viernes, 5 de junio de 2020

Mi crítica de "Melinda y Melinda" (Cine-Woody Allen-2004)

La película se abre con una discusión eminentemente teórica en una cafetería de Manhattan. Un grupo de amigos se embarca en un sofisticado debate de sobremesa acerca de la naturaleza pretendidamente ambigua o dual de toda aventura humana. Uno de los contertulios supone que la vida es inapelablemente trágica y no puede ser vivida más que como una experiencia dolorosa y sombría. Otro, en franca discrepancia con él afirma que en realidad la vida es alegre y festiva y que no hay situación humana que no pueda ser leída en clave de comedia o de farsa.
Para dirimir esta escatológica cuestión, uno de los discutidores decide traer a colación una historia bien concreta. Y propone como punto de partida el siguiente caso: una mujer con fuertes problemas emocionales llamada Melinda se presenta una noche de improviso en la casa de unos amigos. Su llegada es completamente inoportuna, ya que toca el timbre en el preciso momento en que los dueños de casa están ofreciendo una comida a un empresario artístico para tratar de convencerlo de que le consiga trabajo a uno de ellos. Nos asomamos así a la historia de Melinda, que nos es presentada en dos formas sucesivas: la primera, trágica y depresiva, y la segunda, cómica y divertida.
De allí en adelante la película nos va mostrando otras situaciones y otros planteos anecdóticos que pretenden inclinar la balanza hacia uno y otro lado: hacia el ensimismamiento trágico o hasta la comicidad desbordada. Las dos eternas máscaras del teatro clásico -la tragedia y la comedia- van cobrando vida alternativamente y se van disputando, en cada segmento narrativo, el centro de la escena. Dos visiones del mundo están en pugna: una de ellas pretende convencernos de que la realidad puede ser vivida desde una perspectiva irremediablemente sombría; la otra pretende persuadirnos de que la vida puede ser afrontada con una filosófica sonrisa y hasta con una ruidosa carcajada.
El gran creador de "Manhattan", "Interiores" y "Hannah y sus Hermanas" encuentra aquí una oportunidad inmejorable para desarrollar una vez más, su incontrastable y originalísimo discurso sobre la eterna dualidad humana. Las diferentes escenas que se suceden van instalando en el humor del espectador dos concepciones de la vida aparentemente opuestas o antagónicas, pero en el fondo, complementarias.
Como era de esperar, los incidentes y conflictos que van desfilando a medida que avanza el film son los infaltables en toda la creación de Woody Allen: los vaivenes íntimos de la relación matrimonial, la idealización permanente del encuentro amoroso, de la desorientación emocional tras cada fracaso erótico o sexual, las altas y bajas de la autosatisfacción y de los celos, el juego real o ilusorio de la infidelidad, la recurrente idea del suicidio o del ridículo como vías de escape simétricas para paliar un mal trance, la conciencia de la propia fragilidad como terapia para zanjar las encrucijadas grandes o pequeñas de la vida.
La película muestra de un extremo a otro las señas de identidad inconfundibles del gran creador de "Septiembre" y "Crímenes y Pecados", tanto en lo que concierne al trazado de su lineamiento estilístico como lo que atañe a la calidad indeclinable de los diálogos y de las sucesivas puestas en escena. El juego pendular entre la tragedia y la comedia está desarrollado con derroche de ingenio y creatividad. El cruce de ambientes, de personajes y de historias que el gran cineasta neoyorquino nos propone en las diferentes secuencias del film ha sido resuelto y orquestado con su reconocida sabiduría narrativa y, al mismo tiempo con efectos de emotividad y humor que en ningún momento rompen o afectan la homogeneidad del relato.
La película no pierde ni abandona en ningún momento esa vitalidad y esa frescura espontánea que el cine de Woody Allen ha exhibido siempre -y sigue exhibiendo- como así de sus inconfundibles marcas de fábrica. Están presentes, de manera fragmentaria, el Allen de "Interiores" -aquel que la crítica recibió como tributario de Chéjov o de Bergman- y el Woody de la screwball comedy clásica, aquel que supo rescatar del fondo de los tiempos el espíritu de la comicidad entrañable y siempre viva de los Hermanos Marx.
Por su parte; "Melinda y Melinda" le otorga cabida al habitual entramado de guiños, complicidades y sobreentendidos que define y distingue el mejor cine de Woody Allen. Eso permite que se cumpla una vez más uno de los ritos tradicionales del creador de "Annie Hall": el espectador siente que va incorporándose a la película casi como un colaborador más, en el contexto de un esfuerzo de interacción más entre el autor y su público que conoce pocos precedentes en la historia del cine.
El grupo de actores y actrices que Allen ha conseguido reunir esta vez exhibe un muy parejo y sólido nivel de excelencia. Radha Mitchell, en el papel de Melinda, impone su personalidad aguerrida y consigue de su personaje un brillante y creíble papel tanto en los momentos dramáticos como en los tramos festivos. Will Ferrell compone con indudable acierto el papel que en otros momentos de su carrera habría asumido el propio Woody. Es una suerte que Ferrell no haya querido copiar a Woody, ha preferido trazar su propio camino y ha buscado -con buenos resultados- una línea interpretativa propia. Como le pasó en su momento a Chaplin con su entrañable personaje de Carlitos al cual en 1936 le tuvo que decir adiós, a Woody Allen le debe haber dolido, seguramente, deshacerse del mismo personaje que tantas veces interpretó, el neoyorquino frágil e inseguro que parece mirar la realidad desde las brumas de su irreductible neurosis. Pero, como el propio director lo explicó, los años van pasando y cada vez resulta más difícil que los personajes se ajusten a su tipo humano actual. Cloe Sevigny y Chiwetel Eijofor -en la tragedia- y Amanda Peet -en la comedia- aportaron también excelentes trabajos a un reparto que se cuenta entre los mejores que logró formar Woody en los últimos años.
Los ambientes y los decorados naturales en que fue filmada la película son exactamente los mismos que el cineasta ha llevado sobre sus hombros durante toda su carrera como una señal emblemática: Manhattan, sus calles, su forma de vida, sus cafeterías, sus casas, sus escaleras, sus "interiores", el inagotable Central Park. Todo ese entorno envuelve en "Melinda y Melinda" con el acompañamiento de un marco musical envolvente y encantador en el que conviven fragmentos de música clásica y de jazz.
En algunos de los comentarios críticos que el film suscitó en otros países se le formuló al director un curioso reparo: se le reprochó no haber marcado con suficiente énfasis las sucesivas transformaciones entre las dos fases de la película. Se llegó a decir que "al drama le faltó y que la comedia no ha tenido el dinamismo y el vigor que se esperaba". No participo de esa opinión. Creo que Woody eligió un tratamiento equilibrado y sobrio y si eludió el reduccionismo fácil entre lo trágico y lo cómico, su elección debe ser aplaudida, porque de ese modo permaneció, en definitiva, fiel a su sensibilidad personal y a su mejor historial cinematográfico. Es que "Melinda y Melinda" no hace otra cosa que explicitar lo que Woody viene diciendo y haciendo en muchas de sus películas anteriores: que las dos vertientes -la trágica y la cómica- aparecen mezcladas en cada segmento en la vida del hombre. Y cualquier observador atento a la obra del creador sabe de sobra que en su cine rara vez hay un tramo de la vida absorbido por lo trágico y otro "tocado" de manera excluyente por el humor. Por eso en sus historias los tonos más trágicos y severos alternan siempre con toques geniales de comedia sin necesidad de que nadie marcase formalmente la transición de una a otra versión del mundo.
En "Melinda y Melinda" el cambio trágico a lo cómico aparece subrayado en la propia estructura de la trama. Pero no había que sobreactuar esos cambios de humor. Bastaba con instaurarlos levemente, y eso es lo que el lúcido neoyorquino ha hecho en este film originalísimo, que conserva la compleja vigencia de su talento y su estilo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



