lunes, 6 de marzo de 2017

Mi crítica de "El Hilo Rojo" (Cine)

La película choronga del año. Disculpen que robé el término a los críticos de "El Amante/Cine" pero es que me iba justo para calificar este film, ya que definen (ellos) como película "choronga" a aquella que pretende explicar todo el funcionamiento del mundo y apenas pueden contar una historia endeble. Y lo que es más. Aburrida. El hilo rojo del título hace referencia a una vieja tradición que dice que aquellos que están predestinados a amarse por siempre volverán a encontrarse aunque el azar trate de separarlos (que no el destino). Y acá la cosa no termina bien. porque justo a punto de escaparse juntos, ella decide volver con su marido. Lo que funcionaba en una gran película como "Los Puentes de Madison", acá parece una estudiantina. Y les quiero decir que, para mi mal, no es verdad lo del hilo rojo...
Pero para algo sirvió la película y fue para consolidar la pareja de Eugenia "la China" Suárez y Benjamín Vicuña (hasta el día de hoy, no me hago responsable por lo que pase mañana). La ligó Vicuña, que acá se la da de macho recio, de galán experimentado (que le tiene miedo a los aviones y tiene que tomar dos somníferos antes de volar), se llevó el premio mayor que es la preciosa "China" Suárez.
La chispa del amor "adolescente", que no pasa de una atracción, un metejón puede consolidarse en el tiempo como "un amor más allá de todas las barreras". Ellos se conocen de muy jóvenes (ella tiene 23, él otros tantos) en un vuelo del que ella es la azafata y él el miedoso galán maduro. Se miran, se sonríen, se gustan y a los 13 minutos del film ya se están chuponeando aspaventosamente en la cabina de azafatas. El azar (ese temible enemigo de la seguridad) los separará a la bajada del vuelo, donde planeaban encontrarse.
Siete años más tarde, la vida los presenta casados, cada uno por su lado y con hijos. Ella, Abril Saguier está junto a un astro de rock, Reilly (Bruno para los íntimos, el actor Hugo Silva) con un hijo de dos años. Él, Manuel Cáceres, enólogo de prestigio, está casado con Laura (Guillermina Valdéz, la mujer de Tinelli, con su horrible cara de boca colagenada y mucho colágeno más), una exitosa fotógrafa de tapas de discos de rock, entre otras muchas opciones, con una hija, Rita, de cinco años. Quiere el Destino (ahora sí entra en juego) que la pareja central viaje a Cartagena de Indias juntos (ella como azafata, él a promocionar sus vinos), y allí se encuentren, y se digan que se han buscado dos años sin saber nada el uno del otro y que ahora los dos hicieron su vida. Hay que soportar los histeriqueos de Abril frente a los avances de Manuel para verlos en una fiesta colombiana en el hotel charlando (e histeriqueando) hasta por fin besarse nuevamente. Luego de muchas idas y venidas, la pareja saldrá a recorrer la ciudad al día siguiente.
Hago un alto. Es notable el grado de locura de la sociedad actual ya que tres de sus cuatro protagonistas están llenos de tatuajes, los de Abril ya los había reconocido él en el avión primerizo, y uno que tiene el la cadera, que dice Makluf (algo así como "lo escrito, escrito está", le sirve a él para ponerle el nombre a su bodega. Que el astro de rock esté todo tatuado no sorprende, pero que las dos mujeres (y son de verdad) luzcan múltiples simbolitos, escritos o nombres en su piel hace pensar un poco, ¿no? Bueno, retomo, salen a caminar por la ciudad de Cartagena (de la que se ve muy poco, siempre es la belleza de ambos protagonistas lo que se quiere resaltar en pantalla) hasta que los agarra la lluvia, y en unas escenas de estética de comerciales los vemos besarse bajo la lluvia y finalmente, hacer el amor de parados, con toda la furia, bajo un puentecito. Esto los lleva a la habitación del hotel, donde siguen fornicando como conejos y ella le plantea: "si siguiéramos un día más así o dejáramos todo para dentro de un año darnos la oportunidad de empezar una vida juntos ¿qué elegirías?". Parece muy simple la respuesta pero él le dice que no sabe, y justo en ese momento lo llama la esposa. Abril los oye hablar, muy románticamente y le dice que quiere terminar todo ya porque en realidad no se conocen. ¿Qué sabe él de ella y ella de él? Bastante a mi entender, como para continuar con la relación. Lo que a ella le molesta es que le moleste que él tenga una vida. ¿Y ella qué? Lo que hay que reconocerle a la "China" es que es muy buena actriz y que llorar le sale bárbaro, porque se despacha con todo. Se separan.
43 días más tarde el Destino (¿o el Azar?) volverá a reunirlos, esta vez con cónyuges incluidos. Porque Laura está fotografiando la tapa de un disco de rock con los astros y sus esposas... Y allí está Reilly y Abril, y llega al estudio subrepticiamente Manuel. Cuando se ven se producen relámpagos, truenos y tormentas. Y obvio que de ahí se van a seguir fifando. Debo aclarar que la casa nueva de Manuel y su esposa en San Isidro está inmaculada, parece sin uso, como salida de una revista de decoración, puro uso efectista de la escenografía.
Ahora deciden blanquear la situación, y si bien cuando Manuel vuelve al estudio de fotos, Laura le muestra una serie de fotografías que les ha tomado a él y a Abril charlando muy románticamente durante la sesión, y él reconoce que está enamorado; cuando Abril llega a su casa llorando a mares le dice a su esposo que le han robado, para luego decir la única mala palabra de todo el film: "Me cogió un tipo". Y le dice que se va.
Es de noche, llueve a cántaros y por el celular Abril y Manuel se escriben y quedan dónde encontrarse. Hasta allí llega Manuel, esperándola bajo la lluvia, como bien corresponde a película comercial. Abril llega en un remise, lo ve y le escribe "Hoy no puedo" y le dice al remisero que vuelvan. Chan chan. Ahí terminó la historia de este amor como no hay otro igual, que me hizo comprender todo el bien, todo el mal... ¿Tanto escenografía kitsch para nada? ¿Ni una buena Almodóvar? Los diálogos son totalmente desatinados, las acciones, histéricas e impulsivas, la historia, aburrida por todos sus momentos muertos y para lucimiento del cuerpo de la "China". ¿Hacía falta hacerme perder una hora y media de mi vida en esto? Las actuaciones son pasables, pero la dirección de Daniela Goggi (que ya había dirigido a la "China" en "Abzurdah") faltó a la cita, o bien se perdió entre tanto beso y piel desnuda (para al final no mostrar nada). No recomiendo "El Hilo Rojo", la gran película "choronga" del año.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 4 de marzo de 2017

