viernes, 6 de mayo de 2016

Mi crítica de "Parque Lezama" (Teatro)

El domingo pasado fui a ver "Parque Lezama" sin muchas expectativas, contando con que era la adaptación teatral de una obra de teatro que se llevó al cine con el nombre "Yo no soy Rappapport" y que se deja ver alguna vez en cable. Ya de entrada nos sorprende desde el escenario una sucesión de fotos del Parque Lezama (antiguas y modernas) en pantalla cinematográfica, con fundido a negro o cierre de iris, como para dejar bien en claro que el director es Campanella, un hombre de cine que incursiona en la dirección teatral. Pero faltarían unos minutos más para soprenderme plenamente. Lo primero: tenemos una cantidad de actores notables (he visto muchos en esta temporada) pero tanto Brandoni como Eduardo Blanco lucen impecables en sus peronajes, dos viejos de ochenta y tantos años que no pierden su lucidez y su ironía. Los bordan, le sacan lustre, los exhiben y nos regalan dos composiciones de lo mejor que he visto en teatro en muchos años (por cierto muy superior a la versión cinematográfica norteamericana y seguramente a la misma puesta yanque, que la centra en el Central Park). La escenografía reproduce un rincón verdadero del parque Lezama y todo lo que vemos parece cierto, los juegos, los achaques de los viejos, sus mentiras y sus verdades. Poco importa que el personaje de Brandoni se llame Golfield, Rifkin o Leon Shwartz, lo cierto es que es un viejo judío (el acento está impecable), inventivo, juguetón y amante del marxismo, que no se resigna a terminar sus días en un geriátrico o en la casa de su hija sino que inventa historias para poder vivir todas las vidas. El personaje de Blanco es más ramplón, su Antonio Cardozo tiene una vivienda y una ocupación conocida, se ocupa de la caldera de su edificio a cambio de que lo dejen vivir allí, es bastante cegato e irascible y ha pasado por su vida con más cautela (por no decir cobardía) que su compañero de banco. El tono es siempre de comedia, pero una comedia feroz, que no da respiro, viene una broma detrás de otra y los momentos de emotividad, que también los hay, son cortados siempre por algún chiste. Schwartz busca la charla, pero el otro se la niega por sentirse estafado por sus inventos, pero serán esos inventos los que vendrán a rescatarlo cuando se lo quiera expulsar de su edificio o cuando una chica que compra droga se vea extorsionada por su dealer. Claro que la mentira tiene patas cortas y siempre saldrá a la luz la verdad, pero en los instantes finales, cuando Brandoni dice su verdad, su nombre real y su verdadero oficio, el otro no se lo creerá por ser demasiado simple, demasiado "normal" para un hombre que dice ser desde espía, abogado, jefe de policía o director y productor de cine. La obra es larga (dos horas y media con un intervalo) pero pasa volando, esto se debe al permanente juego de dos actores en estado de gracia, por la mano del director y por la adaptación que el mismo ha hecho del textoo ajeno. Nunca tan actual y precisa es la puesta y la acción de estos dos personajes envueltos en la aventura de vivir, de vivir los últimos años que les quedan batallando contra el atropello, el capitalismo o la burla del otro. La clave es esa: vivir, y son tan vitales, tan ingeniosos y tan enfáticos estos dos viejecitos que dan ganas de que la función no termine, de venir otro día y seguir escuchando las historias de Golfield y que nos siga envolviendo en su cuento de Scherezade para evitar la muerte segura, como esa que contaba la princesa de "Las mil y una noches" para interrumpir su asesinato. Lo que es de desear es que esta obra siga en cartel el año que viene (se acaba este domingo la "temporada 2013") para que los que no la vieron puedan hacerlo y puedan reir a rabiar con las desventuras de tan entrañañbles personajes. Una lección de actuación que nosotros, como actores, no podemos darnos el lujo de perderla.

Mi crítica de "Sonata de Otoño" (Teatro)

Bueno, ya repuesto del opíparo banquete de anoche y no sin antes volver a agradecer a los anfitriones por tan especial velada, me dispongo a hacer la crítica de la última obra que veo este año.
