viernes, 17 de febrero de 2017

Mi crítica de "Lord" (Teatro musical)

Hola, de nuevo al teatro... Ayer fui a ver "Lord", el nuevo musical de Pepe Cibrián Campoy con dirección suya junto con Valeria Ambrosio y protagonizada por él mismo y Georgina Barabarossa. El libro y las letras le pertenecen y la música original, dirección musical y arreglos corales son de (¡!) Santiago Rosso (¿Se separó la dupla Cibrián-Mahler?). Bueno, lo cierto es que la música suena renovada, nuevos vientos (y cuerdas) soplan en dirección Cibrián. Otra de las sorpresas es que la escenografía, en este caso es concreta y es siempre la misma: grandes paredes con relojes estampados, muchos relojes, como advirtiéndonos que el tiempo pasa, que en la vida el tiempo es corto, que todo es efímero... La decoración se completa con sillas, muchas sillas, que resultan innecesarias porque acaso las usarán los personajes para construirse un puentecito y una chaise-long en la que nunca se acostará.
Hasta ahora todo muy lindo, pero esta vez no la pegó Cibrián con la historia. La narración está casi calcada de la novela "Cuento de Navidad" (o "Canción de Navidad") de Charles Dickens y si ya la novela del gran escritor inglés era tediosa, la transposición a un musical de dos horas (habría que darle algunos tijeretazos al libro) lo es más. Y aburre además porque Pepe trabaja en un solo registro, su personaje no tiene cambios, salvo al final, y la juega de viejo avaro, muy, muy, muy avaro que odia la Navidad y cualquier tipo de celebración que implique gastos, y de esa tonalidad no sale. Y es raro, porque ver a Pepe Cibrián en escena se parece a estar ante un prócer del musical, y acá eso se diluye, además de no salir ni un segundo de la escena, hace monótono el espectáculo. Lo salva la ductilidad y los matices de la Barbarossa, que hace un raid de humor tanto en su personificación de La Parca como en el de Matilde, la difunta esposa de Lord (¿no tiene nombre Lord, que todos lo llaman así?). Se luce de veras con su vis cómica y su cambio de tonalidades de voz, desde ser una gata seductora hasta la más arrabalera de las muertes. Y en Matilde brilla con el acento español y bailando flamenco y con todas sus gracias "gallegas". La verdad es que Georgina salva la plata, que no es poca, ya que la entrada está en 700 $ (yo la pude ver por 430 $ porque la saqué por Tickets). Los secundarios también están correctos aunque no haya ninguno que se destaque por sobre los demás. Sucede que cada uno tiene su momento de lucimiento (y una canción como mínimo) y luego desaparece. El ensamble con todos, ya sea como compañía de circo mortuorio o de flamenco está muy bien y son muy ágiles esos cuadros.
Pero vayamos a la comparación con el original. En el libro de Dickens (que acá no se menciona como germen ni como nada) un hombre avaro, Mr. Scrooge, trabajaba y trabajaba para ganar dinero y guardarlo y se convertía en un avaro que odiaba la Navidad y sus fiestas. Llegaba al colmo de la avaricia. La noche de Nochebuena, en pleno sueño, es visitado por los fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras y, conmovido por lo que ve, decide cambiar su vida. Acá es casi idéntico lo que pasa, salvo que este hombre ha tenido esposa y una hija, que perdió (a ambas) en un accidente y su hija le ha dejado un yerno y una nieta a la que nunca quiso conocer, es más quiere negar su existencia. Su hija se le presenta en sueños, así como su esposa, y también todo ocurre la noche de la Nochebuena. Se le va a presentar su socio en el comercio, Jonás, quien le pide dos horas de franco para estar con su familia, y Lord, a regañadientes se las otorga pero le dice que las va a descontar de su sueldo; Patrick, un socio que murió y a quien él le dedicó un entierro de miseria, su yerno, que lo reclama en su mesa navideña para que conozca a su nieta, una madame adivinadora del futuro (componente del circo de la muerte), y el que fuera él mismo en su niñez, que está dentro de él y a quien ya tiene olvidado. Y finalmente Vera, esa nieta reticente, que termina conquistándolo  por su parecido a su madre y por la extrema suavidad y armonía en su tratamiento, una chica que debe rondar los 16 o 17 años (nos preguntamos, ¿y cuándo su madre vivía tampoco la quiso conocer?) .
La obra resulta aburrida porque no hay nada que la empuje hacia adelante, a avanzar, siempre rondamos la imagen de su avaricia (hay humor, sí, pero la mayoría de los chistes suenan flojos, no hay humor negro ni corrosivo como el que lucen las obras de hoy en día) y la idea de una muerte inmediata y de que se va a ir al infierno, mientras su esposa e hija están en el cielo. Y porque es una obra en la que sabemos todo lo que va a pasar porque ya es archiconocida la "Canción de Navidad" (el cine ha hecho innumerables versiones de ella; hasta Mickey Mouse tiene una propia). Cae casi de maduro (perdonando la mala palabra) compararla con ese gran exitazo que fue "Drácula". Si bien "Drácula" también era una historia donde todo el mundo conocía el final, y era mucho más difundida que la "Canción de Navidad", esa tenía el sabor de lo nuevo, del pan recién horneado, del futuro que renovaba el teatro musical en la Argentina para siempre. Ésta no. No pasa lo mismo porque es más de lo ya visto (ojo, la música y las letras son muy buenas, no hay que desmerecer todo, y la coreografía también, así como el vestuario), porque acá el personaje de él no genera empatía por derecho ganado, es un personaje el que no nos genera tristeza que termine sus días en el infierno y porque el mismo Cibrián se ve deslucido por su presencia (con un eterno camisón blanco y sus pelos largos al viento de la ignominia). En resumen, una obra que recomiendo sólo para aquellos fanáticos del musical, que no tengan miedo de aburrirse con una obra de 2 hs sobre temas ya conocidos y poco atractivos. Eso sí, el público aplaudió de pie. Y entre ese público estaba Zulma Faiad en la función a la que fui yo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Mi crítica de "Aquarius" (Cine)