Mi crítica de "Kóblic" (Cine)

Vi el opus 2016 de Sebastián Borensztein y debo decir, que más allá de unas cuantas críticas malditas, es una excelentísima película. Como siempre, Borensztein consigue sacar el no-Darín en sus películas y hacerlo crear un personaje, que en este caso tiene pasado, presente y futuro, tiene una historia, bhá, y está muy bien construido desde el punto de vista puramente actoral. Pero esta vez el festival empieza con la actuación-Oscar Martínez. El Pedro Belárdez que compone, el comisario del pueblito de Colonia Elena está para todos los Oscars. Verlo a Oscar Martínez en plan hijo-de-re-mil-putas-maldito es puro goce. Bien decía Hitchcock que para que una película fuera buena había que tener al mejor de los villanos. Cada segundo que está en pantalla se agradece, con su peluquín, bigote, cara mal afeitada y dientes postizos y matando a un perro porque le ladra, es una verdadera fiesta.
El inicio de la película anuncia que durante la dictadura militar una práctica constante eran los "vuelos de la muerte". Y justamente el film empieza con Darín (Tomás Kóblic) aprestándose para comandar uno de esos vuelos. Pero no se asusten, no hay más que eso. Sólo algunos segundos de flashbacks en toda la película, pero de lo que trata el film en sí es de una historia de amor, celos, venganza y muerte. Kóblic llega a Colonia Elena huyendo de su pasado como militar de la dictadura, en plena época idem. Llega para buscar refugio en lo de un amigo, Alberto, que se dedica también a los aviones, para colaborar con él y de paso "borrarse" del panorama castrense. Enseguida es bien acogido por su amigo y le da como tarea fumigar unos campos a bordo de una avioneta. Les recuerdo que Borenstein es un apasionado de los aviones, incluso pilotea él mismo, es por eso que conoce tan bien este mundo y trata de meterlo en todas sus películas. Pero pronto la avioneta empieza a fallar y tiene que hacer un descenso apurado en medio de la ruta. Allí casi atropella al comisario, que como dije es un ser sucio y despreciable (en el doble sentido de las palabras), que conoce por su amigo que es un cuatrero y le ha robado todo su ganado. Enseguida se presentan y Belárdez lo acerca con su auto hasta la comisaría. Pero pronto, por una llamada que Kóblic hace a Buenos Aires, llega hasta los oídos del comisario que aquel es militar, lo que lo inquieta bastante y lo manda a investigar, por las dudas que le quiera mover el piso.
Pero acá empieza la historia de amor. Kóblic va a buscar una garrafa a la estación de servicio y le dicen que se paga adentro. Adentro, la vendedora es la encantadora Nancy (Inma Cuesta) (presten atención, directores, porque es un rostro muy cotizado para el cine argentino, es realmente hermosa y acá está muy seductora). La atracción ocurre en un instante, y como Tomás no tiene cambio chico ella le dice que se la debe. Cuando se encuentren por la calle, más adelante, él se la paga. Él vuelve al negocio con cualquier pretexto y ya allí se besan. De eso a la cama hay un sólo paso. La diferencia con otros hombres, que ella no ha conocido, es que por primera vez alguien se interesa por sus intereses, por lo que ella piensa y quiere conocer de ella, mientras que él quiere ocultar todo su pasado. A la noche de haberse acostado con él, ella está en su cama matrimonial y vuelve su concubino, un gordo desagradable y prepotente que lo primero que hace es manosearla y reclamarle sexo. Ella se niega, encerrándose en el baño, pero el gordo tira la puerta abajo y la faja. Al día siguiente será más intenso su encuentro con Kóblic.
Omar Olivera Montes (el gordo) sospecha de que ella lo está engañando, y va a decírselo al comisario, quien no sabe qué pensar. Ella lleva el mismo apellido que su concubino porque además de gordo y desagradable... es su tío. El comisario empieza a recelar de Kóblic y se lo nombra como principal sospechoso. Omar, enloquecido, sale a matarlo. Se enfrentan en el hangar de Alberto y cuando lo va a matar suena un disparo por detrás y el gordo cae muerto. Ha sido Luisito, empleado de don Alberto que ha visto la situación. Ahí Kóblic toma el arma y le dice que se olvide de lo que hizo, que toda la responsabilidad es de él. Por la noche lo lleva hasta un sitio apartado, hace un pozo y lo entierra, dejando su auto en la puerta de un supermercado. Esta desaparición llega enseguida a oídos de Belárdez y llama a un abogado para que Nancy haga su denuncia. Ésta, de mala gana, la hace. Alberto le dice a Tomás que huya a Mendoza, que allí tiene contactos que podrán ayudarlo. En una confusa escena lo vemos subir a un micro y acomodarse en él, para qué, si después sigue en el pueblo. Hacen el amor con Nancy, de apurados, parados en la camioneta de Alberto y Kóblic le dice que se tiene que ir. Ella le pide que la lleve con él. Éste le dice que cuando las cosas se aquieten volverá a buscarla. Ella llora un poquito y se va.
Entretanto Belárdez asesina a Alberto por no querer darle datos sobre Kóblic, éste descubre el cadáver, tirado en el extremo del campo y todo el pueblo asiste a su entierro. Ah, una escena conmovedora es cuando Tomás sube a Nancy a una avioneta y la hace recorrer los campos desde el cielo, con gran cantidad de aves rosadas que vuelan allí abajo, copiada sin duda de la escena del vuelo en "África Mía" donde Dennis (Robert Redford) la invita a Karen (Meryl Streep) a recorrer los lagos en su avioneta mientras allá abajo pasan millares de flamencos volando. Claro, acá se hizo con un poquito menos de plata, pero el mensaje se entiende igual. ¿Se entiende?
Un viejo camarada militar se le presenta a Kóblic y le dice que no deje perder su carrera por un error, que al día siguiente lo quiere ver vestido de militar y volver a presentarse a las fuerzas. Y al día siguiente se viste de militar sólo para... ir a pegarle un tiro en la frente a Belárdez, por la muerte de su amigo. Luego quema el traje. Tiene un incidente con tres miembros de las "fuerzas" que van a matarlo, pero él se les adelanta y los rocía con plaguicida y los duerme con cloroformo. Luego los dejará atados en un avión sin piloto del que él se lanza en paracaídas. Sabemos que se arrepintió de su vuelo de la muerte, que se negó a abrir la puerta para que lanzaran al mar a los detenidos, y que por eso fue apartado de la Armada. Y además lo sabemos por la cara de asco que pone Darín en toda la película, como si todo oliera a podrido en Catamarca (perdón, quise decir Dinamarca). Una película que prometía más de lo que da, pero lo que da está muy bien. Sin golpes bajos (las películas acerca de la dictadura son propicias para ésto), sin escenas incómodas (las que más duelen, obviamente son las de los detenidos tirados al mar, pero que son chispazos breves) y muy bien conducida por la sabia mano de Borensztein, que sabe entretener sin aburrir durante poco más de hora y media. Basta decir que la interpretación de Inma Costa logra conmover y enamorar, sin grandes despliegues. Y como dije antes las actuaciones, sobre todo la de Martínez está para el medallero completo. Totalmente recomendable y ¡fuera! esas malas o tibias críticas.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

