martes, 10 de enero de 2017

Mi crítica de "¡Qué lo parió!" (Teatro)


Pude ver por Teatrix esta interesante puesta de un rejunte de los chistes del genial Roberto Fontanarrosa y su también genial personaje. Inodoro Pereyra me parece (junto con Mafalda) lo mejor del humor gráfico de la Argentina y de muchos otros países. Inodoro Pereyra es una historieta de descubrimiento, de puro placer humorístico, de una revelación constante, ya que cada cuadrito es un chiste en sí mismo, y de muy alta calidad. Debió estar muy inspirado el "Negro" Fontanarrosa cada vez que daba letra a su personaje. Al igual que sus cuentos, que son no sólo de gran valor humorístico y literario, sino una fuente de conocimiento y sabiduría en sí mismos.
Esta puesta de "Inodoro Pereyra" está interpretada por Rudy Chernicoff y secundado por buenas apariciones de actores como Roly Serrano (la Eulogia), Rodrigo de la Serna (Don Braulio), Daniel Rabinovich (el indio), Ingrid Pellicori (la perfumista), Claudia Lapacó (Doña Encarnación), Lito Cruz (el payador perseguido), Fabio Posca (el abuelo) y Jairo (el malabarista), donde las palmas se las llevan, por interpretación y libreto, mi adorado Rabinovich y Jairo por su cantar de "Los Hermanos".
Pero hay algo que no funciona en esta adaptación teatral de la tira del rosarino. Así como funcionaban las adaptaciones de los cuentos en "Los cuentos de Fontanarrosa" (Canal 7), con excelentes actuaciones y libretos, que despuntaban la risa o la carcajada franca en cada momento, no sucede lo mismo en el teatro. Será que la transposición de un cómic a otro lenguaje no genera lo mismo, será que a mí en particular me rechaza Rudy Chernicoff, vaya a saber cuál es la causa, pero a mí esta "¡Que lo parió!" no me despierta las mismas carcajadas que leyendo la historieta. Chernicoff no genera, para mí, ninguna gracia, no lo puedo ver reírse de los chistes que acaba de contar (en las antípodas de esto estaba el gran Verdaguer, al que no se le movía un músculo de la cara aún ante su cuento más desaforado), será que la razón y la sazón del humorista es no reírse de su propio chiste, esto genera en gran parte empatía con el actor. Será que la selección de chistes no fue del todo minuciosa (faltan chistes mayores, para mí, como eso de que "comíamos empanadas de vigilia para mantenernos despiertos" o el de que "la Eulogia demuestra la 'beyeza' por el absurdo), si bien hay una cantidad de chistes efectivos (que la Eulogia cuando se cae de la cama se cae por los dos lados a la vez; "mal pero acostumbra'o"; le conseguí trabajo a la Eulogia, de llorona en los velorios, para la compañía de sepelios "La lágrima viva"; un yaguareté es capaz de oler a un cristiano a un km, a mí me olfateaban a 4 kms.) y tantos otros igualmente graciosos, pero que en la boca de Chernicoff se dicen como al pasar y no como sentencia. No sé que es lo que fuere, pero para mí, el espectáculo falló.
Si a esto le sumamos que al final, Chernicoff nos "regala" 20 minutos de "El Señor del Baño" (ya me negué a hacerle la crítica en su momento) torturándonos con sus referencias interminables a la caca y a los pedos, cosa que me desagrada muchísimo.
La picardía es que los chistes del "negro", así como se dicen aquí, se olvidan enseguida, y si algo tenía de imperecedero el humor de Fontanarrosa es que sus ocurrencias se recordaban por mucho tiempo; creando leyendas incluso de cada uno, como el del oficio del trenzador de chinchulines o el del catador de vinos: "yo, con sólo verlo le digo: vino tinto, vino rosado, vino blanco". Lo que tiene de grande el humor de Fontanarrosa es ese doble sentido que nunca apunta a la grosería, sino más bien a los defectos en el lenguaje, o a las costumbres campesinas y citadinas, a los lugares comunes de nuestras vidas. Hay una cierta ingenuidad de tono blanco en el uso de la comicidad del rosarino que bien lo hizo ser el colaborador de Les Luthiers, otros cultores del humor sano. Todo esto queda empequeñecido en el espectáculo, donde se repite muy seguido el latiguillo "¡qué lo parió!" para asociarse con la chabacanería y adoptar el fácil aplauso del público, acostumbrado a una forma de humor menor o menos sutil.
La falta del Mendieta es otra carencia importante. Es como la voz de la conciencia que necesitaba don Inodoro para poner las cosas en orden (o ponerlas francamente patas para arriba). En otra versión porteña que se hizo aparecía el perro en escena, lógicamente, interpretado por un actor. La pantalla trasera donde aparecerán los distintos personajes es un recurso  para contar con grandes intérpretes, juntándolos a todos en una función, cosa que de otra manera no hubiera sido posible hacerse, pero distrae, poniendo al público en la expectación por "quién aparecerá" y desviándolo del monólogo a escenografía despojada, de Chernicoff. Como se habrán dado cuenta, no es mi actor favorito, pero más por lo vulgar que por otra cosa.
Bueno, el que desee ver la obra se encontrará al menos con la chispa y el genio de Fontanarrosa en su creación más rutilante, lo cual no es poco. Puede disfrutarlo, de todas maneras.
Y no se olviden que los que entren al blog, pulsando "Ver obra" pueden acceder a la obra completa.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "Los Monstruos" (Teatro musical)

