sábado, 23 de junio de 2018

Mi crítica de "El Vestidor" (Teatro)

Fui con todas mis expectativas a ver esta nueva puesta de "El Vestidor", la prestigiosa y emblemática pieza de Ronald Harwood, esta vez con puesta de Corina Fiorillo, lo que me incentivaba al encuentro. Primero debo decir que recuerdo con mucha estima la escenificación que hicieron hace más de diez años en la misma sala del Paseo La Plaza Julio Chávez y Federico Luppi y es imposible no caer en comparaciones. El trabajo que en esta hacía Chávez conquistó todos los elogios por la minuciosidad y entrega de su trabajo, una labor impecable y plagada de sutilezas. No era tan potente el desempeño de Luppi entonces, ya que, hay que decirlo, Luppi fue un gran actor de cine pero en el teatro no encontró su modo de expresión. Acá sucede todo lo contrario. Están Arturo Puig haciendo el papel de Norman (el vestidor que encarnó Chávez) y Marrale en el rol de "Su Excelencia", el gran actor shakespeareano que lucha contra su locura. Y digo que se invirtieron los papeles porque el que brilla en esta ocasión es Marrale, opacando la labor de Puig. Arturo Puig es un gran actor, que desempeñó brillantes actuaciones en "Cristales rotos", "¿Quién le teme a Virginia Woolf?", "El Precio" y "Nuestras mujeres", pero acá no encuentra el tono exacto de su Norman, lo hace demasiado normal, correctito digamos. No sé por qué razón Fiorillo decidió dejar de lado el carácter gay y la fisonomía contrahecha del personaje, lo cual era un símbolo de muchas cosas para el texto y la capacidad de brillo para el actor que lo encarne. Además la obra está adaptada, se omiten importantes escenas y textos (es también de imprescindible visión la puesta cinematográfica de Albert Finney y Tom Courteney), cercenando mucho de los mejores disfrutes, tal vez para abreviar su duración.
Pero es así, acá la personalidad de "Su Excelencia" lo convierte en protagonista a él y en secundario a Norman, es tal la actuación de Marrale que deja muy por debajo a su compañero. Las tres mujeres que componen el elenco femenino están muy bien, son ellas; Gaby Ferrero, como "Su Señoría", Ana Padilla en el rol de "Margarita" (perfecta, la asistente de dirección y eterna enamorada de "Su Excelencia") y por último, pero no en último lugar la hermosa y talentosa Belén Brito ("Irene", la actriz jovencita, deslumbrada también por el actor, actriz de impresionante carrera profesional en el exterior de nuestro país y en el propio).
La obra transcurre enteramente en el camarín de un teatro de provincias inglés, en donde el eminente actor sin nombre y cabeza de compañía representa un Shakespeare distinto cada noche, en compañía de su esposa, también actriz y un elenco de mala muerte, y cuenta la relación del actor con su fiel vestidor, Norman. El actor shakespeareano está pasando por un agotamiento nervioso con síntomas de demencia senil, está realmente al borde todo el tiempo y empieza por olvidarse la letra hasta confundir los parlamentos de otras obras. Esa noche toca "Rey Lear" y él se pinta la cara de negro como para representar "Othello". Mientras se desata la batalla de alteraciones físicas en el camarín, el exterior es asediado por los bombardeos nazis, ya que estamos en el marco de plena Segunda Guerra. Pero la lucha externa viene a simbolizar la propia lucha que el actor está llevando contra sí mismo y su decadencia, una decadencia que finalmente lo lleva a la muerte. Son muchas las veces que él exclama: "No puedo más, quiero irme a mi casa, no quiero estar acá".