miércoles, 3 de junio de 2020

Mi crítica de "La Vida y Todo lo Demás" (Cine-Woody Allen-2003)

El amor a primera vista puede ser una feliz realidad o una fantasía que deslumbra como un rayo escondido inmediatamente después de oscuros nubarrones. Jerry, un escritor televisivo que sueña con escalar posiciones en el muy conflictivo mundo del espectáculo, sabe muy bien que el inmediato deslumbramiento que tuvo hacia Amanda ya se está convirtiendo en una pesada carga cotidiana, ya que ella es tan rebelde y tan frívola, y él debe cargar con los caprichos de ella en medio de una batalla por crear libretos originales y una novela en la que desea volcar todo su apasionamiento literario.
Para Jerry Amanda es inmadura e incapaz de amar de verdad; para su novia, el escritor es un pusilánime que no desea contraer compromisos serios ni aceptar la realidad tal cual es. Este amor a primera vista, pues, está a punto de fracasar. Pero Jerry posee un cable a tierra en David Dobel, un escritor que, como él, está buscando el éxito y la popularidad. Ambos conversan sin trabas acerca de las problemáticas existenciales, tratan de hurgar en los vericuetos de la pasión amatoria y de las dificultades que impone su trabajo y escudriñan esos laberintos que trascienden la mera filosofía para insertarse en lo que ellos consideran la verdad sin cortapisas.
David es para Jerry una especie de gurú que lo marca en cada uno de sus pasos. Sin embargo, las dudas de Jerry son muchas y no siempre cederá ante una mente como la de su amigo, tan reveladora de inquietantes respuestas y de situaciones ubicadas al borde del disparate. En manos de otro director "La Vida y Todo lo Demás" se hubiese transformado en una comedia más dentro de una filmografía norteamericana. Pero Woody Allen, el David del relato, saca de contexto la historia para modificarla a su libre albedrío. Y dentro de ella se impone ese hombrecillo delgado e indócil que acá vuelve a reflexionar acerca de sus mayores obsesiones: la cultura, el sexo, el amor, la vida, la muerte, el psicoanálisis, el judaísmo, los snobs norteamericanos y Nueva York (mejor dicho, Manhattan), un lugar que fue y es el eje de todos sus relatos. El David de Woody Allen es tan brillante como tierno e inteligente en sus frases como agudo en sus pensamientos. Cada palabra de él impone la sonrisa -y a veces hasta la risa más estruendosa- y obliga a la reflexión, que siempre toma el camino de la audacia y la locura convertidas en piedad y en comprensión. Posiblemente "La Vida y Todo lo Demás" sea un calco de sus anteriores films. No habrá quien piense, y con cierto grado de sensatez, que Woody Allen es acá igual a todos sus personajes anteriores. Él siempre será fiel a sí mismo, sus problemas son tan suyos como del resto de los hombres y su talento no se desmerece frente a la repetición.
Detrás de los relatos que poseen el sello de este artista, sin duda uno de los mayores creadores del cine contemporáneo, está la existencia llevada a extremos de neurosis y de ardor pasional, de risa incontenida y de pensamientos sabios y contemplativos. "La Vida y Todo lo Demás" es Woody Allen al desnudo, como él siempre quiso que fueran cada una de sus películas. Como director sabe que todo es posible, y moldea la arcilla de sus entramados con aguda visión del montaje y con excelentes rubros técnicos y artísticos. Esta vez reúne a Jason Biggs, catapultado al éxito en 1999 con "American Pie", a Christina Ricci, una de las actrices más respetadas de su generación y al siempre eficaz Danny De Vito, de los que extrae lo más cálido e inteligente de sus personalidades para ponerlas al servicio de este micromundo en el que destellan los celos, las insatisfacciones y los entretelones del arte en un cóctel tan sabroso como delirante. Ver "La Vida..." es volver a disfrutar del talento de ese Woody que nos toma otra vez con fuerza de la mano para hacernos ingresar en las complejidades de la existencia cotidiana.
De pesimismo está cargada "La Vida y Todo lo Demás" con su sentido del humor que es más hiriente que gracioso, "Annie Hall" pero filmada sin una mirada de esperanza o reconciliación sobre la pareja. Hacía casi 30 años la historia con Diane Keaton tenía su costado creativo. La de Christina Ricci hoy es sólo destructiva, un débil sustituto para su mediocridad e insatisfacción personal. Pero la negrura no es sólo sobre las mujeres. El protagonista, Jason Bigss tiene el lastre de un psicoanalista y un agente que son tan nefastos como su novia.
La película contrapone dos miradas que en verdad son la misma, pero separadas por la edad y por las experiencias vividas por cada uno: está el mundo de BIgss y el de Woody Allen. El más joven intenta integrarse y todavía tiene esperanzas de que las cosas mejoren (por eso, por ejemplo, va al psicólogo). Con bastantes años más, el personaje de Allen descree de todo contacto. Ve en Bigss a la persona que una vez fue y lo alienta a cortar con todo lo que lo ata a una vida miserable, en donde todos abusan de su persona. Una forma de no enfrentarse a sí mismo y a sus propios miedos. "Forgotten men/hombres olvidados" es la expresión que usaban en "La Porfiada Irene" de Gregory La Cava para llamar a los linyeras. Bigss es otro hombre olvidado que no logra encontrar su propia voz. Allen es su simétrico, un personaje con una opinión terminante sobre todo lo que pasa a su alrededor. Lleno de violencia recubierta con tranquilidad, con una locura que parece del todo racional. La coherencia con que expone sus ideas deja abierta la duda sobre si es un loco, o si tiene razón en creer que existe una especie de complot cósmico contra su persona.
Cada uno junta algo que no le sirve. Biggs junta novias que lo abandonan, Ricci junta novios a quienes abandonar, Allen junta paranoia que se trasluce en explosiones de violencia. Los tres van hacia el mismo aislamiento, como si todos los caminos fueran en verdad sólo uno.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "La Mirada de los Otros" ("Finales de Hollywood") (Cine-Woody Allen-2002)

