sábado, 8 de abril de 2017

Mi crítica de "Elle" (Cine)

Vi "Elle", la excelente y cuestionada película de Paul Verhoeven (2016) por la cual Isabel Huppert estuvo nominada al Oscar como mejor actriz. Debo decir a favor de ésto que el trabajo de la Huppert está muy bien, muy contenido, pero que es uno más de los que nos tiene acostumbrados, así como los que hizo en su atrapante asociación con Claude Chabrol al final de la carrera de éste, por poner un ejemplo, y de tantísimas otras buenas películas francesas. Pero que acá, a mi entender, por sacarse sangre en cámara, ya se merecía el Oscar... Cerrado el tema.
Y digo polémica película porque está llena de escenas fuertes en cuanto a su contenido emocional más que visual. Empieza con la de la violación de Michéle por un desconocido encapuchado, en donde ella respira agitada y entrecortadamente, en una mezcla entre padecimiento y gozo, secretamente parece haber disfrutado de esa relación. Se repone como puede, sin ir a la policía pues ella está estigmatizada como la hija de quien fuera un asesino psicópata, Georges Leblanc, quien un día entró a casa de sus vecinos cometiendo 26 horrendos crímenes y luego incendiando su casa en compañía de su hija Michéle de 10 años, quien parecía divertida. Desde 1970 y pico que el padre permanece en la cárcel y se le ha pedido una excarcelación en este momento. Michele es reconocida todavía en algún lugar donde una mujer le arroja una bandeja de comida encima. Por eso es que no quiere ni oir hablar de la policía. Esa misma noche recibe a su hijo Vincent (Jonan Bloquet) en su casa , con sus planes de futuro padre con una novia que no le conviene, lo desprecia y está con él ciertamente por el dinero de la madre, Jesie (Alice Isaaz).
Lo cierto es que Michéle viven en una gran casa con todos los lujos y muy mal protegida, con una verja que da a la calle sin traba y ventanas muy expuestas sin persianas (o que permanecen eternamente abiertas): todo se puede ver desde afuera. Trabaja en una productora de video juegos violentos y sádicos de dónde ella y su amiga Anne (Anne Consigney) son las jefas y decide sobre el futuro de esos juegos.
A la noche siguiente de la violación se encuentra a comer con su ex marido Richard (Charles Berling) y Anne y su marido Robert (Christian Beskel), a la sazón amante de Michéle. Y les comenta del ataque y la violación. Todos se escandalizan aunque no lo suficiente. Robert le comenta que ha conocido a Héléne, una bella profesora de gimnasia interesada en literatura (él es escritor-filósofo) con la cual ha entablado una relación y a la que Michéle irá a conocer. A todo esto el cuadro se completa con la madre de Michéle, Irene (Judith Magre) una vieja altiva que piensa casarse con un amante varias décadas más joven que está con ella por la plata. Y se cierra el círculo con la pareja de vecinos amables de Michéle: Patrick (Laurent Lafitte) y Rebecca (Virginie Efira). Una noche que ella vuelve tarde Patirck le dice que persiguió a un extraño que estaba merodeando la casa de ella y la acompaña al interior de cu mansión revisando que todo esté bien. Michéle tiene cierta debilidad por Patrick y es así que durante la cena de Navidad que mantienen todo el plantel juntos, ella deslice su pie por la entrepierna de él. He sido tan detallista porque dentro de todos estos nombres está la identidad del violador.
El atacante le manda mensajes intimidatorios a su celular mientras está en su empresa y un día aparece un video juego de una violación por parte de un monstruo a una mujer con la cara de Michéle, que es conocido por toda la compañía. Michéle sospecha de todos y cada uno de sus empleados y hasta le manda a uno de ellos a investigar de dónde salió el pernicioso video y le pide que la adiestre en tiro. Por su parte se compra un arsenal de gas pimienta y una pequeña hachita con filo y punta para defenderse. Las pruebas irán y vendrán sin descanso, y mientras le indica a Robert que dejarán de ser amantes observa con largavistas a su vecino mientras se masturba.
Pero resulta que Michéle es atacada por el encapuchado una segunda vez y en esta logra defenderse y clavarle unas tijeras atravesándole la mano y desenmascararlo... era quien menos sospechábamos. Pero aquí empieza la segunda gran parte de la película y es que ella decide no denunciarlo y comienza una especie de romance con él. Se ven en buenos términos, hasta comparte cenas con su hijo y todo transcurre en un ámbito de "gente civilizada". ¿Pero hasta dónde ha llegado la locura de esta mujer para ser la amante de su violador? ¿Es tal vez por la culpa que siente de haber "admitido" los aberrantes crímenes del padre, ante los cuales todavía siente escalofríos? ¿Será el antiguo adagio que dice que en la intimidad de una mujer todas desean ser violadas -cosa que no comparto-? Por lo menos Verhoeven, quien se hiciera famoso por películas como "Robocop" (1987), la polémica "Bajos Instintos" (1992), la subvalorada "Showgirls" (1995) y la espantosa "El Hombre sin Sombra" (2000), nacido en Amsterdam (Países Bajos) y a sus casi 80 años, nos mueve la estantería con respecto a lo formalmente establecido: que toda mujer violada queda con un espantoso trauma. Michéle no, y hasta tal punto que acepta ser violada nuevamente por el sujeto, sujeta a sus normas, es decir, con golpes, trompadas, patadas y humillaciones varias. Luego de eso piensa en denunciarlo a la policía. Pero se prepara para un nuevo ataque y siendo defendida por su hijo, éste lo mata.
Allí sí recurre a la policía y todo se aclara y todos felices. pero el alma de esta mujer queda desbaratada.
Película más provocadora que profunda (como se pretende dar a entender) pone sobre el tapete no obstante un viejo problema, aquel de "relájate y goza" que está en boca de todas las mujeres. Puede abrirnos interrogantes, puede hacernos pensar, pero para mí no va más allá que el extraordinario cruce de piernas de Sharon Stone en "Bajos Instintos".
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "La Chica sin Nombre" (Cine)