A la vez la relación que entabla con su servidor es una de total entrega por parte de este con quien considera su mentor y benefactor en el mundo, no sólo debe ponerlo en pie para conducirlo a escena, también debe salvarlo, salvarlo de sí mismo y de su ira, y de su locura y de su lucha interna y externa. Se rinde a sus pies, le prepara la ropa para la función con esmero y pulcritud, se encarga de alejar cualquier influencia maligna que venga desde las mujeres del exterior, hasta sacrifica su barra de chocolate por él. Norman se ha mimetizado con su amo, se ha vuelto su sombra, no sólo le repite una y otra vez sus parlamentos sino que lo maquilla, lo viste y desviste, le sirve en todo lo humanamente posible. Lo que esta versión no deja entrevere es que Norman está enamorado de "Su Excelencia" y por eso trata de apartarlo de todas las mujeres que pueden significar competencia. ¿Y cómo se devuelve toda esa gratitud? Con ingratitud. Cuando "Su Excelencia" empieza a escribir sus memorias, dedica el libro a todos los que ha conocido en su carrera... menos a Norman. ¿Un error involuntario? Puede ser, porque ya está preso de la locura, pero lo cual es tomado por Norman como un acto de vanidad y agrega de puño y letra su propio nombre.
Son significativas también las escenas de seducción del viejo actor con la jovencísima actriz que lo secunda. Ahí se demuestra cuánto quiere "Su Excelencia" revertir su senilidad, sus años y volver a florearse con la juventud, volver a retomar ese camino perdido. Aunque no puede concretar su juego sexual con la chica porque su decrepitud no se lo permite y lo vuelve a colocar en el lugar del que nunca debió haber salido. Su amor con su esposa es igual de intenso, pero más en busca de protección y de un antídoto contra la muerte que otra cosa. Entre ellos dos quedan las complicidades de los años, de los escenarios recorridos, de la intimidad que los cobija y de un profundo amor que puede volverse rencor en cualquier momento. También Margarita cae bajo su influencia, y le reconoce haber estado enamorado de ella y esta asume que siempre lo estuvo de él (pese a su esperpéntico aspecto de mujer seria y frígida), es así que él le regala un anillo que perteneció a otro gran actor y a él.
La obra en sí habla de las grandes desgracias de la vida: un mundo en guerra, con aviones que acechan, bombas que caen por todos lados y refugios antiatómicos, mientras que en el interior del teatro se sucede otra batalla similar, la del hombre enfrentado a su propio destino, que no son sólo las tragedias de Shakespeare, sino las de la locura y la fatalidad (no en vano se está representando "Rey Lear", esa gran obra shakespeareana que habla sobre la demencia y la soledad del poder). Pero habla también de valores humanos que engrandecen cualquier acto de salvajismo, los de la solidaridad, la compasión, el amor, la pasión por la tarea compartida y la felicidad de poder servir al otro.
Es una gran obra, lástima que esta versión no alcance a deslumbrar (lo que sí consigue Marrale, eficaz como siempre, y las escenas con Belén Brito), ya lo dije, en comparación esta puesta sale perdiendo con la anterior, pero no todo es negativo, lo que pierde por un lado lo gana por el otro... Igualmente la recomiendo para quien no haya visto la otra ni la película, es una buena oportunidad de acercarse a "El Vestidor", un texto que nos hace más grandes después de haber asistido a él.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

miércoles, 20 de junio de 2018

Mi crítica de "Asesinato para Dos" (Teatro Musical)

Ayer aproveché el veranito para despedir el otoño y me escapé de nuevo para el teatro. "Inenarrable", calificó un espectador a la salida a esta obra, y creo que es el término más exacto que se puede utilizar. Porque no hay forma de describir el milagro escénico que sucede en el escenario del Metropólitan Sura,  con palabras para explicárselo a quien no haya estado allí. "Vértigo" es la otra palabra que se me ocurre para adjetivar ese constante movimiento y cambio de personajes que realizan los dos magníficos pianistas-cantantes-actores y bailarines que son Harnán Matorra y muy especialmente Santiago Otero Ramos. Sucede que estos dos eximios pianistas (conocidos por tal oficio en el medio artístico), han devenido actores, y lo hacen con las mejores armas de cualquier actor profesional, es más, superando las posibilidades de