viernes, 22 de mayo de 2020

Mi crítica de "Hannah y sus Hermanas" (Cine-Woody Allen-1985)

Estamos aquí frente a otro mojón importante en la carrera de Woody Allen.
"Hannah y sus Hermanas" es poco menos que perfecta, con una docena de personajes para los cuales se ha escrito una historia profunda, consistente, son tridimensionales, creíbles y graciosos aún en los momentos más dramáticos. Nunca Allen había escrito con tal claridad de conceptos para tantos personajes. Cada uno recibirá también un final feliz. El genio se multiplica y desdobla en cada uno de sus personajes, hasta él coincide que en los tres masculinos hay algo de su pensamiento, esa impronta de Allen como filósofo ante la vida.
Aparecen en la película todos los tópicos característicos y que nunca deja de lado: el judaísmo, la creencia o no en Dios, las mujeres, el sexo, el psicoanálisis, el amor, la soledad, la muerte y la idea de la muerte, la angustia frente a lo inevitable, la hipocondría, etc. También encontramos aquí las dos ideas fundamentales para el montaje cinematográfico: la comida -algo que siempre va unida al sexo y a la muerte-, la profusión de espejos, que marcan esos posibles desdoblamientos.
La película se abre y se cierra con dos cenas del Día de Acción de Gracias (entre las cuales pasan dos años), en la primera, en la que Woody no está invitado y en la segunda, ahora sí, como un nuevo integrante de la familia. Fijémonos que en todas las películas de Allen, la comida y los festejos son de vital importancia, tal vez porque se reúna toda la familia, tal vez por el hambre que en los campos de concentración pasó su pueblo. Vuelve la idea del enorme restaurante en donde el más grande se devora al más pequeño y débil.
La sensación principal que se trasluce es la de la insatisfacción y desmoralización. ¿Eso es todo lo que hay? Esta reflexión es el contenido de la nueva obra de Woody. El director sabe que debemos hacer nuestra la perfección del alquimista para contarnos una historia con final feliz, que conoce que somos esclavos de sus artificios por miedo a oír la verdad. Las más recientes películas de Allen son pequeñas fábulas que tienen en sí la semilla de la redención: la redención de una relación ("Annie Hall"), de una ciudad ("Manhattan"), de una carrera ("Recuerdos. Polvo de Estrellas") y con "Hannah y sus Hermanas" la redención de la idea del amor en sí. Busca descubrir un lugar en el que uno sea querido por lo que es, y no un estado de espíritu que le permita amarse a sí mismo.
Como siempre, la última película de Allen es la mejor de todas para mucha gente. Quizá tengan razón y el secreto consiste en que, es capaz de superarse año tras año. En esta ocasión, "Hannah y sus Hermanas" se organiza como una novela de episodios, pero con una buena autonomía entre ellos. Cada episodio comienza con un título diferente en la pantalla, ganando poco a poco el interés argumental. En un momento dado, todo se combina y la energía y la pasión de los actores alcanza una fuerte intensidad.
Allen escribiendo y dirigiendo tiene un estilo tan fuerte y seguro que en esta película, la dirección del film llega a ser su voz narrativa, así como nosotros sentimos a Henry James detrás de todas sus novelas, o a William Faulkner e Iris Murdoch detrás de él.
Un motivo para que Woody sea tan productivo (nos entrega una película por año), es que, como tantos creadores, es un prolífico recuestionador de su vida. Todo su ingenio, según su misma voz, tiene algún contenido autobiográfico desde el momento en que provienen de un "germen de experiencia", que luego magnifica y modifica. Charles Joffe, por otro lado, aún reconociendo la gran capacidad de inventiva de Woody es de la opinión, que en su trabajo siempre habita una semilla de verdad, niega muchas de las realidades de su vida. Le resulta fácil admitir que "Días de Radio", es en parte autobiográfica, ya que en ella tenía seis años. "Por otra parte -Mia afirmaba que- "los que intervienen en sus películas interpretan papeles y se modifican interpretándolos en otros contextos. En 'Hannah...' había extraído cosas de mi familia y creo que de otras que había conocido, como Diane Keaton y sus hermanas también ayudaron. Yo lo encuentro lindo, por lo menos en mi familia nadie se enojó.
La película no es una comedia pero contiene risas importantes, y no es una tragedia aunque pudiera ser si nosotros pensamos lo suficiente sobre sus historias. Sugiere que en las modernas y grandes ciudades, tan distraídas y llenas de ambición, no existe el tiempo para pensar y absorber el significado de las cosas. Ni la tragedia ni la comedia pueden acortar su lugar para permanecer: hay demasiados otros invitados en el juego.
A partir de "Interiores", el número creciente de mujeres en sus películas no es casual, ya que él considera que son seres fuertes y tridimensionales, en muchos casos se enuncian ya desde el título del film como en "Hannah y sus Hermanas", "Annie Hall", "Alice", "Poderosa Afrodita" o "Melinda y Melinda". De forma que aunque Woody es muy amigo de algunos hombres, su empatía más grande la llevan las mujeres. "Son leales y dedicadas" -ha afirmado de ellas antes de saber que su amiga y socia Joan Doumanian venía estafándolo en temas financieros de la ganancia de sus películas-. "Como personas son más de fiar. Lo comprobé con mi hermana, con la que tuve una relación espectacular (en la actualidad ella se encarga de la producción de sus películas)". Aparentemente, una comprobación ante la vista de todo el mundo es que Woody Allen, al igual que George Cuckor, es un excelente "director de mujeres", que puede ayudar a las actrices a lograr actuaciones extraordinarias, la prueba está en el gran número de actrices que ganaron el Oscar o estuvieron nominadas para él de la mano de su mentor.
Mickey Sachs (Woody Allen) es un cómico judío de Nueva York que está a punto de dejar su trabajo. Últimamente está convencido de que tiene un tumor cerebral, y ahora, pese a haberle comunicado que su salud es óptima, está asustado por "lo insignificante que resulta todo". Es cierto, se siente aliviado, no está a punto de morir joven, pero el alivio es momentáneo, algún día, en algún momento su vida terminará. "¿Eso no lo estropea todo? -pregunta a su colega- Necesito respuestas". Esta es la escena traumática en "Hannah..." para el personaje de Woody, la escena en la cual todos sus inadvertidos temores y preocupaciones salen a relucir, destrozando su sentido del orden y la estabilidad. Es la clásica escena de Woody Allen, la escena donde el dogma se destruye, la opinión ajena se resquebraja y "todo lo sólido se esfuma en el aire". Marca el final de la fe ciega, señalando el comienzo de la búsqueda de la iluminación. Todos los personajes de Allen están motivados por ese deseo urgente de felicidad y verdad: la búsqueda del amor auténtico, la lucha por una moralidad asumible, la búsqueda de la verdadera felicidad. Desde el "schlemiel" al intelectual, la inspiración siempre ha sido evidente: la vida tendría que ser mejor.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

miércoles, 20 de mayo de 2020

Mi crítica de "La Rosa Púrpura de El Cairo" (Cine-Woody Allen-1984)