Acabo de ver esta extraordinaria película de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne (belgas de 60 y pico de años) y la verdad que, como todas sus obras, me dejó más interrogantes que certezas. ¿Que es lo que constituye la entidad de una persona? ¿Su nombre o sus acciones? ¿Puede una persona no haber pasado por este mundo si es enterrada sin identificación?
Repasemos la no muy extensa carrera de los Dardenne. Surgieron a la notoriedad ganando varios festivales con "Rosetta" (1999), se establecieron con "El Hijo" (2002), formaron cayo con "El Niño" (2005) y continuaron su nivel con "El Silencio de Lorna" (2008), "El Niño de la Bicicleta" (2011), la excelente "Dos Días, una Noche" (2014) y ahora arriba esta, "La Chica desconocida" (tal su título original, del 2016). Siempre con una cámara inquieta (la stedycam) que sigue a sus personajes caminando desde atrás o se mete en sus poros para registrar la menor imperfección en sus rostros para indagar a fondo la psicología del personaje, qué le pasa en cada momento y cómo vive su historia.
Acá nos encontramos con Jenny Davin (excelente Adéle Haenel), una médica joven y linda, recién recibida, que no abandonará ni un minuto la pantalla. Acá, como en toda la filmografía de los prestigiosos hermanos, el tema básico es el de la identidad, pero acá tratado de forma mucho más contundente que nunca. Es la identidad de una muerta la que no aparece, y según la médica, hasta no confirmarla no podrá descansar en paz. La historia es así. Jenny comparte consultorio de un centro de salud con Julien (Olivier Bonnau), un joven aún no recibido que pronto abandonará la medicina y se irá a hachar árboles. Una tarde congestionada de pacientes, terminan con el último cuando suena el timbre de la puerta. Deciden no abrir y se van a dormir. A la mañana siguiente llega la policía y le piden revisar su cámara de seguridad, porque la mujer que fue en busca de ayuda ha sido asesinada a unas cuadras de allí. Sólo saben de ella que es una mujer negra, africana. Desconocen el nombre y actividad de la chica, por lo que Jenny se dedica a difundir su foto desde su celular a toda persona que encuentra. Así un joven paciente de ella, Bryan titubea y parece tener algún dato. A las cansadas le confesará a la joven doctora que la vio esa noche haciéndole sexo oral a un hombre viejo en una camioneta (acá es la traducción por casa rodante). Jenny detecta el lugar y se entrevista con el hijo del hombre quien la echa despectivamente, y así llega hasta ese señor viejo, Mr. Lambert (Pierre Siumkay) que reside en un geriátrico. Le hace unas preguntas sin llegar a nada concreto cuando arriba su hijo y la despide brutalmente.
Le dan el dato de un cyber donde ella paraba y allí se dirige. Le muestra la foto a la empleada negra del lugar y a dos parroquianos, que resultan ser proxenetas y al día siguiente la amenazan en su auto y le dicen que se aparte del caso. Jenny deberá enfrentarse con todo el sistema de la prostitución, que es, en definitiva a lo que se dedicaba esta joven chica de 16 años. La policía dice haberla enterrado sin avisarle y Jenny va al cementerio para que la saquen de la fosa común y ella decide alquilarle una tumba, aunque sea una NN. En todo este tiempo, la policía descubre el nombre de la chica (falso, después comprobamos que sería otro), pero no es conveniente seguir revelando detalles aquí, para no estropear el final.
Digamos que "La Chica sin Nombre" es una muestra de cómo el cine puede ser profundo sin aburrir, aún más, tensando un relato policial y de pesquisa que se vuelve atrapante. Hay de todo en la trama, culpa, sexo, envidias, redenciones, secretos y mentiras. Los Dardenne pueden tocar cualquier tema que siempre lo van a hacer con altura, con estilo y con una manera muy particular de contar las cosas.
Y gracias por leerme hasta acá nuevamente.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

lunes, 3 de abril de 2017

Mi crítica de "Como el Culo..." (Teatro)