Ayer vi una película maravillosa, "Aquarius", protagonizada por esa gran actriz (es más grande ahora que está grande que de jovencita) que es Sonia Braga. La dirigió un tal Kleber Mendonca Filho, la película es brasileña y nos gana a todos por el carácter de esa mujer que es el centro de un relato coral. Es un film donde abunda el amor, el amor por los hijos, por los nietos, por las nueras, sobrinos, la música por sobre todas las cosas y por ese departamento que defenderá como una fiera.
El argumento es así, Clara (Sonia Braga, que está vieja y fea, pero que al término de las dos horas y media de la película la veremos como joven y hermosa, por la fuerza magistral de su interpretación) vive en un edificio llamado Aquarius, al que una empresa constructora quiere derrumbar y por eso ha ido comprando todos los departamentos, menos el de Clara, su hogar, su lugar en el mundo, el que se niega a vender ni por toda la plata del mundo. Clara ha padecido cáncer a sus 30 años, y como consecuencia de eso le han extirpado un pecho (lo vemos en una escena de desnudez), así como batalló con el cáncer hasta sobrevivirlo, ahora a sus 65 años, luchará para defender su postura en la Tierra. Tiene tres hijos, Ana Paula, separada y con un chico; Martín, de novio con una chica preciosa y Rodrigo, gay a punto de presentar su novio a su madre (y ella muy orgullosa por ello), que la apoyan en todo. Una mucama de su edad, Ladjane, con quien se tutea y es como su hermana, y tiene un hermano menor que ella. Este le ha proporcionado sobrinos y novias de ellos a los que aconseja en sus gustos musicales. Clara es escritora y periodista, se supone que crítica musical, porque ama la música y tiene su preciada colección de discos de vinilo en su biblioteca. A ella le gusta todo, desde Queen hasta John Lennon, desde María Bethania hasta Héctor Villa-Lobos y disfruta escuchando sus discos, bailando o viendo sus videos.
La película se divide en tres capítulos que poco tienen que ver con el título: 1-"El cabello de Clara", 2-"El amor de Clara" y 3- "El cáncer de Clara". Lo que podemos decir es que el primero empieza en 1980, donde Clara tenía 35 años y el pelo muy corto debido a los tratamientos que tuvo que sufrir. En el cumpleaños 70 de su tía Lucía, su marido expone muy bien toda la batalla que tuvieron que padecer los dos para ganarle a la maldita enfermedad. Pero así como abunda el amor, también lo hace el odio y la dureza de esta mujer cuando se enfrenta a los de la constructora (abuelo y nieto que la persiguen noche y día para comprarle el departamento y poder iniciar su negocio). Pero el departamento es aquello que la contiene, que la salvó de la enfermedad, y así como el título parece traído de los pelos, ese "Aquarius" que es el edificio también contribuye a que por momentos veamos a los personajes enmarcados como dentro de una pecera de acuario. En "El amor de Clara", Clara va a bailar con sus amigas a un club y cree haber encontrado al amor (su marido ya lleva 17 años de muerto), un hombre sesentón como ella, que, cuando la empieza a besar en su auto e intenta tocarle los pechos, ella lo detiene diciéndole "tuve una cirugía", "¿de mama?", pregunta él, y será la última vez que lo veamos. Y en "El cáncer de Clara" ella dispone que si ha podido ganarle al cáncer no se dejará vencer por una empresa, y prefiere repartir cáncer que padecerlo, cuando le desparrama las maderas con las termitas que ellos han metido en sus departamentos contiguos, encima de la mesa de los empresarios.
La batalla por el departamento empieza de manera soterrada, pero luego se hace más virulenta. Una noche ve invadido su edificio por jóvenes que van a hacer una orgía. Ella va hasta el departamento superior, los espía y como se muere de ganas tiene que llamar un taxi-boy para que sacie su sed de sexo. Después de la orgía quedarán manchas de excremento en las escaleras como símbolo de que la agresión es contra ella. Otro día aparece un pastor de una secta religiosa con cientos de seguidores por las escaleras que alaban a Dios y cantan y rezan frente al departamento de ella. Los enfrentamientos con nieto y abuelo de la constructora son cada vez más feroces, y es allí donde Sonia Braga demuestra todo su carácter de actriz de raza, encolerizada, a lo Medea, verdaderamente furiosa pero controlada, nunca dice una palabra de más de lo que hay que decir. Tiene un cabello largo, luminoso, que utiliza a modo de fetiche. Baila, canta, su vida para ella es una fiesta y bebe de todos los néctares aunque a menudo se enoje.
El director supo darle brío a una película que, por su extensión, podría haber resultado tediosa, pero que gracias a su mano de titiritero y a los buenos oficios de una Sonia Braga que está para el Oscar, la hacen no sólo potable sino disfrutable del principio al fin. El cáncer no sólo es un mal recuerdo para Clara, es lo que le da vida, lo que la mantiene como esa loba que cuida de sus cachorros a diente y espada. Todos sus recuerdos están en ese departamento, su vida misma, su convivencia con su esposo al que tanto amó, su ver crecer a los hijos, a los nietos, a los sobrinos (a uno de ellos, al presentar novia le recomienda que le haga escuchar a María Bethania para demostrarle cuán apasionado es), su convivencia con su mucama, su pasión por la música, el vino y el sexo. Todo, en resumen, se da la mano en ese hogar. Es una película sin concesiones, sin medias tintas, que apuesta a la fortaleza y a no bajar los brazos. Por eso la recomiendo denodadamente. Tal vez todavía esté en alguna sala de cine, ya que no tiene mucho de estrenada (es del 2016) y sino la pueden bajar de alguno de los sitios de la Internet.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

domingo, 12 de febrero de 2017

Mi crítica de "Jersey Boys" (Cine-2014)