Empecemos por señalar lo más obvio: se trata de una película que lleva de punta a punta el sello personal de Woody Allen. Con esto queda dicho que estamos ante un film desbordante de ingenio, originalidad, humor de altísima calidad y un espléndido componente de realismo psicológico en atenuada clave de caricatura.
Queda dicho también que es una película dirigida a la inteligencia y emoción del espectador, consideradas como categorías que no se pueden separar. En "La Mirada de los Otros", como en todas sus obras, Woody Allen no usa un discurso para lo intelectual y otro para lo afectivo: mezcla todo de manera deliberadamente confusa en un único cauce, de modo que al público no le quede ninguna chance de separar lo racional de lo que apunta al sentimiento. Nadie -ni el más minucioso de los analistas ni el más perspicaz de los críticos- podría poner orden a la fascinante mesa de saldos que Woody pone a disposición cuando despliega su vertiginoso torrente de vivencias y revelaciones humanas. Es cierto que no hay nada de novedoso en este desborde de vitalidad que desbarata cualquier intento de acomodar las cosas desde lo racional. Al fin y al cabo, esa es la fina trampa que el genial neoyorquino nos viene tendiendo desde hace mucho antes de "Manhattan", "Annie Hall" y "Crímenes y Pecados" y tantas otras realizaciones magistrales nacidas de su inspiración. Pero siempre es una fiesta volver a caer en las redes de un artista tan iluminado y creativo.
En la película que llegó a los espectadores porteños, Woody Allen nos invita a compartir una historia divertida y terrible. Nos cuenta los avatares de un director de cine que en el preciso momento que empieza a filmar una película, tropieza con un inesperado "contratiempo": se queda ciego.
Se supone que perder la vista es una experiencia extrema y trágica, pero el protagonista de este film no lo vive de ese modo, sino en función de la dificultad que le crea para la concreción de su más inmediato proyecto profesional: dirigir el film que le han encomendado. Esta arbitrariedad argumental de Woody pasa un poco inadvertida, pero en ella está escondida la clave de su mirada de artista y de pensador informal: alguien se queda ciego y en vez de medir su desgracia como una tragedia que habrá de condicionar toda su existencia futura la recibe como una fastidiosa contrariedad "profesional". Algo así como si a un general que está por encabezar un desfile se le hubiera salido un botón. En el mundo de Woody Allen no sólo se mezclan lo intelectual y lo emocional: también se confunden irremediablemente lo cotidiano y lo trágico, lo pequeño y lo grande, lo trivial y lo cósmico.
 Ver de que manera ese director privado de la vista se desplaza por el set de filmación como si nada le pasara, tropezando a cada rato con mesas y sillones, implica bastante más que una inocente diversión. El film nos va haciendo participar de una sutil angustia, que se roza a cada instante con la desesperación, con el ridículo, con el disparate. Tensa y crispada, la película tiene un trámite festivo, aunque el esqueleto abstracto de la película amenace tocar los límites de la tragedia clásica.
En efecto: un film en el que todo está iluminado menos la mirada del director no deja de remitir a una paradoja torturante y culposa. Evoca la idea cruel de un mundo regido por un dios ciego o, más precisamente, la contradicción de un arte cinematográfico gestado desde la más completa oscuridad. Pero si el drama de prosapia mitológica sobrevuela tácitamente por encima de los personajes -y especialmente, por sobre la cabeza del protagonista-, la película mantiene en todo momento un brillo exterior, la alegría visceral y el dinamismo acelerado y caótico de las mejores comedias de Woody Allen. Desde su diálogo chisporroteante y alocado, el film arroja permanentemente chispas sarcásticas sobre una serie de temas muy caras al creador de "Manhattan": el mundo y el submundo de Hollywood, las tramas ocultas de la industria del cine, la dudosa omnipotencia de los productores, las oscuras extravagancias de los directores, las formas en que se negocian los grandes contratos y los pequeños papeles de reparto. Hay señalamientos humorísticos bien de la trastienda hollywoodense, como el sensato cuestionamiento a la discutible utilidad de trasladar ciertos rodajes de California a Nueva York, para terminar reconstruyendo en estudios la torre del Empire State.
Hay sarcásticos fuegos artificiales sobre las relaciones de pareja, sobre la caída y la subida de la autoestima y sobre algo tan difícil de dilucidar como las ventajas o desventajas de contratar a un cameraman chino. Y no faltan las ironías sobre cómo se prepara la realización de un film, cómo resulta finalmente la película y qué opinión habría de merecerle, en definitiva, a la decisiva crítica francesa. Sobre esos y otros temas se ironiza a toda máquina sin parar.
El espíritu burlón de los diálogos convive con la sombría realidad de la ceguera (psicosomática y transitoria, pero ceguera al fin) y todo llevará, finalmente, al progresivo reconocimiento de un mundo en el que todos estamos un poco ciegos y que necesitamos que alguien mire por nosotros las cosas que están un poco más allá de nuestra órbita de luz. La rara intriga culminará con la comprobación de que también el amor puede perderse y recuperarse súbitamente, sin explicación alguna, como la vista.
Impecable la puesta en escena de la comedia y sobrio el tratamiento visual de la historia (con una cámara cuya presencia casi ni se nota, como es habitual en las películas del indiscutible cineasta neoyorquino) y de primerísima calidad el desempeño de los actores, empezando por el propio Woody que repite -perfeccionado y enriquecido por algunos toques histriónicos nuevos- su eterno personaje, el hombrecillo neurótico e hipocondríaco que duda de todo, hasta de su neurosis y su hipocondría.
Refuerzan el elenco siempre sólido Treat Williams como un típico productor mandón y prepotente, el invariable George Hamilton, como su enigmático asistente, la encantadora Tea Leoni, como la cambiante esposa del protagonista. Y una curiosidad: Mark Rydell, el recordado director de "En la laguna dorada", asumiendo con eficacia y soltura el papel de representante artístico que no se detiene ante nada.
A los nostálgicos del jazz y la canción melódica norteamericana, la banda sonora les depara varias sorpresas gratificantes. Por ejemplo los impagables acordes de "Pobre Mariposa", la eterna aunque trajinada página de R. Hubbell y J. Gordon.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