Ayer viví una pesadilla llamada teatro. Porque fui a ver esta obra de Henry Lewis, Jonathan Sayer y Henry Shields (¡tres cabezas para pergeñar semejante bodoque!), muy promocionada como el éxito en Londres y Broadway ahora en la Argentina. Realmente me sentí estafado en mi plata y en mi tiempo, y me extrañó porque la dirección es de Manuel González Gil que tiene mano para la comedia. Pero vamos desde el principio, la obra es un slapstick y a mí ese género me rechaza (tal vez sea yo el que estaba desubicado ya que todo el mundo se moría de la risa y hasta aplaudían algunos gags). El slapstick es casi propiedad del cine, por eso vayamos a citar a Eduardo E. Russo y su "Diccionario de Cine": "El término designa cierto implemento usado por los payasos de circo y compuesto por dos piezas planas de madera que hacen, al chocar, más sonoros sus aparatosos golpes. Cuando en una comedia la acción empieza a hacerse más veloz, se acaban las palabras y los cuerpos se aprestan a participar de una danza alocada con el objetivo de destruirse los unos a los otros (mediante bofetadas, empujones, patadas, tortas de crema, palazos o piquetes de ojos), podemos estar seguros: entramos en el territorio del slapstick. Es la forma más física -y baja, remarcan los teóricos del arte dramático- de la comedia, lo cómico primitivo, la pulsión anárquica copando el cine. Mack Sennett, promotor del caos organizado, fue en el cine mudo su primer maestro. El 'slapstick' posee un costado evidente, el caótico y aniquilador de cualquier orden pero especialmente el de las convenciones burguesas, y otro sistemático, más recóndito pero que se adivina en su coreografía  compleja, en sus efectos dominó y los dibujos que trazan sus reacciones en cadena."
Dicho esto señalemos que Laurel y Hardy, así como Los Tres Chiflados hicieron gala de este exponente, será por eso que no me gusten sus trabajos. Y esta obra que estoy tratando es puro slapstick, sus corridas, caídas, golpes, etc. así lo confirman. Y me parece que en teatro eso es un logro menor. No consiguieron sacarme ni una sola sonrisa. Me indigné porque antes de comenzar la obra había una técnica probando una de las puertas de la escenografía que no abría (Fernanda Metilli) y un operador de sonido buscando un CD perdido entre las filas (Maxi de la Cruz, el "Bichi" de los espectáculos de Valeria Lynch). Me hicieron entrar a mí también en el juego. Sabía que era una obra donde todo salía mal pero no pude imaginar que con las luces encendidas ya había comenzado la pieza.
Enseguida se presenta el director de la obra "Asesinato en la Mansión (¿?)" que pasará a representar el grupo de actores de la Universidad Municipal de Morón (¡un grupo de aficionados!) y empiezan los inconvenientes con la luz y la música, incluso juega con una espectadora de la primera fila reconociéndola como la centenaria autora de la obra y hasta la hace decir unas palabras. Empieza la obra, con un muerto sobre una chaise longue, Charlie (Gonzalo Suárez), dueño de la mansión y que celebraba ese día su compromiso con Florence (Florencia Raggi). Enseguida entran en escena el mayordomo Perkins (Marcelo de Bellis) y Thomas (Walter Quiroz). Y cuando aparece Mike (Nicolás Scarpino), hermano de la víctima, salvamos la plata, porque Scarpino es un actor que lleva la comedia en la sangre. Todavía falta que entre el Inspector (Diego Reinhold) otro actor desubicado.
Dice mi directora de teatro Elsa Orrea en su estudio, que un gag puede repetirse hasta tres veces. Más no porque pierde efecto. Acá los gags se prolongan hasta el infinito y la gente parece no cansarse. Entre puertas que no abren, repisas que se caen armando un barullo colosal, letras mal aprendidas y escritas en el interior de un saco, nieve que son papelitos arrojados por los técnicos y ascensores que se traban sucede la trama de la obra que está dentro de la otra obra. Hay un metalenguaje teatral que no es difícil de apresar, pero que hace que se pierda interés en la obra que cuenta "Asesinato en la Mansión...". Todo se sucede a gran velocidad, casi sin dejarle reflejos al espectador. Se repiten parlamentos, se adelantan otros "tratando" de causar gracia. En un momento, Florence es aplastada por la puerta que se abre sobre ella y se desmaya, son increíbles los movimientos del elenco tratando de sacarla por la ventana, completamente inerte, mientras la acción sigue en el proscenio. Enseguida será reemplazada por la técnica, que , letra en mano tratará de hacer creíble su papel. Luego, paulatinamente irá destruyéndose toda la escenografía. Lo que es impactante de este grupo de "aficionados", es el coraje que ponen en seguir remándola y acabar con su obra. Por fin consiguen salir a saludar.
La obra no es mala, sólo que es muy reiterativa con todo lo que pueda salir mal... saldrá (Ley de Murphy) y ni en los peores elencos se ha visto tanta improvisación. Las actuaciones son buenas, si bien el único que compone un personaje es Scarpino, como un actor que recita sus partes con la impostación digna de un principiante. Florencia Raggi también sale airosa con su seductora Florence que vive un romance con Mike, hermano del muerto (que después resulta no estar tan muerto). Marcelo de Bellis... qué quieren que les diga, nunca me gustó este tipo, pero tiene que llevar plata a la casa así que déjenlo actuar. Los demás están correctos, tratando de hacer reír sin saber cómo hacerlo realmente. Se nota la falta de gracia en aquellos cuyos papeles daban para algo cómico.
En definitiva, que parece que no la estoy pegando este año con los espectáculos que elijo, entre la falta de espectadores y la falta de calidad del teatro que se presenta estamos en el horno. Espero que repunte un poco con cuatro o cinco obras que me faltan ver. Es decir, que anoche la pasé fatal, aburridísimo y con ganas de escaparme del teatro. Muchachos, pónganse las pilas y hagan algo bueno...
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

viernes, 31 de marzo de 2017

Mi crítica de "Florence Forrest Jenkings" (Cine)