Ya desde que en la pequeña sala de los hermanos Lumiere unos obreros salían de trabajar de una fábrica o un tren se abalanzaba sobre el público, la gente empezó a verse influida por el cine y a condicionar su vida según los dictados de éste. Así lo entiende también Woody Allen, un enamorado del cine -y un gran mentiroso, ya que dice que prefiere ir a ver un partido de baseball antes que ir a rodar-, quien le hace aquí su homenaje más cálido. Como serían después los homenajes al mundo de la radio ("Días de Radio"), del teatro ("Disparos sobre Broadway") o al de la música ("Dulce y Melancólico"), aquí Woody despliega todo su arsenal de poeta de imagen embriagadora y de la humorada conceptual. Nuevamente adoptará el punto de vista femenino -es Cecilia (Mia Farrow) la protagonista- para hablar de sus intimidades, como en casi todas su películas. Pero es su mundo femenino el que mejor le permite transmitir esa sensibilidad de artista con mayúsculas, una sensibilidad que le deja hablar del enamoramiento y sus consecuencias, del cine como arte, pero también de su miedo a la nada, de la desconfianza por la existencia de Dios, o de una realidad social, la de la Depresión del 30 en Estados Unidos que estimulaba la "fábrica de sueños" de Hollywood y su era de teléfonos blancos.
Aquí los personajes son cuatro: Cecilia, su marido Monk (Danny Aiello) y sus dos enamorados -persona y personaje- y ya ha aprendido a escribir sondeando el alma de estas pocas criaturas y brindando todo un análisis psicológico con breves pinceladas -la brutalidad, aunque también la necesidad mezquina de su esposo, la ingenuidad candorosa de su enamorado, o la vanidad presuntuosa y fatuidad de un actor de cine en ascenso- aunque no es de extrañar su hondura para describir  pues ya venía de logros tales como "Manhattan", "Interiores" o "Zelig". La técnica también es prodigiosa, ya que puede pasar de un magnífico blanco y negro de la película dentro de la película, con todos los grises que se puedan imaginar -iluminado hasta el cansancio, parodiando a las películas de la época-, a los colores cálidos de ambientes cerrados, en color pastel, de la verdadera película, y los fríos azules de los exteriores, demarcando, no sólo el frío ambiental, sino el de una época nefasta que le tocara vivir a los Estados Unidos. Todo esto se debe a su iluminador favorito: Gordon Willis. Y hablando de la técnica, el personaje puede pasar del blanco y negro de la pantalla al color de la realidad como sólo un truco de magia fílmica puede lograrlo.
Este es el segundo Allen sin Allen (el primero fue "Interiores", 1978) y, el chiste verbal y el chisporroteo del lenguaje ha dejado aquí paso a la humorada cálida, a la broma de conceptos o al clima cómico y a la vez tierno. Tal vez el chiste mordaz y la ironía se los guarda para su propia aparición en pantalla.
Nunca como aquí la sonrisa permanente fue tan cuidada ni personal. Agradecemos a Woody esta nueva vuelta de tuerca en su producción, cuanto la utilizará de aquí en más en películas tanto protagonizadas por él, pero sobre todo por otros (anticipémonos al Michael Caine de "Hannah y sus Hermanas", al John Cusack de "Disparos sobre Broadway" o al Kenneth Branagh de "Celebrity", todos ellos una especie de "alter ego"). Un humor denso y espeso, como el granulado de sus imágenes, que impregnará desde ahora toda su obra, ya sea la humorística como las más densas realidades psicológicas de sus dramas.
Woody había escrito hacía ya un tiempo un cuento titulado "El Episodio Kugelmass", en donde un profesor de humanidades que le presta el nombre al cuento se mete en la novela "Madame Bovary" y tiene un romance con su protagonista. El despiste era total, la gente no entendía como un judío neoyorquino podía meterse en una estructura clásica, y menos cuando Madame Bovary dejaba la novela para deambular por Nueva York. La idea era perfecta para un cuento de corta longitud: la obra vio la vida en una prosa brillante, ya que por ese medio podía transmitir la historia perfectamente. Aún hoy, algunos críticos recuerdan el cuento para referirse a "La Rosa Púrpura de El Cairo", ya que esta se transforma en el equivalente cinematográfico del cuento, la película que dice sobre el cine lo que su antecesor decía sobre la literatura.
Así, ésta es una buena oportunidad para redefinir el cine de Woody Allen, no obstante que el mecanismo de "La Rosa Púrpura..." no hubiese sido novedoso para él, de forma que la película significa una vuelta de tuerca más para aquel ensayo que había sido "Sueños de Seductor". En aquella película, el desahuciado Allan Félix matizaba su sosa existencia llevado de la mano por un ícono del cine como Humphrey Bogart, que reinaba en su imaginación; en "La Rosa Púrpura de El Cairo", Cecilia experimenta un hecho parecido. Aquí no sólo Cecilia ve dejar la pantalla a otro ídolo del cine, el aventurero Tom Baxter (Jeff Daniels), en tanto que en "Sueños..." sólo Allan podía ver a Bogart. Aquí Cecilia, después de haber transpolado la frontera de la pantalla dice: "Toda mi vida me he preguntado cómo sería estar de este lado". Allan Félix, después de recitarle el párrafo final de "Casablanca" a Linda, admite: "Toda mi vida he esperado decirle esto a alguien". Ambas películas parecen transitar rutas semejantes y explotan lo que Kauffmann llama "el tema central de Woody": "la fuerza de la fantasía incluso entre los más humildes". Los finales sí entregan a las obras un entramado opuesto en cuanto a las conclusiones que podemos extraer de ellas. Si bien "Sueños de un Seductor" finaliza con un mensaje optimista, en la obra teatral se ve que Allan va a comenzar un nuevo romance con una vecina y así redondea la enseñanza del maestro Bogart. "La Rosa Púrpura de El Cairo", nos ofrece una visión más pesimista, la última imagen de Cecilia, que ha sido seducida por Tom Baxter, el héroe de la película y por Gil Shepherd el actor que lo interpretó, ha sido abandonada por los dos y es de esperar que esa noche ella vuelva con su agresivo y vago marido. Todo eso para volver al día siguiente a la cafetería en que ella trabaja para regodearse en una nueva fantasía cinematográfica. Esto funciona como si el viejo Allen debiera rebobinar su obra para corregirla y aumentarla, ahora desde su madurez. En la juventud, Woody era capaz de imaginar que tanto él como nosotros podíamos superar la implicancia de apoyarnos en los ideales basados en experiencias ajenas que nos regalaban los films de Hollywood, en su despiadada y más madura aproximación al tema, nos deja ver que nunca podremos liberarnos de ellos del todo. No bastaba que Cecilia conociese el vacío que existía detrás de los decorados de Hollywood y sus personajes, sino que queda atrapada en su resplandeciente superficie. Cecilia, probablemente aprenda que su suceder se trataba de una fantasía elegante pero vacía, aunque el hecho de darse cuenta, no la eximan de acomodarse nuevamente en la butaca para disfrutar de nuevo ante la pantalla. Entender que se trata de una droga, no acaba con el hábito, el saber, nos dice el film, no trae al costado la liberación.
En los 20 minutos primeros de "La Rosa Púrpura de El Cairo", un suceso extraordinario tiene lugar. Una mujer joven ha ido a ver de nuevo la película en la cual actúa su héroe favorito. Desde la pantalla, el galán la percibe entre el público. Él le dirige la palabra, ella sonríe y la responde tímidamente y él, abruptamente sale de la pantalla y entra en su vida. Ninguna explicación se ofrece para este suceso milagroso, pero entonces, más de uno, se pregunta si en realidad no estamos esperando, cuando vemos una película, que nos gustaría que nos sucediera algo parecido, o que al menos, pudiéramos vivir en una ocasión una vida tan apasionante como la que nos muestra la película.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