lunes, 27 de febrero de 2017

Mi crítica de "La Herencia de Eszter" (Teatro)

Algo malo debe haber ocurrido en la función de ayer de "La Herencia de Eszter" para que la obra sonara tan deslucida. Tal vez fue el calor (el termómetro marcaba 36° a la hora de la función) y el aire acondicionado de la sala no funcionaba. Ellos, vestidos con sus pesados trajes de época tal vez estuviesen aplastados bajo el calor. O tal vez algo más grave. Lo cierto es que la obra, basada en una novela de Sándor Márai y adaptada por María de las Mercedes Hernando y dirigida por Oscar Barney Finn nos dejó un sabor a nada en la boca. Y mirá que la esperamos, porque habíamos ido a verla en agosto y justo Thelma Biral había sufrido la fractura del fémur en un accidente doméstico y la repusieron ahora en enero (ella con bastón y casi toda la obra sentada) y elegimos uno de los peores días del verano para ir.
Pero todo fallaba en la pieza. La voz de Thelma Biral estaba muy baja y apagada, como si no se sintiera bien (ah, pero eso de llorar qué bien que le sale, es la más llorona de las actrices argentino-uruguayas). Víctor Laplace, con un papel a medida para él, luce opaco y cansado, no se motivan el uno al otro. Y todo el resto del elenco (de quienes no tengo los nombres porque el programa de mano es el que se imprimió para agosto, y de esa fecha a acá cambiaron algunos integrantes) hace lo que puede dentro de un clima de sopor general. Estaban todos como con miedo a que se les fuera a desparramar Thelmita... En resumen, una obra sin bríos (no importa que casi no tenga acciones) y de un aburrimiento total. Recuerdo otra adaptación de Márai: "El último encuentro", con Duilio Marzio, Hilda Bernard y Fernando Heredia, sobre una novela escrita en primera persona, que se constituía en un extenso monólogo de Duilio Marzio de casi hora y media, con esporádicas intervenciones de los otros dos. Fue brillante. No se precisaban acciones para darle carnadura a un texto sabio y sabiamente escrito y con actuación memorable (actuó ese papel hasta el día de su muerte, llevándolo por los cuatro rincones de la Argentina, ya que no quería que nadie se perdiera de ese texto genial). Acá la anécdota no es muy original ni tampoco muy movilizadora.
Tiene algo de la Rosita lorquiana: una mujer que se ha privado del placer de amar esperando veinte años el regreso de su novio, quien se casó con su hermana. Muchos años después de la muerte de ésta, viene Lajos a visitar a Eszter, con su hija Eva. En realidad viene a llevarse todo lo que le queda a Eszter, su casa con un eterno jardín (como el de Lorca), porque es un embaucador, un mentiroso de siete suelas que ha despojado, en el pasado, a todos sus amigos, de cuanto pudo. Pero no el ladrón de guante blanco, sino el aprovechador, el que necesita dinero para pagarle al cochero, al sastre, el que se queda con un reloj, etc. Ahora vuelve con el ala caída a hacerle a Eszter el cuento de la fuerza de los complementarios. Los que nacieron para estar juntos, y que nada, ni el tiempo ni la vejez pueden ni podrán separarlos.Eszter le cree porque aún lo ama, y sabe que es un mentiroso, pero quiere entregar todo por amor. Y Lajos viene a obligarle a que venda su casa (lo último que le queda) y para eso cuando anuncia su llegada hace ir a un notario, el viejo Enre, amigo de la familia y de Eszter particularmente. Y él le recomienda, le implora que no firme el documento de la venta. Pero el amor es más fuerte, pero el amor es más fuerte... ¿les suena? Sí, igual que en la historia de Tanguito, acá Eszter sucumbe por un beso y un abrazo... y firma. Con la condición de que Lajos la llevará a vivir con él... Bueno, en realidad no con él porque no tiene espacio en su casa, pero sí en una residencia para damas solas que queda muy cerca de su casa, y en donde acabará sus días con Nunú, su vieja criada de siempre. También está Lachi (Edgardo Moreira), que es el hermano de Eszter, vive de su librería (como puede) y llora como todos la pérdida de la casa.
Hay un enigma con unas cartas (no del todo bien resuelto) que según Lajos le envió a Eszter cuando estaba casado con Vilma, su hermana, y que ella nunca recibió, tal vez secuestradas por su hermana. Pero las cartas están en poder de Lajos, o sea que sabe a ciencia cierta que nunca fueron recibidas, no se entiende a qué viene a llorar ahora sobre la leche derramada. En todo caso estaban guardadas en una cajita de palo de rosa que Eva viene a regalarle ahora. Ella lee las cartas y las estruja con furia.
Por supuesto que el reencuentro está signado de reproches. Los de Eva, hacia una tía que los abandonó en su desgracia después de haber perdido a su madre (parece que Eszter vivía con ellos), los de la propia Eszter hacia el único hombre que amó en su vida y que fue a casarse con su hermana, y finalmente, los más duros (y cínicos) los de Lajos, diciéndole a Eszter que fue una cobarde, que no amó como una mujer que se precie debe amar, y que, en definitiva, ella es la causa de todos sus males. Y con un reproche aún mayor: que él siempre fue débil de carácter moral y que ella podía haberle inyectado la moral que le faltaba. Ser SU moral. Todo esto es mucho para Eszter, tal vez por eso firma el documento de venta. O lo firma sólo por amor. Sabe que está poniendo la cabeza en la boca del león, porque lo sabe y porque todos se lo advierten, pero igual se inmola. Sí, tiene algo de inmolación esto, de un complejo por deber muchas cosas en la vida, cuando la vida fue la que se las debió a ella. Eran personajes escritos a propósito para Thelma Biral y Víctor Laplace, que tan buen jugo le hubieran sacado. Pero no sé qué les pasó. No los supieron aprovechar. Thelma había comprado los derechos de la obra y por eso a pesar de su accidente estaba empecinada en actuarla ella, que estaba tan cerca de su universo lorquiano. Una lástima.
El peor pecado en que puede incurrir una obra (teatral, literaria, musical, operística, lo que sea) es aburrir. Y esta lleva ese precepto al máximo extremo. Un enorme pecado, porque con esos elementos podría haber sido mejor el material. Barney Finn construye una pieza melancólica, triste, monótona, con la luz, la música, el vestuario y la dirección de actores. Esperamos ver mejores logros.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 25 de febrero de 2017