Ví "Sonata de Otoño" el viernes, con dos actrices maravillosas, Cristina Banegas (Charlotte) y María Onetto (Eva), basada textaualmente en esa obra de cámara que escribió y dirigió el genial Ingmar Bergman en 1978 (etapa de su madurez y del color) con otras dos actrices formidables: Ingrid Bergman y Liv Ulmann. Para quien recuerde el film el tema no es nuevo, se trata del enfrentamiento de una hija y su madre en una noche en casa de aquella en Noruega, donde se despojan de todos los odios contenidos en su vida y dejan hasta los últimos girones en una lucha sin cuartel que convierte la obra en un auténtico drama. La madre es una concertista mundialmente conocida que se ha pasado la vida dedicada a la música, sabiendo todo sobre como criar a su hija pero sin saber ponerlo en la práctica. Y la hija ha crecido en un mundo sin amor, con renconres, odios soterrados y cuidando a una hermana/hija que padece de graves trastornos neurológicos de una enfermedad degenerativa que la obligan a estar en silla de ruedas, completamente deformada y casi sin capacidad para expresarse (verdaderamente soberbio es el trabajo de Natacha Córdoba con su gestualidad, sus gritos animalescos y guturales y su necesidad de amor) una hija de quien dice su madre que es preferible que muera. La obra es feroz, descarnada, y se desarrolla en una noche en que Charlotte llega a casa de su hija y de su yerno (sobrio Luis Zembrowsky como el marido rector de una universidad católica y que ha perdido su fe en Dios después de la muerte de su hijo de 4 años) y es recibida por esta con gran cantidad de abrazos y afecto. Pero el primer roce se deslizará cuando Eva toque al piano uno de los preludios de Chopin y reciba las críticas duras de su madre. Allí deja asomar la punta del hilo: "No hay que confundir sentimiento con emoción, en el arte la emoción es buena pero el sentimentalismo no". Y es así como ha desarrollado su vida. Pronto empezarán las quejas y los reproches de ambas, una contra otra, la hija la acusa de madre odiosa, terrible, que no supo amarla y ella se defiende diciendo que en su infancia no fue nunca tocada por sus padres, ni como muestra de afecto ni de castigo, lo cual demuestra toda una imposibilidad para reproducir amor. Fue exigente con su hija, la obligó a un aborto cuando tenía 21 años y no le permitió casarse con el novio al que ella amaba, y después del aborto la internó en una institución mental. En la película de Bergman todo se desgrana entre susurros, los llantos son asordinados, casi imperceptible es el conflicto, tal vez por la cercanía de la cámara a esos primeros planos maravillosos de los rostros de las actrices en un campo-contracampo permanente (sumado a que esta fue la última película que Ingrid Bergman filmó para el cine, aquejada de un cáncer que la terminaría matando cuatro años después y que le propinaba fuertes dolores durante la filmación). En cambio en el teatro es todo altisonante, gritos, una confrontación arrebatada entre esa Eva aniñada, casi deforme en sus gestos y esa madre poderosa y cruel que ejerce la Banegas. El "look" de Liv Ulmann fue parodiado por Patricia Palmer en otra hija sufrida que ejercía en la telenovela "Dulce Ana", de los 90. En la obra se escuchan las frases más crueles que pueden oirse en una relación madre-hija: "Entonces mi sufrimiento es tu triunfo, mi dolor tu satisfacción", "La hija sufrirá las heridas de la madre, padecerá los fracasos de su madre", "Me dijiste que debía haber nacido varón". Una hija que no pudo desarrollarse, que le declaró a su marido que era incapaz de amar a nadie, todo por haber sufrido una infancia de lujos pero sin afecto de una madre que tampoco creyó poder amar y que su única expresión era volcar toda su emoción en la música. La obra de Bergman es tan rica que no hay que perder ninguna frase, tan puntuales y profundas son cada una de ellas. Realmente un acierto de Veronesse que supo dirigir a sus actrices como dos colosos en plena lucha.
La recomiendo, termina el domingo que viene y está en el hermoso teatro "El Picadero". Gracias por leerme y prometo no emplomarlos más hasta el año que viene... pero ahí sí, el desquite...
Feliz 2014 para todos y gracias a los que han seguido mis críticas, que son muy parciales, sólo las de un espectador que por esas casualidades también es actor.

Mi crítica de "Los Árboles Mueren de Pie" (Vers. Martín Vives) (Teatro)

¿Qué es una mexicaneada? Básicamente es lo que le hace el nieto verdadero al abuelo: una extorsión por medio de la violencia para sacarle dinero, un "apriete" que hace uno sobre el otro para conseguir algo de ese otro. Pero mexicaneada es también la que nos hace Elsa, y no porque nos extorsione (juega siempre con las cartas más auténticas y más limpias) sino porque directamente... ¡¡¡habla toda la obra en mexicano!!! (¿?) Sí, un mexicano neutro como el de los doblajes de las películas o de los dibujitos animados... Pero bueno, más allá de la sorpresa, esto no es una crítica sino sólo un señalamiento de un espectador desprevenido.