muchos de ellos. Y es que la comedia que acá se transita es una de crímenes, es una parodia a aquellas novelas, obras de teatro o filmes de Ágatha Christie en donde un detective (casi siempre el inefable y excéntrico Hércules Poirot) se ve envuelto en una o más muertes con decenas de sospechosos a analizar. Y acá el detective no es tal, sino un simple oficial de un pequeño pueblo, llamado Marcus Moscowicz (el oficial, no el pueblo), asumido por Hernán Matorra, que es llamado para ocuparse del asesinato del escritor de novelas policíacas Arthur Whitney, muerto cuando arribaba a su fiesta de cumpleaños de un tiro en la frente. Pero el caso excepcional es el de Santiago Otero Ramos, que deberá personificar a los doce sospechosos. Y lo hace casi sin atuendo especial (un par de anteojos para la esposa del difunto, un pañuelo para la bailarina, y pará de contar), corporizándose en cada uno de ellos sin que prologue una transición, cambiando de voces, posturas y actitudes, muy definidas y personales todas que hacen reconocible al personaje de que se trate aunque no se lo presente. Es un prodigio de actuación, histrionismo y capacidad camaleónica para transformarse. Y lo hace con hombres y mujeres, tornando creíbles a cada uno de ellos. A la vez tocan el piano, mientras hablan, a dos o cuatro manos o alternándose en el teclado sin parar de tocar, haciendo un humor musical divertido, fino e irónico que bien podemos asociar con Les Luthiers. Pero además cantan, y lo hacen con voces tiernas y bien templadas, estudiadas, rítmicas y acompasadas, como los acordes que brotan de sus maravillosos dedos. Y además bailan, y lo hacen de manera suelta, libre de prejuicios, creando climas de perfección cómica. Son dos verdaderos humoristas los que han tomado la conducción de esta obra.
Claro que  nada de esto podría ser posible sin la sabia formación del director: Gonzalo Castagnino, quien se luce en sus intérpretes y en su puesta en escena. La dirección musical, otro pilar, corre por cuenta del siempre sorprendente y ya, amigo de la casa, Gabriel Goldman. El diseño de escenografía (sí, porque también la hay, y es muy sugerente e imaginativa) es de otro artífice, René Diviú, así como la traducción y adaptación de  Joe Kinosian (libro y música) y Kellen Blair (libro y letras), corre por cuenta de Marcelo Kotliar. La iluminación (perfecta) es de Gabriel Ascorti y la coreografía de Joli Maglio. No podemos dejar de nombrar la producción de Juan Iacoponi.
Acá hay doce sospechosos, aunque, como en toda buena obra de Ágatha Christie el culpable será el menos imaginado, el más periférico o aquel que lleve el mayor protagonismo, según los casos (no olvidemos aquella novela donde el criminal era el investigador), si bien dista mucho Marcus de Poirot, este es despistado, no posee un don de observación perspicaz como aquel, ni un método preestablecido de deducción. Sí será apuntalado por la joven Susy, una licenciada en criminalística, sobrina del difunto, a quien le falta hacer su tesis, y cuyas preguntas insidiosas pondrán los pelos de punta a Marcus, pero quien se irá enamorando de ella al transcurso de la pieza, olvidando su fascinación por Barrette Lewis, la famosa bailarina, exquisita y sensual, a la sazón amante del finado y principal sospechosa del crimen. Pero también la autora puede ser la esposa renga del occiso Dahlia Whitney, quien siempre quiso brillar en el canto y el baile y fue opacada por la fuerte personalidad de su marido, el brillante escritor de novelas. Cada una de éstas hablaba de alguno de los doce sospechosos en particular (siendo un pueblo chico, se conocían las vidas, miserias y pecados de cada uno), haciéndoles partícipes de otros tantos crímenes. Hasta el psiquiatra del lugar, también invitado a la fiesta, el Dr. Griff, que conoce vida y obra de cada uno que, no por casualidad también son sus pacientes (hasta el mismo oficial Marcus es su paciente). Hay otros sospechosos como la pareja "discutidora" donde el marido, hosco y grosero acusa a su mujer de haber sido la culpable, o los mismos niños del coro, pequeños hampones en potencia, sin tener en cuenta al bombero del lugar que permaneció en el baño durante toda la velada o al propio Lou, acompañante del policía. Como vemos, las pistas no faltan y quien sea el asesino irá por cuenta de Marcus, pero eso es lo de menos porque el nombre podemos olvidarlo a la salida del teatro.