martes, 2 de junio de 2020

Mi crítica de "Dulce y Melancólico" (Cine-Woody Allen-1999)

"Dulce y Melancólico" es, dentro del sistema de producción anual de Woody Allen, un descanso, una retirada a un lugar seguro, sin riesgos. Lo que no significa que no sea una buena película. Planteada ligeramente (todo es ligero en la película) como un falso documental con testimonios a cámara de los especialistas, narra la vida de un genio (en el sentido ligero de la palabra), Emmet Ray.
Ray -un patán con talento artístico- es un personaje en cierta forma parecido al Harry de "Deconstruyendo a Harry". Guitarrista de jazz de los años 30, bastante estúpido, egoísta, egomaníaco, fanfarrón y cleptómano, sólo tiene un sentimiento emparentado con la humildad cuando se menciona al guitarrista francés Django Reinhardt (frente al cual se encontró dos veces en la vida y en ambas se desmayó). Es tan miserable que cuando el manager le dice que está quebrado y que debe recortar sus gastos lo único que se le ocurre es rebajarle la limosna al mendigo y decirle a la mujer que deje de ver al médico y que lo reemplace por un veterinario, que será seguramente más barato. Y luego se compra un lujoso auto nuevo.
Lo que lo separa de Harry es la inteligencia. Aquel personaje que interpretó el propio Woody Allen (mucho más cerca de la figura del alter ego) era consciente de su monstruosidad. Emmet sólo toma la conciencia de algo en la vida y lo hace en la última escena. En un momento anterior de la película una mujer le dice: "Tus sentimientos están profundamente escondidos, tanto que ni tú sabes dónde encontrarlos". A lo que Emmet responde con sinceridad: "Lo dices como si eso fuera malo".
Lo que los une es la misma relación opuesta que hace Woody entre el genio artístico y la ruina personal. Emmet es un profesional pésimo, siempre llega tarde, borracho, o no se presenta a actuar en absoluto. Pero cuando sube al escenario y empuña la guitarra comienza la magia. No es poco mérito de Sean Penn el de transmitir que el tarambana y el artista sean la misma persona. Su actuación es poco menos que perfecta, pasa de la simpática caricatura del malandra a rozar el genio artístico cuando empuña la guitarra, trasuntando todo el tiempo una reprimida melancolía. Lo notable es que Penn nos convence de que todas esas variaciones personales pertenecen a la misma persona y no son saltos psicológicos gratuitos que provienen de una voluntad caprichosa de un guionista. Una cierta habilidad personal -aprendió a tocar todos los temas de la banda de sonido en la guitarra de manera de poder mostrarlo en acción haciendo playback sin que parezca un truco- conjugada con su mirada soñadora enmarcada por un rostro brutal ayuda al milagro.
Lo cierto es que Harry y Emmet (y desde otra perspectiva el mafioso de "Disparos sobre Broadway") son la forma de Woody Allen de mostrar que puede haber una dicotomía brutal entre las cualidades morales de una persona y su capacidad de realizar una obra artística. Repensando el lugar escandalizador que Allen juega en la sociedad norteamericana, es imposible no reflexionar cuánto hay de autojustificativo en emplear repetidamente este tipo de personajes. Pero a poco de ahondar en las películas algunas diferencias saltan a la vista. Harry era definitivamente un alter ego hiperbólico de Woody Allen. Según sus propias palabras, el director compartía las ideas del personaje pero no tenía el valor para llevarlas a cabo. Harry era una persona para la cual sólo dos cosas eran importantes: el trabajo y las mujeres. Una cierta compulsión a decir la verdad lo convertía en una persona increíblemente desagradable, pero al mismo tiempo le daba a la película una cierta frescura, un aire liberador, opuesto a la moralina imperante en su país.
Un nuevo capítulo de ese combate entre el clima imperante entre Estados Unidos y Woody está representado por una biografía no autorizada de la que se hace eco Rodrigo Fresán en la edición de "Radar" del 29 de mayo de 1999. A través del libro nos enteramos de que Woody Allen se hace implantes capilares y de que a Mia Farrow le decía que tenía SIDA para evitar tener relaciones con ella. Supongo que ambas afirmaciones no son fácilmente verificables pero, aún en el caso de que sean ciertas, su absoluta irrelevancia es indicativa del nivel al que se puede llegar en esta discusión un tanto hilarante. Estas son las expresiones de un clima cultural que convierten a un personaje tan chocante como Harry en un héroe literario.
El personaje de Emmet se inserta en el contexto de una película totalmente diferente. Lejos de todo realismo, la ambientación -la escena jazzera de los años 30- funciona como un refugio para Allen. No hay acá señales de la Depresión ni conflicto entre clases. El clásico conservadurismo de Woody está presente, pero sobre todo la necesidad de contar un cuento de hadas. Para Allen, el escenario para un cuento de hadas es el jazz clásico.
Y la moraleja de este cuento de hadas es radicalmente opuesta a la de "Deconstruyendo a Harry". En este punto hay que incorporar a otro personaje de la película, Hattie (notable interpretación de Samantha Morton). Emmet la conoce al principio de la película, está con un amigo en la playa y quieren entablar relación con dos mujeres. El amigo le gana de mano con la más atractiva y, para su decepción, le deja a Hattie, menuda y aniñada. Apenas comienza la conversación entre los cuatro, descubre que Hattie es muda. "¡Es mi día libre y quiero una mujer parlante!", protesta Emmet.
Hattie es un personaje que parece una mezcla de Buster Keaton y Harpo Marx. Se gana los corazones de todos, incluyendo al público y excluyendo a Emmet, recubierto con una coraza de acero. Sin embargo, el guitarrista no puede resistir a su mudo encanto y se convierte en su pareja en buena parte de la película.
Hattie es la roca en la que se afirma la película, la contracara generosa y solidaria que contrasta con la miseria de Emmet. Perdón por contar el final pero es esencial para la moraleja del film. La pérdida de Hattie -a quien reencuentra casada y feliz- será para Emmet la única constatación de que el mundo existe más allá de la satisfacción inmediata de sus deseos. Su desesperación final es un pequeño salto a la madurez de un niño perpetuo. Y la voz final de los expertos cuenta la moraleja del film: en los dos últimos años de los que se tienen registro de la vida de Emmet Ray, el guitarrista tocó mejor que nunca, con más belleza y emoción, alcanzando, finalmente, el nivel de Django Reinhardt. Ser un patán no era un accidente que podía redimirse a través de la música sino un obstáculo para que su arte alcanzara un nuevo nivel de emotividad.
No sé si Woody contó una historia tan discretamente conmovedora. NI si incluyó un personaje tan simple -casi abstracto-en su pureza. Pero lo cierto es que esta película termina siendo diametralmente opuesta a "Deconstruyendo a Harry". ¿Qué nos dice este cambo sobre Woody Allen y su vida privada? Probablemente nada, pero seguro que es más importante que sus trasplantes capilares.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



domingo, 31 de mayo de 2020

Mi crítica de "Fuera de Línea" (Teatro)