Anoche fuimos con Lily y Jorge y Sra. a ver a Elsa y nos encontramos ante una actriz enorme, descomunal, visceral (como le gusta a ella decir), de las trágicas de antes, y por qué no también pícara, cómica, intrigante... Pero nos encontramos, digo, con un elenco de verdaderos profesionales (salvo honrosas excepciones), de gente que ha estado muchas horas sobre las tablas y conoce a la perfección su oficio. La labor del director se nota también, como la de un orfebre del teatro. En esta versión la abuela tiene tanta presencia escénica y tanto peso dramático que pasa a ser el centro de la acción, todo gira en derredor suyo y no ya de Mauricio como pasaba en nuestra versión (hay que ver ahora con la abuela nueva...). Elsa conoce todos los resortes de la actuación, todo el tiempo sus ojos están empañados y las lágrimas brotan sinceras, cálidas, amorosas, en ese primer encuentro y frontales, duras y doloridas en el momento de la pelea con el Otro. Pero también sabe pasar de un estado al otro con total naturalidad, sabe hacer pasos de comedia, conoce los dispositivos de lo gracioso en escena. Lo que tal vez nos haga un poco de ruido sea justamente el golpeteo constante del bastón sobre todo en las primeras escenas. Pero advierto, soy muy meticuloso e incisivo tal vez porque estoy involucrado en este trabajo y conozco a la perfección el texto, sino no me molestaría tanto.
Y digo lo de las honrosas exepciones, porque las mucamas... ahí la pifió feo el director. Pobre Raquel Ducci con su Genoveva. Es una mujer mal presentada, desgreñada, con los cabellos desordenados sobre la cara, todo lo contrario a lo que cabe esperarse de un ama de llaves de aquella época. Y justo es decirlo, todo lo contrario de la Genoveva nuestra, impecable, correcta, precisa en el decir, limpia, en fin, lo que un ama de llaves debe ser. Raquel parece, sin ir más lejos una mujer golpeada por su marido (hasta le chingan las medias). Una mala elección. Lo mismo digo de Susana Ríos como Felisa, no tiene presencia ni porte de mucama señorial (aunque despistada), más parece una empleada paraguaya, con perdón de la expresión. Pero bueno, no es culpa de ellas sino de una mala elección del director.
Mauricio sí, parece un galán de cine, tiene pinta, presencia, aparece bien trajeado y con excelente dicción, pero como dije, su peso queda opacado por la abuela (tal vez por carecer del primer acto). Su trabajo es impecable y correcto. Pero la gran estrella es esa Marta/Isabel de María Eugenia Rigón. Tiene no sólo a su favor la juventud y la belleza sino también la ductilidad de pasar de ser la pobrecita golpeada por el destino, a tener la prestancia de una princesa (en sus momentos de bravura, claro). Tiene un gran trabajo de matices de voz y de tonos, de manejo del cuerpo (se mueve como una gata) y tiene todas las armas de la seducción en sus manos (Elsa, ya me estás pasando el mail de esta chica). 
¿Qué decir del abuelo? Que no tiene el peso que tiene nuestro Balboa/Jorge, ni el porte físico ni la prestancia, la elegancia de un Señor de esos tiempos, atento con su esposa hasta el extremo de fingir todos esos años, y dueño de un amor y una calidez que en Eduardo Finkielsztein no se reconoce, este es más campechano, más barrial, más del común, creando contrastes con esa abuela paqueta, siempre dedicada en su vestimenta y en su arreglo personal, coqueta hasta el extremo, que camina derecha a pesar de su bastón y de una leve inclinación de su columna, que enseña que debe morir de pie como lo hacen los árboles.
Y dejo para el final un personaje que no por menor no brille. Es el trabajo de Fabián Brun (el Otro), un ser cargado de odio y resentimiento, de violencia no sólo implícita sino que también explícita. Sabe moverse por el escenario. Lo hace con destreza, con agilidad, como alguien atrapado y desesperado que busca la salida cueste lo que cueste. Realmente mete miedo, no es un pobre tipo sino un ser peligroso. Bien dicen que los personajes más lindos de trabajar son los malvados, porque son los que más quedan en el imaginario colectivo. Y acá se da el caso.
Otro de los baches se da con el uso del tú y del vos que por momentos se entremezcla sin darse cuenta ("Puedes/podés" "Eres/sos", etc.).Pero bueno, más allá de sus altos y sus bajos, la obra brilla, es un digno Casona, lo que por ahí se extraña un poco es algún momento de silencio, de sosiego dentro de esa vorágine de actores que se nota saben muy bien su texto y lo dicen a mil por hora (tal vez apremiados por el tiempo), pero que no se toman la pausa para la reflexión, para el momento de descanso (para el espectador esto también es necesario, sino aturde). Tienen que disculparme si esta crítica fue demasiado severa... es que yo estudié crítica con Jaime Potenze (los asiduos a las críticas teatrales sabrán quién fue esté crítico severo e inflexible). No, lo digo en serio, está hecha con la mejor onda sobre todo porque estoy embarcado en el mismo proyecto y me considero que puedo hablar desde adentro, aún desde otro elenco considero a la obra un poquito "mía". Un gran aplauso final para este elenco y el mejor de mis deseos que puedan seguir agotando las localidades por mucho tiempo más. 
...lo único que le falta es un buen Cazador.
Gracias por leerme y por vuestra comprensión.