Lo interesante no es el punto de llegada sino el viaje que se hace para llegar a ese destino. Y el viaje es atrapante. Pleno de humor, que despertará carcajadas, llega incluso a acudir a un hombre de la platea para que materialice al Dr. Griff en su agonía mientras uno lo sostiene y el otro toca el piano (evidentemente, hacía falta un tercer personaje), lo cual es aplaudido de buena gana por el público. Las ovaciones son enormes cada vez que terminan un número musical, con todo el despliegue de humor, talento, buen oído musical y audacia que tienen los dos intérpretes. Se nota acá un gran trabajo de equipo, donde cada uno sostiene al compañero de la mejor manera, aunque haya lucimientos personales, cada uno le da el tiempo al otro para brillar, y luego asumir su propio brillo. La concepción de la obra es de por sí brillante, y requería dos expertos en varias lides para llevarla a cabo, y encontró en Hernán Matorra y Santiago Otero Ramos (sí, los menciono otra vez porque son dignos de aplausos de pie) los intérpretes exclusivos. Sería muy difícil imaginarse a estos personajes en otro cuerpo y otras voces que las tan adecuadas de estos dos.
Como les dije antes, la cartelera porteña tiene obras de muy alto valor estético en este momento, y no hay que dejarlas pasar porque sería una verdadera lástima. Hay que aprovechar la variedad de opciones porque son muchas y de muy alta calidad varias de ellas. Por lo tanto recomiendo (ya no fervorosamente) sino rabiosamente que vayan al Metropólitan Sura un martes a las 20.30 (no sé por cuánto tiempo más estará en cartelera) y se saquen una entrada para ver a estos dos auténticos genios (hoy palabra muy vapuleada, pero que en este caso corresponde con creces) y desde acá todo mi apoyo para que la obra continúe por mucho tiempo más. Los necesitamos, muchachos.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

sábado, 16 de junio de 2018

Mi crítica de "Crisis en Seis Escenas" (Mini serie en seis capítulos- W. Allen)

Vi la tan mentada y malograda miniserie que Woody Allen escribió, dirigió y protagonizó para la cadena Amazon de Norteamérica, y a pesar de las pésimas críticas que obtuvo fue una grata sorpresa para mí. Digamos para empezar que voy a evaluarla como un film completo de dos horas veinte en vez de seis capítulos de 23 o 24 minutos, para hacer más completo su análisis. En primer lugar es un placer ver actuando de nuevo al viejo Woody, a sus 80 años de edad (la serie es del 2016) y acudir a su arsenal de frases ingeniosas y situaciones desopilantes nuevamente. Definitivamente, Woody es el mejor humorista de tiempos pasados y presentes que cuenta Estados Unidos, frente a la estupidez, escatología y mal gusto de los cómicastros de la Nueva Comedia Americana (NCA), Woody sigue siendo fino, intelectual y sagaz como sólo él sabe hacerlo. Vuelve a sacar de la manga los mejores "one-liners" desde mucho antes de caer en el drama de "Match Point" (2005) y sus sucedáneos. Y son agudezas brillantes, aunque no todas de la misma efectividad, pero la mayoría cumplen, y podemos rastrear el último destello de su sentido del humor en un film como "Un misterioso asesinato en Manhattan" (1993), película a la que esta serie le debe mucho, tanto en su estructura como en su temática y en sus humoradas, que tuvo un gran éxito en todo el mundo.