Fuera de Línea" es una obra de Agustín Aguirre que se presentó en Mar del Plata este verano del 2020. Es una obra chiquita, sin decorado, tan sólo cuatro asientos de un colectivo, con cinco personajes y nula producción, tan sólo puesta en escena para permitir el lucimiento de Thelma Fardin. Y es cierto que merecía este reconocimiento, pero tal vez desde una obra más importante, es un misterio el por qué esta chica no consigue trabajo, a pesar del escándalo mediático que la llevó a ser reconocida por todo el mundo. Y es cierto que eso es injusto, porque es una comediante excelente, qua acá le saca lustre a su papel de chica tonta aferrada a su teléfono celular y hablando un lenguaje de adolescente, incomprensible para el resto de los mortales. Lo cierto es que todas las actuaciones son de primera, y necesitaban el encuadre de una obra de mejor valía (es asombroso que se haya omitido el nombre del director). El elenco está compuesto además por Balthazar Murillo ("el borracho"), Sebastián Fernández ("el joven estudioso"), Graciela Stefani ("la mujer amargada") y Lili Popovich ("la vieja"), todos ellos de lujo. El libreto oscila entre las ocurrencias frescas y una utilización de la mala palabra reiterada, hace un regodeo en el insulto fácil y desmerece con ese continuo destratarse todo el ingenio que pudo haber destilado hasta el momento.
La acción se sitúa en un colectivo al que suben alternadamente estos cinco personajes y empiezan a interactuar, creando un diálogo de cinco que por momentos suena agotador, como así la falta de desplazamiento escénico: durante los 70 minutos que dura la obra están estáticos en sus asientos, algo que se constituye en monotonía y sólo del diálogo depende toda la trama. Apoyar el argumento mismo de la pieza en la charla es un riesgo que no debe correrse cuando esta no es pródiga en descubrimientos y sorpresas intelectuales, algo que no ocurre aquí, y es una lástima, porque la obra decae cuando las interpretaciones son muy buenas. Hay pocos hallazgos en un libreto que aunque es audaz no peca de ingenioso, salvo por momentos, como cuando el borracho se pone a filosofar que estamos todos solos, aunque estemos rodeados de gente, que todos los que encontramos a nuestro alrededor, al parecer, están tan solos como nosotros. O en aquel monólogo final de la "vieja", que resulta ser la más lúcida de ese pasaje de locos y ausentes, enfrascados cada uno en sus propias preocupaciones, cuando ella, que ya ha vivido toda una vida, tiene una mirada más abarcadora y comprensiva de la calidad humana. La obra se resignifica con este final aleccionador, y que, si bien no me gustan las moralejas en lo que respecta a cuestiones artísticas, esta funciona como tal y resulta el broche de oro para un viaje en el tiempo y el espacio que nos llevó este colectivo desbocado.
Es cierto que todos ellos tienen recursos actorales para lucirse, y que Thelma Fardin, además es muy bella y tiene muy buena presencia física, por eso es que, entre todos, logran salvar esta obra de cámara que en otras manos no hubiera pasado del aburrimiento. Hay sin embargo cierta "incorrección política" en el tratamiento de las minorías, como pueden ser los gays o los viejos, llamándolos con nombres peyorativos y llevándolos a la discriminación, es notable la realidad de cómo todos se hacen los dormidos y se niegan a cederle el asiento a la "vieja" cuando la ven subir y deba hacer todo el trayecto de pie. Sin embargo en esta mujer no queda rencor y decide ofrecerles una enseñanza de vida en el final de su viaje. Vuelvo a reiterar que la constante acumulación de insultos y groserías innecesarias empañan el trabajo del autor que pudo haber ofrecido destellos de genio aún lo reducido de la escenografía.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 30 de mayo de 2020

Mi crítica de "Deconstruyendo a Harry" (Cine-Woody Allen-1997)