Mi crítica de "Esperando la Carroza" (Vers. Héctor Presa) (Teatro)

El arte debe ser fatal.
Esto significa que en arte hay una sola manera de expresar las cosas, si cambiamos algo ya no produciría el efecto esperado. Si el Quijote no empezara diciendo: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...", si se cambiara una sola coma al Quijote ya no sería El Quijote. Lo mismo ocurre con "Cien años de soledad" o con Mafalda. Y parece que la versión de "Esperando la Carroza" que se hizo en la película del genial Alejandro Doria (1986), la mejor película argentina de todos los tiempos, que yo debo haber visto por lo menos 40 veces, es la única posible y la definitiva. Por eso que meterse con un texto que ya está en la memoria colectiva de todos los argentinos es un riesgo mayor. En otras palabras, que después que cantó Pavarotti, que venga a cantar José García no tiene ninguna importancia. Y es que ese seleccionado que formaba la película (China Zorrilla, Brandoni, Gasalla, Tenuta, Betiana Blum, Mónica Villa, Julio De grazia, Andrea Tenuta, Pinti, Rossetto, Grandinetti, Lidia Catalano, Clotilde Borella, la mamá sorda del borracho Pinti, la profesora de francés, hasta la amiga de Matilde con un cuerpo espectacular y carita de monstruo) eran perfectos e insuperables, cada uno tenía la forma exacta de decir sus parlamentos y pareciera que esa forma es la definitiva y la única con que se puede decir "Esperando la Carroza". Por eso es que esta versión cae en lo obvio, las frases son las mismas (los chistes ya no causan gracia de tan escuchados que los tenemos) pero dichas sin la gracia que deberían tener. Pero voy a dejar de lado la referencia de la película ya que es un peso muy pesado, voy a dedicarme a criticar esta versión sin pensar en la otra, y agregando el plus de que es un musical.
Pero lo que Hector Presa no entendió es que esto es un grotesco y no una comedia costumbrista. En un grotesco todo debe ser exagerado, altisonante, al borde de la sobreactuación, con la puteada gruesa, maximizado. Nada de eso ocurre aquí, hay sí por ahí dos o tres escenas bien resueltas, gritadas, pero no al borde de la exasperación, condición sine qua non para un grotesco que se precie. Además, las actuaciones no son de adentro para afuera, no tienen carnadura, son pura cáscara, elemento que toda actuación debe tener para ser creíble (Stanislavsky dixit), no hay verdadera desesperación ni angustia en Jorge y Susana, ni son falsos snobs Antonio y Nora ni se nota el enojo ni la crispación al borde del delirio de Elvira y Sergio. Pero debo confesar que los números musicales levantan un poco la obra, son ingeniosos y si bien hay ciertos desniveles en las voces, el ensamble refuerza la creación. Las coreografías están bien ingeniadas y los intérpretes las superan con hidalguía. La escenografía está bien resuelta, con el sólo elemento del ataúd en medio de la escena, sirviendo de multiuso se logran muchas cosas interesantes.
Pero debo confesar que esta crítica partió de un equívoco en el teatro. Con mi corta visión y cierto ropaje que la ocultaba, yo pensé que Marina era Matilde, y me pareció que su trabajo era correcto. Pero maldecía el que no hubiese tenido un solo para cantar y expresar su voz. A la vez me decía, qué buen trabajo hace la actriz que hace de Susana, que buena voz que tiene (la mejor), qué buenos son sus movimientos para el baile, se nota que estudió clásico, qué buenos pasos de comedia... y resulta que cuando salgo me encuentro (para gran sorpresa y regocijo mío) que Susana era Marina. (¡Ay esos programas de mano que no traen información sobre el reparto!). Por una vez debo confesar que lo que le jugó en contra a Marina fue su belleza. Marina es una chica bellísima, de una belleza de esas que duelen y se pensaría que todo lo que ella haga está bien. Pero acá justamente, su juventud, lozanía y hermosura no van con el papel, de una Susana, avejentada por el sufrimiento, acongojada, arrugada, gastada, angustiada hasta el ataque de nervios. Habría que haberla afeado un poco para que no pareciera tan saludable. Del resto del elenco poco se puede decir, es más bien chato, no basta con vestir un overoll para demostrar que se tiene una condición social más baja que el resto de los hermanos, ni lucir finas camisas para ostentar un status más alto (el bailecito de  Aitor Miguens como Antonio no aporta a que sea un gran actor, más bien lo ridiculiza). Y las actuaciones de Ornella Ortíz (Nora) y Sandra Plis (Elvira) dejan mucho que desear. Nora por ejemplo, no debería cantar, ya que tiene una voz no indicada para musicales (por respeto a la salud auditiva) mientras que la voz de Elvira no pasa de la medianía. Lo más gracioso de la obra son los apuntes extra diegéticos, aquellos que no están en la película y nos sorprenden favorablemente, como el caso de que Mamá Cora se instale en la platea y vaya a ver una función de teatro en su ausencia de la casa y pida hablar por el celular. Sin embargo se notan en Bárbara González (Mamá Cora) muchos tics de Gasalla en su composición. Si bueno es hacer la imitación de una persona real (desde "Amadeus", pasando por "Capote" o "Milk") no tan bueno es hacer la copia de un personaje ya elaborado por otro. Por eso es que reniego de mi pasado como imitador (cuando copiaba las imitaciones de Sapag, si bien hacía otras de mi propia cosecha, vg. Doña Petrona, Joan Manuel Serrat o Benny Hill).