Aquí estamos en una Norteamérica convulsionada en la década del 60 (buena reconstrucción de época), con sus luchas interraciales y su tremenda situación de la guerra de Vietnam. Allí, el matrimonio formado por  Sidney Muntzinger (Woody) y Kay (Elaine May), un escritor de pésimas novelas sin ningún brillo ni éxito y una consejera matrimonial comparten su lujosa casa de las afueras de California. Hospedan a un joven, de nombre Allen (siempre las mismas autorreferencias) que está de novio con una preciosa chica, Ellie, que estudia abogacía a a quién sus padres han dejado en custodia del matrimonio. Parece ser un "freak" que encaja muy bien con la personalidad de Sidney (para qué describirlo, un personaje con todas las fobias, manías e hipocondría de Woody). Viven una clara vida de familia de clase media acomodada sin que los preocupe demasiado la guerra ni las protestas civiles. Pero una noche se presenta Lenny Dale (Miley Cyrus, brillante), una ex convicta que reclama por los derechos y tiene toda la mentalidad de una "radical" (allá los radicales son los comunistas) aunque sin serlo, para no estar atada a encasillamientos burgueses. Toma por asalto la mansión de Sidney y Kay y estos la reconocen como la chica buscada por el FBI, impartiendo enseguida la paranoia y el miedo en Sidney y la compasión en Kay (quien tuvo a la vez una historia con la familia de Lenny). Ella está muerta de hambre pues hace dos días se esconde de la policía y lo primero que hace es vaciarle la heladera a un Sidney más preocupado por su comida que por darle refugio a la prófuga. Kay le prepara un cuarto, ropa limpia y un baño de espuma, mientras ella acota con respecto a Sidney: "Y este quién es, el vigilante?" Sencillamente no puede creer que una mujer brillante como Kay esté casada con un viejo "próximo al Alzhaimer". Luego se peleará con él a todas horas no dejando de criticarle su posición burguesa y explotadora de la sociedad. Sidney lo único que quiere es que se vaya, por no quedar pegados ante la Ley, de tan nociva influencia. Ella constituye un múltiple peligro para la gente bienpensante, ya que no sólo es activista política sino que además es mujer, de clase media, linda y terrorista. Todo el combo completo para volver loco al recto Sidney.
Kay, además de ser consejera matrimonial y atender a parejas (casi todas judías) que están al borde del divorcio, tiene un club de lectura frecuentado por mujeres ancianas o casi, que se reúnen todos los jueves en su casa. Claro, ahora lo principal es ocultar a Lenny de las miradas ajenas. Ella pronto hace buena amistad con Allen (el joven) y éste, seducido por su belleza, va empezando a dejarse influir por su ideología. Pronto le estará recomendando libros de Mao y otros célebres comunistas para que amplíe sus horizontes. Los libros también serán recomendados para Kay y su club de lectoras. Pronto las viejitas se convertirán en unas terroristas en potencia, que no sólo saben discutir y citar a Mao sino que hasta aprenden a fabricar bombas caseras y aconsejar sobre el mejor modo de asesinar sin dejar rastro. Hasta acá el único problema que plantea Allen (el director) es decantarse mucho por las palabras y olvidarse que el cine es ante todo acción, y utiliza torpes movimientos para definir sus conductas, resultando un poco esquemático en lo cinemático o cinético. El guión, si bien con altibajos, sigue siendo brillante y estando a la altura de sus más sagaces réplicas. El enfrentamiento con Lenny es total y la intrusa que ha colgado un póster del "Che" Guevara en su pieza no decide irse nunca. Planea un viaje a Cuba, en donde podrá ofender a los Estados Unidos de la mano de Fidel Castro. Cada vez Allen (el joven aspirante a abogado) va acercándose más a ella y descuidando a su novia preciosa.