Acabo de ver esta magnífica película del amigo Clint Eastwood (del 2014) y veo que no le tiene miedo a nada, hasta se le arriesgó al musical. Por lo general los musicales de grandes directores fueron su piedra de toque del fracaso, por nombrar dos, Francis Ford Coppola con "Golpe al Corazón" y Scorsese con "New York, New York". No sé si calificarla abiertamente de musical a esta o de película con números musicales intercalados, ya que la estructura no es la del musical clásico. Hasta se le anima a la comedia en ésta. Está bien que el guión pertenece a Marshall Brickman y Rick Elice, Brickman escribió junto con Woody Allen sus más grandes éxitos ("Annie Hall", "Manhattan" y "Un Misterioso Asesinato en Manhattan") y de ahí vienen las réplicas de comedia. Pero adentrémonos a la película.
Me surgen varios interrogantes: ¿El talento puede llevar a destruirlo todo? ¿El ego desmedido puede provocar choques y rupturas aún con tus mejores compañeros? ¿Qué es la fama? ¿Cómo sobrellevar su peso sin dejarse invadir? A estas preguntas trataré de darle alguna respuesta. Ante todo debo decir que los cuatro actores que cantan en ese cuarteto llamado primero "The four lovers" y más tarde "The four seasons", pasan de un aspecto adolescente a otro de juventud y después de adultez en el que transcurren 40 años con una transformación camaleónica asombrosa. "The four season" existieron, y la película está producida por dos de ellos, los principales Frankie Valli y Bob Gaudio y deben haber intervenido en el guión, que está basado en el libro de uno de ellos.
Frankie Valli (ese no era su apellido, sino uno italiano, pero se lo cambió para hacerse más comercial) es un adolescente que tiene una excelente voz de barítono muy barítono (casi de nenita, diría yo) y es convencido por su amigo Tommy de juntarse con el otro amigo NIck y formar un trío musical para amenizar cenas y fiestas. Así lo hacen, y si bien en los primeros años son rechazados de todas partes, Frankie consigue conquistar una chica, Mary, y casarse con ella. Los otros atorrantes se la pasan de festichola en festichola. Con el tiempo y la extraordinaria performance de Frankie son aceptados por más público, hasta que se les acopla al trío un cantante, músico y letrista, que lanza un hit tras otro, Bob Gaudio y el trío deviene en cuarteto. Allí empiezan a conocer la fama pero también la tiranía de Tommy por dirigir el grupo y designar quien es admitido y quien no. Tommy es un violento, vicioso y gastador compulsivo que será finalmente quien provoque la ruptura del grupo. Pero para eso faltará. Empiezan a grabar discos que se venden como el pan caliente y a estrenar un hit detrás de otro. Son admirados por miles de jovencitas que llenan estudios de televisión y deliran por ellos, de una forma similar a la que sufrieron los Beatles. Todo esto empezó en el pueblito de Belville, Nueva Jersey, en 1951. Pero es muy difícil de controlar la fama, todo lo que se toca puede convertirse en oro o bien en barro. Las relaciones familiares dejan de existir porque los esposos se ven distanciados por las constantes giras, y cuando se vuelve, todo es reproches, gritos e insultos. A veces nos preguntamos si no somos más felices llevando una vida anónima que una de lujos y reconocimiento masivo...
No obstante el matrimonio de Frankie y Mary logra tener una hija, Francine, que más tarde se suicidará, quebrando el corazón de su padre y toda la supuesta estabilidad familiar. Es el golpe más duro que recibe Frankie, pero nada lo detiene a estrenar su próximo éxito. La banda -acosada por deudas que contrajo el truhán de Tommy- terminará por escindirse y sólo quedarán Frankie y Bob como grupo solitario. Claro, los éxitos que tienen son las pegadizas canciones tontas norteamericanas, no les exijamos una letra profunda, en la cultura inglesa no existe un Serrat, ni un Sabina, ni un Cortéz, ni un Víctor Heredia, ni un Víctor Manuel ni un Ismael Serrano. No, son lo más simplón que puede haber (vaya mi crítica para el último Premio Nobel de literatura otorgado a un letrista mediocre como es Bob Dylan, vergüenza total de los Premios Nobel), incluso las letras de los Beatles estaban llenas de yha yha yha, yeha yeha, etc.
Bueno, pero lo cierto es que Eastwood lo hizo nuevamente, y transforma un material que en otras manos podría haber sido una zoncera en una película con agallas, polémica y sumamente entretenida, como todo lo que filma él, aún pasados los 80 para el 2014. Las canciones, sí, tienen ritmo y son pegadizas, tal vez eso enfervoriza tanto a la juventud y la elección vocal que hizo en el casting es excelente, ya que son los cuatro actores los que cantan. Por suerte, con el correr de los años sus voces se van afiatando y van tomando coloraturas más masculinas y más melódicas. Pero Frankie, con su potente don, se cree el dios de la creación, y deja que todas sus relaciones sean llevadas por la tormenta, alzándose en un patriarca de la música que puede elegir qué tomar y qué dejar. Otro tanto sucede con Bob, de sus tiempos en que escribía cuatro hits en dos horas a unos momentos más tranquilos, en que la cordura le gana al entusiasmo.
Por fin vuelven a reunirse los cuatro amigos en el Salón de la Fama del Rock, en 1990, y ya maduros, vuelven a ensamblar sus voces para lograr el efecto tan esperado: que vuelvan a sonar como jóvenes, y así lo pinta Eastwood en la última escena del film, donde del escenario de 1990 vuelven a surgir esos cuatro adolescentes de antaño con sus voces juveniles. Y terminan cantando en la calle, bajo la luz de un farol para... nadie.
Como bonus track tenemos la presencia de uno de esos actores que levantan cualquier película, Christopher Walken, ya avejentado pero siempre efectivo, es un placer ser espectador de las escenas donde interviene ese Gyp De Carlo, especie de protector mafioso del grupo. Bueno, no sé si respondí a las preguntas que me hice, pero seguro que dejé otras planteadas para ustedes. Es una gran película, aunque no esté entre lo mejorcito del viejo Clint.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

viernes, 10 de febrero de 2017

La película que me hizo más feliz en mi vida: "Todos dicen te quiero" (Cine)