En resumidas cuentas, que a Héctor Presa se le escapó la presa (espero que su trabajo con la Camerata Bariloche haya sido superior y superador), apto sólo para quienes no conozcan la película ni la historia de Mamá Cora y su familia. Sólo rescatable el trabajo de Marina Munilla como la gran, enorme actriz que es (y no lo digo por amistad ni por quedar bien, ya ven, partí de un equívoco) y la correcta interpretación de Agustina Di Vico con su gracia natural como Matilde. Y un buen aporte musical y ensamble vocal. Lo demás es un gas inerte.
Perdonen si fui muy duro pero es lo que yo ví, por ahí en otras funciones levanta más vuelo, y mis críticas no son para derrumbar sino al contrario, que puedan servir para elevar el nivel general del elenco.
Gracias nuevamente por leerme y por llegar hasta el final.
Un abrazo de hermano. Pablo.

Mi crítica de "Red" (Teatro)

El sábado, pese al frío salí al teatro. Elegí "Red", la obra que está protagonizando Julio Chávez. Que Chávez es un actor enorme no caben dudas, ya lo ha mostrado en obras tales como "El vestidor", "Ella en mi cabeza", "Yo soy mi propia mujer" o el musical "Sweeny Todd". Pero que acá hace una de sus mejores labores también es indudable. Compone un personaje enorme, desaforado, egocéntrico, talentoso, inmisericorde, despótico pero a la vez de una gran sensibilidad y fragilidad y miedo ante esa muerte que se le viene encima. Pero a pesar de todo esto eligió una composición minimalista, sutil, plena de pequeñas acciones, con un texto que vomita a mil por hora pero que también lo hace vibrar hasta las fibras más íntimas. Acá Chávez es el pintor de origen judío Mark Rothko (Chávez también es pintor y judío -Hirsch es su verdadero apellido y recién ahora lo da a conocer en su exposición de pintura, uniendo los dos Julios, Julio Hirsch Chávez firma sus cuadros ahora), es sin duda el más representativos de los  artistas de la corriente denominada "expresionismo abstracto", al que encontramos en un momento sublime de su vida: acaba de hacérsele el mayor encargo  en la historia del arte moderno, una serie de murales para el afamado  restaurante "The four Seasons" en el flamante edificio  Seagram de New York. Una invitación al artista más comprometido  en términos ideológicos y sociales de su época a ocupar con sus obras el centro  de escena del mayor símbolo del capitalismo. En los siguientes dos años que le requiere el proyecto, Rothko trabajará en forma intensa en su atelier con Ken (Gerardo Otero), su joven empleado. Pero en cuanto Ken sume coraje y comience a enfrentarlo con la contradicción del encargo que lo ocupa, Rothko comprenderá que el que creía ser su mayor logro profesional, es en verdad el comienzo de su declinación como artista y el símbolo de la cercanía de la muerte.
Pero por qué digo que el trabajo de Chávez es tan especial. Es un judío al que casi no se le nota el acento, evitando caer el los clichés, tratando de disimular el acento judío como así su renguera (casi no se le nota que cojea de la pierna derecha). En eso me hace acordar a las declaraciones de otro grande, Martin Landau cuando ganó su Oscar consagratorio en 1994 como Bela Lugosi en el film de Tim Burton "Ed Wood". Allí explicaba Landau que su sistema para componer al actor chupasangre había sido la misma técnica del borracho que disimula su borrachera y trata de caminar derecho: él allí tenía que interpretar a un actor de origen húngaro que trataba de disimular su acento húngaro. Bueno, la interpretación le valió el Oscar. Y aquí Chávez sigue la misma lógica, tratar de disimular lo que es.