Llevada al cine por el talentoso Stephen Frears, la apasionante vida y obra de Florence Forrest Jenkings ya había sido material de una obra de teatro ("Souvenir", que en nuestro ámbito hiciera Karina K, extraordinariamente), con la que se cruza en más de una oportunidad., aunque tienen diferente autoría. Si bien la pieza teatral se apoya un poco más en las arias y fue escrita por Stephen Temperly, la obra cinematográfica juega con el grotesco y está firmada por Nicholas Martin. Florence Forrest Jenkings existió realmente y vivió de 1868 a 1944, muriendo a la edad de 76 años y fue considerada la peor cantante de ópera (y de todo lo que cantara) de la historia.
Pero plantéemonos, ¿qué era lo que movía a su público a seguirla? ¿Compasión? ¿Piedad? ¿Extrañeza? ¿Curiosidad? ¿Morbosidad? Nunca llegaremos a saberlo, pero tenía un séquito de admiradores que la seguían a todos lados y soportaban estoicamente sus agudos y desafinaciones terribles. Cantaba para públicos moderados, pero cuando alquiló el Carnegiee Hall con sus 3.000 localidades dando 1.000 invitaciones para los soldados, se planteó la gran duda, ¿cómo reaccionará el público masivamente? Y lo que primero la recibió fue un arsenal de risotadas proviniendo de los soldados, que al final de la velada se convirtió en una ola de aplausos. ¿Qué enigma, qué extraño magnetismo tenía esta mujer de 76 años para convertir cada desastre en un éxito?
La película puede considerarse, no una comedia, sino más bien un grotesco, difícil de dirigir (y de digerir) ya que el personaje juega con el patetismo todo el tiempo. Meryl Streep es una actriz enorme y sale adelante con este difícil rol que la llevo a su 20° nominación para el Oscar, rompiendo tímpanos con su voz gastada y desentonada de soprano errante. Hugh Grant, en el papel de su marido, St Claire Bayfield también sale airoso, en ese papel que ya ha cultivado otras veces de aristócrata chanta, aquí preservando a su amada de toda mofa y mala crítica que se le pudiera hacer. También sobresalen Simon Helberg como Cosmé McMoon, el pianista que se sube a ese barco sin rumbo que es acompañar a la estrella patética con su inquebrantable fidelidad. Y Bayfield está casado a su vez con Kathleen (Rebecca Ferguson) con quien realmente disfruta de pasarlo bien juntos. Florence, con esa torta mal puesta que le han dado por peluca, oculta una pelada y una gravedad por haber padecido de sífilis contagiada por su primer marido la noche de bodas (el sr. Jenkings) y trayéndole incontables padecimientos. Lucha contra sí misma, porque cada recital que da mina su salud, y el médico le aconseja reducir los esfuerzos. Pero ella ha nacido para la música (de joven fue pianista también) y con ese áurea de ingenuidad de torre de cristal que tienen algunos artistas, sigue para adelante alterando oídos.
Pero esta obra sería una comedia si no existiera esa posibilidad de desbarrancarlo todo si alguien le dijera que en realidad canta mal. Hay un código de silencio que no está permitido romper, y todos sus seguidores lo saben, menos los soldados que se ríen a voz en cuello cuando ella lanza sus gritos. Cuando canta en el Carnegiee Hall, el cronista del New York Post se retira antes de terminar la función, y así como otros diarios la alaban, éste le ha escrito una crítica lapidante. Es por eso que su marido se despierta bien temprano y compra todos los ejemplares de New York Post que hay en todos los kioscos a la redonda para tirarlos a la basura. Aunque ella lea uno y todo precipite su muerte: la sentencia de que es una pésima cantante. Incluso esa tarde, cuando interrumpe su té con amigas para ir hasta el baño, un par de muchachos la felicitan por su talento cómico y le dicen que nunca se habían reído tanto en una función. Eso es lo primero que amenaza con sacarla de su eje. El problema es que para ella, dentro de su cabeza, canta bien. Esto está expuesto en el momento de su muerte cuando canta una canción, vestida de ángel, a la perfección, para su amado. ¿Cuál es la distancia entre el "freak" y el perfecto nos quiere plantear esta película? Así como se hace motivo de culto a las películas berretas de clase b, el público ovaciona y sigue a esta cantante. Pero, ¿en realidad la escuchan? ¿o están enamorados del mito? Sólo una voz se atreve a levantarse para decirle "che mina, sos una vergüenza".
El papel de Hugh Grant es el de ese actor frustrado que cuida y promociona a su estrella más allá de los límites de la cordura, hasta la lleva a grabar un disco, que sus seguidores reciben como regalo de navidad y que la radio transmite difundiendo a "la gran cantante". Él se desvive por su esposa, si bien lo de ellos es un amor platónico, nunca tuvieron sexo, debido a la enfermedad de ella, y cuando ella se duerme, él parte hacia su otro domicilio conyugal. Parece que ella conoce este juego y lo acepta. El rol del pianista es otro bicho extraño que ronda por ahí. Feo, bajito, enjuto aunque joven trabajaba tocando el piano en bares por monedas, hasta que se ve catapultado a la fama con Florence, para quien hace una audición, quedando él. Aunque a la salida de la primera audición no pueda contener la risa en el ascensor lleno de gente y sea tomado por loco. Pero él decide seguir el juego. Juego siniestro sin embargo, porque no se podía creer que esa muralla que se impone entre Florence y la realidad no fuese nunca franqueada. Ella en un momento le pregunta a su marido: "¿todo este tiempo se han estado riéndose de mí?" Y eso es lo más patético del caso, saber que uno es atracción de circo cuando cinco minutos antes se creyó Messi. Así transcurre esta maravillosa película de Stephen Frears, quien supo hacer películas magistrales como "Relaciones peligrosas", "Mary Reilly" o "Philomena". Un director para tener en cuenta.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 25 de marzo de 2017