En diciembre del año pasado La Nación preguntó a una decena de gente del espectáculo cuál había sido la película que más feliz lo hizo en la vida. Así como Norma Aleandro elegía "Fanny y Alexander" de Ingmar Bergman o Valeria Bertuccelli optaba por "La Fiesta Inolvidable", de Blake Edwards, a mí me vino inmediatamente la imagen de "Todos dicen te quiero" (1996, Woody Allen) como una película donde la felicidad es posible, desborda por los cuatro márgenes del cuadro e inunda la pantalla. Ya desde el título, que todos digan te quiero me produce una emoción insuperable, casi cautivante. Y que además sea un musical ("Le dije a Skylar que sería una buena idea para una película, y ella me contestó que salvo que fuera un musical nadie la iba a creer", dice Djuna, la hija de Woody Allen y Goldie Hawn en el film).
Hay muchas cosas para tener en cuenta. La primera es que Woody contrató un grupo de actores sin decirles que iban a tener que cantar y bailar. Por supuesto no todos sabían hacerlo, y la idea es que lo hicieran con los recursos que tenían, aunque lo hicieran mal, como inexpertos. Por suerte todos entonan bastante bien, hasta Woody, que con su media voz, sale airoso. La única que se hizo doblar fue Drew Barrymore porque canta verdaderamente mal, pero no se quería perder de estar en la película. El elenco es ambicioso, y a todos Woody le pagó la misma suma de dinero, como suele hacerlo en todas sus películas, desde la primera estrella hasta el jovencito que se iniciaba. Por orden alfabético, como los pone él, son: Alan Alda, Woody Allen, Drew Barrymore (la nena de "E.T.", ya crecida), Lukas Haas (el nene de "Testigo en Peligro", ya crecido), Goldie Hawn, Gaby Hoffman, Natasha Lyonne, Edward Norton, Natalie Portman (todavía una nena de 12 años, la ganadora del Oscar por "El Cisne Negro"), Julia Roberts, Tim Roth y David Ogden Stiers. La película destila la alegría de los musicales de Stanley Donen más que la de los de Vincente Minnelli, aunque esté ligeramente inspirada por "Meet me in St. Louis", de este último, por su división en las diferentes estaciones del año y su término en Navidad. Sí, cada segmento está ambientado con los mejores colores de cada estación en Nueva York y el invierno en París. Recuerdo haberla ido a ver al cine con mis viejos y que lloré de alegría en el asiento de atrás del auto durante todo el viaje de vuelta a casa.
Woody salió de su encierro en Nueva York y la filmó en N.Y., Venecia y París, tomándolo como toda una hazaña personal debido a su fobia a viajar, que Soon-Yi logró vencerle. El argumento es simple, todos los personajes se ponen a cantar en el momento más inesperado, como si se tratase de otra línea del diálogo, y lo hacen con toda naturalidad. Djuna (Natasha Lyonne) que es hija de Steffi (Goldie Hawn) y de Joe Berlin (Woody Allen), que están separados pero siguen compartiendo amistad, es el hilo conductor del relato. Tiene un padrastro, casado con su madre, Bob (Alan Alda), abogado de éxito, el cual tiene dos hijas y un hijo, Lane y Laura (Gaby Hoffman y Natalie Portman) y Scott (Lukas Haas), éste con ideas republicanas dentro de una familia demócrata. Otra hija de Bob es Skylar (Drew Barrymore) que está enamorada y se va a casar con Holden (Edward Norton). A la vez Bob tiene un padre que vive con ellos de 88 años (Patrick Crenshaw), con un Alzahimer divertido y descolgado de la realidad. Lo cierto es que es una familia de ricos, que  no siente culpa por ello. Mientras la madre se ocupa de obras de caridad y beneficencia, Joe es dejado por su novia, pero en plena estadía en Venecia conoce a Von (Julia Roberts) que si bien está casada, Djuna conoce al dedillo todas sus intimidades por ser la paciente de la madre de una amiga, psicoanalista, y espiarla en cada una de sus sesiones. Así le cuenta a su padre todos sus secretos y él los pone en práctica para seducirla, lo cuál consigue inmediatamente. Finalmente deja a su marido y se va a vivir con él a París. Debo decir que la película está colmada de los mejores chistes de Woody.
A todo esto, Steffi invita a su cumpleaños a un preso que acaba de salir de la cárcel, Charles Ferry (Tim Roth, autoparodiándose) para resocializarlo, y este termina enamorándose de Skylar y con una canción muy bonita en la terraza "If I Had You" y unos buenos besos, logra conquistarla. Esta anuncia su ruptura con Holden y su noviazgo con Ferry. Pero pronto se da cuenta que él sigue haciendo la misma vida criminal y en la noche de Acción de Gracias volverá con Holden. Entretanto Scott ha sufrido un desmayo y lo operan, un trombo le estaba tapando una arteria y por eso su cerebro no oxigenaba bien, y si estuvo teniendo un comportamiento raro durante el último año, sentencia el médico, se debe a eso. Su padre se llena de alegría pues su hijo vuelve a ser demócrata. En una de esas se muere el abuelo, y en el funeral, lo que podría haber sido una nota amarga para la película, el fantasma del abuelo se materializa y les recomienda a sus deudos, junto con otro grupo de fantasmas, que disfruten de la vida, que dejen de correr para hacer dinero, que es más tarde de lo que piensan, mediante una canción "Enjoy Yourself (It's Later Than You Think)", una rumba que terminan todos bailando y haciendo trencito en la sala velatoria.
Ya en París, en la Nochebuena, están todos dispuestos para ir al baile en homenaje de los Hnos. Marx, pero Bob cae enfermo, y Joe llega con la peor de las noticias, Von lo ha dejado porque se da cuenta que su sueño se ha cumplido y ahora está completa, y ella no puede vivir así (Recordemos que es la falta lo que constituye al ser humano). Ella le dice, "porque estoy loca". A lo que él le contesta, "supongamos que nada de todo esto sea cierto, que yo he conocido tus secretos y armé todo esto sólo para conquistarte", a lo que ella responde: "ahí pensaría que el loco eres tú". Conclusión, van Steffi y Joe al baile, disfrazados de Groucho Marx. Del baile se van a orillas del Sena (en una escena que es un homenaje a "Un americano en París") y ella se pone a cantar "I'm Thru With Love" (que es la última canción que canta Marilyn Monroe en "Una Eva y dos Adanes") y a bailarla juntos, bajo el frío de una Navidad en París. Allí es donde interviene el realismo mágico en la película y ella se pone a volar, siempre alrededor de él, creando una escena mágica y sensual que es para llorar de amor. Woody, en un principio, quería ser él el que volara, pero como quiso filmar la escena con una grúa (nada de fondo azul ni de transparencias) la coreógrafa argentina (que reside hace mucho en Estados Unidos) Graciela Daniele le dijo que debía usar un arnés entre las piernas, y que eso para el hombre era muy doloroso, optó porque fuera Goldie la que volara. Allí se sinceran y descubren que son mejores como amigos que como esposos, aunque ella le agradece que como él nadie la ha hecho reír. Se besan tiernamente en la boca y deciden volver. Ya en la fiesta Djuna dice la frase de que si no fuera un musical no la creería nadie y presenta su cuarto novio en lo que va de la película y todos bailan al son de "Everyone Says I Love You".
Ha pasado una hora cuarenta y nos hemos reído con los magníficos chistes de Woody, hemos disfrutado de canciones bellísimas, hemos asistido a la paleta de colores de Carlo Di Palma, uno de los fotógrafos preferidos de Woody, hemos visto Nueva York, Venecia y París y hemos asistido a un festival de actuaciones. Y nos han dicho te quiero más de una vez. ¿Se puede pedir algo más para lograr la felicidad?
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 9 de febrero de 2017