Los temas de que trata la obra son tantos que sería imposible analizarlos en este breve espacio, pero se habla de la relación padre-hijo o mentor-discípulo, o psicoanalista-paciente; se asiste todo el tiempo a una clase de historia del arte y de la pintura, se menciona a Van Gogh, Picasso, Matisse, Goya, Wharhol, Miguel Angel, y finalmente Pollock, quiera su amigo en la vida personal y que terminara "suicidándose" en un accidente de tránsito conduciendo a toda velocidad por la ruta. Se lo trata de egocéntrico, bohemio, alcohólico e innovador, pero se obvia decir que en su base era esquizofrénico (de ahí los cuadros incomprensibles -para mí- que pintaba). Rothko le dice a Ken: "hasta que no sientas un gramo del dolor y el sufrimiento que sintieron Van Gogh o Matisse no estás capacitado para entender su obra", se lo dice insultándolo, gritándoselo, con bronca contenida. Él que sabe que no sufre por ser artista, sino que se es artista porque se sufre. Se habla de la comercialización y la vulgarización del arte como forma de expresión: de lo que significa un cuadro de una sopa Campbell o una botella de Coca-Cola. Se habla de romper los esquemas con lo anterior, de innovar en el arte, de ser capaz de crear algo nuevo. Se habla del miedo que tiene Rothko de que sus obras sean insoportables para el público, del miedo a que ellas lo devoren. Y finalmente de la pasión por el rojo, el color que guió toda su producción, que al final sería tragado por el negro (que simbolizaba nada más y nada menos que la muerte). Hay muchos temas más, y bien vale ver la obra como disparador para posteriores debates.
La obra es corta, dura exacta hora y cuarto, pero tal es la velocidad con que se escupen los textos, tal la intensidad de la acción (dividida en 5 cuadros -paradójicamente-) que parece una obra de dos horas. Al final, la profunda soledad, incomprensión y desprotección de Rothko nos hace brotar las lágrimas y salimos todos de ver esta obra modificados, profundamente tocados porque se trata de una pieza intensa, "fuerte", en el mejor sentido de la palabra.
Baste decir que Gerardo Otero, como ese Ken, quién participó también de "La omisión de la familia Coleman" de Tolcachir, "Agosto" y "Buena Gente" (en estas dos últimas lo ví) es un actor que hace una bisagra en su carrera con este trabajo y al que conviene prestarle atención de ahora en más.
Bueno, por favor les pido, amantes o no de la pintura, no se pierdan esta obra de John Logan que se está exhibiendo en el teatro La Plaza porque es una joyita. Vale realmente la pena. Y gracias nuevamente por leerme hasta el final.

Mi crítica de "Viejos Hazmerreíres"

Afirma Dolina con total exactitud que la tristeza prevalece por sobre la alegría. Y pone un ejemplo: si a uno le dan dos noticias, una buena y otra mala, que se ha sacado la lotería y que se ha muerto su hermana, si uno no es un cretino, la noticia funesta pesará por sobre la alegre. Concuerdo plenamente con Dolina.
Pero hay un antídoto. Sí, hay un antídoto contra todos los males del planeta: contra no tener novia por 24 años, contra los discursos de la presidente en cadena nacional, contra los ministros, contra los primos prepotentes, contra Tinelli, contra los cómicos de la televisión, contra las subas del gas y la luz, contra los otros primos, los imitadores de cuarta, contra las colas para pagar los servicios, etc. etc. Es un antídoto que yo me aplico una vez por año y numerosas veces en su revisión por DVD.
Sí: Les Luthiers. Porque Les Luthiers son una forma de la alegría, no hay mayor dicha para mí que ver un show de ellos, creo que es lo que más disfruto en el mundo. Porque son talentosos, porque son excelentes actores, músicos, humoristas, cantantes, mimos; porque son la perfección en estado puro. Su humor es blanco, sin golpes bajos, sin malas palabras (apenas una por espectáculo), apelando a la inteligencia y a la mayor o menor cultura del público, siempre uno va a encontrar algo de qué reírse, apelando a la calidad y a un estilo que ya lleva dichosos 47 años. La estafa (sí, la estafa), es lo de menos, porque yo ya sabía de memoria lo que iba a ver, porque era una recopilación de años anteriores, un refrito, y ya me conozco los chistes de memoria. Pero siempre es bueno encontrarse con los viejos amigos, aunque uno ya sepa lo que le van a decir.
Pero vayamos a "Viejos Hazmerreíres". Es un espectáculo ágil, sincero, cálido, que dura exactamente 1h.50' y que se estructura como un programa de "Radio Tertulia" ("nuestra opinión... y la tullia") en el que Murena (Mundstock) y Ramírez (Rabinovich) conducen un programa radial que toca todos los temas, como los de fertilización asistida ("Gustavo de Villa Pueyrredón está muy interesado en la fertilización asistida y pregunta cómo se puede hacer para asistir a una"; "a mí me interesó mucho el método de la probeta, pero cuéntenme exactamente cómo es porque yo probé y me resultó incómodo") o de los funcionarios del gobierno ("el narcotraficante Freddie Esquivel Montoya fue detenido, podría concedérsele rápidamente su extradición, o bien... ser nombrado Ministro de Justicia"). El primer número es la "zarzuela náutica" "Las Majas del Bergantín", donde un buque de la corona española transporta unas prisioneras que deben ser llevadas a Cádiz, pero las prisioneras son de la banda del pirata Raúl y este los intercepta y pide que se las devuelvan. Es asombroso el desplazamiento milimétrico que hacen en escena cuando se desdoblan en las prisioneras y los marineros mientras cantan al "Estampado" Aníbal: 
"Qué maravilla su cuerpo tatuado,
anclas, gaviotas, sirenas, anguilas,
tiene tatuajes, por todos lados,
tiene tatuajes hasta en las axilas"
Y él contesta:
"Vean tatuado en mi vientre,
el Continente Europeo,
y... no les muestro Italia,
porque quedaría feo..."