El miércoles 30 de noviembre me llegué hasta el teatro  El Picadero para ver la última función de esta obra, gran cosechadora de premios (7 Hugos, incluyendo el de Oro, 4 Ace 2016, 4 Florencio Sánchez 2016, Premio Argentores 2016, Trinidad Guevara 2016), pero a no desesperar, vuelve ahora en enero del 2017.
"A menudo las madres se nos parecen, y así nos dan la primera insatisfacción", dice la hija de madre judía Gabriela Acher, recreando, con ironía, los versos del Nano Serrat. Y no es lo que pasa exactamente en esta obra escrita y dirigida por Emiliano Dionisi y música y letras de Martín Rodríguez. Y actuada maravillosamente bien por dos "monstruos": Natalia Cociuffo y Mariano Chiesa. Y digo que no es lo que sucede en la obra porque acá los hijos parecen haber superado a los padres. Ellos son Patricio y Dolores (o Lola) hijos a su vez de Claudio y de Sandra, dos padres que no se conocen al principio y que el azar los presentará debido a ciertos desórdenes de sus hijos de 11 y 9 años respectivamente, en el colegio que comparten. Y una fiesta de cumpleaños en un pelotero infantil. Él, sin esposa, ella, con un marido ausente. Acá queda claro: los monstruos son los padres. Pero también pueden engendrar pequeños monstruitos. Nos preguntamos, qué es lo que puede hacer un chico de 11 años que ponga tan nervioso a su padre para que este lo golpee hasta casi matarlo. Y qué lo que hace que una nena calladita de 9 años impulse a tirar a su padre por la escalera, produciéndole múltiples fracturas. ¿Será que los hijos se nos parecen, como canta Serrat?
Patricio es el mejor. Es un genio para su edad. El n° 1. Imbatible. Entonces hay que atiborrarlo de actividades post escuela y exigirle que rinda como lo que es. Sin permitirle vivir su infancia. Y que aprenda a pegar. Que sepa defenderse en la vida ya que "papá no va a estar siempre para protegerte" le canta Claudio a un Patricio hiperactivo y gordito. Dolores en cambio, es la mejor en su curso por ser la más estudiosa y "calladita". Pero qué rencores esconderá tras ese mutismo casi autista. Como por ejemplo cuando le retuerce los testículos con violencia a Patricio, algo que su madre disculpa como "auténtica defensa".
Y ya que los padres exigen, sus criaturas no se quedan atrás. Todo lo que "Pato" pide es una lista infinita de juguetes bélicos, porque el padre le ha enseñado a "ser bien machito". Lo que pide Lola es que la dejen treparse a un árbol, negociando su bajada por una mini, un gatito, televisor en su cuarto, desayuno en la cama... y hacerse pis desde lo alto, no sabemos si de miedo o de alegría al ver a su madre desgañitarse para que baje porque "todo el mundo te está mirando, es una vergüenza, ¿por qué le hacés esto a mamá?". Para terminar, después de amenazas y súplicas varias con un "¡bajá, hija de puta!" a pleno grito en la calle (¿que va a pensar la gente como uno?).
Todo esto muy bien cantado por la Cociuffo en un admirable "¿Por qué a mamá?". Las canciones no son más que ocho, pero están cantadas con tantas ganas, esfuerzo y simpatía por la Cociuffo y Chiesa que bastan y sobran. Es un "musical de cámara", compuesto por teclado y guitarra electroacústica, batería, guitarra y bajo, pero que suenan como una orquesta completa. ¿Qué podemos decir de los dos intérpretes en cuanto a canto que ya no se haya dicho? Si los dos tienen voces maravillosas, una entonación perfecta, ricos matices, un hablar/y cantar rapidito y aligerado, son buenos actores y despliegan una energía constante. Y hasta asumen el rol de sus hijos en actuación y canto. Sólo se le puede criticar a Mariano Chiesa un cierto gusto por la brusquedad, por el grito interpretativo que ya era marca registrada de su psiquiatra en "Casi Normales".
Pero volvamos a lo monstruoso, ¿qué hay en esa sobreexigencia de los padres porque sus hijos sean los número uno? Tal vez, como lo explican bien aquí traumas de sus propias infancias, cosas no alcanzadas, el querer que sus hijos sean todo lo que ellos no pudieron ser. Y los hijos responden, claro, con su rebeldía pre-adolescente a ese trato/destrato ("¡Callate, pendejo de mierda!"). Los mensajes esquizofrenizantes son constantes ("sos el mejor"/ "no valés nada") y son capaces de transformar no sólo en monstruos violentos a los padres sino también en monstruos agonizantes a los hijos.
Lacán decía que era necesario "matar al padre". Pero lo decía en el sentido metafórico de superarlo. Aquí parece que eso fuese real, que si estos chicos no matan a sus padres van a terminar fagocitados por ellos, tal como hacía Cronos con sus hijos. Y es lo que lleva a Patricio al borde de la muerte y a Lola a intentarlo con su padre.
La escenografía se resuelve con dos sillas y una biblioteca con pequeñas cosas, se vuelca muy minimalista. Todo es veloz en escena, las transiciones, los diálogos y los monólogos, creando una catarata de palabras que nos hace imposible no odiar a tan "amorosos" padres. Tan es así que, al final del sostenido aplauso, Mariano Chiesa debe destacar que "nosotros no somos así". Y les agradecemos por habernos hecho reflexionar, con humor e ironía sobre nuestro rol como padres e hijos (lo dice alguien que fue "niño brillante" en su infancia, "superior a los demás" y por ello muy sobreexigido). Altamente recomendable para estas vacaciones.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "Yo Amo a Shirley Valentine" (Teatro)