Mi crítica de "Campi. El Unipersonal" (Teatro)




































Hola, recién puedo ver por Teatrix el estreno de hoy, el unipersonal de Campi, y la verdad es que recibí una grata sorpresa. Yo no conocía a Campi por sus imitaciones de Tato Bores o de Gasalla por la simple razón que estaban en el programa de Tinelli, y eso es algo que tengo autoprohibido para conservar mi salud mental. Así que no conocía a Campi, pero debo reconocer que es un humorista serio, que estudia las características de los personajes que va a encarnar, que tiene una mirada profunda y sagaz hacia aquellos comportamientos humanos que son tan propios del ser argentino. Y que sabe interactuar con su público sin ofender ni sobresaltar. Así se comunica con varios de sus espectadores llamándolos por su nombre y haciéndoles partícipes de sus bromas.
Dice Pinti que el humorista debe aprender a reírse ante todo de sí mismo, para poder decirle al otro "sos un boludo y lo sé porque yo soy tan boludo como vos". Que el hombre inteligente se ríe primero de todo de la desgracia personal para aprender luego a reírse de la ajena. Y dice ese gran escritor y experto en literatura universal que fue Bernardo Ezequiel Koremblit en su libro "El humor: una estética del desencanto", que el humor no nos hará felices, pero nos compensa de no serlo. Y que el humorista debe ser ante todo un "humanista", aprender la naturaleza del ser humano, sus penas y miserias, y compartirlas, antes de reírse de esa pobre criatura que es el hombre. Y dice en el prólogo de su libro: "Creo que esto es lo único que sé y lo único que vale de lo que pueda saber: que el hombre es una criatura limitada, por muy denso que sea su intelectualismo, por muy vasta que sea su cultura, por muy restallante que sea su inteligencia. Una criatura muy limitada, muy limitada, pobre criatura querida. Pero hay un único hombre que dentro de su restricta y demarcada y enjaulada limitación es capaz de saltar hacia lo prodigioso ilimitado en una pirueta de volatinero, en una cabriola de funámbulo que supera su congénita limitación: ese único hombre es el humorista".
Y Campilongo, "Campi" para su público lo sabe, y ha creado media decena de personajes que pueden dar fé cabal de lo que estoy diciendo. No se dedica a las imitaciones en este espectáculo (si bien cada personaje es una imitación de otros tantos con sus mismas características) sino a la creación y produce efecto reidero sobre su público con un libreto y una dirección que le son propias. Así desfilan "El Turco", un "tasista", ya que maneja un "tasi", que tiene mucho de canchero argentino; "Pucheta" (tal vez el personaje menos logrado), un rollinga fumeta que vive drogado; Jorge, el más entrañable y por eso más largo de los cuadros, un ignorante de clase media que cree saberlo todo sobre todo y que dice constantemente que hay que "adactarse" y que establece un rápido nexo con el espectador recordando cosas del pasado; Nacho, un enano (soberbia la presentación del personaje) de clase alta que vive en un barrio cerrado y que en su vida ha visto a un pobre, hasta que se enfrenta a uno; "Doña Beba", una vieja mala y mal hablada, que no llega a consolidarse del todo debido a la brevedad de su presentación, aunque logra buen rapport con el público; y por último, "el negro Mario", un muchacho de la clase baja desdentado y simple, obsesionado por el sexo. Se nota que Campi quiere a sus personajes, porque en todos ellos hay una capa de humanidad que los ennoblece y que los hace queribles. Es muy notable el manejo de títeres que aportan su cuota de frescura entre cambio y cambio de personajes, y termina con un gallinero en pleno entonando la música de nuestro himno.
Pero vamos por partes. El "Turco" ese ese tipo de taxista agrandado con todo lo argentino, que invita al público a decir cuál es el pájaro nacional y donde todos arriesgan, eligiendo al hornero, que es todo un ingeniero de la UBA, con un poco de adobe te levanta tres ranchos... Se llena la boca diciendo que tenemos la avenida más larga, el río más ancho, la montaña más alta de América, que inventamos la birome, el colectivo y el dulce de leche, que tenemos los cuatro climas (frío, calor... y los otros dos los sabía pero ahora no me los acuerdo) y otras costumbres más. Que la bicisenda no sirve para nada y que le dificulta el tránsito a los automovilistas y que habría que hacer una "piqueterosenda" para que no estorben con sus manifestaciones la libre circulación (lo cual tiene toda la razón del mundo). Y se anima a plantearle a la gente cuánto tarda un viaje desde Parque Patricios hasta el teatro, que él lo hizo en tres horas debido a marchas, concentraciones y arreglo de la calle Entre Ríos.
Después pasamos al menos efectivo de los personajes, "Pucheta", un drogón que vive del robo y las mil y una maniobras para conseguir droga, de una manera muy eficaz en su forma de expresarse, de hablar y de moverse, que nos recuerdan mucho a estos desagradables personajes que desgraciadamente vemos todos los días.
Viene Jorge, casado con Marta, un pelado y panzón con la campera del Mundial 78 que a pesar de todo es un optimista (un "boludo alegre" diría yo) que trata de buscarle el lado bueno a las desgracias y recuerda formas de vida pasadas, como los entretenimientos de las vacaciones en el mar, como ir a juntar almejas y cornalitos con el mediomundo al muelle. Habla sobre los cambios en los micros actuales, que tienen asientos-cama, baño, televisión y servicio de café y jugos, que antes un viaje a Mar del Plata duraba 30 días y ahora se hace en cinco horas. Nos refresca la memoria de cuando estaba Entel y había que hacer cuatro cuadras de cola al llegar a Mardel para avisar a la Capital que habían llegado bien, y que el teléfono le comía las fichas que el otro iba poniendo a la velocidad del rayo. Habla de su experiencia con los médicos (saqué turno en Pami en 1983 para que me atendieran recién ahora, tardan pero tienen buena voluntad, y me hice todos los "anális"). Es un hombre inculto, que comete mil errores al hablar (no tantos como Fidel, mi Jefe de Mantenimiento de la casa) y resulta cómico por un código en común que compartimos los cultores del lenguaje. Habla de sus dos hijos, el Tito y el Beto (el Tito es inteligente pero el Beto es más pelotudo), personajes que aparecerán en boca de otras de las criaturas de Campi.
Sigue con Nacho, un deforme golfista de la clase alta, con su mala dicción tan representativa de este estrato social y que vive en un barrio cerrado, tan cerrado que se les perdió la llave y no pudieron salir. Ahí conoce a un pobre, el que le cae simpático ya que en su vida había visto uno. "Hay que tener cuidado con los pobres, se mete uno y es como se te puede meter la humedad". Y realiza un divertido contrapunto con el público preguntándole de dónde vienen y la mayoría contesta "de La Matanza". "Estamos rodeados", acota él, "¿es una ciudad o una amenaza? Hay que tener coraje..." Todo en un tono muy jocoso y respetuoso.
Doña Beba es una vieja puteadora, a la que sus dos nietos sorprenden, Tito y Beto (Beto es el más pelotudo), ya que junta Tito yerba para venderla en su casa y gana bien, tiene la casa llena de yerba... y Beto se avivó y ahora vende azúcar impalpable y también le va muy bien... Es un personaje corto en su desarrollo pero muy aplaudido por el público (la gente adora las malas palabras y las festeja).
Y termina con "el negro Mario", un desclasado, un marginal de buenos sentimientos que sólo piensa en "ponerla", tener una novia de la tele para no tener que pagar más...
Cierra el espectáculo Campi, sin disfraz, dirigiendo la obertura del himno en un gallinero. Es un espectáculo que me sorprendió por el buen gusto, el espanto por normas consabidas y la chabacanería habitual de tantos espectáculos de teatro de riesgosa entrada...
Recuerden que pueden verlo haciendo click en "Ver obra".
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