martes, 19 de mayo de 2020

Mi crítica de "Zelig" (Cine-Woody Allen-1983)

Cada vez más lejos de terminar esta cuarentena y cada vez más remota me parece la posibilidad de poder dictar mi seminario a partir de agosto, así que estoy abandonando la idea. De todos modos, no dejaré de publicar mis críticas de las películas de Woody que me faltan analizar, así que ahí vamos...
Si no existiese "Annie Hall", ni "Manhattan", ni "Hannah y sus Hermanas", ni "Otra Mujer" ni "Todos Dicen te Quiero", podríamos decir que "Zelig" es la mejor película de Woody Allen. Sucede que este prolífico actor-autor-director ha dado tantas obras maestras que se nos confunden los calificativos (hecho que ahora ya no es tan frecuente en su filmografía).
"Zelig" parece una obra de cámara, pero sin embargo es una obra mayor. Técnicamente, es la mejor de Woody por lejos, ya que ha debido reconstruir la década del 20 impecablemente, hacer montaje fotográfico y de material fílmico de la época -se ha podido ver a Zelig (Woody Allen) junto con Hitler, con el Papa Pío XI en el Vaticano, con Eugene O'Neil o con Jack Dempsey- y se ha debido envejecer el soporte fílmico a fuerza de pisotearlo, mojarlo, realizarle cortes o empalmes y cuanta técnica hubiese a mano. La grabación del sonido debió ser deficiente -como lo que pervive de aquella época- editado en discos de pasta, gramófonos o grabaciones de fílmicos caseros. El resultado de todo esto es un material que bien podría haber sido grabado en las décadas del 20 y del 30, que puede engañar a más de un espectador desprevenido.
La acción transcurre entre documentales, fotos fijas, filmaciones caseras, titulares de periódicos, noticieros cinematográficos, lo cual da ese aire de documentales actuales (en inglés, el narrador es el mismo de la BBC de Londres). Además las múltiples transformaciones de Zelig son un prodigio de maquillaje, el vestuario y los efectos especiales.
Temáticamente, todo lo anterior está bien sostenido. ¿Quién no se ha sentido Leonard Zelig en algún momento de su vida?, llegando a mentir para no quedar excluido o para no sentirse solo. Eso es lo que motiva a Zelig a producir sus asombrosas transformaciones: el miedo a perder el amor de los otros y redimirse, finalmente, por el amor de una mujer que cree en él. Todos los sucesos de su vida están muy bien pensados y encajan perfectamente en su descripción psicológica y sociológica. Desde la descripción de sus padres que lo denigraban y le pegaban, poniéndose siempre del lado de los antisemitas, hasta la hermana alcohólica y ladrona que luego lo exhibirá como fenómeno de circo y de un hermano del que no se sabe mucho.
En los sucesivos cambios se ha casado con varias mujeres -recuérdese que la falta de amor era su problema-, ha tenido hijos, pero ha seguido mintiendo. Lo cual hace más desgarradora la frase final que dice: que lo que más lamentaba de morirse es que había empezado a leer "Moby Dick" -fuente de todos sus males- y quería saber cómo terminaba.
Zelig no es más que un ser humano que ha llevado al extremo una actitud básicamente del reino de los seres vivos, el miedo a no ser amado y aceptado. Y Woody sabe de esto porque es artista. Y los artistas son llevados de la gloria a la fama, hasta el rechazo más radical de un momento para otro -años más tarde lo vivirá con el escándalo de su hijastra Dylan Farrow, que aún le trae dolores de cabeza-. De la noche a la mañana puedes convertirte en una estrella o en un delincuente. Zelig es un "freak" y Woody también lo es porque es uno de los pocos directores geniales que quedan en el mundo y la inteligencia, como la belleza, la sensibilidad, el talento, como el altruismo o la bondad convierten a sus poseedores en marginales en un mundo en donde la mediocridad es moneda corriente y siempre propicia a lo más bajo. El artista conoce bien lo que es la soledad del éxito: "el éxito es también una responsabilidad", dirá en "Sombras y Niebla", y este "Zelig" viene a ser una biografía desesperada de su creador.
Pero sin duda, quien se lleva las palmas es Gordon Willis, el director de fotografía, que ha hecho un verdadero milagro, y también su montajista, Susan E. Morse demuestra que su aporte es fundamental.
Y a pesar de todo, "Zelig" es una obra maestra para disfrutar, para pensar y para reír sin parar. Porque lleva la firma de alguien que se revela cada vez más como humorista y humanista -como decía el viejo Chesterton-: el Sr. Woody Allen.
Debe haber estado en un momento fantástico de su vida Woody Allen cuando filmó "Zelig". Uno se siente con derecho a suponerlo, después de haber visto hasta ese momento sólamente once de las once películas que había dirigido. A esta altura, más que lícito resulta obligatorio recordarle a Woody que la falta de traiciones en su carrera artística ha sido, además de un rasgo de esplendor, un buen motivo de acercamiento a su personalidad. Atribuciones, en fin, que nos tomamos sus compañeros de neurosis. O Mia Farrow había aceptado en esos tiempos a hacerlo (con él) más (o menos) veces por día, o su analista le bajó a seis sus siete sesiones semanales, o de pronto Manhattan se dejó explicar, una tarde cualquiera. Lo que haya sido. Lo cierto es que Woody Allen fue genial cuando filmó "Zelig", su mejor película. El título alude a Leonard Zelig, un hombre que se hizo mundialmente famoso en la década del 20. Su particularidad -tomar el aspecto y la personalidad de aquellos con quienes se relacionaba- lo transformaba en una feroz atracción. Todos sacaron ventajas del "fenómeno Zelig": desde las ligas morales ("linchemos al judío", instigaba una vieja por radio) hasta los chiquitos, cuyos juguetes tenían impreso el rostro del célebre hombre-camaleón. "Científicos, artistas, mequetrefes, políticos, comerciantes y desconocidos ciudadanos se atormentaron por desentrañar caso tan... expresionista". Zelig era un gordo ante un gordo, negro ante un negro, indio ante un indio, chino ante un chino, cómo podía ser que existiera un ser tan raro... Lo que no podía ver el mundo era que Zelig, como el mundo entero, era nada más que un hombre que no quería estar solo.
Brillante, enloquecido, tierno, humorístico, Woody Allen también ejecutó la proeza de inventarlo a este Leonard Zelig. Así lo hizo creer de verdad. Con esto no quiero decir que Leonard Zelig sea en nombre de alguien que jamás existió. En merecido homenaje a Woody señalo que más bien lo contrario, que es una pena no haber conocido antes a Leonard Zelig, un hombre que tanto ha hecho, hace y hará para que la humanidad se siempre lo inevitable: un zeliguerío total.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