Por fin, después de muchos traspiés con mi computadora, estreno nueva, y vuelvo a las críticas, algunas que tenía atrasadas...
El 20 de noviembre fui a ver la obra de Willy Russell en su última función al teatro de la Comedia. Ya vamos terminando el año teatral, me falta la última función de "Los Monstruos" el miércoles 30. La obra es un unipersonal romántico con mucho material para reflexionar.
Me pasa con Betiana Blum algo particular. La siento muy aniñada, muy meliflua para expresarse en su vida personal, algo así como que estuviera haciéndose la tarada. Pero eso no pasa con sus trabajos, que los siento fuertes y bien plantados. Algo por el estilo me pasa con Soledad Silveyra. La siento paparula para manifestarse en la vida, pero en sus trabajos... también. Desde "Rolando Rivas" a los 18 años que viene riéndose con esa risa aniñada. Y ya está bastante grandecita.
Pero vayamos a la obra que nos convoca. Shirley Valentine es un ama de casa como tantas otras. Gris. Mandoneada por un marido indiferente o tiránico que, en un momento de su vida decide revolear la chancleta y empezar a hacerse preguntas. Y termina por descubrir a la verdadera Shirley Valentine. Todo empieza con un accidente fortuito. Los vecinos se han ido de vacaciones y le piden que alimente a su perrito, que es vegetariano, como ellos. A ella le da tanta lástima que le ofrece el churrasco que traía para Joe, su marido. Y así es como Joe se ve compelido a cenar esa noche papas fritas con huevos fritos y estalla en un ataque de ira, tirando la comida e insultando a Shirley. Por suerte que Shirley tiene a su amiga y confidente: Pared. Sí, la pared de la cocina es la única que oye sus quejas y reflexiones. Tiene dos hijos que ya no viven con ella. Melandra, una chica que vive la revolución sexual porque ha descubierto el clítoris, algo que para ella estaba vedado, y Brian, un poeta callejero de protesta que vive en un departamento usurpado. Poco y nada es lo que se ocupan de ella y su frustración como madre, esposa y mujer. Y una amiga que decide que ha llegado el momento de que Shirley se tome unas vacaciones, regalandole un pasaje por 15 días con destino en Grecia...
¿Qué hubiese sido de la vida de Shirley sin ese regalo? ¿O si no lo hubiese aceptado? ¿O si no se hubiera decidido a ir? Lo más seguro es que hubiera terminado con una vida más opaca todavía, siendo una vieja resignada a servir y morir junto a su amo.
Pero no. Shirley toma valor, manda todo al diablo y se va con su amiga 15 días a Grecia. Y es allí donde empieza a disfrutar, a ver que la vida estaba en otro lado, a sentir que no son ciertos los versos de Serrat, esos de que "llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada". Y se empieza a descubrir a sí misma, a darse cuenta de sus potencialidades, que no está sólo hecha para hacer las compras y la comida. Y que puede ser amada por un hombre viril y buen mozo -Costa, un griego que le aclara para llevarla a pasear en barco que no quiere "cajar" con ella- y que éste puede enseñarle muchas cosas más que dónde está el clítoris. Es a partir de sentirse amada que la "Valiente Shirley" -tal el juego de palabras en inglés- puede amarse a sí misma. Y que luego no va a depender de que nadie la ame para seguir amándose. Conclusión, que decide quedarse en Grecia, trabajando en el bar de Costa y "sirviendo" a los demás. Sirviendo en la doble acepción, no sólo atendiendo mesas, sino también siendo útil para otros, algo que su Joe nunca había sabido apreciar. Y sirviéndose también a ella misma, porque logra algo que se parece a la sabiduría, a estar conforme consigo misma. Y se anima porque se pregunta, si ella no volviera a casa ¿alguien la extrañaría?
Es por eso que el texto se arrima a esa cosa que llamamos sabiduría, porque nos habla con un lenguaje simple de cosas simples, pero nos interroga a la vez sobre nosotros mismos. Y lo hace con un léxico pulido, casi enamorado de sí mismo y de su protagonista. En un tono que es para una sola cuerda -ya que es unipersonal- pero no para una sola tonalidad. Los matices son muchos y Betiana alcanza a desplegarlos todos, con su sabiduría también de persona simple, de ciudadana de a pie, que los lleva de su mano para hacerlos estallar en fuegos de artificio en el escenario. La obra está plagada de buen humor y depara momentos chispeantes, ya sea por las ocurrencias de Shirley o por las cosas que se/le suceden. El texto ha encontrado en Betiana Blum su voz y cuerpo justos para darle vida a este personaje. (Antes lo había jugado Alicia Bruzzo, en una interpretación que no ví y también habría sabido estar grandiosa en su papel, y en cine lo hizo Pauline Collins, otra actriz enorme, poco conocida, que supo darle la carnadura justa).
La escenografía es mínima, ayudada por dos pantallas posteriores que se convierten, ora en elementos de cocina, ora en las aguas azules y movedizas del Mediterráneo. La dirección de Valeria Ambrosio, acá alejada de los musicales, sabe imprimir el tiempo necesario para que esa hora y media se disfrute al máximo y pase volando y que el monólogo de Shirley/Betiana no canse nunca y nos quedemos con ganas de saber cómo siguió su vida.
Lástima que hizo una corta temporada de dos meses y que no pueda recomendarla porque ya bajó de cartel. Pero es el teatro que me gusta ver y que siempre estoy apto para aceptar nuevas propuestas.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Mi unipersonal "Lo mejor (peor) de mí"