miércoles, 8 de febrero de 2017

Mi crítica de "Toby Dammit" ("No apuestes tu cabeza al diablo") (Cine)

Continuando con los preparativos de mi ciclo sobre Fellini, me dirijo a analizar este nuevo mediometraje de 40 minutos, esta vez, basado libremente en un  cuento de Edgar Allan Poe, justamente "No apuestes tu cabeza al diablo", acá rebautizado con el nombre de su protagonista. El mediometraje forma parte de un trío que pretendió rendirle homenaje a Poe, se completa con "Metzengerstein", dirigida por Roger Vadim, con Jane Fonda en su esplendor y "William Willson", de Louis Malle, con Alain Delon y Bridgitte Bardot, también en su esplendor.
"Toby Dammit" es un ejercicio de hipnotismo, arrebatador, claustrofóbico, maravillosamente musicalizado por Nino Rota y estupendamente dirigido por Fellini, puede decirse que se encuentra entre lo mejor de su producción. El guión es del propio Fellini y de Bernardino Zapponi y la fotografía en color es del siempre eficaz Giuseppe Rotunno. La actuación protagónica es de un enloquecido Terence Stamp.
Uno de los films no realizados de Fellini fue "El Viaje de G. Mastorna" que lo acercaba al mundo de ultratumba. Lo más próximo es este magistral mediometraje. Lo importante en tanto que recreación del universo de Poe no es la historia sino la atmósfera, el personaje, el extrañamiento delirante de las imágenes, la creación de un mundo hierático y angustioso como el de las pesadillas. Muchos maestros de la literatura fantástica crean sus ficciones desde un punto de vista infernal de la realidad: su método de extrañamiento es la visión del doble infernal de las cosas. Fellini lo intuye y si bien aparece en otras películas ("Satyricón"; "Roma"). El Maestro italiano sabe además que el expresionismo es la manera de ser del terror. El carácter demoníaco de "Toby" no es gótico sino expresionista y reside en todos y cada uno de sus elementos. Expresionista es su guión, la iluminación, la interpretación de Terence Stamp, los movimientos de cámara y su banda sonora.
El punto de vista es el de un muerto que habla desde su muerte, como hiciera Billy Wilder en "Sunset Bulevard". La voz en off de Dammit enviada desde su cielo de nubes de fuego, desde la nada, narra la aventura de su muerte. Pero, ¿qué nos cuenta? sino una representación de su muerte para los ojos de un diablo-niña que lo mira y para el que actúa como lo que es: un actor. Su aventura es infernal y su espectadora una diablesa: el relato una evocación fantasmal, nocturna, que progresa a golpe de flash, de foco, de luz artificial, hacia el encuentro final de la cabeza cortada como la pelota redundante.
"Aquel viaje iba a pesar mucho en mi vida" dice la voz de Dammit desde el cielo, desde el avión, cuando cuenta su llegada a Roma a través de un cielo inflamado. Un muerto habla sobre el viaje que le costó la vida y despliega para nosotros su delirio, una vez más. Dammit aterriza en la telaraña de señales blancas del aeropuerto, ardiente de rojo el crepúsculo y camina como una cámara subjetiva sin cuerpo. La gente se asoma asombrada, aterrada o indiferente a la cámara, al vacío que es Dammit que no aparece todavía en imagen pero que crea la imagen con la mirada. No lo vemos a él, vemos lo que él ve y cómo lo ve. Luego, las llamas del crepúsculo dejan paso a un fondo floral y Dammit es arrebatado de su refugio en las sombras y en la oscuridad del fuera de campo. Se protege con los brazos, sonríe y hace muecas de dolor ante los flashes de los fotógrafos. No quiere ser iluminado, odia la luz, es un príncipe de las tinieblas, un vampiro. Desde lo alto de una escalera mecánica como desde un escenario hace ademanes expresionistas, un vuelo de murciélago, una reverencia cortesana gratuita y se muestra como meros gestos de actor, aunque luego sabemos que se lo hace a la diablesa. "Dijo que me dejaría en paz", se queja, pero no, lo persigue con su pelota silenciosa, inquietante globo blanco que toma la forma de la cabeza de Dammit.
Dammit trae desde las tinieblas la desesperación de los condenados y la exhibe y la trabaja como actor en cada uno de los planos del film. "Es todo un personaje", comentan los productores que lo han hecho ir a Roma a rodar "el primer western católico". Es un gran personaje, un personaje literario marcado por la negra melancolía de Poe. Tiene algo de Cristo, como si Cristo hubiera cedido a las tentaciones y pasara por el infierno su dolor. Eso, es más o menos lo que va a interpretar en la película y de la que hablan en el coche que lo lleva del aeropuerto a la ciudad. Este viaje en el auto, tiene aire de coche de muerto gracias a la cortinita de la ventanilla de atrás, está preñado de motivos fellinianos que reaparecerán en el episodio de la entrada a la ciudad de "Roma": un camión de carne con el toldo revoloteando como un telón, la radiante fábrica de lámparas, la prostituta, el accidente. Tan infernal es este recorrido en "Roma" como aquí, salvo que en este caso el punto de vista es el de Dammit y en "Roma" es el de Fellini que dirige la puesta en escena y el rodaje "desde dentro". En la misma secuencia tiene lugar la escena de la quiromancia por parte de la gitana. Dammit cierra el puño dolorosamente. Sabe lo que ella ha visto, porque ya lo ha vivido una y otra vez.