Pero la estática de las imágenes pronto se vuelven acción cuando Sandy y Kay deban entregar un maletín a un desconocido de parte de Lenny y tengan que huir de la policía subiendo escaleras, corriendo por terrazas y saltando entre techos. Por supuesto la entrega (que le correspondía hacer a Sidney) sale mal y el maletín con 10.000 $ cubanos acaba en manos de la policía. El tiempo se acaba para Lenny ya que está siendo cercada y deberá huir por un aeropuerto. El último episodio encontramos a un Woody Allen en su salsa, acumulando visitas a su casa, timbre tras timbre, cada cual más conflictiva que la anterior. No sólo le ha explotado una bomba a Allen (el joven) que lo ha dejado todo vendado y que insisten en decir que fue por un escape de gas, sino que llegan a visitarlo los padres de éste y él denuncia que todo fue culpa de armar una bomba casera y le reprocha a su padre millonario la forma de hacer dinero y su necesidad de huir a Cuba con su nueva chica. Encima llegan los padres de la novia, quienes se desayunan de la noticia con no poco asombro. Se le suman tres clientes de Kay uno de ellos posible suicida ya que su esposa está ofreciéndose por dinero en la autopista. A todo esto llegan las "chicas" del club de lectura hablando a grandes voces de Mao, Lenin y la revolución. Aparece Lenny en escena y se dividen entre quienes quieren denunciarla y otros, adorarla. Suena el timbre nuevamente y Woody se luce: "Voy a ver quién es, estoy esperando al coro mormón". Es Ellie, la novia de Allen (el joven), que dice estar embarazada. Nueva discusión entre los padres. Llegan dos afroamericanos que vienen a programar la huída de Lenny, y a estos se suman dos operarios de la compañía de gas por una presunta explosión. Como se pueden imaginar el desfile de personas en un reducido espacio hace recordar a la escena del camarote del tren de los Hnos. Marx en "Una noche en la ópera", contrasentidos, discusiones, adhesiones, reproches, venganzas, y toda la pimienta que Woody sabe poner a estas situaciones (no se veía una así desde su debut como guionista en 1965 en "¿Qué hay de nuevo, Pussycat?"). El delirio y el humor total. Eso sí, todo con elegancia, sin recurrir a groserías ni a chistes bajos.
Es por más de una razón que "Crisis en seis escenas" me parece un Woody Allen auténtico, digno de ser visto y dejar de lado tanta negatividad que vino desde el gran país del norte que desestimó el humor de este ejemplar sujeto. Claro, es que ahora ellos están acostumbrados a otras cosas...
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

viernes, 8 de junio de 2018

Mi crítica de "La Discreta Enamorada" (Teatro)


Teatrix tuvo la oportuna ocurrencia de estrenar esta verdadera joya del teatro hispano, de Lope de Vega para ser más precisos, en una brillante versión de Santiago Doria que arrasó con los premios ACE del año pasado incluyendo el de Oro. La comedia es del año 1604, y parece tan actual, pícara y atrevida que bien podría haber sido escrita ayer mismo. Se trata de una clásica comedia de enredos, lo que nos da la idea de que ya en esos años se explotaban este tipo de situaciones graciosas.
Lope de Vega (1562-1635) fue uno de los grandes representantes del siglo de oro español, junto a otros dramaturgos como Tirso de Molina y Calderón de la Barca, y hace un estilo de teatro que coincide con el barroco, justo en el momento en que el teatro comenzaba a ser un fenómeno de masas. Es autor de varios cientos de comedias, varias novelas y obras narrativas largas en prosa y en verso. La pieza que nos convoca es una obra hablada estrictamente en versos heptasílabos y tiene gran potencia reidera, si bien se debe de haber actualizado un poco para esta puesta. El elenco está compuesto por siete actores grandiosos: Irene Almus (Belisa), Ana Yovino (Fenisa), Mónica D'Agostino (Gerarda), Mariano Mazzei (Lucindo), Pablo Di Felice (Hernando), Francisco Pesqueira (Doristeo) y Gabriel Virtuoso (Bernardo). La música original, con dos canciones y un aire español que transita toda la obra, salió de la sólida pluma de Gaby Goldman, y el registro de la obra pertenece a marzo del 2018 en el Centro Cultural de la Cooperación.