Mi crítica de "Cleo, de 5 a 7" (Cine-1962)

Hay distintos tipos de tratamiento del tiempo en el cine. Existe el tiempo histórico, que es el que nos narra la vida entera de una persona. Carlo, en "La Familia" (Ettore Scola, 1987) comienza naciendo en el inicio de la película y termina cumpliendo sus 80 años, todo en dos horas de película. Existe el tiempo subjetivo, que es aquel que transcurre sin una duración específica y está compuesto de flashbacks o flashfowards. "8 y 1/2" (Federico Fellini, 1963) es un buen ejemplo de eso. Y existe el tiempo real, el que transcurre al igual que avanza el film. El hundimiento del Titánic en "Titánic" (James Cameron, 1997) transcurre en las dos horas de ese tiempo real, y lo mismo podríamos decir de la historia de "Antes del atardecer" (Richard Linklater, 2004). "Cleo de 5 a 7" está en esta última línea, y en realidad es una falacia, ya que la película dura una hora y media y la historia se cuenta (con el anuncio de los minutos en pantalla) de 17 a 18.30 hs. Es el periplo que sufre Cleo, hasta que se haga la hora de ver a su médico que le confirme si tiene cáncer en el vientre, mientras le suceden varias cosas y cuenta el tiempo que le falta para la cruel verificación.
"El zoom es una cuestión de moral", afirmaba Godard en sus años mozos. Y esto se convirtió en un paradigma de la "Nouvelle Vague", a la que pertenece esta película de la excelente realizadora Agnés Varda. Cuestión de moral porque el que decide poner un zoom para filmar es poco menos que un cobarde, según el parecer del cineasta francés. Él instalaba la cámara en plena calle, a la vista de todos los viandantes, y así es como la instala Varda, con la gente que se sorprende al salir en una filmación y mira a cámara descaradamente (por suerte nadie saluda), modificando la actitud de los transeúntes y modificando a la vez la de los actores y la del propio camarógrafo o director. Hay muchas cosas que cambió la "Nouvelle Vague" (Nueva Ola), como el hecho de salir a filmar a la calle y utilizar escenarios reales, ya desprendidos de los estudios, un poco como lo hacía en Italia el "Neorrealismo", a la luz del cual nació la ola francesa.
Cleo (Corinne Marchand) es supersticiosa al máximo, y empieza la película haciéndose tirar las cartas del tarot, las cuales no le son favorables ("Tiene cáncer. Va a morir." le dice la tarotista a un hombre sentado detrás de una puerta cuando Cleo sale de la habitación). Y rehúsa leerle la mano a Cleo tras ver un futuro funesto. Pero a la salida la espera Angéle (Dominique Davrey), quien es más supersticiosa que la propia Cleo (comprarse ropa nueva un jueves es mala señal, así como llevarla en la mano, descarta un taxi por el número de su patente y Cleo tiembla cuando se le rompe un espejito de cartera). Angéle es la empleada de Cleo, servidora, vestidora, confesora y todos los "ora" que se les ocurra, y se tutean la una con la otra. Entran a una confitería, en dónde Cleo se pone a llorar desconsoladamente por su incierto futuro y porque ya siente "el cáncer dentro". Por supuesto que no le cobran el café que toma y todos, dueño y mozos, se desviven porque lo pase bien. Enseguida entran a una sombrerería donde Cleo, en un acto por alejar la muerte, entra a probarse compulsivamente sombreros, uno tras otro sin solución de continuidad y adquiriendo uno para el frío (siendo que es el día que empieza el verano) como un manotazo de ahogado, una esperanza de que durará hasta los primeras heladas. Sombrero que después se lo regala a una amiga, convencida de que ya no hay futuro para ella.
Ya en su casa cambia su modelo de moda por una bata y unas chinelas que la hacen parecer a madame de Pompadour recibiendo a su amante recostada en su cama, rodeada por sus gatos, y luego a los músicos que vienen a proponerle un nuevo hit. Cleo es cantante recién comenzada su carrera (solamente ha grabado tres singles) y odia los temas que canta (son músicas totalmente bobas, salvo una, que le ofrecen sus músicos, -el pianista es el propio Michel Legrand- "Sin tí", que habla de los temores de la desaparición y la muerte, y la conmueve de tal forma que la hacen abandonar el recinto. Sale sin rumbo fijo y se mete en una confitería en dónde coloca en la máquina de música uno de sus temas sin que nadie le preste atención. En la confitería está lleno de cuadros surrealistas que la confunden aún más y aumentan su desesperación. Llega hasta el estudio de unos escultores donde una modelo posa desnuda. Se siente la fascinación que tiene la directora por el culo de la modelo, al que toma desde todos sus ángulos. La chica resulta ser amiga de ella y parten juntas en el auto del novio ya que es su primer día de conductora y se lo ha dado para que lo pruebe. Los mensajes de muerte son varios, el novio de la chica es un proyectorista de cine que está exhibiendo un corto cómico en donde la protagonista muere y es subida a un coche fúnebre. Cuando viaja en tranvía, éste para repetidas veces en pompas fúnebres. Ve en su deambular sin sentido por la calle a un hombre que se traga ranas vivas y a otro que se perfora el brazo con una aguja, todas imágenes que la conectan con el dolor y el deceso.
Finalmente llega a un parque con cascadas, en dónde se cruza con un soldado de la guerra con Argelia que trata de seducirla. Ella, reticente, pronto entra en su juego y le cuenta de su terror a que le diagnostiquen un cáncer. Él se ofrece a acompañarla a ver al médico si ella hace lo mismo con él de acompañarlo hasta la estación de tren porque parte esa misma tarde. "Tienes respuestas para todo", le dice ella, "yo sólo tengo preguntas". Y debe ser así la angustia de la muerte, de ver cercano el final. Con preguntas nos deja también Agnés Varda al final de la proyección de "Cleo, de 5 a 7", ya que nada es seguro. El médico le dice que su caso puede tratarse con rayos por dos meses y saldrá adelante, pero no sabemos si le está diciendo la verdad o es una mentira piadosa. No sabemos si Cleo vivirá, todos esperamos que sí, pues su belleza no es fácil de apagar ni desvanecerse en el aire así como así.
La cámara de la directora, siempre inquieta, juega con los rostros de la gente, con los espacios a los que hace flotar y aprovecha la sorpresa de los "filmados sin previo aviso". Una obra maestra que nos hace revalorizar a ese gran movimiento ya perdido que fue la "Nouvelle Vague". Gracias Agnés. Gracias Cleo.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