Hola amigos teatreros:
hoy vengo a promocionarles mi unipersonal "Lo mejor (peor) de mí" que realizo celebrando mis 30 años con el teatro (en realidad ya van 33). Lo voy a hacer este sábado 19 a las 19.30 hs. (se ruega puntualidad) en Maipú 699 2° Piso (es Maipú y Viamonte). Allí repaso mis grandes momentos de mi carrera de unipersonales y hay algunos estrenos también. Me gustaría mucho contar con vuestra presencia ya que es un trabajo muy exigente (son 2 hs de espectáculo) y de mucho compromiso artístico. La entrada tiene un costo de 100 $ ("que no hay que confundir valor y precio", decía Serrat).
El programa es el siguiente:

1-España, en paz (José María Vilches-Antonio Machado, de "Soy un Ser Humano")
2-Tú (Jacinto Benavente, de "Soy un ser humano")
3-No te salves (Mario Benedetti, de "Benedetti, ¡Te amamos!")
4-Historia del que padecía los dos males (Alejandro Dolina, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
5-Hay un niño en cada hombre (Alberto Cortéz, de "Soy un Ser Humano")
6-Cartas de Color (Les Luthiers, de "Soy un Ser Humano")
7-Historia del que no podía olvidar (Alejandro Dolina, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
8-La misma pócima (Mario Benedetti, de "Benedetti, ¡Te amamos!")
9-El vino (Alberto Cortéz, de "Soy un Ser Humano")
10-El Cuervo (Edgar Allan Poe, de "Soy un Ser Humano")
11-Señales (Mario Benedetti, de "Benedetti, ¡Te amamos!")
12-Autoayuda (Leo Maslíah, de "Y... de algo hay que reírse")
13-Grito hacia Roma (Federico García Lorca, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
14-El amor desolado (José Fernando Dicenta, de "Soy un Ser Humano")
15-Poema Misceláneo (Leo Maslíah, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
16-Despabílate amor (Mario Benedetti, de "Benedetti, ¡Te Amamos!")
17-La calle del bien y del mal (Alejandro Dolina ("Aquellas Pequeñas Cosas")
18-Todavía (Mario Benedetti, de "Benedetti, ¡Te amamos!")
19-Horóscopos (Leo Maslíah, de "Y... de algo hay que reírse")
20-Desencuentro en Lacarra y Rivadavia (Alejandro Dolina, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
21-Qué suerte he tenido de nacer (Alberto Cortéz, de "Soy un Ser Humano")
22-Niñoquepiensa (Mario Benedetti, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
23-No morir (Mario Benedetti, de "Benedetti, ¡Te amamos!")
24-La cogida y la muerte (Federico García Lorca, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
25-La sangre derramada (Federico García Lorca, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
26-Padre (Joan Manuel Serrat, de "Aquellas Pequeñas Cosas")
27-Soy un Ser Humano (Alberto Cortéz, de "Soy un Ser Humano")
28-Monólogo de "Solos en la Madrugada" (José María González Sinde-José Luis Garci, Estreno)

La idea, la selección musical, sonido, puesta en escena y dirección general son mías.
Bueno, los espero a todos... ¡no dejen de faltar!