lunes, 18 de mayo de 2020

Mi crítica de "Recuerdos. Polvo de Estrellas" (Cine-Woody Allen-1980)

A mi entender, ninguna otra película como "Recuerdos. Polvo de Estrellas" refleja con tanta veracidad la personalidad de Woody y su medio de vida. Si pensamos que está hecha a la medida -y cuando pensamos en el plagio- del "Fellini 8 y 1/2", al que le sigue a pie juntillas, no pensamos que la copia "hace la obra" sino que "permite hacer la obra", no podemos aislar esos detalles únicamente distintivos del genio de Manhattan. Sí la película está confeccionada siguiendo paso a paso la de Fellini, es innegable que el espíritu que se respira es el de la personalidad, tema, obsesiones y diálogos de Allen.
La película ofrece una trampa, es una meta-película, es decir, una película dentro de otra película mayor, que tiene escenas dentro de otra película, una triple meta-cinematografía.
Si bien la película de Fellini comienza con un sueño de angustia, esta empieza con parte del film que Sandy Bates (Woody Allen) está rodando, también muy angustiante y que desorienta a la gente del estudio: se trata de un Woody viajando en un tren con todos seres horribles, tristes y enfermos, mientras que en el tren de al lado, viaja gente hermosa, triunfadores, deportistas, disfrutando de la vida y bien vestidos; toda la película parece un calco de ese "Fellini 8 y  1/2". Se trata aquí de un director de cine al que se le realiza un homenaje -a Woody no le gustan esas cosas- en un lugar de playas -para colmo-, mientras que se debate entre hacer una película seria y deprimente que a nadie conforma, sólo a él. Ya de por sí "Recuerdos..." es bastante deprimente -aunque no le faltan los chistes de Woody- y que a casi nadie le gustó. El artista -tanto en la de Woody como en la de Fellini- está pasando un colapso creativo, no sabe ya qué filmar, y esto se convierte en el argumento de su obra, y se debate entre la realidad y la fantasía, sin faltar su complemento onírico. En "Recuerdos..." vemos escenas de otras películas de Sandy Bates, con sus artistas en el homenaje, mientras que en "Fellini 8 y 1/2" se asiste a escenas de la infancia de Guido -el director interpretado por Marcello Mastroianni- y sus ensueños diurnos, junto a sus deseos. Todo remite al pasado como único paraíso posible (Proust decía que los únicos Paraísos que existen son los Paraísos perdidos). Los dos personajes terminarán ambas películas con una muerte falsa, suicidio en el caso de Guido, asesinato en manos de un fan en el Woody/Sandy, quien, según dice la enfermera en la sala mortuoria de hospital, nunca aprendió el sentido de la vida. En las dos películas, el director se verá asediado por cientos de fans que no le permiten dar un paso sin felicitarlo, hacerle pedidos, entregarles guiones para que los lean o darles regalos. También se pondrá de manifiesto el desprecio que sienten por su público en la vida privada (ya lo veremos en el documental "Blues del Hombre Salvaje"), que no es tan privada como parece.
Woody trata de parodiar a Fellini, pero no lo logra, los rostros elegidos son feos o afeados, pero no patéticos y de la vida diaria, como ocurría con el director italiano. Aunque el trabajo de luces y de cámara se ensañen en afear los rostros, Woody no es Fellini y eso se nota (volverá al mundo del italiano en "Alice" en donde parodiará a "Giulietta de los Espíritus"). Igualmente, aunque los dos films sean asombrosamente parecidos y tengan la misma estructura, Woody la recarga con datos personales, la presencia de una única hermana con la que se siente culpable por no poder pasarle más dinero, como a sus padres también, el tener un Rolls Royce en la vida privada como en el film, a pesar de que en otras películas despotrica contra los autos que contaminan la ciudad, el sentirse impotente ante la muerte, de no poder ayudar al sufrimiento de la humanidad, vestir ropa descuidada que, sin embargo, acá está firmada por Ralph Laurent, el pedido de sus fans de que vuelva a hacer películas cómicas, y no esos "plomazos" serios e intelectuales (dos años antes había experimentado con "Interiores"), el encuentro con los extraterrestres y sus preguntas equivocadas, como la existencia de Dios o si hay vida después de la muerte, su mayor amor por una mujer desequilibrada mentalmente -como después volveremos a ver en "Maridos y Esposas", lo que a fuerza de repetición nos hace suponer que es cierto-, el instante de inmortalidad,con Dorrie (Charlotte Rampling) leyendo el diario y la canción de Louis Armstrong y el haberse ganado el Oscar, al que devolvería por un segundo más de vida.
La película está filmada en ese maravilloso blanco y negro de Gordon Willis y sus espacios deliberadamente geométricos, en busca del equilibrio que da la perfección, y propone un gran ejercicio para la imaginación, con imágenes surrealistas a veces, -como en "8 y 1/2", mezclada con su crisis personal (sin saber con qué mujer quedarse). El final, como en la obra, será gratificante, y hasta se adelanta a los comentarios del público, con los propios espectadores que habitan la película dentro de la película.
La película comienza por reconocer sus fuentes de inspiración visual. Nosotros vemos a un Allen claustrofóbico atrapado en el vagón de un ferrocarril (escena similar a la de apertura de "8 y 1/2" con Mastorianni atrapado en su auto) con fuertes contrastes de luz, mientras el tictac de un reloj sobre la pantalla nos da una referencia recíproca a la pesadilla con que abre Bergman "Fresas Silvestres". ¿Tienen estas películas las escenas exactas que Allen se imagina? Probablemente, pero eso no importa, él claramente destina la película "Stardust Memories" para sí mismo y la desarrolla como un retrato de las quejas del artista.
La mayoría de la acción de la película se centra alrededor de dos temas. El primero es un fin de semana durante el cual le realizan el homenaje, y el segundo es uno más familiar, relativo a las relaciones tormentosas de Allen con las mujeres. Los temas se mezclan en la queja básica de Woody Allen, persona que nosotros hemos  llegado a conocer y a amar, y aunque pueda resumirse brevemente: ¿Si yo soy un personaje famoso y brillante al que todos aman, entonces, por qué nadie en particular me ama?
Allen hace su visión personal, y rueda a estas criaturas desafortunadas con un objetivo gran angular que los hace parecerse como marcianos con grandes narices. Ellos llegan a convertirse en una pesadilla, una invasión directa a su intimidad, un coro chillón de gente cuya alabanza para el artista es realmente un sufrimiento.
¿Qué otra cosa puede decir Allen sobre ellos salvo la burla y la crítica? Nada. En la película de Fellini que toma como referencia, el director se convierte también en un héroe rodeado por aduladores, hombres de negocios, colaboradores, esposas, señoras, los viejos amigos y todos quieren hablar sobre su humanidad. En la película de Allen todo se muestra del mismo modo, aunque con menos profundidad, lo que hace al film mucho más asequible al público, no hay grandes pretensiones personales.
El personaje de Sandy Bates es el de una persona impotente, desesperada, desanimada y con gran incertidumbre por no saber cuál va a ser su postura correcta ante la gente que lo abruma. Mediante la película, Allen habla de enfermedades, catástrofes y la mala suerte que sucede igual que el éxito. Si es que los artistas están para lanzar su imaginación, regocijar y entretener al público, "Stardust Memories" inspira cierto tipo de frustración, aunque para Allen es una manera de reflejar la impotencia que tenemos ante nuestro destino, sea cual fuere.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).


domingo, 17 de mayo de 2020

Mi crítica de "Excalibur (Una Leyenda Musical)" (Teatro-Musical)