viernes, 24 de febrero de 2017

Mi crítica de "Dorian Gray. El Retrato" (Teatro musical)


Teatrix nos acerca, en calidad de estreno, este magnífico espectáculo musical de la dupla Pepe Cibrián Campoy-Ángel Mahler. Siguiendo por su recorrido por lo siniestro nos introducen ahora en la atormentada alma de ese Dorian Grey que vende su espíritu en cambio de la eterna juventud. Para quienes no conozcan la obra que pergeñó Oscar Wilde, Dorian Grey es retratado en un óleo, el cuál, con el correr de los años empieza a mostrar su imagen más y más envejecida, mientras él se mantiene lozano y fresco. Pero Dorian se corrompe y empieza a asesinar prostitutas (y pintores) sin que se altere su espíritu. Va haciéndose cada vez más sádico hasta que se ve redimido por una prostituta virgen y joven (¡!) por la cual se desvive, Sibil Bayle, por quien es temido en un principio. Hay que ver lo bien diseñado que está el personaje, ya que ella parece inmaculada, sin mancha, frente a las otras prostitutas, a pesar de que todas visten de igual modo, debe ser el peinado, o la visión aniñada del rostro de ella lo que le confieren esa lejanía. Consigue enamorarla y justo antes del casamiento es persuadido por su amigo y mentor, Lord Henry, de que suspenda esa boda. Esto destruye a Sibil, quien ve descender su vida nuevamente en ese pozo de degradación que son las casas de citas. Ella esperaba ser salvada por su príncipe, como lo dice en una canción. Dorian Grey acaba suicidándose, para que el cuadro reponga inmediatamente su fisonomía de juventud. Sibil queda totalmente consternada junto al cadáver de su futuro esposo cantando "Escrito está el final", el bellísimo tema con letra de Cibrián y música de Mahler compuesto tanto para él como para ella.
Pero acá empiezan los problemas. La obra está tomada en el 2013, cuando Juan Rodó (Dorian Grey) no había hecho todavía ese cambio para mejor que noté en "Jekyll & Hyde", sigue siendo un tenor casi bajo, con esa voz grave y monocorde que vuelve monótono todo espectáculo. Y como éste está escrito para su lucimiento... ya saben lo que les espera. Una hora tres cuartos de gravedad. Para colmo, el actor que encarna a Lord Henry (no se consignan los nombres de los actores en esta emisión) también tiene una voz de bajo, así que compiten a ver cuál de los dos monopoliza más el canto. Por suerte en Sibil está Luna Pérez Lening, que hace mágico cualquier papel, con su excelente voz, su belleza y su capacidad actoral. Esta vez, el elenco se ciñó a 12 personas, pero que parecen un ejército. Hay buenas y buenas composiciones en el resto. El cantante que trabaja a Basil, el pintor, también es bueno y por suerte tiene una voz más aguda, que rompe con tanta monotonía.
Es acá imperioso citar la broma de Les Luthiers que le decían a Jorge Maronna "El Retrato de Doris Day" porque no envejecía nunca (ya no debe aplicarse tal chiste, porque está viejo igual que el resto).
Pero siguiendo con la obra, es de lamentar que esta versión no incluya la magnífica "Obertura", que era todo un hallazgo de canto grupal y resaltaba mucho la obra. Acá se pasa a escuchar directamente el grito de Dorian Grey y a que Lord Henry entone "Gritos". Se destacan como siempre las canciones corales ("Den"; "Tus compañeras de antro", son ejemplo de esto), así como las arias (ya dije que podía llamarlas así) para una o dos voces ("Escrito está el final" es una de ellas, repetida varias veces; "Ese cuadro soy"). Está muy bien también la preparación del cuadro, que muestra el envejecimiento progresivo de ese Dorian que en realidad no es él. En estos tiempos de deshumanización y consumo está muy bien recordar que no siempre la belleza física es lo importante, que también existe un interior, y que si ese interior puede llegar a ser noble y generoso, es más importante lo uno que el otro. Dorian es un bicho repelente (no confundir con repelente para los bichos), su dependencia de la lozanía física le ha corrompido de tal modo que hasta comete crímenes y no duda en dejar a quien tanto deseó y admiró por su pureza, una pureza que faltaba en él.
El regente del prostíbulo es todo un personaje y está muy bien logrado, poniendo la cuota de humor dentro de tanto horror gótico, con su eterno peluquín que se le cae, sus ojos y cachetes ultrapintados y su panza descomunal. También la figura de Dorian está muy inteligentemente construida, con esos cabellos leoninos y su saco hasta el suelo le dan un aire siniestro muy propio de la situación.
Esta vez no hay escenografía, tan sólo dos escaleras a los costados, cercando a la orquesta, que ocupa el escenario, y el cuadro, como una estampa religiosa, siendo partícipe de las acciones que se juegan y que con muy buen tino no está presente todo el tiempo, sólo el necesario. La orquesta, dirigida por Ángel Mahler, como siempre, suena muy bien. Es una pena que no hayan incluido los créditos para hacer justicia con los distintos rubros. 
Es, en definitiva una muy buena manera de acercarse al universo tenebroso de Oscar Wilde y de apreciar su obra. Y ésta, es totalmente disfrutable, a pesar de los contratiempos que acá marqué. Recomendable para toda la familia, en especial para quienes gusten de los musicales (acá no hay diálogos hablados, todo se canta).
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 23 de febrero de 2017