Mi crítica de "La Momia" (Teatro)

Fui ayer a ver "La Momia" porque baja de cartel mañana y tenía en el tintero ir a verla. No me gustó. Más allá del diseño de producción, de la iluminación, el vestuario, la música (prestada) y los trucos de magia, la forma de contarla, los chistes y la mayoría de las acciones me parecieron vulgares, bajas y procaces. Y no es que uno sea un viejo beato ni se asuste por una puteada, pero así como me encantó "Todas las Rayuelas", que tenía más malas palabras que esta, "La Momia" me pareció de bajo vuelo poético y creativo.
Las actuaciones están muy bien y no las reprocho, empezando por Romina Gaetani (Margaret, la heroína de la historia), que nunca fue santo de mi devoción pero debo confesar que acá está muy bien, con su peluca rubia y sus chillidos y tonos justos y variados, con un muy buen desplazamiento escénico y secundada por quien hace de su padre, ese gran actor que es Alberto Fernández De Rosa (Maurice Trelawny) desplegándose en varios papeles, desempeñándose muy bien en todos (el cuidador del museo y uno de los caballos). Seguimos por Adrián Navarro (Sosra, el sacerdote egipcio condenado a vivir por 5.000 años) en un papel siniestro, muy bien maquillado y luciendo pelada y barba, maneja bien los tonos de lo terrorífico y lo cómico. Fabián Mazzei (Malcom Ross) ese abogado inglés, algo estirado, un poquito gay, de acento muy cómico y muy logrado que será el eterno pretendiente de Margaret. Mariano Torre se destaca en el audaz y aventurero Basil Corbeck, otro que disputa a Margaret, y que se luce también en el ama de llaves, esa mujer petisita (que lo obliga a actuar en cuclillas y con pasito corto y rápido), con bigotes y nariz a lo Groucho Marx, es lo más logrado en efecto cómico de toda la obra. Y dejo para el final al dudoso Daniel Campomenosi (el Inspector Doolan) de una comicidad barata y poco efectiva.
Para los inquietos, les digo de entrada que momia, lo que se dice momia, no se ve ninguna, sólo por cinco segundos la momia de la reina Tera, a quien se busca para devolverle la mano con siete dedos y anillo con la maldición que le ha llegado por correo a Mr. Trelawny y por la cual su mano ha sufrido un corte casi total, si no hubiese quedado unida por un tendón. La obra busca combinar humor y terror, como lo hicieran en su momento "Los 39 escalones" y "La dama de negro", ambas protagonizadas por Fabián Gianola y Nicolás Scarpino, con mucha mejor suerte que esta. Y es que en "La Momia", el terror no es tal. Y la comicidad tampoco. Tiene un humor muy básico por momentos y muy escatológico en otros. Y no es que me asuste de nada, vuelvo a decir, pero me parece de muy mal gusto ver a la ama de llaves regocijándose con los deshechos de una escupidera y planeando hacer un pastel con todo eso. O cuando Mr. Trelawny exclama: "Quisiera ver ese anillo" y Basil Corbeck diga: "Ya lo estoy viendo, y es una preciosura", mirándole el traste en primerísimo primer plano a Romina Gaetani (que no está para desaprovecharlo tampoco, dicho sea de paso). Hay errores garrafales en el uso del lenguaje, como repetir no sólo una, sino cuatro veces: "Voy de Margaret" o "si yo tendría que..." (cuando todos sabemos que es "Si yo voy a lo de Margaret" y "Si yo tuviera (o tuviese) que..."), errores que no sólo pueden achacársele a la traducción de Pablo Rey sino también a la dirección de Alejandro Lavallén y al elenco todo, donde parece que nadie sabe hablar castellano.
La ambientación está muy bien y utiliza todo el ancho del escenario del Metropólitan para explayarse, tanto en la residencia de los Trelawny como en la tumba egipcia, con elevada profusión de utilería y un buen uso de las sombras chinescas, así como de los trucos de magia (cuando el ama de llaves se empeña en vomitar escarabajos, uno tras otro, saliendo de su boca, o como cuando  Sosra le arranca los ojos a Basil).
La obra pertenece al desconocido (al menos para mí) Jack Milner y está basada en la novela "La joya de las siete estrellas", de Bram Stocker (el autor de "Drácula") y adaptada con "humor" al teatro. El argumento nos refiere a una maldición del antiguo Egipto, tierra de faraones, que se agita de nuevo en la vida. Un abogado respetable,una bella heredera y su padre, un egiptólogo, un hombre de 5.000 años en busca de un antiguo amor y la tumba de la reina Tera serán los andamiajes de esta historia que transcurre entre el sopor, el aburrimiento y alguna que otra sorpresa interpretativa. La mano con siete dedos de la reina Tera ha sido remitida a Mr. Trelawny y siendo posteriormente robada, éste deberá viajar a Egipto con toda su compañía para tratar de recuperar la mano y devolvérsela a la reina para revivirla y tratar de sustraerla a la maldición de la Momia que se encauza en la palabra "Hasnama". También intervienen un torpe inspector no sacado precisamente de Poe ni de Connan Doyle, un aventurero que baila danzas exóticas y un atildado abogado enamorado de Margaret, quien le ha dado su amor a los dos hombres. Con la vuelta a la vida de la reina, el espíritu de esta ocupa el cuerpo de Margaret y llega a tener un buen encuentro sexual con Sosra (que la esperó 5.000, no cualquiera...), devolviéndole después el cuerpo a su legítima dueña.
Para favor de la obra y de los actores, debo decir que, como en sus predecesoras obras de terror-cómicas, cada uno de los intérpretes actúa varios papeles, con igual solvencia, papeles menores, pero que exigen otra caracterización y otro lenguaje diferente, lo que habla de un buen montaje escénico. El director Lavallén hace lo que puede con este texto, dotándolo de cuanto de brillo puede sacarle y extrayendo en los pequeños detalles su cuota de buena voluntad. Más no se pudo. Bueno, que no tengo un año con suerte en el teatro, me vuelvo mufado de ver estos espectáculos, salvo honradísimas excepciones que ya hice notar acá. Me parece que es un mal año para el teatro, por lo que vamos viendo...
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 23 de marzo de 2017