Seguimos pifiándola con Teatrix. Porque esta reedición del musical de Pepe Cibrián Campoy y Ángel Mahler del 2012 (el último que hicieron juntos) no le agrega nada a la historia del teatro musical. Hace tiempo que haríamos bien en desconfiar de los musicales de Pepito, pero por lo menos "Drácula" fue una innovación dentro del género, "El Jorobado de París" y "Dorian Grey, El Retrato" fueron buenos e ingeniosos aportes, pero ya hace mucho que vienen robando con los musicales y ya no le podemos ver ningún aporte a estos experimentos. Sobre todo porque "Excalibur" (que reflota el viejo mito de que Juan Rodó es un gran cantante) no tiene historia alguna, y hay que estirarla con diálogos y parrafadas innecesarias que no llevan música. Cuando está el acompañamiento de Mahler por lo menos algo bueno sacamos en limpio, pero encima, para oírlos a los personajes hablando pavadas... no gracias, paso. ¡Dos horas y media de una tortura sin fin! Y encima verlo a Rodó queriendo hacerse el gracioso en un Merlín que tiene poco de ingenioso... da vergüenza ajena, sus chistes causas menos gracia que un cuento en un velorio. Y hay que decirlo: Rodó no tiene simpatía ninguna. No importa que trate de parecerlo, debería haber seguido un curso con los grandes humoristas de nuestro teatro para lograr sonsacar alguna sonrisa... pero no, es inútil. Ya la historia sin historia la había contado Walt Disney en 1963 en su película de dibujos animados de una hora y veinte, era mucho más graciosa y efectiva y por lo menos entretenía. Pero la narración ya está contada, así que no nos molestes más Pepito contándonos cuentos que ya trataron otros.
Para colmo acá no hay mucha música coral (cantada por un ensamble), que eran los fuertes de Cibrián-Mahler, las partes cantadas (que no abundan) corresponden a arias de solistas ya sean masculinos o femeninos. Los hombres, -Rodó incluído- se esfuerzan demasiado en cantar sus partes y sólo a veces consiguen prolongar una nota en el tiempo, para las mujeres es más fácil y hay varias arias de soprano bien resueltas. Pero no hay un tema que uno se quede tarareando al final del espectáculo como sucedía en los nombrados, la música de Mahler ya no sorprende ni revela nada nuevo ni original. Y de la filosofía que destacaba a Cibrián y he hecho referencia en otras críticas, es poco y nada lo que quedó.
La historia es sencilla, el rey Algac se muere, y tiene un hijo, Arturo (Rodrigo Rivero), a quien le confía el trono y la mano de una bella esposa, la princesa Geneviere (Florencia Spinelli). Ellos no se conocen todavía y desconfían de si gustarán del otro. Pero son juntados por el gran Mago Merlín (Rodó) y la promesa se cumple, aunque todavía no es tiempo de que unan sus labios. Hay una hechicera mala, Morgana (Sol Montero), que hará todo lo posible para que Arturo no se junte con la famosa espada que sellará su arribo al trono. Pero todo sale mal para Morgana, habidas cuentas de que en un pasado fuera la pareja de Merlín y se hayan distanciado. Él todavía la recuerda con rencor y no le dejará que se apropie del destino de su protegido. A la vez, la madre de Golbar, hijo a su vez de Algac también, pero no madre de Arturo, le promete a su hijo bastardo que él es quien debe coronarse rey y hará todo lo imposible por conseguirlo, hasta incluso falsear el testimonio de una campesina (Morgana en realidad) quien debe testificar en contra de Arturo y su idoneidad. Resultado, cuando se presenta Golbar para sacar la espada clavada en la piedra, no lo logra hacer, pero Arturo sí puede, y se lo corona como rey. En tanto que Morgana mata a Geneviere de un cuchillazo en el pescuezo. Con su novia muerta, Arturo ya no quiere seguir adelante, pero Merlín le hace el favor sacrosanto e intercambia su vida por la de la hermosa doncella. Finalmente se unen en un beso de amor mientras todo el coro canta loas a Merlín.
Hay efectos de magia en el espectáculo, que no son tan deslumbrante como los que se nos prometían, sólo una espada volando sin rumbo fijo, cruzando la platea, un Merlín que desaparece en el aire y un truco de levitación, pero eso ya hace 35 años lo hacía el mago Charlie y le salía mejor. El cuerpo de baile, como siempre es desenvuelto y correcto y  los maquillajes expresionistas de Cibrián poco dejan ver de los rostros de los intérpretes. (Es patética la barba postiza del rey, que lo hace parecer al rey de Shrek y la espada en la piedra temblando antes de querer ser arrancada por Golbar). Como dije antes, el desempeño vocal es lo mejor de la puesta, pero dudo mucho de la afinación de los varones, es desempeño a favor por las mujeres. No hay voces que sobresalgan ni creen el impacto de "Drácula", Rodó sólo aprendió a modular después de "Jekyll &Hyde", y acá ofrece su voz monocorde y gritona.
No tuvo la suerte de público que lo acompañara antes, y el gasto empeñado por Cibrián fue un fracaso, pero, bueno, también se las busca... Acá les dejo la obra por si quieren verla.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



sábado, 16 de mayo de 2020

Mi crítica de "Manhattan" (Cine-Woody Allen-1979)