Mi crítica de "Un Cuento Chino" (Cine-2011)

Tal vez sea el oficio de crítico lo que nos vuelve más serios (por fijarnos más allá de lo aparente), el caso es que no me reí tanto con "Un cuento chino", como sí le pasa a mi amiga Amalia que se despatarra de la risa cada vez que la reve. No sé si es porque no me hicieron gracia las puteadas de Darín (hay gente que sabe putear y gente que no: Pinti sabe putear como Dios manda, la Morán sabe putear, Darín no sabe) o que le presentí un trasfondo más dramático desde el comienzo (el final me dio la razón), lo cierto es que "Un cuento chino" me amargó bastante.
Todo empieza en un tranquilo lago de China, en un bote, en dónde está Yun (Ignacio Huang), protagonista de la historia y su novia a quien va a entregarle los anillos de compromiso en el momento en que... una vaca cae del cielo y destroza el bote, llevándose a la novia de Yun con ella. Pasamos sin solución de continuidad a la ferretería de Roberto De Cesare (Darín), donde está contando una y mil veces los clavos que vienen en la caja y siempre tiene entre diez y cinco clavos de menos (Roberto es un obsesivo de libro), haciendo el correspondiente reclamo. Le contestarán siempre lo mismo, que la máquina a veces se equivoca. Pero se equivoca a favor de ella, contesta Roberto. Éste tiene que apagar la luz para dormirse siempre exactamente cuando el reloj cambia las 22.59 por 23 hs. Así como le regala una miniatura de cristal a la foto de su madre muerta cuando él nació (que conserva en una vitrina) para cada cumpleaños e ir con tres claveles a la tumba de sus padres en Chacarita cada sábado, sin faltar ninguno, eh. Y así es como recorta de los viejos diarios que le trae un amigo cuanta noticia insólita o irónica lee. Así es como también viene de visita la cuñada de su amigo, quien está enamorada de él y éste le responderá con indiferencia por enésima vez a sus pedidos de amor (la hermosa Muriel Santa Ana, demasiado dedicada a componer mujeres solas en los últimos tiempos).
Y así es como una tarde en que Roberto descansa mirando aviones en el aeropuerto (recordemos que el director, Sebastián Borensztein es fanático de los aviones y él mismo es piloto) que su vida se cruza con la de Yun, que ha venido a parar a la Argentina en busca de un tío (tapu, le dicen ellos) sin saber el idioma y sin dinero. Para ser breves, Roberto termina llevándoselo a su casa a convivir, le depara un cuartucho en donde lo encierra para que no le robe nada y lo deja así hasta el día siguiente. El primer paso es llevarlo a una comisaría para ver si lo pueden ayudar a buscar a su tío, pero en cuanto el oficial dice de ponerlo en un calabozo, Roberto se revela y el empleado lo ofende y le pide que le pida perdón. Roberto no sólo no se lo pide sino que le da un cabezazo en la nariz que lo deja fuera de combate y lo obliga a salir corriendo con su amigo oriental. Es curioso como el chino pasa a cosificarse por el hecho de pertenecer a otra cultura y no hablar el idioma, pasa a convertirse en un objeto ("Traelo", "ponelo ahí", "metelo", sacalo") y a ser esclavizado y pasar a hacer tareas ingratas (lo hace que le limpie el fondo, siendo que está lleno de porquerías y finalmente le hará que le rasquetée la pared y se la pinte. Todo esto, por supuesto, por lenguaje de señas ya que ninguno de los dos comprende al otro; están en una relación especular, sólo que es Roberto quien se aprovecha ya que él no está perdido ni indefenso. Por un momento alguien se pone en el lugar de él. Es Mary (Muriel): "Me preguntaba qué haría yo perdida en China, sin plata, sin entender el idioma, sin un lugar a dónde ir... Por suerte lo tengo a Roberto..."
Irán a la Embajada China, donde dejan sus datos y la esperanza de una posible conexión, hasta habrá el contacto con un hombre ciego de La Plata, que dice ser el tío pero finalmente no lo es. Recorrerán el barrio chino, en Belgrano, pidiendo informes, pero nada... Mientras tanto Yun va aprendiendo algunos hábitos de Roberto, como hacer el desayuno o comerse la miga del pan. Los más amables con él son los parientes del amigo de Roberto, quienes los invitan a cenar y lo tratan con suma delicadeza, mientras el ferretero es duro con él. Pero cuando le mande a desalojar la pieza en donde vive de cachivaches y transportando trastos le rompa la vitrina de la madre, será el acabose, lo sube a un taxi y le dice al tachero que lo lleve al barrio chino y lo deje ahí. Pero pronto se cruzan por la calle Roberto y el policía que lo maltrató y al que él fajó y se la cobra (y aquí es donde interviene el inverosímil, más inverosímil de que una vaca caiga del cielo) dándole flor de paliza en un baldío. Por suerte Yun los ve, desde su desprotección en el barrio chino, y sale en defensa de su amigo, rompiéndole un cacharro en la pelada al cana. Vuelve a casa de Roberto.
Un día en que el "patrón" quiere conocer la suerte de Yun, invita a comer al repartidor de comida china para que oficie de traductor. Así logran entenderse y lo qué quiere saber el chino es por qué recorta diarios y pega noticias Roberto. Éste le contesta que pega las noticias que parecen increíbles, y le cuenta que el álbum lo inauguró su padre quien había venido huyendo de la guerra en Italia y recibía semanalmente un diario italiano. En ese diario figuraba la noticia de que Argentina había entrado en guerra con Inglaterra, pero lo que más lo inquietaba es que en ese recorte estaba la foto en primer plano de su hijo con un fusil en las Islas. Eso lo conmovió tanto que ahí nomás murió. Roberto estuvo confinado a las Malvinas hasta el rendimiento y volvió para ver que la ferretería estaba cerrada, y ahí comprendió todo: a los 19 años se había quedado huérfano. Sigue leyendo noticias hasta dar con una del país de Yun, y es que una vaca caída del cielo hundió un barco pesquero. Ahí Yun se ensombrece y dice "Ese soy yo". Y cuenta la historia (real, por cierto) de que unos ladrones de ganado iban en un avión y que las vacas empezaron a ponerse nerviosas y hubo que deshacerse de ellas tirándolas al vacío, con tan mala suerte que una de ellas cayó sobre el bote en el que estaban los novios. 
Finalmente llega una llamada desde Mendoza diciendo ser el tío de Yun y hacia allá parte él. La película termina felizmente cuando Roberto se dirige al campo en donde vive Mary para encontrarse con ella.
La dirección de la película es excelente, nunca decae ni pierde el rumbo ni el interés, proveniente de una historia verídica como esta y hace pie en las diferencias, como nos limitan, incentivan la desconfianza y generan odios y rencores. El guión es perfecto, tomando cada escena por su doblez gracioso o dramático, según se lo quiera ver, y las actuaciones son impecables. Por fin Darín componiendo a un no-Darín, un ferretero obsesivo, huraño, gruñón, malhumorado pero de un gran corazón. El chino Ignacio Huang está muy bien también, luchando contra esa cara de nada que tienen los chinos (recuerdo que Dolina decía que los chinos no ven, sino que sospechan) y hace querible a su personaje. Así como Muriel Santa Ana, siempre simpática y con una sonrisa en los labios para conquistar a ese Quijote hosco. Lo mejor son los efectos especiales, que hacen que una vaca caiga del cielo quebrando por la mitad a el barquichuelo en donde estaban los querubines. Una película para sacarle mucho jugo en su debate, y para agradar aún a aquellos que recelan del cine nacional. Ah, es una coproducción con España (¿?).
Y gracias por leerme hasta acá nuevamente.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 18 de febrero de 2017