Mi crítica de "Pieza Plástica" (Teatro)


De nuevo Teatrix nos sorprende, esta vez con el estreno de una obra vanguardista de Marius von    
 Mayenbruy, tipo de teatro que no es de mi agrado y por lo tanto me va a resultar difícil (por qué no, imposible) una crítica. El teatro de la vanguardia tiene un lenguaje y reglas particulares que no comparte con ningún otro, ni costumbrista ni naturalista, así que lo primero que hay que hacer, pagar el peaje que nos permita al acceso de esa forma de comunicación. No es difícil cuando se ve una sola obra y de estas características. Creo que lo primero que hay que hacer es registrar qué sensaciones despierta en el espectador (así como la pintura vanguardista y el arte en general). A mí me disparó una profunda angustia, hasta el punto que tuve que ver la obra con una interrupción de por medio.
Los personajes son cinco: el matrimonio formado  por Ulrike (Brenda Gandini) y Michael (Joaquín Berthold), médico él, artista ella, con un hijo que está en el borde de la pubertad-adolescencia: Vincent (Santiago Magariños), un tanto "freak". Completa el elenco la empleada doméstica de la familia, Jessica (Shumi Gauto) y un artista comunista que quiere revolucionar al mundo y al arte, Serge Haulupa (Julián Calviño). Debo decir que la eficientísima y arriesgada dirección corrió por cuenta de Luciano Cáceres.
La escenografía es una pared blanca con cinco puertas por las que van a salir los cinco personajes a su tiempo y que se abren y se cierran con una velocidad pasmosa. Todas las intervenciones son muy rápidas, así como el lenguaje que se habla, un lenguaje un poco extraño, tal vez queriendo remedar el de las regiones centrales de Europa y en el caso de la empleada con un fuerte aire latinoamericano, que podría ir desde lo boliviano a lo colombiano. En un sexto espacio de la escenografía se proyectan todo el tiempo videos, ya sea un pez dentro de una pecera, ya sea tomas de la "realidad" de lo que está pasando en escena.
El matrimonio de Michael y Ulrike no podemos decir que sea calmo, más bien todo lo contrario, se la pasan discutiendo por pequeñeces y de allí pasan a la cachetada abierta en un instante... y son muchas las cachetadas que se pegan. Todos los personajes están trabajados con algún modo de expresividad personal y tienen características que los diferencian los unos de los otros notablemente. Hay cierta ingenuidad en Michael, casi rayana con la estupidez, al principio, y una desmedida cuota de ferocidad que bien puede convertirse en amor de un momento al otro en Brenda Gandini. Vincent registra todo con su cámara filmadora, y son esos los videos que vemos proyectados en la pared, y tiene una cierta ambigüedad que se desatará al final cuando aparezca travestido. Jessica, callada, que "no piensa en horas de trabajo", tiene dos trencitas sobre la cabeza, muy particulares y habla con el giro idiomático antes enunciado. La explosividad de Serge Haulupa es total y está todo el tiempo al borde de la sobreactuación, marcado así por el director. Es un tipo narcisista y egocéntrico que piensa que el arte nació con él y que todo en el arte tiene que ser subversión de los códigos.
Se trata muy mal durante todo el tiempo a la empleada Jessica por parte de Ulrike, ya sea por su olor hediondo, lo que la hace llegar antes al trabajo para darse un baño, o recibir de regalo una bolsa con ropa para los pobres. Michael también la utilizará, cuando, excitado por el vestidito que le han hecho poner, la "apoye" y tenga un orgasmo frotándose contra ella. La venganza llegará al final por propia mano de cocinera de Jessica. Los movimientos entre la pareja principal parecen sacados de los payasos circenses, unidos de los brazos para propinarse cachetadas, o bien llegando a derribar al otro al piso con una complicada maniobra e insultarlo con muchísima furia. Hay un componente de amor-odio entre los dos, casi podríamos decir que tienen una relación amorroidal...
Michael es designado "Médico sin fronteras" y enviado al África por una comunicación que debe aceptar o rechazar, por supuesto, por un miedo total a contraer alguna enfermedad, la rechazará. Frente al desasosiego de su esposa, que, al ser secretaria de Serge se ha convertido en uno de sus tantos objetos sexuales, ya que él no puede trabajar con ninguna mujer que no lo atraiga sexualmente y a la cual no pueda poseer. Esa es su concepción del hecho artístico. Para él un hecho artístico significa Jessica recogiendo comida del piso que Michael le ha tirado a Serge con indudable bronca. Esa limpieza ya vale como expresión de la cultura. O fabricar un instrumento que arroje latitas al vacío. Digo que la decisión de Michael de no ir al África decepciona mucho a Ulrike quien quiere seguir disfrutando abiertamente del sexo con su empleador. El "comunismo" de Serge le hace decir cosas como estas: "¿tu mujer? ¿y desde cuando es tuya? ella se pertenece a ella, vos no tenés por qué obedecerla".
El clima de la obra, como dijimos anteriormente es sumamente ligero y hasta alocado. Las puertas no cesan de abrirse y cerrarse sin confundirse jamás. Hay un aceitado mecanismo de relojería que impera en todo el juego escénico que funciona a la perfección. Los intérpretes están muy bien preparados para decir parrafadas largas sin respirar y sin saltearse ni una coma, es todo un gran trabajo el que han elaborado entre los cinco y el director. Se puede amar u odiar a esos personajes que muestran todo el tiempo más bien su lado oscuro y más personal. Habría muchas cosas para señalar pero por la rapidez con que son dichas es imposible de retenerlas todas.
Una obra diferente para experimentar en un lenguaje que no siempre nos resulta amigable ni abierto a la comprensión. Pero es un buen intento.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

Mi crítica de "Todas las Rayuelas" (Teatro)