En la entrega de los premios Loba, la gala es tan diabólica como el resto, en gran parte por la música de Rota, por la voz en off que se acerca y se aleja del presentador y por el juego de la cámara, que aplasta o ensalza a Dammit, jugando con él como un títere. Las ráfagas de luz que rompen la oscuridad y lo revelan, los flashes, siguen dándole un cierto aire de Cristo en la Pasión, sobre todo cuando su doble de acción se empeña en sacarse una foto con él y le pone un sombrero mexicano: entonces tenemos la fugaz impresión de hallarnos ante un Cristo de las injurias. Hay bellas mujeres, pero la única que consigue sacarlo de su ensimismamiento es una desconocida, la muerte, que recita un monólogo con ecos siniestros que revelan su doble sentido: "No temas, yo cuidaré de tí siempre... yo soy la que esperabas y estoy contigo para siempre" Cuando se va, lo deja destruido en su asiento, muerto, visto en picado.
La carrera nocturna de Dammit con un Ferrari por su mundo de oscuridad en el que sólo los faros del coche revelan fragmentos de la realidad fantasmal, será puesto luego por Fellini en "Roma" de los motociclistas. Auténtica road-movie terrorífica, este episodio pone de manifiesto el hecho de que nos hallamos en su mundo interior, subterráneo, sin luz y sin salida, a pesar de que transcurre al aire libre. El espacio acotado por los faros es tan breve que acentúa el espíritu claustrofóbico de todo el film. Los pocos personajes que Dammit encuentra son muñecos o están petrificados, pero de una manera perversa.
Dammit llega al final de su camino y de su vida ficticia ante un puente roto. El tonel al que pega una patada y echa a rodar hacia las tinieblas le anuncia el abismo. Entonces sabe -recuerda- que ahí se acaba su trayecto. Ve a la niña diabla y decide ir a su encuentro de una vez, desplegando un recital de gestos de desesperación irónica, bien aprendido en anteriores ocasiones de ese eterno retorno. Se lanza al vacío y ya no vemos nada, sólo oímos un aullido siniestro. Pero no lo es: es el sonido del cable que ha cortado su cabeza y vibra en primer plano, goteando sangre. Este sonido, entre chirrido mecánico y ladrido, es lo más siniestro de toda la película. Luego la pelota blanca cae desde las alturas en silencio, ralentizada, rebota un par de veces y va a instalarse junto a la cabeza de Dammit. La niña sonríe, se arrodilla junto al despojo y se apodera de él como el último acto de un ritual. Un largo fundido a negro restituye a Dammit a las tinieblas de las que ha surgido. El último plano muestra el amanecer sobre el puente cortado, bordeado de siniestras farolas como un paisaje surrealista.

El hecho de que Fellini haga una película sobre la figura de Cristo en términos de western es un sarcasmo y una burla poco disimulada hacia las palabras de Pasolini, quizá para responder a este al hacer decir a Orson Welles en "La Ricotta". "¿Fellini? Es uno que danza, danza", quitándole importancia. El "Toby..." de Fellini asume con plena modernidad ese papel de Cristo, pero como metáfora y no como personaje, sin mezclar cristianismo y semiología barthesiana, pureza de Dreyer, Ford, Piero della Francesca y Pasolini, mencionados por el padre Spagna, que pretende la puesta al día oportunista del cristianismo por medio del maquillaje ideológico, pero que Fellini desenmascara oponiéndole otras imágenes, urbanas, estas sí auténticamente modernas, que nada tienen que ver con el discurso católico, emblema de los tiempos de hoy, a los viejos como la imagen de la virgen que desfila por el espejo surgido irónicamente del pasado, anacrónico, o como la estatua transportada por los helicópteros al comienzo de "La Dolce Vita". Toby Dammit no responde al 
discurso sociologista del cura, se limita a exigir que le entreguen la Ferrari que le han prometido. Su cruz secreta.
Quien la pueda ver, figura como "Historias Extraordinarias" o como "Historias Prohibidas" o en el italiano original "Tre passi nel delirio" y es de 1968. De más está decir que se la re-recomiendo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 4 de febrero de 2017