Mi crítica de "8 y 1/2" (Cine-Fellini)

Continuando con mi estudio para el curso de las películas de Fellini, ahora le ha tocado el turno a la mejor de toda su carrera (a mi entender) y mejor película de la historia del cine: "8 y 1/2". Es de 1963 (¡cuando yo nací ya se había inventado el cine!) y el guión pertenece al propio Fellini, a Ennio Flaiano, Tullio Pinnelli y Brunello Rondi. Se podría decir que tiene un guión perfecto, es un gran deleite asistir a las dos horas  y cuarto de la "representacion" del mago sempiterno de Fellini.
Para comenzar diremos que no es una película fácil de entender, ya que tiene tres niveles de análisis: el real, el onírico y el simbólico. El real corresponde a toda la estructura general del film y pueden contarse los recuerdos de la Saraghina o de la escena de infancia de los chicos bañándose; el onírico corresponde a la imagen del sueño con que empieza el film y el simbólico a la escena del harén de Guido o a la del suicidio del mismo.
La película comienza con un embotellamiento de autos en un túnel, donde Guido (Marcello Mastroianni, al que reconoceremos después de un rato comenzado el film) está encerrado en su auto y no puede salir, el gas comienza a invadir su auto y se desespera pateando ventanillas y rasgando sus dedos contra los vidrios para luego salir volando y aparecer en una playa. Es atrapado en su vuelo con una soga por su pie y arriado a tierra al grito de "lo tenemos". Esta escena tan hermética, puede interpretarse como el proceso del nacimiento, el túnel es el canal de parto, de ahí sale al exterior unido por un cordón umbilical (la soga) y finalmente depositado en el mundo. Otro de los enigmas es por qué Fellini tituló "8 y 1/2" a la película. Sucede que por su argumento, representa un film a medio completar, inacabado, y habiendo hecho hasta el momento 9 películas sintió que esta era media película y por eso su mitad en el título. Los psicoanalistas dirán que es un parto abortado antes de su término, no llega a los 9 meses señalados y por eso el 8 y 1/2.
"¿Qué nos prepara de nuevo? ¿Una película sin esperanza?" -pregunta el médico del balneario a Guido en la segunda escena. Y es que Guido ha despertado del sueño en un grito de angustia, en ese lugar de aguas termales a donde ha ido para preparar su ambicioso film. Guido es un director de cine y el alter ego de Fellini, un director que ya lo ha dicho todo y que se encuentra en una etapa de falta de imaginación creativa y siente que ya no tiene nada por decir. Fellini nos retacea la aparición de Mastroianni en la película, vemos como le realizan los controles clínicos y una enfermera toma nota sobre su estadía en las termas, acá escuchamos la voz inconfundible de Marcello pero no lo vemos hasta que se encierra en el baño y se asoma a un espejo, ojeroso, despeinado, en mal estado, al son de la "Cabalgata de las Walkirias" de Wagner. Comienza el show. Enlaza la escena con la siguiente, un desfile de tipos del balneario, placidísimo, -en contraste con la música, cuyo director aparece en campo- con miradas a la cámara, ancianos decrépitos, monjas, viejas damas. Un silencio y una luz deslumbrante envuelven la primera aparición de Claudia (Claudia Cardinale). Guido se baja los anteojos de sol para ver lo irreal. Guido ha concebido para la Cardinale desde el principio un papel que simboliza la pureza y la perfección femenina. Claudia es la obra, el fantasma que guía con su lámpara al artista a través del bosque de la creación. No se trata de una mujer sino de una alegoría. La primera vez que aparece en el film, en el balneario, lo hace silenciosamente, sin música, como saliendo de un cuadro.
No nos preguntamos qué película está haciendo Guido Anselmi, pero sí en qué grado de realización se halla al inicio del film. Se ha movilizado al equipo, se ha hecho venir a actores extranjeros, se ha construido la plataforma espacial. Está estancada, a causa de las dudas del director y de sus complicaciones personales, pero sí lo suficientemente avanzada como para que el crítico Daumier comente su guión con palabras no muy halagüeñas en una escena temprana.
Carla (Sandra Milo), la amante de Guido que él hace ir hasta allí es una "bella culona", concebida desde el principio por Fellini, según sus propias palabras, como sumisa, aparentemente el ideal de la amante porque no causa problemas, de femineidad venusina y al mismo tiempo maternal, nutricia. Carla es todo lo contrario de la esposa, Luisa (Anouk Aimée). En la entrevista con el cardenal Guido rememora su pasado de haber conocido a la Saraghina. Saraghina, dragón horrendo y espléndido, pertenece a la infancia del propio Fellini, o al menos eso decía él. Su manera de describir ese streap-tease de la mujer ante la mirada infantil tiene esa gracia un poco gruesa que le es propia. La describe como "la mujer rica en femineidad animalesca", correspondiendo al deseo del adolescente hambriento de sexo que quiere "una gran cantidad de mujer". Debemos decir que el personaje de Saraghina es de lo mejor de la película. Unir la torpeza y la gracia, la deformidad y la belleza en un solo personaje es una de las habilidades de Fellini, y en la Saraghina, alcanza cotas muy altas. El baile de la giganta al ritmo de la rumba es maravilloso.
La segunda gran escena con el cardenal tiene lugar en los baños termales. Comienza con una grandiosa procesión de los pacientes del balneario que bajan por una escalera, cubiertos con sábanas, al son de la música. Finalmente Guido llega donde se halla el cortejo del anciano, el cardenal está siendo desnudado, de modo que su cuerpo se ve en sombras a través de unas pantallas de sábanas y velos que despliegan hábilmente sus acompañantes. Guido confiesa que no es feliz. El cardenal pregunta con voz silenciosa por qué habría de serlo. No hemos venido a este mundo a ser felices. Y luego repite, en italiano y en latín, que fuera de la iglesia no hay salvación. Eso es todo el gran mensaje.
