compañía, ella le regala constantemente zapatos de la tienda en la que trabaja.
Así las cosas, Alex llega un buen día al poblado catalán en donde transcurre la acción, llega a una casa que no sabemos si es suya ya que cuando llega de la ciudad está la puerta abierta, todo parece estar esperándolo y se acomoda inmediatamente. Judith tiene una posada que alquila piezas, y allí conoce a Mónica, una cuarentona igual que él que está de paso (por el lugar, por la vida, por el mundo) y enseguida hacen conexión. Pero todo muy distante, los cuarenta no son años para locuras, y menos cuando los dos tienen su pareja esperándolos en la ciudad. Pero todo está en la piel, se atraen, se desean, se aman, pero sin hacer ningún movimiento de acercamiento. Tan sólo al final de la película se confiesen que se han enamorado y se besan con la pasión con que caminaron por la película sin mover una brizna de pasto. ¿Yo dije que no era una de "amour fou"? Bueno, me arrepiento. Claro que lo es. ¡Y cómo...!
Esa tensión sexual le percibimos constantemente a lo largo de toda la trama, aunque ellos no digan ni hagan nada para demostrarlo. Comparten cenas, paseos, cabalgatas y hasta una excursión a los lagos en donde se pierden escalando la montaña (Judith y Santi van demasiado aprisa y no los esperan), suben cansados, resoplando, les falta el aire, no como a personajes de cualquier película destinada a la juventud, sino como lo que son: cuarentones. Se ayudan mutuamente a escalar y se pierden, los agarra la noche en plena montaña y deben pasar la noche en un refugio que encuentran justo para ellos. Duermen en la misma cama, pero cada uno en su bolsa de dormir, sin tocarse, pero no por eso sin mirarse, pero todo aquí es plácido, como la vida que corre allí abajo, no se devoran con los ojos como jovencitos hambrientos de sexo. Ella se hace un raspón con una rama que, más tarde, de vuelta al poblado, se le infectará, y él será quien la acompañe al hospital, en dónde también pasan el día, pero haciendo compras, resguardándose de la lluvia, viendo una orquesta infantil que toca acordeones. Pero volvamos a la montaña. Después del refugio encuentran un camino que los conduce a un gran hotel, en donde también comparten cuarto, pero todo con el sigilo de dos seres "civilizados" (estamos atravesados por la cultura, dijo Freud, y lo bien que hizo), sólo compartirán un juego de ajedrez (como otro encuentro pero sólo a través de sus mentes) y una pieza de piano que ella interpretará en un piano de cola que hay en la habitación. Todo parece transcurrir sin prisas y mansamente.
Pero ella anuncia el día en que se vuelve a Madrid, y él también decide partir, de ese lugar al que fue en busca de inspiración para terminar de escribir su guión, y ¡vaya si encontró inspiración! "¿Qué personaje soy yo en tu película?", pregunta Mónica, convencida que no puede haber ficción sin que esta se desprenda de la realidad. Y le pide de leer el guión, a lo que él se niega. Y quiere el destino que un buen día llegue Silvia, la esposa de Alex con sus niños a meter la cuchara. Alex parece haber recuperado la intimidad con su esposa, aunque se mueve en puntas de pie y temeroso, como quien hubiese estado engañando a la esposa. Y le presenta a Mónica. En seguida se caen bien, pero Mónica sabe que ha llegado la intrusa, la que puede echar todo por la borda. Será cuestión de tiempo. Y así es que cuando ella esté por irse a tomar el tren, Alex haga un viaje relámpago a interceptar el auto de Judith para despedirse de su amiga y encontrarse en un abrazo y unos besos memorables, de esos que sólo en la ficción pueden darse.
Sí, porque no olvidemos que todo ha sido una gran y hermosa ficción, como el título nos auspiciaba. Y todo vuelve a su cauce normal. Cada oveja a su manada y aquí no ha pasado nada. O sí, han pasado una hora y tres cuartos donde hemos sido testigos de infinidad de emociones encontradas y perdidas, de esas compartidas que sólo entre un hombre y una mujer libres (en el mejor de los sentidos) pueden darse. Una película que emociona al final, pero que bien vale la pena transcurrir porque es un viaje de ida (como la droga). Gracias Amalia por recomendarme esta maravilla que yo paso la posta y aconsejo a todos que no se la pierdan. Los trabajos son excelentes y la dirección otro tanto. Un verdadero hallazgo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 19 de enero de 2019

Mi crítica de "Washington Square" (Cine-1997)

Vi "Washington Square" como complemento de "La Heredera", esta vez dirigida por la polaca Agnieszka Holland. Básicamente la historia es la misma, así que no me detendré acá en narrarla nuevamente, lo que cambian son los intérpretes, acá con una jovencísima Jennifer Jason Leigh en el papel de Catherine Sloper, Ben Chaplin en el de Morris Twensend, Albert Finney encarnando al padre de Catherin, Austin Sloper y Maggie Smith en el rol de la tía Lavonia. Lo mejor del elenco son estos dos últimos, un verdadero lujo en todo lo que hagan. Jason Leigh no está mal, pero está muy lejos del Oscar que ganó por el mismo papel Olivia de Havilland, desangelada, muy pálida, casi sin pintura y con un cutis granuloso que puede observarse bien en las últimas escenas en primerísimo primer plano. Ben Chaplin hace lo que puede con su cara perruna, pero no le llega ni a los talones a Montgomery Cliff, su antecesor.
Acá, con la dirección de la Holland el comienzo parece una comedia de slapstick, porque, la torpeza de ambos jóvenes los lleva a caídas, revoleos y torceduras involuntarias. La cosa se diferencia de la primigenia en algunos detalles, todos basados en la novela de Henry James del mismo título ("¿Ese era el trompetista?", decía un inculto Woody Allen nuevo rico en "Ladrones de medio pelo"), como el comienzo, en donde asistimos al parto que dará a luz a Catherine y muerte a su madre, y a los primeros años de la niña, una obesa infantil, que no aportan mucho a la narración, para diferenciarla del original. Cambian también los valores de la herencia, que si bien en la primera película se hablaba de 30.000 u$s anuales a la muerte del padre, acá se trastocan por 80.000. La ruptura de la pareja en esta oportunidad se debe a que Morris ha conseguido un trabajo como socio en una firma y decide ir a Nueva Orleans a comprar algodón en plena fiebre amarilla. Catherine se opone a que vaya pues quiere casarse enseguida pero el joven, más obstinado, decide ir a ganarse su dinero para no depender del de ella y se marcha, en una pelea por la que la abandonará. El final cambia también un poco pues a la lectura del testamento nos enteramos que Austin ha desheredado a su hija, dejándole sólo los 10.000 u$s que cobraba de su madre y la mansión en Washington Square. El final propiamente dicho es distinto y no conlleva tanta dureza como el de la primer película.
Lo que cambia sustancialmente la película es el costo de producción, que si bien la primera limitaba los lugares de rodaje a la casa, acá hay un delicado despliegue fuera de ella, trasladándose a las calles, y a los Alpes mismos y a calles de Francia en su retiro a Europa. Para quienes no les gusten las películas en blanco y negro (aunque esta, con la dirección de William Wyler es un placer verla), la nueva es en colores y la historia esta narrada con algunas sinopsis narrativas que la hacen diferente (ni mejor ni peor). Quien quiera enterarse del argumento, que lea mi crítica anterior. Bueno, hasta acá una breve descripción de la nueva "Washington Square- La Heredera", que fue realizada en el lejano 1997, hace más de 20 años. Se deja ver y la historia siempre es atrapante.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).