Mi crítica de "Sully: Hazaña en el Hudson" (Cine)

Vuelvo a comentar cine, y en este caso la última de ese gran contador de historias que es el veterano Clint Eastwood, y ésta, su última película hasta ahora (es del 2016). Clint Eastwood pertenece a la generación de los que hacen un cine clásico, a pesar de que en esta haya muchas idas y vueltas de guión, retomando una y otra vez el tema a narrar, como si dijera: "ah, me olvidé de contarles tal cosa", y vuelva diez minutos atrás. La película toda es un largo flashback y casi no nos deja tiempo para respirar, tal es la velocidad con que se cuenta.
Acá el argumento es un hecho que sucedió en el 2009 (más exactamente, el 15 de enero, pleno invierno) y que en Estados Unidos es archi conocido, tal vez no tanto aquí. Es la tragedia (con final feliz) que le sucedió a un avión que salió de Nueva York y que al corto tiempo de vuelo, una bandada de pájaros le inutilizó las dos turbinas. Sin tiempo para volver al aeropuerto de LaGuardia, de donde había salido, ni de llegar al de Teterboro, que también estaba cerca, su diestro capitán, Sully Sullenberger, decide hacerlo amerizar en el río Hudson, salvando al pasaje completo. Tal vez por ser tan conocida la historia (allá) no haya suspenso en llegar a su final. Pero el sabio viejo Clint sabe tratarla de tal modo que el suspenso se cuele en todos sus poros y se viva con tensión la hora y media de duración.
Eastwood nos ha dado decenas de obras claves dentro de la infanto-adolescente cinematografía norteamericana, con una mirada adulta sobre sus temas. ¿Quién puede olvidar el embeleso que provocó "Los Puentes de Madison"? ¿O la desgarradora historia de la joven boxeadora en "Millon Dollar Baby"? Películas inolvidables como "Poder absoluto", "Los Imperdonables", "Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal", los cuatro veteranos audaces de "Jinetes del espacio", la terrible sordidez de "Río Místico", el enigma infinito de "El sustituto" o la desconfianza y la entrega en "Gran Torino", la presencia de Mandela y su equipo de rugby en "Invictus" por no recordar sino las últimas como "J. Edgar", el musical "Jersey Boys" o "Francotirador".
Acá el Capitán Sully Sullenberger es el grandioso Tom Hanks, que se acerca mucho a los premios con esta sabia interpretación. Está con el pelo y bigote blanco en canas, con su andar fatigado pero rápido en reacciones y una serie de visajes que hacen que su personaje adquiera esa tridimensionalidad que necesitaba. Está bien acompañado por Aaron Eckhart como Jeff, el copiloto y su esposa Lorrie es la siempre eficaz Laura Linney. La película empieza con un sueño de Sully: él está piloteando un avión que no puede controlar y va a volar de manera rasante por la ciudad y terminar estrellándose en un edificio (la memoria de las Torres Gemelas está muy fresca todavía). Se despierta angustiado y asustado, en medio de sudoraciones frías. Luego sabremos que es un sueño posterior al accidente. El film sigue con las audiencias que le hace la NTSB, corporación a la que no le conviene que el accidente haya salido indemne, y menos a la compañía de seguros. Fueron 155 almas que se salvaron de una muerte segura. Parece que aterrizar en el agua es muy difícil y casi imposible sin perder vidas humanas. Sully, frente a la decisión de volver al aeropuerto o amerizar, escoge esta última, con total pericia. Los de la compañía lo llevarán a una audiencia en donde se va a comprobar si él obró bien o no. Ese es el nudo argumental de la película y sobra el cuál esta gira.
Como complemento necesario tenemos el accidente y nos adentra Eastwood a inmiscuirnos en la vida de varios de los pasajeros, además de la del capitán, para hacernos cobrar empatía con el siniestro. Nos hace conocer a esas gentes que realizan un vuelo más en sus vidas y que se verán enfrentadas de cara a la muerte. Y lo cuenta desde todos los ángulos posibles, y no sólo una sino dos veces, repitiendo datos que ya conocemos pero que se resignifican con la repetición. Y al final, mientras pasan los títulos de la película podemos acceder a ver a los verdaderos pasajeros junto al auténtico  Sullenberger en agradecimiento y desatando todo un festival de emociones encontradas (las que no se habían perdido).
Los mandamás de la compañía aérea piensan someter a simulaciones de vuelo el caso de Sully, y ver si en realidad no tuvo la oportunidad de llegar a alguno de los dos aeropuertos o si sólo fue un capricho que puso en riesgo de muerte 155 vidas. Tampoco creen  que una de las turbinas haya sido completamente destruida sino sólo parcialmente, pero los resultados le dan la razón, así como los simuladores de vuelo. Sully es tomado por un héroe nacional y paseado por cuanto programa de televisión haya y adorado por todos los que lo reconozcan en la calle. Es el gran salvador, un tipo valiente que tuvo lo que hay que tener para tomar una decisión rápida y justa que no exponga a su pasaje.
La cámara de Clint Eastwood está siempre ubicada en el lugar correcto, y logra proezas, como la de mostrar ese amerizaje del avión con el consiguiente sacudón e inundación de la aeronave, la evacuación de los pasajeros y el posterior rescate por helicópteros, ferrys o barcos que pasasen por el lugar, con una temperatura del agua de dos grados y una de veinte bajo cero en el ambiente. La película, como nos tiene acostumbrados Eastwood con sus 87 años, es toda una muestra de elegancia narrativa y visual, sin ocultarnos ningún dato ni exponernos información que sobre. Por eso, a quien quiera ver este film, que tal vez se ha perdido, se lo recomiendo muy enfáticamente y con total seguridad que será de su gusto. Aunque ya no está en los cines se puede descargar por Internet.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El conde de Teberito (un crítico independiente).