La imposible amistad de Luisa y Carla, fantaseada por un Guido que se entrega al delirio infantil, de dar rienda suelta y poner en escena sus sueños de unión de todas las mujeres en una, o al menos de tenerlas todas juntas para él solo, comienza con una conversación entre ambas que se va volviendo afectuosa y acaba en un baile. La música es la felicidad, lo paradisíaco (la banda de sonido de Nino Rota es la mejor que se haya compuesto para película alguna) o, al menos, lo que puede enlazar con ello. Las dos mujeres danzan, se enlazan, formando un círculo. Las mujeres están contentas de ser suyas, y su encuentro conduce al escalón más profundo y juguetón del delirio: el harén, que repite y amplifica un tema sobre el que Guido ya ha fantaseado antes: el de las mujeres cuidándolo en ese otro harén que es su casa de la infancia. El espacio del harén de Guido es una vieja casona parecida a lo que él mismo imagina como escenario de su infancia. Antigua, amplia, con escaleras que conducen a misteriosas alturas. Guido queda como único macho en ese enjambre de hembras complacientes, felices. Penetra en él desde el frío mundo exterior trayendo consigo la nieve de afuera. Dentro hace calor, hay agua caliente en la que lo bañarán como en su infancia, envolviéndolo luego en una sábana. Allí están todas. Luisa con su estatuto de esposa, cocinera, fregona, con el cabello oculto por un turbante de ama de casa atareada. Está también Carla, Saraghina, hay también una hermosa negrita de aspecto salvaje y gracioso, que las otras le regalan como un juguete con el que hubiera soñado. En el harén doméstico no sólo están todas las mujeres; ya que la música es símbolo de lo fusional y paradisíaco, está también todo el repertorio de sonidos y de músicas del film, que van entrelazándose y tomando el relevo, del mismo modo que las propias mujeres desfilan y danzan ante la la cámara. El cruel reglamento del harén, relega a las que se van volviendo viejas al piso superior, donde no son maltratadas pero quedan marginadas sexualmente. Incluso dentro de este mundo utópico e imaginario hay representación. Para Fellini no cabe engañarse con ningún tipo de efecto de realidad, como forma de representar, aún dentro en un episodio mítico o imaginario, pues en definitiva no hay diferencia cualitativa alguna entre este espacio y el que podríamos llamar "real". Ambos forman parte de un mismo proceso de desarrollo textual.
Durante la visita a la plataforma, Guido habla mucho de su película, en abstracto, sin imaginar escenas. "En ella lo pondré todo", dice, y añade que quisiera hacer un film honesto, sin mentiras, algo simple que ayudara a sepultar lo que llevamos muerto adentro. Y lo que es más importante: "No tengo nada que decir, pero quiero decirlo igualmente". Todas estas confidencias no se las hace al crítico o al productor, sino a la amiga de su mujer, a alguien ajeno a sus preocupaciones. En realidad, está hablando solo.
Incluso la posibilidad de búsqueda todavía del ideal de mujer encarnado en Claudia está sometido a representación en la típicamente felliniana escapada nocturna, sincera en su etapa fílmica anterior, pero que, como ocurre siempre en sus películas, no conduce a ninguna parte más allá de una reflexión íntima en la mítica y mágica noche donde tienen lugar las apariciones. En esas fugas los personajes parecen ser sinceros consigo mismos, despojados de máscaras, pero en "8 y 1/2" esto ya no es posible: otra vez somos engañados, nuestra posición es incierta, la vida es representación y se muestra como tal. Tras una conversación amistosa e íntima entre Guido y Claudia, la distinción entre vida y representación no es posible y todo está en el mismo plano: se representa la escena y se comentan los diálogos y la concepción del personaje en el gran teatro del mundo, sin que esto sea distinto de la vida.
Cuando Guido y sus colaboradores han visto las pruebas y tras la aparición de Claudia, tiene lugar el cóctel y la rueda de prensa que inaugura el rodaje de la película de Guido en el descampado donde se alza la plataforma de la astronave. No es la "realidad" la que se nos muestra, sino un tratado de angustia de Guido, una larga secuencia cruel a la que tiene que ser llevado en andas, a la fuerza, y en la que la música trepidante, la luz deslumbradora y la muchedumbre de personajes mirando a cámara y vociferando, crean una atmósfera de pesadilla. Conminado por el productor a que diga unas palabras a los periodistas, Guido huye y se oculta debajo del tablado. Y se suicida en off. No lo vemos, oímos el disparo.
Sin solución de continuidad, parece que Guido renuncia a hacer la película. Despide al personal. El crítico Daumier alaba su decisión: "Es mejor destruir, que crear cosas inútiles". Tanto Guido como el espectador experimentan un sentimiento de liberación, y entonces tiene lugar el desfile de los personajes, vestidos de blanco, precedidos por payasos  músicos y dirigidos por el mago hasta que Guido toma el mando de la comitiva y, tras un espectacular descenso por las escaleras de la plataforma de todos los actores que han trabajado en la película de Fellini, se forma una rueda en la que participan todos y a la que se unen Guido y Luisa. Es un saludo final de carácter teatral, que pone fin a la única película "real" de esta obra: la de Fellini, de la que Guido es sólo un personaje más, privilegiado en tanto que representante parcial del director.
He dicho.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).