Itebere Pablo Althabe (el Conde de Teberito)

domingo, 13 de noviembre de 2016

Mi crítica de "Falladas" (Teatro)

Después de casi dos semanas sin computadora gracias a mi servicio de cable y Fibertel me retrotraigo al viernes pasado en que fui a ver "Falladas" escrita y dirigida por el prolífico José María Muscari.
La célula subversiva que habitaba el "Libro de Manuel", de Cortázar, tenía como propósito una acción que llamaban "La Joda", y acá, "la joda" empieza mucho antes de la función: un público efusivo poblado de mujeres que celebran a cada amiga que entra a la sala con aplausos y vítores y festeja la más leve ocurrencia a grandes carcajadas me hacían temer lo peor, un público obsecuente con predisposición a la risa fácil y al aplauso inmediato. Y no me equivoqué, cada grosería era festejada con entusiasmo.
Pero vamos por partes, como decía Jack el Destripador. La obra, en términos generales, me gustó, pero con objeciones. No es una obra para exquisitos del lenguaje desde el vamos, está llena de vulgaridades y golpes bajos en el léxico. No es necesaria tal catarata de palabrotas y obscenidades gratuitas siendo que los mejores chistes son los que no las tienen ("¡por Dios, por Dalma y Yanina!"; "ayer fui feliz porque compré una oferta de dos jabones para lavar la ropa al precio de uno, ¿ustedes no son felices cuando compran una oferta? Que me regalen algo ya me hace feliz" -decía Úrsula (Cecilia Dopazo), pero la chanza continuaba- "¿para qué querés jabón en polvo si no tenés lavarropas?", "para mi baño de espuma. Lleno la bañadera con jabón en polvo, me meto adentro y soplo las burbujas"). Lo que pasa es que después del éxito descomunal de "Brujas" toda reunión de mujeres tiene que tener referencias explícitas al sexo y estar llena de malas palabras. La diferencia es que en "Brujas", detrás de cada vulgaridad había una idea, una cuota de ingenio (producto más que nada del adaptador y director Luis Agustoni). Acá no hay rasgos de sagacidad en el anverso de la grosería. Se dice y punto.
Además no me gustó la inclusión del público en la obra: "¿le pedimos que lo diga?", exclama una de ellas... "¡siiiiiiiiiiii!" contestan todas las féminas al unísono, o se las invita a corear una canción de Sergio Dennis. Cuando se rompe la cuarta pared ya es muy difícil que volvamos a creer que ellas cinco no están solas. Otra es la utilización de material de la realidad inmediata: "¡qué grande Pampita que puede tener un macho distinto cada semana! ¡La admiro a Pampita!" o "¿qué hago, embalsamo al gato como la Cardone?" Ni la inclusión innecesaria de canciones de los '90 para detener la acción y que alguna de ellas la "cante" sin ninguna necesidad dramática.
Vamos ahora a lo que me gustó. Brillantes las cinco actuaciones, desinhibidas y verborrágicas las cinco, por orden alfabético: Cecilia Dopazo (Úrsula), Martina Gusmán (Brenda), Laura Novoa (Diana), Patricia Palmer (la Lic. Perla) y Andrea Politti (Águeda). Las chicas son amigas de antaño, cuarentonas las cuatro, pero que se mantienen muy bien, y se reúnen cada jueves a hablar de las cosas que les interesan, a saber: sexo y consumo. Están todas desesperadas por conseguir un "macho" y además viven pendientes de sus celulares, del shopping, de la cuatro por cuatro y de la riqueza del tipo en cuestión. Sus horizontes son muy pobres. ¿Girarán en torno a esto todas las reuniones de mujeres?
Pero este jueves hay una diferencia. Entre Diana y Águeda se han complotado para traer a una psicóloga que las ayuda a disipar sus tensiones (que las hay, y son muchas). La psicóloga es la Licenciada Perla (Patricia Palmer), una psicóloga sui géneris, más parecida a la jerarca de un campo de concentración que a la armonía y la comprensión que debe tener una terapeuta ("vos cállate, enfermita", "¡sit down!"). Perla aclara desde el principio que va a reivindicar el sentido de la mala palabra (esto está muy bien), que se comunica más con el inconsciente y que dice lo que en verdad se tiene ganas de decir: "de ahora en más 'hacer el amor' no se llama más así, sino 'garchar a lo loco", define de un plumazo... y ni falta que le hace a las chicas.
Los caracteres están bien definidos, pasando por la culta liberal, adinerada y boca sucia Diana hasta la ingenua y enamoradiza Brenda, hay toda una serie de matices.
La catarsis que les propone la Lic lleva a buen puerto porque hace que todas escupan sus miserias y sus bajezas (sí, de eso se trata la obra) de la forma más sincera posible y se sacan chispas sobre el escenario. Así Úrsula declara que después de tener a sus hijos se dedicó a ser MADRE y quedó borrada como mujer sexuada, Águeda puede pelearse con su amante porque  cuida más a su auto que a ella y "porque la tiene muy chiquita", Diana no está dispuesta a soportar a nadie que acabe antes que ella y no le proporcione un buen orgasmo y Brenda dice que se siente frustrada cuando no le contestan enseguida sus mensajes en el celular. Y Perla revela al final que es bipolar (algo de lo que ya nos habíamos dado cuenta antes por su brusca atención hacia sus "enfermitas" y su aire de superioridad -"cállate vos, indígena, que acá la que sabe soy yo"-).
Hay risas en la obra y son casi todo el tiempo, como dije antes, algunas más efectivas que otras, sobre todo las que no remiten a la vulgaridad, algo que no tolero en el teatro ni en la vida cotidiana. Las cinco se lucen y lo hacen con buenas herramientas actorales, lo que me hizo aplaudirlas de pie, dejando de lado todo lo que no me había gustado. El resultado queda a la vista del lector, habrá quien se decante por este espectáculo y quien no. Al final, terminan bailando el famoso tema de ABBA "Waterloo", tan de moda en los años 80.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 22 de octubre de 2016