Todo con el mejor aire de zarzuela y unas voces en Mundstock y Rabonovich que ya lucen cansadas. Pero se les perdona.
Sigue con "Loas al cuarto de baño" (obra sanitaria), un cuarteto de calephone (una tuba hecha con un calefón), lirodoro (una lira hecha con la tabla del inodoro), nomeolbidet (un bidet sonoro), y la desafinaducha (una ducha que mientras cae el agua va extrayendo notas musicales manejadas por un teclado. "Así hablaba Sali Baba" (verdades hindudables) un reportaje hecho al célebre swami Sali Maharishi Baba y sus sucesivas reencarnaciones ("Todos provenimos del mismo polvo", "ah, como los mellizos"). La bossa libidinosa "Amor a primera vista" interpretada por el 6° Luthier: Tato Turano quién hizo ya varios reemplazos y acá le brindan un protagónico como el cantante de Bahía... Blanca, que hace enardecer a los dos guitarristas de Les Luthiers porque según él la esposa de uno de ellos se fue con él. Le sigue la "música en serie" "Quién mató a Tom McCoffe" parodia de un policial negro en el que el teniente Stanley y el sargento Morrison deben esclarecer el asesinato del músico de jazz Tom McCoffe, supuestamente asesinado por Rizzos Negros. Allí se encuentran con una pianista de jazz negra ciega. "Oye negra... oye negra" "Es inútil. Ya le dije que es ciega. Ella no sabe que es negra. Cree que es hija de polacos". Muy buena música de un jazz pegadizo. El estreno "Receta Postrera" (vals culinario) donde las simpáticas viejecitas Clarita y Rosarito (ya conocidas por el vals geriátrico "Pasión Bucólica", de otros espectáculos) se pelean por ofrecer las recetas de unos crepes, musicalizados por un instrumento que no alcancé a definir bien desde donde yo estaba pero me parecía que eran coladores puestos con el mango hacia arriba, mangos que según los fueran apretando emitían armoniosos sonidos. Pero el teatro se viene abajo cuando llega la cumbia epistemológica "Dilema de amor", una cumbia villera interpretada por el cuarteto "Los Brillantes" que mezcla entre aires de música popular a nombres como los de Lacán, Aristóteles o Erasmo de Rotterdam:
"Los jóvenes se aman con tanto entusiasmo,
que sólo con mirarse,
ya llegan al Erasmo", contesta el coro ante el asombrado solista intelectual.
Y el final llega de la mano de la pieza para las conmemoraciones fúnebres del célebre ginecólogo Snerf von Uter: "Pepper Clemens Sent the Messenger, Nevertheless the Reverend Left the Herd" que no es otra cosa que un "ten-step" (género jazzístico) y es desopilante cómo van sumando y desechando instrumentos mientras Mundstock relata la historia, para sumarlo al final en una obra que combina la música barroca con el jazz más desenfadado.
El teatro se viene abajo de aplausos. Pero llega el "fuera de programa": "Los jóvenes de hoy en día" en donde nuevamente Tato Turano con un envidiable López Puccio en inmejorable estado atlético cantan un r.i.p. al rap en el que mencionan entre saltos y acrobacias las virtudes de ser adulto, ante los desmanes que cometen con las motos, la bebida, la droga y el sexo los jóvenes de hoy en día, llegando a la conclusión: "No hay ya ley, no hay derecho... no hay derecho a que la pasen tan bien".
En resumidas cuentas, un espectáculo para toda la familia en donde cada uno según su edad y sus conocimientos se reirá de distintas cosas, pero siempre con un humor sano, feliz, que celebra la maravilla de la música y del ingenio, que desmiente que lo popular debe ser flojo o chabacano, sino que se puede llegar a todos los sectores con el buen decir, el doble sentido (siempre muy cuidado) y la armonía musical. La mala noticia es que tal vez dentro de cinco o seis años se retiren (Mundstock cumplía ese día 72) y que tal vez Núñez Cortéz (el pianista del grupo) se retire antes ya que una artritis molesta le está afectando los dedos, la peor desgracia para el pianista. Pero no hay duda, el piano de Núñez Cortéz sigue sonando tan bien como en sus mejores épocas. Y ahora, en julio se viene el gran concierto en el Colón junto a Baremboim y a Martha Argerich. Un lujo que sólo los grandes como ellos pueden darse.