Contar acá la obra sería inútil y bastante tedioso, ya que está llena de tramas y subtramas para construir los enredos. Digamos que es una pieza de amores equivocados y contrariados, de equívocos y de seducción por parte de mujeres y hombres. Las parejas se arman como se desarman, y así la pareja original, que era la de Lucindo y Gerarda se ve reemplazada por éste con Fenisa (la hermosa Ana Yovino). A la vez, Belisa, madre de Fenisa, está inquieta porque el padre de Lucindo, el Capitán Bernardo irá a proponer matrimonio. Ella, que es una dama respetable, que enseña a su hija a no levantar la vista del suelo y que en su juventud iba a ser monja, tiembla de ardor de cabeza a los pies ante la propuesta de matrimonio del hombre de edad. Pero pronto sabremos que el casamentero viene en busca de su hija, la cual se promete a él con el objetivo de poder casarse con su hijo. Lucindo vive con el corazón destrozado por el desengaño con Gerarda, pero no bien se siente amado por Fenisa, cambia su corazón de una mujer a otra. A la vez tiene un fiel criado en la presencia de Hernando, que será cómplice de sus correrías. La pareja se encuentra a escondidas en el balcón y Fenisa le sugiere a Lucindo que diga que se va a casar con su madre, ya que de otra manera el padre lo mandará a Portugal. La promesa queda hecha y los esponsales se fijan para dentro de muy poco. Es gracioso ver a esa mujer madura sentirse avispada por el amor del joven. A la vez Fenisa y Lucindo piensan escapar juntos para casarse lejos de allí. Pero Gerarda se siente devorada por los celos y piensa arruinarle la boda a su ex novio y llega a la casa de ésta a sembrar intrigas. Después de momentos de desazón para ambos amantes todo se resuelve bien y finalmente quedan conformadas las parejas de Fenisa y Lucindo, como la de Belisa y Bernardo y la de Gerarda con Doristeo, su nuevo amor. Todo termina en buenos términos (si fueran principios tendrían que ir al comienzo), con abrazos, besos y canciones.
Lo que nos hace reflexionar esta comedia son los débiles que pueden ser los lazos del amor cuando hay varias parejas en juego, y cómo la seducción de una mujer joven puede más que la más férrea decisión de amar a otra (bueno, en realidad el amor no se decide, sino que sucede). A pesar de ser una obra concentrada en la forma de lenguaje y expresión (en verso), hay mucho movimiento en la versión, y la única escenografía, dos bancos que ofician también de balcones se desplaza contínuamente creando la ilusión del devenir constante de la acción.
Llama poderosamente la atención que una obra tan antigua tenga plena vigencia hoy en día, demostrándonos que hace cuatrocientos años se reían de las mismas cosas con que nos reímos hoy: la vieja fórmula shakeasperana, en el teatro ya estaba todo inventado. Pueden cambiar los modismos o las convenciones, pero en lo más profundo, el hombre se ha reído siempre con los mismos sucesos. Esta bien podría ser un vaudeville moderno, una comedia de puertas, como da en llamarse hoy a las comedias de enredos, que bien lograría su cometido igualmente. Las mujeres parecen haber sido por siempre quienes tomaran el mando de las situaciones amorosas, provocando, dando celos y otorgando o negando sus "sí", y los hombres, unos esclavos del sexo y del amor sin remedio. Así como los mandatos paternos y maternos se obedecían, también se saltaba por encima de ellos siendo los jóvenes los que decidían el futuro de los más viejos. Acá, todos contentos con el cambio de parejas, que hace que las personas maduras se merezcan entre ellos y los jóvenes a su vez. También aparecen acá los duelos a capa y espada por el honor mancillado (el personaje de Doristeo cree que Lucindo está saliendo con su hermana y a la vez con Fenisa y decide vengarla) y los trabajos silenciosos de crear celos e intrigas entre aquellos que se quieren bien.