Mi crítica de "Deseo" (Teatro)

Hola, amigos. Ayer fui a ver "Deseo", frente a mi deseo de verla y en contra del "Regular" que le brindó "La Nación". Y me encontré con una obra fresca, audaz, valiente, muy bien actuada y dirigida, que realmente justificó el haber ido. Vamos por partes, la directora es Alejandra Ciurlanti, de quien yo sólo había visto su puesta de "Rainman" y la codirección con Juan Pablo Geretto de "Como quien oye llover". Y realmente me sorprendió porque se atrevió a jugar con un material sensible: el deseo sexual y sus complicaciones. Todos somos animales antes que personas, por lo tanto todos deseamos... pero ¿hasta dónde nos puede llevar esa pulsión? ¿Cuánto hay de controlable en ella? y ¿hasta dónde conviene dejar fluir al deseo? ¿Cuáles pueden ser sus implicancias? La obra es de un polémico autor español, Miguel del Arco, y está interpretada por Juan Gil Navarro, Julieta Ortega, Alejandro Paker (amigo de esta casa, por su brillante labor en musicales) y mi amada (sí, integra el panteón de las diosas) Moro  Anghileri (sobre todo porque no sólo es actriz sino también directora, dramaturga y directora de cine, algo que este cronista desearía para él).
Pero vayamos a unas palabras del autor de la pieza, del Arco, que nos van a aclarar un poco el panorama: "Dijo Montaigne que nuestro deseo es indeciso e incierto; nada sabe poseer y nada sabe gozar rectamente. Aunque también sabemos que sin dejar vía libre a esa fuerza motriz, el ser humano jamás hubiera progresado. Luchamos permanentemente entre la necesidad de trascender y la constatación de que nuestra vida no es nada más que un secreto fisiológico. Amar racionalmente o seguir nuestros impulsos. Es todo muy oscuro. Hay veces que si te dejas envolver por la oscuridad se consigue un estado de mayor percepción, más sensitivo, más propenso al viaje emocional... Ojalá sea el caso. Ese es nuestro Deseo". A esto yo podría agregar que no somos seres puramente deseantes en el ámbito pulsional, sino que también nos mueve el amor, el cariño, la comprensión, con lo que básicamente fundamos nuestras relaciones y nuestras elecciones de una estabilidad emocional. De lo contrario no se diferenciaría para nada el animal del ser humano, quien es capaz de tomar resoluciones coherentes y acordes a su fin. Pero recordemos que Freud dijo que el objeto del deseo siempre es oscuro. No sabemos lo que deseamos... Y después vino Buñuel, ese gran maestro surrealista del cine a reafirmarnos "Ese Oscuro Objeto del Deseo".
Pero vamos a la obra, que me hace recordar mucho a "Las Relaciones Peligrosas", esa notable novela francesa de deseo, sexo, intrigas, seducción, fatalidad y muerte. Aunque acá la muerte no tiene forma de espada sino de palabras. Palabras. Hay muchas palabras en la obra, y buenos razonamientos llevados a su extremo. Y silogismos perfectos. Es una obra maestra de la lógica. Ana (Julieta Ortega) es conocida de Paula (Moro Anghileri) del gimnasio, quien le cuenta sus proezas sexuales junto a su amante y Ana queda sorprendida por tanta fogosidad aunque ella la mantiene diez años después de casada junto a su marido Manuel (Juan Gil Navarro). Ese fin de semana deciden reunirse en su casa de campo Ana, Manuel, invitando a Paula y a Teo (Alejandro Paker), un amigo de ambos recientemente separado. Los dos solteros están en plan de diversión y pronto comienza el coqueteo. Pero lo que venimos a enterarnos es que Manuel es el secreto amante de Paula, y esta va a intentar provocarlo desde todos los ángulos aún enfrente de su mujer. Manuel reacciona muy mal frente a la invitación a