"Manhattan" es otro opus de inflexión en la obra de Woody Allen. Filmada en 1979 hubiera sido imposible de concretar sin esas dos obras gigantescas que fueron "Annie Hall" e "Interiores", comedia una, drama la otra. "Manhattan" hace así su presentación como la verdadera comedia dramática. Rumbo que no volverá a perder la filmografía de Allen.
Con "Interiores" (1978) Woody tocó fondo. No obstante, su siguiente film constituye algo más que un retorno al género habitual. "Manhattan" puede constituirse -junto a dos o tres más- como las obras maestras de Allen. Jamás alcanzó a la popularidad de "Annie Hall" pero posee un esteticismo mucho más amplio.
"Manhattan" es la prueba fehaciente de que los lauros obtenidos por "Annie Hall" no lo marearon, y que supo entender a la crítica, a la que a pesar de sus aclamaciones unánimes, él supo encontrar los defectos de su película y se esforzó por enderezarlos, a lo largo del film se nota, en la combinación de comedia y de drama, como asimismo en la concepción de ese tono constante, imposible de despegar, de ser controlado hasta el detalle por un artista exigente. "Creo que con 'Manhattan'", dijo en una entrevista, " he conseguido integrar mejor todos los elementos (...) es una especie de mezcla entre lo que quería hacer en 'Annie Hall' e 'Interiores'". "Manhattan" es un film que nos involucra emocionalmente a través de personajes reconocibles y bien pintados al mismo tiempo en que nos envuelve en su desarrollo intelectual, en lo que acontece en un nivel más hondo. Si bien han menguado las carcajadas, en reemplazo tenemos un producto mejor, una sofisticada y estilizada sensibilidad cómica, sutil y perspicaz.
Efectivamente, cuando Woody escribió sus objetivos a Natalis Gittelson, dijo que había intentado comunicar "mi punto de vista subjetivo y romántico de la vida actual de Manhattan. Me gusta pensar que, dentro de cien años, si alguien ve este largometraje, aprenderá algunas cosas sobre la vida en esta ciudad en los años '70". En "Time", Frank Richard la calificó de "retrato prismático de un lugar y una época, que podría estudiarse dentro de algunas décadas para averiguar qué tipo de gente éramos. Es ésto, precisamente, lo que hizo Jean Renoir con ciertas elites europeas en sus obras maestras "La Gran Ilusión" (1937) y "La Regla del Juego" (1939). Por lo tanto es comprensible que "La Gran Ilusión" salga a colación varias veces en el transcurso de "Manhattan", como película favorita de su protagonista Isaac Davies.
Filmada en un bellísimo blanco y negro por Gordon Willis, un director de fotografía que gusta de los encuadres geométricos, y que utiliza el blanco y negro porque es así como Woody siente a su ciudad: en blanco y negro y con la música de Gershwin vibrando a cada paso de la Gran Manzana.
Es una obra operística: la película abre con las locaciones más hermosas de la ciudad, con una pantalla en cinemascope y ese prólogo funciona a manera de una obertura de ópera, explicando en apretados seis o siete minutos todo lo que sucederá luego, bien podría ser la obertura de "La Traviata" o de cualquier ópera de Verdi o de Puccini. Este prólogo lleva la "Rapsodia en Blue" de Gershwin y la voz inconfundible de Woody, quien está ensayando el primer capítulo de su libro. Si hay algo en común en esta obra es que todos están escribiendo un libro. Isaac, tal el personaje que toma Woody, se describe como un tigre sexual, con la potencia y la rigidez de ese animal, pero también con un intelecto que repasa la vida cultural y social de su ciudad, como una basurero infestado de drogas, amores pasajeros y desperdicios. Todo esto, con admirable maestría es la que ocuparía luego esta comedia donde hay mucho para reír y también mucho para reflexionar.