A primera vista parece sólo una edición más de la entrega anual de películas que puntualmente nos ofrece Woody Allen. Los elementos acostumbrados se dan cita: la paradigmática presentación de letras blancas sobre fondo negro, el mismo Woody haciendo de intelectual neoyorquino de no muy alta categoría, reflexiones sobre el artista y su relación con el mundo cotidiano y el arte, chistes sobre el sexo y el judaísmo. En síntesis, podría ser una muestra de consistencia si se la quiere mirar con una óptica positiva, o un paso más en dirección a un callejón sin salida, enfocándolo de manera opuesta.
Pero hay algo en "Deconstruyendo a Harry" que la diferencia de todas sus películas anteriores, aunque sus marcas muestran que se trata de una obra del mismo artista. Estamos ante un film de ferocidad poco común, que describe a un personaje con tintes fuertemente autobiográficos de una forma al mismo tiempo inmisericorde y autojustificativa. La película emite enunciados sobre el mundo y esos enunciados pueden llegar a ser totalmente inaceptables. Al mismo tiempo hace gala de un humor fuertemente escatológico, apelando a groserías poco comunes. Estas fricciones van acompañadas de un formato acorde. Ya los mencionados títulos están marcados con la imagen de Judy Davis bajando de un taxi, editados con brusquedad y repetidas veces hasta el hartazgo. Es una película que tiene la intención explícita de molestar. En una escena, el protagonista Harry Block (el personaje alter ego de Woody) discute con su cuñado, de creencias judías ortodoxas, y ante la mención de los seis millones de muertos en el Holocausto, le dice, "Bueno, los récods están para ser quebrados". No es un chiste destinado a hacer gracia, ciertamente Block es absolutamente desconsiderado con su gente cercana y, cuando es puesto en evidencia, utiliza argumentos infantiles y crueles. Una de sus mujeres (Kristey Alley) psicoanalista, le reprocha amargamente haberse acostado con una de sus pacientes. Block atina a decir: "Es que salgo poco y no tengo oportunidad de conocer personas en otro ámbito". El tratamiento de las mujeres en la película podría hacer que se escribiera un nuevo tratado en la historia de la misoginia. La enunciación de las iniquidades de Harry Block podría ser larguísima, basta con aceptar el resumen de su vida que hace su hermana y el propio Harry acepta: cinismo, nihilismo, sarcasmo y orgasmo.
Esta película desagradable y agresiva es, además, fascinante. Situada en el extremo opuesto a "Todos Dicen te Quiero", la película encantadora por excelencia, es probablemente la mejor que haya hecho desde "Crímenes y Pecados" con la cual comparte cierto nihilismo moral, pero de la cual se diferencia la deliberada intención de eliminar toda posibilidad de identificación. Harry Block es un monstruo y la película es la puesta en escena de sus ideas más repudiables. Por otro lado Harry Block es Woody Allen. ¿Qué es lo que hace que uno encuentre elogiable a una película de características tan detestables? La primera respuesta, errónea, sería apelar a una suerte de formalismo y decir que, a pesar de que las ideas de la película repelasen, su realización es impecable. Lo cierto de este argumento es que, efectivamente, el film tiene una estructura muy compleja y se despliega ante los espectadores de una forma ágil, graciosa, continua y sin fisuras. Estructurada alrededor de una anécdota central (el viaje de Block a la universidad de donde fue expulsado anteriormente para recibir un homenaje) pero rodeada de flashbacks y relatos tomados de los libros de Block, da lugar a una increíble cantidad de escenas y personajes. Para colmo, como las ficciones de Harry se anclan en su vida personal, tenemos a los personajes duplicados y algunos casos condensados (el personaje de Demi Moore, producto de uno de sus cuentos, es la mezcla de una de sus ex esposas y de su hermana). La película aparece como la concatenación de pequeñas historias cerradas, que, al mismo tiempo, hacen avanzar la trama y dibujan este controvertido personaje. Da la sensación de que la técnica narrativa de Woody Allen se ha refinado de tal manera que puede apelar a las estructuras más complejas sin ningún tipo de dificultad. Las formas del cine no parecen tener más secretos para él y su efectividad dependerá de lo que quiera poner dentro de ese continente.