Shakespeare dijo cierta vez que "la vida no deja de ser un drama porque alguien ría ni deja de ser una comedia porque alguien muera". De eso se trata "Todas las Rayuelas", de contar un tema trágico de nuestro pasado próximo, pero mediante el humor. Podemos decir que hay un 75 % de humor y un 25 % de drama en la obra. Y el humor tampoco parte de lo cómico, sino generalmente de procesos dramáticos, así como el drama no está tan acentuado tampoco. Toca una vez más el tema de los desaparecidos durante la dictadura del 76 y del exilio, pero lo hace tangencialmente, sin golpes bajos ni la moralina a la que nos tienen acostumbrados tantas obras, películas y documentales, y lo hace descontracturado, como una de las desgracias más de la vida. Carlos la Casa, su autor, es un joven dramaturgo que ganó el concurso Contar 3 con el que varios empresarios teatrales premian una obra inédita de jóvenes autores argentinos para exponer en la avenida Corrientes, así como hace dos temporadas ganara "Bajo terapia". A esta no le fue tan bien ya que el domingo baja de cartel. Y es una lástima porque merecía mejor destino.
Yo fui a verla en un día malo para el teatro: el día del paro y marcha de los docentes en Plaza de Mayo, por lo cual el teatro estaba semivacío. Cuando yo fui a sacar mi Ticket a Diagonal Norte y Cerrito todavía se escuchaban a los presuntos maestros con sus bombos y sus pifilcas, sus zampoñas y sus trutrucas... Y digo que es una pena que el teatro estuviese ocupado en un 15 % de la sala porque es una obra valiosa que merecía mejor suerte.
La obra nos habla de los vínculos y qué hacemos o qué nos pasa con ellos. Habla de un vínculo muy fuerte como fue el de Lisandro (Hugo Arana) y su esposa Sandra (desaparecida) con quien tuvieron una hija, Carolina (Heidi Fauth) con quien regresa a reencontrarse con ella su padre después de 30 años de vida en Holanda y España. No le es fácil entrar a su amado país, porque es detenido en la aduana por "portación de libros". Sí, en su valija sólo lleva innumerables ejemplares de "Rayuela", de Cortázar. No explicaré en esta nota el sentido de esos libros ya que es el misterio del argumento. Una obra de teatro tiene que "contar", y esta excelente obra realmente cuenta. Y mucho. No bien llega al aeropuerto, Lisandro (nombre emblemático que remite enseguida a De la Torre), anciano escritor es detenido y puesto en custodia de Alberto (Daniel Dibiase), un policía aéreo que enseguida le deja su puesto a Gabriel (Esteban Meloni) ya que él tiene que viajar a ver unos terrenos que compró en la costa y dónde piensa edificar con la esposa arquitecta de Gaby, Fernanda (la siempre excelente Paula Ransenberg, a quien elogié en "Nerium Park"). Solos, Lisandro con Gaby, éste le propone darle 3.500 euros si lo saca de allí, lo lleva a su casa ya que no tiene dónde ir y lo ayuda a encontrar a su hija, de quien no tiene ningún dato. El insobornable policía aéreo es pronto corrompido y por la plata hace todo lo que Lisandro le pide. Se lo lleva a su casa, donde Fernanda está por partir un fin de semana a un simposio entre arquitectos y le cae muy mal la visita del viejo. Gaby empieza a buscar el paradero de Carolina con el falso dato de que hace dos años partió como mochilera hacia Bolivia y ahí se perdió su rastro. Entre tanto quieren encarcelar a Lisandro por haber robado en España, y Alberto le da 48 hs. para entregarlo a la embajada. Lo cierto es que Gabriel ya ha dado con Carolina, sólo que ella no quiere ver a su padre. Ella es pintora y enseña en escuelas. No quiere verlo por el hecho de que él la haya abandonado siendo chica, dejándola a cargo de una tía y hubiese huído a Holanda. Carolina tiene un novio al que ve poco y nada porque se la pasa dejándola (ahora está volando hacia París).