De hecho, los planos del Estadio o de la Sexta Avenida no habían sido nunca tan maravillosamente fotografiados. No obstante, las palabras de Allen no poseen sólo interés iconográfico. Cuentan, de alguna forma el desarrollo del tiempo. Isaac repite una y mil veces que el mejor cómico  que existió fue W. C. Fields, incluso Tracey le deja un mensaje en el teléfono, una vez separados, para avisarle que esa noche pasarán una película suya por televisión. Ya que, de manera que los tiempos se aggiornen -nuevas gentes, nuevas costumbres-, Isaac no quiere huir de su tiempo, inclaudicable como si no pasar nada, actualizando su pasado del cual no quiere desprenderse. Se lo hace ver a Tracey, confiando en la estabilidad de las parejas, aunque él venga de dos malos matrimonios. Reprocha la modernidad de Tracey y le refriega que nació con la marihuana, la píldora y la televisión, para concluir con el epíteto de que él estuvo en las trincheras. Este es un chiste pero ya conocemos el humor de Allen. Esto, allá a lo lejos, responde a un romanticismo alcoholizado, que se deja llevar como un papel por todo el film.
Luego de la obertura, nos situamos en el restaurante "Elaine's", lugar obligado para la cena de Allen. Allí comparte mesa con su amigo Yale (Michael Murphy), la esposa de éste, Emily (Anne Byrne), su novia Tracey (Mariel Hemingway) y por último, él mismo, Isaac Davis (Woody). Aquí nos encontramos con una característica del cine de Woody, el último personaje en aparecer en cámara es él. Recordemos la primera película en donde tardaba en aparecer en pantalla: "Toma el Dinero y Corre", se ve primero la casa paterna y un violoncello que sale disparando por una de las ventanas, entrevistas a los padres y maestros, y finalmente, él, tocando el cello en una banda callejera. En "Bananas" aparecía primero el asesinato del presidente con reportaje al coronel entrante. En "Amor y Muerte" describe primero a toda su familia, lo que volvería a aparecer en "Días de Radio". También es el último en aparecer en "Todos Dicen te Quiero". Pero más allá de este sello de autor, la conversación del principio aporta varios temas: la relación de él de 42 años con su novia de 17 ("soy más viejo que su padre", afirma) -algo de esto habrá en su relación con su esposa Soon-Yi Previn-, los chismes sobre el mundo del espectáculo  como la nueva pornografía; el valor, si alguno de ellos viera a una persona ahogándose en el agua helada ¿tendría el valor de arrojarse para salvarla? Esto lo tiene sin cuidado ya que él no sabe nadar, por lo cual queda excluido del tema.
Isaac es una variación judía y contemporánea del tema de "El Gran Gatsby"; el personaje supuestamente moderno que encarna Woody es , verdaderamente, un americano tradicional, romántico y antiguo, que se prende a algunos valores del alma a pesar de ser el primero quien pone en cuestión la existencia de Dios. No es extraño que cuando el hablador Yale o la superficial Mary (Diane Keaton) realicen su "Academia de los Sobrevalorados", ubiquen también allí a Scott Fitzgerald, Isaac se encolerice. Tracey es su "jardín privado" y al final vuelve allí. "Manhattan" es un film hecho para que Woody desangre su vena romántica miles de veces: en las frases que la abre se escucha: "Idealizaba Nueva York de forma exagerada... no, mistificaba Nueva York de forma exagerada". John Simon soltó el insulto de que "el elemento más irresponsable de la película es que lleva implícita la idea de que un hombre decente de 42 puede encontrar satisfacción emotiva y sexual con una niña de 17 años" y Pauline Kael respondió a Allen diciendo: "¿quién sino Woody Allen podía hacer que la predilección de un cuarentón por las quinceañeras fuera considerada una conquista de los valores auténticos?" Ambos ignoran que Tracey no es un personaje realista, sino que representa un símbolo (que queda subrayado por la estática actuación de Hemingway), un grial y una figura alegórica de la pureza. A estas alturas, en que vio consumado su mayor casamiento con una hijastra mucho menor que él nos debemos replantear todo este comentario, hecho que también supone la ruptura en "Maridos y Esposas" (1992) al enamorarse de una alumna, Rain (Juliette Lewis), joven muy madura y conflictiva, escritura que llevaba a cabo mientras consumaba a escondidas su relación con Soon-Yi.
Y gracias por leerme nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



viernes, 15 de mayo de 2020

Mi crítica de "Interiores" (Cine-Woody Allen-1978)