Paula ese fin de semana. Pero Paula y Teo logran unirse sexualmente, impulsados, claro, por el deseo. Manuel y Ana no se quedan atrás y deciden aprovechar el finde. Las escenas de sexo entre ambas parejas están muy bien sugeridas (más que mostradas) en la semipenumbra del proscenio. La mañana siguiente están los solteros eufóricos por su noche de sexo y piensan en repetirla en cualquier parte, mientras Manuel se muestra muy distante. Pero el deseo de que se habla no es puramente del deseo sexual, sino también del simple deseo de desear lo que el otro tiene. Los lacanianos van a decir que "el deseo es el deseo del otro", algo que saben muy bien los vendedores de colectivos, aun sin haber pasado por la universidad, cuando dicen: "Ya le entrego señora", sin que nadie le haya pedido nada. Buscan despertar el deseo de sus posibles compradores invocando el deseo de otros. Decíamos que es desear lo que el otro tiene, y así se va a desplegar de forma perversa por parte de Paula el querer unir a Ana y Teo, hablándole halagos del uno a la otra y de la otra al uno. Por supuesto que una chispita se enciende. Mientras Ana y Teo tienen sus escarceos sobreviene la unión de Paula y Manuel, y todo es observado por Ana, quien abre sus ojos a la realidad. Hay un "espanto" en Paula hacia la agresividad de Manuel y le dice que está verdaderamente enamorada de Teo (¡Ah... irrumpió el amor...!) y que decide irse con él. Teo la entiende y deciden irse juntos. Pero Ana hace un llamado de teléfono a la esposa de Teo para que reconsidere su situación y esta lo llama a él para una posible reconciliación, con lo que Teo decide dejar a Paula. Hay un diálogo muy fuerte entre ambas amigas y un final que sino es el de "Relaciones Peligrosas", se le asemeja mucho, sólo que un poco más macabro. Allí cae un telón entre Ana y Manuel, quien le pide tratar de seguir juntos pero ella se ve obstruida por la furia... hasta que esta es reemplazada nuevamente por el deseo.
Hay muy buenos trabajos, sobre todo en las mujeres, Moro Anghileri despliega toda su sensualidad y sexualidad, que es mucha (aunque sea chata como una tabla, como mi prima Leticia... de las tetas, ¡ni noticia!), y sabe comportarse como una leona sexual y provocar muy bien; no el opuesto pero sino más bien recatada es Julieta Ortega en su papel, aunque no se priva de nada a la hora de la cama con su marido, y el desnudo parcial que hace es muy delicado y bien conducido. De los hombres se luce más Alejandro Paker, que como buen cantante y bailarín se permite unos pasos de baile y un "Moon River" cantado a capella que pone más tirantes las cosas. Como comediante también se luce. En una cuerda un poco más dramática y concentrada encontramos a Juan Gil Navarro en su Manuel, atrapado entre sus dos amores. Es un verdadero cuadrángulo de pasiones lo que se desata aquí, realmente quieren todos con todos.
Es una obra nada complaciente, con un lenguaje fuerte y preciso, acá los actos sexuales y los órganos son nombrados por su nombre vulgar y no por los de la Real Academia (aunque también los acepta), así que les advierto, no es una obra para puristas del lenguaje. La pieza hace reír mucho y también reflexionar, nada está exento del prisma del deseo y a desear y ser deseados nos lleva (lógicamente deseamos a las dos mujeres de la obra a más no poder, hasta que tendríamos ganas de volvernos a casa con una de ellas -al menos-). Ampliamente recomendable -a mi gusto- aunque las críticas que anden por allí no sean tan buenas.
Y gracias por leerme hasta acá nuevamente.
El Conde de Teberito (un crítico independiente). 