Lisandro no cree en la hipótesis de que se haya difuminado en Bolivia y le pide a Gaby que siga buscándola. Este acepte, viendo si la puede convencer de ver a su padre. Lisandro desconfía que la relación entre Gaby y Fernanda sea tan buena y le mete la duda sobre el fin de semana de simposio. La escena cuando se fuman un porro, a instancias del viejo, que le hace probar por primera vez a Gaby, es desopilante. Para él también era su primer porro, no quería morirse sin saber cómo te pega la marihuana. Terminan los dos tirados por el piso hablando estupideces. Hay entre escena y escena una muy bien montada proyección en las paredes de imágenes que remontan a Lisandro, una mujer e infinidad de libros "Rayuela" cayendo por todas partes.
A la vuelta de Fernanda (quien no traga al viejo) éste le cuenta que se fumaron un porro con su marido. Ella se enoja de cómo hicieron eso, y él le contesta que los sacó de la bolsita que guardaba ella en el armario. Donde también encontró otra cosa... debajo del doble fondo de un cajón. Ella enmudece y habla de unas fotos desnuda que se sacó con Alberto, su amante y jefe de Gaby. Luego de eso a Lisandro le da un infarto y Fernanda lo lleva a internar y lo deja. Llama a Gaby y él justamente está tratando de convencer a la inalterable Carolina de que vea a su padre. A la noche, en un confuso episodio (Fernanda cree que Lisandro le ha contado a su esposo lo de su amante), Fernanda acepta todo delante de Gabriel y le dice que se va a ir a vivir con Alberto. Él, que no sabía nada se ve profundamente perturbado. Entratanto cuida a Lisandro en el hospital y empieza a leer "Rayuela". Se presenta Carolina en la sala de internación y se produce el reencuentro con el padre, primero de modo muy tímido hasta que irá aflojando la bronca.
Lo que sigue son datos que no conviene revelar aquí, sobre cómo conoció Lisandro a Sandra, cómo nació Carolina, cómo leían juntos "Rayuela" y cómo se la llevaron a ella una noche.
La obra es sumamente conmovedora y hasta a mí me arrancó alguna lágrima. Debo decir que había muchos pañuelos y muchas lágrimas en el público que desocupaba el teatro. Porque es una obra que habla del amor, de lo perdido, del destino, de lo inexorable, lo que nunca recuperaremos, y finalmente, de una despedida, de la muerte.
La labor de Hugo Arana es encomiable tanto como la del resto del elenco, subrayando la de la maravillosa Paula Ransenberg. La dirección de Andrés Bazzalo es interesante y sensible (que no sensiblera) y da en el clavo en más de una oportunidad. Es una obra para recomendar, y como baja de cartel el domingo les imploro que se apuren a verla, ya que es sumamente emotiva.
Esperemos que el concurso Contar nos siga entregando obras como esta (ya que rechazaron cuatro mías) y siga engalanando la avenida Corrientes con autores nacionales.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).