Y perdón si me extendí más de lo corriente esta vez pero el fervor me lo pedía. Gracias de nuevo por leerme. Y al que todavía no conozca a Les Luthiers le aconsejo: no se pierda este espectáculo.

Mi crítica de "El Comité de Dios" (Teatro)

En Estados Unidos, hay anualmente 85.000 pacientes esperando un trasplante de corazón. Sólo 10.000 donantes es lo que aparece. Es decir, para ser claros, que 75.000 se irán al tacho. Por eso es imprescindible que se establezca en el Centro de Transplantes donde transcurre la obra, un comité, un grupo encargado de dictaminar a quién le corresponde el corazón y a quien no. Ese comité omnipotente ha sido asignado intramuros como "el comité de Dios", del que participan el médico cirujano cardiovascular, el director del proyecto, un asistente social, una psiquiatra, una enfermera capacitada y un religioso. Lo que sucede en la obra no es ni más ni menos que la discusión en caliente, de a quién asignarle un corazón, con 40 minutos de margen porque el donado al que se iba a trasplantar murió en la mesa de operaciones y el órgano debe ser asignado a otro. Son tres enfermos los posibles receptores de ese corazón: Mayer, la señora Williams y Nicolás Pratt. Todos tienen sus pro y sus contras y es una discusión acalorada, con gritos e insultos lo que se suscita en torno a esos minutos cruciales. Lo que inclina la balanza es que Pratt es multimillonario, y su padre ha designado una donación de 50 millones de dólares al Centro para construir un pabellón nuevo en caso de que su hijo sea operado con éxito. Esto desencadenará los reparos morales de todos y las agachadas de otros.
El elenco es tentador: Gustavo Garzón, Alejandra Fletchner, Roberto Castro, Gonzalo Urtizberéa, Héctor Díaz, Julieta Vallina y Ana Garibaldi. Por fin ví a un Gustavo Garzón diferente, no tan canchero ni cínico como se presenta siempre (por lo menos hasta "Buena Gente", con Mercedes Morán, no lo ví en "El hombre elefante", que duró muy poco), es un hombre sensato, presidente de ese comité, que vuelve tras un largo reposo, ya que tiene un cáncer de estómago terminal que le da seis meses de vida y desde donde se replantea muchas cosas, como por ejemplo no destinar el corazón al millonario (a pesar de que falseó su examen de nivel de cocaína en sangre y lo hizo pasar por haber tomado amoxicilina (un antibiótico) para que este examen diera positivo, llegando a ponerle las pastillas en su campera). Está también el personaje de la Fletchner, una psiquiatra a la que se le ha suicidado recientemente su hija quinceañera drogadicta, muy bien resuelto, sin altisonancias, por esta encomiable actriz que empezó en el under. El personaje de Urtizberéa me hizo ruido, es el jefe de operaciones cardiovasculares, con grandes presiones y responsabilidades encima, pero por sobre todo un ser repugnante y cínico. Pero es repugnante y cínico todo el tiempo, no hay frase que él no diga que no esté llena de agresión y desprecio,, y hasta el ser más abyecto, no se comporta así en todos sus actos, en algún momento de su vida se deja de ser repugnante y cínico, y el personaje no le da tregua. Me parece el menos imaginativo de la obra. Roberto Castro, como ese cura y abogado dicharachero y juguetón, pero a la vez responsable está muy bien y Héctor Díaz, como el asistente social paralítico que se desempeña en una silla de ruedas y pone el costado de humor a la obra también está bien. Julieta Vallina, como la representante de otro cardiocirujano que se atrasó en un vuelo presta emotividad y sensibilidad a la obra, al igual que la perfecta enfermera de Ana Garibaldi. La dirección corrió a cargo de Daniel Veronese, un viejo conocedor del teatro (pese a su juventud) y es exacta en el desarrollo de una obra que dura exactos hora y media pero que transcurren como si hubiesen sido diez minutos.
Después de pesar todos los contenidos para la recepción del órgano vital: edad, peso, contención familiar, expectativas de vida, posición social, salud general, cumplimiento del tratamiento, un intento de suicidio en el caso de la señora Williams, abandono de familia y carácter ermitaño en Mayer, rechazo a la paternidad y a hacerse cargo de su esposa en Pratt, se decide que el corazón debe ser para la señora Williams. Pero las tramas y sub tramas que abundan en la obra son infinitas y excedería mi marco explicarlas y además no tiene interés para quien no haya visto la obra. Una obra que, sin actuaciones memorables, transcurre con buen ritmo y un interés que no decae del principio hasta el fin. Lástima que hoy baje de cartel. Ah, y es de Mark Saint Germain, el mismo autor de la excelente "La última sesión de Freud". El que tenga tiempo de ir a verla hoy, mis mejores recomendaciones.
Y gracias de nuevo por haberme leído hasta el final.