Pero por admirable que sea, no es solamente la forma, independientemente de su fondo, lo que hace que "Deconstruyendo a Harry" sea una película especial. Es justamente en su ferocidad donde la película encuentra un elemento absolutamente liberador que funciona como una experiencia refrescante.
A lo largo de todo el film, Allen se toma el trabajo de dejar en claro que la influencia que Harry Block ejerce sobre sus seres cercanos es destructiva. Su último libro deja en evidencia las pequeñeces de todas las personas que conoce y de él mismo, en especial de su affaire con su cuñada. El efecto perverso que Block tiene sobre sus semejantes se convierte en su opuesto cuando quienes se relacionan con él lo hacen a través de su obra. Hay dos ejemplos en la película: por un lado la Universidad que lo expulsó (imposible convivir con él) lo homenajea (celebra su obra). Otro caso es el de su novia Fay Sexton (Elizabeth Shue): llega a él encandilada por sus escritos pero, confiesa, nunca podría llegar a enamorarse de él y lo abandona por otro hombre que, a los ojos de Harry, es el Diablo en persona. Harry concluye la película resumiendo esta experiencia en una fórmula que lo tranquiliza y exculpa: es una persona que no puede funcionar bien en la vida real pero que tiene su mundo de ficción, sus personajes que lo redime y lo justifican. Pero de la visión de la película no sale solamente que el artista puede ser una persona execrable en la vida cotidiana y sobresalir en su tarea sino que en la medida en que se apegue más a la verdad y al arte que a la solidaridad con sus congéneres alcanzará logros más altos. La consecuencia de esta línea de pensamiento es que Harry Block dice lo que piensa y escribe lo que sabe. Sus intentos de justificarse pueden ser pueriles pero no son insinceros: efectivamente, si hubiera conocido más gente no hubiera necesitado seducir a la paciente de su mujer. Lo que nunca habría dejado de hacer es acostarse con la mayor cantidad de mujeres posible. Es que para Harry, como él mismo dice citando a Freud, sólo dos cosas importan: las mujeres y el trabajo. Esta compulsión a expresar lo que siente sin demagogias lleva necesariamente al enunciado de ideas desagradables, sino no sería sincero. Pero también a decir cosas sorprendentes y exactas, como cuando ajusta cuentas con el judaísmo más fundamentalista al que reprocha no valorar la vida de un judío de la misma manera que la de un no judío. O cuando afirma: "Entre el aire acondicionado y el Papa me quedo con el aire acondicionado". Esta fidelidad a ultranza a sus ideales le da a la película ese aire de experiencia liberadora. En épocas en que se espera que las declaraciones de un hombre público sean sistemáticamente mentirosas, las declaraciones de Woody Allen por boca de Harry Block, aún las más chocantes, son una bocanada de aire fresco.
En este sentido hay una escena que cobra un aire festivo y regocijante. Harry quiere que su hijo lo acompañe al homenaje de la universidad. La madre se lo niega enfáticamente y se rehúsa a discutir el asunto. Finalmente, en un acto seguramente repudiable moralmente y en contra de todas las ideas existentes sobre corrección política, Harry secuestra a su hijo y lo lleva a la universidad. En la escena siguiente al secuestro, sus dos amigos y su hijo cantan una canción infantil a voz en cuello. Es uno de los pocos momentos de felicidad en la película, un momento alegre y conmovedor, un instante catártico de liberación. En lo que parece una declaración de principios, Harry llegará al homenaje con su hijo secuestrado, una prostituta y un muerto. Luego de pasar por la cárcel encontrará en el homenaje el resguardo de su vida: sus criaturas de ficción. Nunca sabremos la correspondencia exacta entre la película y la vida privada de Woody Allen. Siempre mezcló el exhibicionismo con el pudor y puso a sus personajes como intermediarios entre sus películas y sus personas. ¿Es este muñeco odioso más parecido a él que el Woody tradicional? Sólo nos queda quedarnos con él, admirar su obra, festejar este soplo de libertas importante y nunca, nunca, invitarlo a cenar a casa.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "Todos Dicen te Quiero" (Cine-Woody Allen-1996)