  

jueves, 20 de octubre de 2016

Mi crítica de "Lutherapia" (Teatro)

Revisando mi colección de DVDs de Les Luthiers me dio ganas de volver a ver "Lutherapia" y pasaré a detallar por qué lo considero el mejor espectáculo de mi grupo humorístico-musical favorito. Para empezar, este show tiene la friolera de 9 años, ya que se estrenó en el 2007, cuando el genio de Rabinovich estaba en pleno auge y nada hacía sospechar su triste final. Vamos, que este show no hubiese sido lo que es si hubiera faltado Daniel Rabinovich. Todo empieza como una charla ente Ramírez (Rabinovich) y Murena (Mundstock), este último se define como psicólogo y decide ayudarlo al primero a curarle su neurosis. "Vamos a hacer una sesión cara a cara. Recuéstese en el diván" "¿Cómo, no me dijo cara a cara?" "No, cara-cara, muy cara..." Es el primero de una catarata de chistes sobre el psicoanálisis que irán desgranando a través de toda la obra. "En nuestra escuela psicoanalítica es necesario que el paciente se recueste, y que el tratamiento le re-cueste". Ramírez se siente mal porque tiene que realizar una tesis sobre la teoría estructuralista musicológica aplicada a la música de Mastropiero, y no sabe por dónde arrancar. Entre tanto, la charla de diván se ve interrumpida por un número cómico-musical, ya que esta es la columna vertebral del espectáculo. El primer número es una "opereta medieval": "El cruzado, el arcángel y la harpía" y ya demuestran todo su ácido y filoso humor. Un grupo de cruzados se dirigen a pelear la batalla con la que recuperarán Jerusalén de las garras del malvado musulmán Saladino (¡Buuuuuuuuuuuuuu!). Su jefe, Chistophe de Cotillon se ha llegado a enfrentar con Saladino y este le dijo: "Eres un hijo de mujer que comercia con su cuerpo, horizontal cuatro letras". A lo que Maronna dice: "Mamá" y Mundstock lo corrige, "también puede ser Papá" Y Rabinovich acota, "o abuela... no abuela tiene tres letras: a-bue-la". Son interceptados por el arcángel Manuel, quien los desvía al palacio de la diosa Harpía, una sensual mujer de quien se dice que en su palacio impera el vicio y el desenfreno sexual. "Dicen que hay vicios desconocidos... pero se aprenden rápido". Deciden desviar su curso e internarse en el castillo de Harpía y pasar una noche de desenfreno. En tanto el ejército de Christophe de Cotillon pierde la batalla final. El número que sigue es una "galopa psicosomática": "Dolores de mi vida" en donde Rabinovich, el solista, canta sus dolores cada vez que lo abandona su chica, a lo que le dice el terapeuta que está "somatizando". Con el tercer número se meten directamente con el humor negro, y así Núñez Cortés y Maronna componen a las viejecitas Clarita y Rosarito en el "vals geriátrico" "Pasión Bucólica". Las dos viejitas se reúnen a tocar música y a recordar al finado Arnolfo, marido de la primera y amante de la otra, como aquel día en que "casi se muere" y ella le dijo al médico "no se preocupe, otra vez será". Y que lo sacó de la sala porque en el verano lo vuelve a poner en la bóveda, "porque está más fresquito". Y cuando lo fueron a operar sale el médico y le dice "señora, lo perdimos en la operación... pero lo encontraron enseguida... ¿sabe cómo hicieron? Fueron siguiendo la sonda..." Y así desgranan entre anécdotas y romances frustrados lo más cáustico de su humor. Luego sigue una "balada, mugida y relinchada", un rock con algo de paz campestre titulado "Paz en la campiña". Vuelve a ser solista Rabinovich. Papel que tomará nuevamente para "Las bodas del rey Pólipo" (marcha prenupcial) en donde dos músicos (López Puccio en latín -violín de lata- y Maronna en guitarra) hablan loas de la joven princesa BIcisenda, quien se casará con el septuagenario rey Pólipo y de todas sus bondades físicas, peligrando su salud "cuéllica" ya que el rey ha mandado a matar a todos los abusadores músicos de la corte. Y llega uno de los puntos más altos del espectáculo, la "Rhapsody in balls", un "handball blues", que Ramírez dice haber soñado con que Núñez Cortés estaba tocando unos azules (blues) y era interrumpido por Maronna. Y así es, en esta pieza sin palabras, ya que mientras Núñez Cortés se dignifica como el excelente pianista que es, Maronna hace otro tanto tocando el "bolarmonio", un armonio compuesto por pelotas de handball que suenan en el mismo tono de la Rhapsody y que va tocando conjuntamente con el pianista, logrando un efecto reidero y musical hipnótico. El N° 7 es el oratorio "El flautista y las ratas", donde se cuenta la verdadera historia del Flautista de Hamelín y de como las ratas llegaron a constituirse en un pueblo, venerando a las famosas ratas beatas, las ratas de la fe (de la "fe de erratas"). Otro número con el que se viene abajo el teatro, la "cumbia epistemológica" "Dilema de amor", donde un solista epistemólogo canta nombres de epistemólogos y filósofos famosos secundados por el trío de cumbia "Los Brillantes" que cantan: "Que bonito mi amor, que bonito mi amor, hacernos cada día, muy juntitos los dos, la epistemología..." El "tarareo conceptual" es una definición de Mastropiero en que dice que para aprovechar mejor un tarareo deben utilizarse las mismas palabras del poema, como en aquella canción "La excursión de los amigos", que decía "ya pararon para comprar queso, ahora pararán para pan, pararán para pan", y en el "Aria Agraria" que entonan Rabinovich y Maronna con sendas guitarras hacen unos estribillos imposibles de repetir por su jugosa y jocunda interpretación de la letra "tarareada" o "laralaleada" o "borombombada". Y finaliza con el fallido "El Día  del final" (exorcismo sinfónico coral) donde presentan otro instrumento nuevo, la "exorcítara", cítara gigante alumbrada por focos de luz de led que constituyen sus cuerdas y que van desgranando sonidos al roce de éstas con las manos de los tres ejecutantes. Todo transcurre el 31 de diciembre de 1999, cuando se anuncia la llegada del Anticristo y un grupo de monjes quiere interrumpir el parto de la mujer que lo va a dar a luz. Si bien están muy graciosos todos, no alcanza el nivel cómico de sus antecesoras canciones. Terminada la sesión con el Dr. Murena, Ramírez logra superar su trauma y escribir la tesis, y nosotros hemos concurrido al más delirante, alto en calidad musical, humorístico y sensacional de los (todos) excelentes espectáculos de Les Luthiers. Está en DVD o se puede bajar del E Mule. Nuevamente sentimos la pérdida de ese gran histrión, músico y cantante que era Daniel Rabinovich y sentimos que esta hora y media que hemos pasado en la compañía de nuestros amigos es lo más semejante a la felicidad posible.
Y gracias por leerme hasta acá nuevamente.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).