Es considerable ver cómo Woody Allen es un cineasta inquieto y nunca conformista de pisar terreno conocido. Un año antes de "Interiores" había ganado con la comedia seria "Annie Hall" los cuatro Oscars principales. No conforme con eso, decide dar un vuelco de 180° a su carrera y nos depara otra sorpresa más en su camino: nos presenta un drama al más puro estilo Bergman sin su presencia y sin un sólo chiste. Es este un Allen sin Allen, lo cual dividió a su público, unos enojados con él por esta nueva humorada (algunos lo tomaron así) y otros aceptándolo como un director consumado. La película igualmente se acercó al Oscar en cinco rubros: Mejor Director, Mejor Actriz, Geraldine Page, Mejor Actriz Secundara: Maureen Stapleton, Mejor Guión: Woody Allen y Mejor Dirección de Arte: Mel Bourne y Daniel Robert.
Ya habíamos hablado de que Woody es un gran director de actores, y aquí lo vemos exprimiendo al máximo lo mejor de ellos. Y ahora aprende a escribir parlamentos para mayor cantidad de personajes, ya que hasta ahora sólo había escrito para dos o tres (la película anterior "Annie Hall" en donde escribía, a lo sumo, para tres), aquí encara ocho personajes -luego vendrá "Manhattan", su consagración como guionista-, todos protagónicos y todos con parlamentos elaborados. Así como es sorprendente ver cómo fue corrigiendo el guión, ya que tenemos en mano el guión original de la película, y al verla, podemos comprobar cómo muchas escenas y diálogos, han sido modificados, adaptados, o, simplemente eliminados. Tal es el caso de los personajes que sólo vienen a adornar la acción, distrayéndola de su objetivo personal, o la parte final del film, que en el guión está resuelta verbalmente y luego de modo visual en la filmación, lo cual ilustra cómo evoluciona la labor del cineasta desde la concepción hasta la realización. Es remarcable también la fotografía de Gordon Willis, quien subraya el mundo interior de Eve, con sus tonos grises y pastel, dando a la imagen ese cromatismo y creando, por ello, los climas necesarios para que se desarrolle el drama.
Este escape de Woody de la comedia, lo hace "sentarse a la mesa de los mayores" -en sus palabras-, ya que siempre consideró a la comedia un género menor y al drama como el más acabado, en cuanto a perfección artística, sin advertir -o sin querer reconocerlo- que la comedia es un género mucho más difícil de lograr que el drama. Y que las cosas trascendentes, dichas en forma cómica, tienen una impronta mayor que el discurso dramático. También en este aspecto siguió los pasos de Chaplin, quien, después de haberse revelado como un gran cómico, se despachó con un drama como lo fuera "Una Mujer de París", película sin una sola risa, que desató una ola de críticas, tanto a favor como en contra.
 La película se abre dentro de una gran austeridad. Los títulos aparecen en pantalla sin que se aprecie música de ningún tipo -como ya lo había experimentado en "Annie Hall"-. Ello nos deja una idea clara de las intenciones de su autor. Rodada en Long Island, tiene toda la apariencia de un ambiente asfixiante, cerrado, catártico. "Interiores" no es ni pretende ser original en demasía. Es un film sencillo en el que pasan cosas: menos ambicioso, en alguna medida, que todos los realizados por Allen anteriormente, y con una virtud indiscutible: es tan real en los comportamientos, tan natural en la dirección de actores, que apenas "se nota" la crisis en todos ellos. Los testigos silenciosos del drama arrastran, cada uno de ellos, una problemática tanto o más compleja de la que no pueden liberarse. "Interiores" es, incluso, una película relativamente diáfana y, aunque esté muy mal utilizar la palabra, "abierta". Puede resultar "abierta" en un sentido: es difícil calibrar las pautas para su entendimiento, porque sus lecturas son múltiples. Resulta, de esa manera, un film emocionante y riguroso. Un ejemplo de cine murmullo, de cine de sentimientos y de cine de sensibilidad; en definitiva, de cine total.
Muchas cosas hay en esta película que nos recuerdan a Bergman: la cámara estática, retenida para un momento de contemplación, las salas y posesiones de una familia, la gente que entra en estas salas, en donde sus voces tienen más importancia que el movimiento. Pero Woody Allen, a propósito de estos comentarios, dijo que la película dramática "Interiores" pertenece más a la tradición de Eugene O'Neill que a Ingmar Bergman. Sea cierta o no la influencia de Bergman en algunas de las películas de Allen, las diferencias entre ambos son notorias, especialmente entre el puro paralelismo que hay entre el cine norteamericano y el sueco. Además no hay que olvidar que esta es la primera película esencialmente dramática en la filmografía de Woody Allen, acostumbrado a las comedias con grandes dosis de humor.
En la película nos cuenta la crisis de una familia y desarrolla los pormenores que han llevado a esta familia a esa situación conflictiva. Pero su planeamiento es muy reservado: cada escena es vital, y el diálogo tiene la precisión de una historia corta. No hay ninguna situación efectista a menos que el efecto contribuya específicamente a la dirección del total del film.
El carácter central es la madre de la familia, Eve, interpretada por Geraldine Page, con una confrontación decisiva y angustiosa entre la confianza total en sí misma en cuanto a los problemas pasados y un comportamiento catastrofista en el presente. Ella es decoradora, y sus salas son algunos, pero no todos, de los interiores de la película. Sumamente perfeccionista, su ciencia y su arte está en conocer el sitio exacto para ubicar una lámpara, con un margen de error no superior al de no muchos centímetros.
Hay mucho dolor en esta familia que estuvo bajo tierra gran cantidad de tiempo, y también varios sentimientos de culpabilidad que se resguardan en esos interiores. Una de las hijas, logra expulsar al fin, una acusación contra su madre, quien tiene unos pensamientos de sí tan perfeccionistas, tiene una Super-Yo tan presente y agrandado, que rayan el masoquismo, acusándola de ser mezquina y sádica. El espectador concibe que la unión de la familia por tanto tiempo no fue una unión del todo sana.
Si existe un deseo común en la familia es el de haber vivido una vida propia. El padre, se defiende ante sus hijas por intentar cambiar de vida al casarse con una mujer muy ordinaria argumentando que fue él quien cargó con la responsabilidad de mantener el hogar durante gran cantidad de tiempo con una madre enferma, y ahora, a sus sesenta años, quiere formar uno nuevo y quiere optar por la vida que a él le guste.
Las hijas dicen haberse ganado también ese derecho, y de esta forma se crea un círculo vicioso, en el cual cada uno, miembro de la familia, se considera víctima de las circunstancias, culpando a los demás de ser egoísta, celoso o vengativo.
Allen asume esos temas con unas escenas  que tienen una economía muy despojada en la expresión. La escena en torno de la mesa -por ejemplo- en la cual el padre anuncia su decisión de irse, está manejada de tal forma que asume los sentimientos de cada integrante de la familia, utilizando simplemente los tonos de enojo, escepticismo o revancha. Cuando vemos involucradas a las tres hijas y su relación con sus respectivos cónyuges nos anticipa que la crisis no terminará en esta generación...
Y gracias por haberme leído nuevamente hasta aquí.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).