Seguimos preparando el seminario que no sé si voy a poder llevar a cabo por la pandemia y su cuarentena, desde agosto...
No cabe duda, Woody Allen es uno de esos nombres imprescindibles en el cine de nuestro tiempo. Y eso lo acaba de confirmar en su último film, titulado "Todos Dicen te Quiero" (1996). Y no es que se trate de una obra de gran argumento como "La Rosa Púrpura de El Cairo" (1984), con el ingenio y la brillantez de "Zelig" (1982), con la gracia de "Amor y Muerte. La Última Noche de Boris Grushenko" (1975) o con la intensidad de los personajes de "Crímenes y Pecados" (1989), sino que es un film lleno de cualidades en la medida en que es consecuente su planteamiento, esto es, un musical desenfadado que habla de la felicidad y del amor.
Definitivamente, esta es su película más optimista, por no decir más ingenua. Porque en ella nos encontramos, ya lejanamente, los ecos de los personajes y situaciones que eran habituales en films anteriores. No está ese ambiente atormentado, víctimas y perdedores, generalmente encarados por el propio Allen. Tampoco vemos el infierno de las pasiones y de las relaciones de pareja, ni la burla intensiva a la sociedad moderna, y menos todavía las pequeñas y grandes tragedias que esta mente brillante, neurótica y alarmante iba sembrando por el camino que debían recorrer sus personajes de celuloide. Sí, hay un poco de todo esto, pero sólo un poco, y sin la agudeza ni la profundidad de antes. Es probable que esta suerte de cambio, que también puede ser una variable o un simple paréntesis en su obra, tenga una explicación en sus 61 años de edad, porque aunque no lo parezca ni quiera admitirlo, esa cifra ya supone pensar las cosas como vejez, agotamiento (no físico), diferente percepción del mundo, o sencillamente que ya no tiene nada que decir, como le ha pasado a tantos otros artistas tan prolíficos como este. Esto es sólo especulación pero está dentro de las posibilidades. Ya vimos, que hoy a los 84 años nada de esto se ha confirmado, ya que sigue torturándonos con su visión pesimista del mundo y con la lucidez de siempre en sus relatos cinematográficos.
En esta película, este inventor de neurosis, con lo que nos sorprende es con su forma, más que con su fondo. Y es que "Todos Dicen te Quiero" es nada más ni nada menos que un musical, casi al viejo estilo de los musicales de la Warner, y digo casi porque no resulta tan artificial, extravagante y a veces surreal como aquellos de Vincente Minelli o Stanley Donen, con sus coreografías espectaculares y coloridas, y sus decorados grandilocuentes y postizos, todo un universo que tenía sentido dentro de la lógica que planteaba el género musical (que tanto amamos, sin embargo). Por eso no sería correcto definir esta película de Allen como un musical a la vieja usanza, pues las canciones y las coreografías se presentan en ella de manera más natural en el desarrollo de la trama. Y el muy obseso Woody nos había dado un adelanto musical en su descomplicada "Poderosa Afrodita", cuando puso a cantar y a bailar a aquel insolente coro griego. Porque para esta película cantar, no como profesionales, sino como una extensión de su actuación en determinadas escenas.
Igualmente, a pesar de que esta época, y por suerte en estas latitudes ya estemos muy acostumbrados al género musical en el teatro, el film de arte neoyorquino no cansa ni molesta con sus canciones o números de baile, cosa que sí ocurre, en las últimas e insustanciales películas de la Disney. Todo su excelente reparto, desde Tim Roth y Alan Alda, pasando por Julia Roberts y Goldie Hawn, hasta el mismo Woody cantan y bailan en medio de sus actuaciones, y lo hacen con una perfecta imperfección que es lo que, en definitiva, le confieren a esta película, el carácter de homenaje a ese género que hizo historia hace ya décadas pero que por suerte, siempre nos da alguna sorpresa.
"Todos Dicen te Quiero" carece de un argumento sólido y convencional, se trata más bien de una suerte de circunstancias que están en torno a un núcleo familiar de clase alta: una madre acaudalada que no sabe qué hacer con su tiempo y su dinero, un padre que tiene problemas ideológicos con su hijo, una fallida historia de amor, una joven pareja a punto de casarse y tres adolescentes que están en plena búsqueda y aprendizaje. Todo está contado en el tono y clave que a Woody le gusta, esto es, la comedia verbosa e inteligente, alimentada por una serie de historias paralelas que se entrelazan por medio de esta gran familia como su hilo conductor.
Esta es una película llena de homenajes, todos con la misma importancia y singularidad, que integran una pieza coral y emotiva, con la felicidad como denominador común, tanto para ellos como para la película misma. Una película que habla del amor, de buenos recuerdos, de fraternidad y hasta de desamor, pero sin muchos traumatismos. Y aunque no esté exenta de actividades neuróticas o de elementos que desequilibran la paz del hogar, estos no son muy grandes, y a la postre tienen fácil solución. Por todo esto, tal vez esta no sea la mejor película de Woody Allen, pero sin duda es una obra que, aunque ingenua e inofensiva, está llena de virtudes.
Esta película dejó conformes a todos quienes la vieron, tanto amantes como detractores de Woody. ¿Y por qué es tan buena? Porque es un film que da felicidad. Son tan hermosas sus escenas y tan buenos sus chistes y sus líneas de diálogo que a veces nos olvidamos que es un film de Woody Allen.
Woody tuvo primero que reinventar el género, porque tenía actores profesionales que no eran especialistas en canto ni en baile, por lo que tomó un puñado de canciones viejas, las aggiornó y las puso en boca de estos actores, en un contexto contemporáneo. El resultado es ampliamente positivo. Todos resultaron excelentes cantando o bailando y creó escenas o cómicas o estéticamente hermosas como el baile junto al Sena de Steffi (Goldie Hawn) y Joe (Woody), en donde él la hace volar, al igual forma que los clásicos musicales producían una reacción en su público.
Contando nuevamente con Carlo Di Palma como director de fotografía, quien sabe explotar las distintas tonalidades de los paisajes externos, dándole brillo al otoño en el Central Park, la nieve azul en París o los tulipanes en Nueva York en primavera.
Al igual que en otras películas de Woody, la comida está asociada al sexo y a la muerte, cuando Holden (Edward Norton) le obsequia el anillo de compromiso dentro de un helado a su novia Skylar (Drew Barrymore), ella se lo traga. Vuelve a ponerle un anillo entre los caramelos y ella vuelve a tragarlo. Igualmente, hay varias fiestas en donde se come y se bebe, uniendo el amor a la comida.
Woody, como siempre se guarda el último lugar en aparecer, en medio de esa interminable presentación de personajes. Y aparece en París, ya remarcando que es un lugar que no es el Estados Unidos de costumbre. Woody filmará no sólo en Nueva York sino en París y Venecia, siendo la primera salida oficial que hace de su adorada Manhattan, esta vez impulsado por su nueva esposa, Soon-Yi, a vencer las fobias y recorrer mundo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).