La obra está tan vigente que se la sigue representando en el mundo de habla hispana hasta nuestros días y se han hecho versiones para la televisión española. Es notable el buen ojo que tuvo el director Santiago Doria en tomar esta comedia para plasmarla en escena y ganando así cuanto premio había por ahí. El tratamiento de los personajes ha sido parejo. Se nota la frescura y la belleza, así como el temperamento de esa Fenisa que le confiere Ana Yovino, la locura pasional y el arrepentimiento de Gerarda dado por D'Agostino y la ambivalencia amorosa de la madre por esa otra gran actriz que es Irene Almus. Entre los hombres el rendimiento también alcanza cotas satisfactorias. El lucimiento de Lucindo, con falso bigote y notable resolución y enamoramiento que le otorga Mariano Mazzei, como el gran partenaire cómico que resulta del Hernando de Di Felice, o la gallardía que le impone al personaje de Doristeo el buen comediante que es Pesqueira. Y por último hablamos de la solvencia cómica y donjuanesca que maneja Virtuoso en el papel de Bernardo, que no cae en el consabido "viejo verde casado con chica joven". Todos trabajan en equipo, sabiendo que deben sostenerse los unos a los otros y que ningún papel está por encima del de los demás. Esto se ve y se agradece. Recomiendo profundamente ver esta obra y no se olviden que quienes me leen en el blog pueden visualizar la pieza completa haciendo click en el "Ver obra".
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).



jueves, 7 de junio de 2018

Mi crítica de "Sunset Blvd." (Teatro Musical)

Por fin se estrenó en Buenos Aires la tan demorada puesta de la obra de Andrew Lloyd Webber basada en la película de Billy Wilder de 1950 (acá se llamó "El ocaso de una vida"), protagonizada por Gloria Swanson en el rol de Norma Desmond, William Holden en el de Joe Gillis y el prestigioso director Erich von Stroheim en el de Max, el mayordomo. En Broadway la estelarizó por un montón de años la extraordinaria Glenn Close, haciendo una caracterización de Gloria Swanson que quitaba el habla, y con una voz envidiable (que tienen los actores norteamericanos, que saben actuar, cantar y bailar, todo con el mismo rigor). Acá la protagoniza nuestra querida y experta en musicales Valeria Lynch, con otro gran soporte como es el extraordinario Mariano Chiesa (se come el papel de Joe, aunque no es ninguna revelación, pues ya se había destacado en "Casi normales" y en "Los Monstruos") y el papel de Max von Mayerling lo encarna otro peso pesado, el histórico de los musicales Rodolfo Valss (rapado al acero y sin su característico bigote). El papel de Betty Schaeffer, otro puntal en la historia lo protagoniza Carla del Huerto.
Pero ¿el musical es una revisión de la película ideada por Wilder? No, de ninguna manera. Es una creación hecha y derecha que tiene el toque del inconfundible Lloyd Webber (entre cuyas obras musicales se encuentran las hiperfamosas e hiperrepresentadas "Jesucristo Superstar", "Cats", "Evita", "El Fantasma de la Ópera" y "El amor nunca muere", secuela de la anterior), de dificultosa, minuciosa y compleja partitura, que sin embargo depara un disfrute tras otro en el oyente. Cada "canción" de las interpretadas a lo largo de la obra crea un hit que puede ser tarareado por el espectador mientras se va del teatro. Así de pegadiza es la música que, al decir de Wagner de sus propias obras, forma "ríos de música", caudales, torbellinos, remolinos, un sonido que parece no extinguirse nunca, que acompañará la vida de esa desdichada Norma Desmond hasta la eternidad. Porque esto es lo que ha hecho Sir Andrew Lloyd Webber: una obra para la eternidad, que puede competir con las más inolvidables óperas.
Todo conspira para que la obra sea un éxito: el magnífico diseño de escenografía es de Jorge Ferrari, el de vestuario (que reproduce la puesta de Broadway) es de Renata Schussheim y la coreografía, de Elizabeth de Chapeaurouge. La dirección musical es de otro grande, Gerardo Gardelín. Y me dejo para el final la frutilla del postre, la dirección, de Claudio Tolcachir, un director no especializado en puestas musicales, pero que acá supo sacar lustre a su nombre, conduciendo con mano firme y segura a un puñado de actores, cantantes y bailarines que dieron lo mejor de sí. Un espectáculo que engalana la cartelera porteña y que ningún amante de los musicales debe perderse. Acá Valeria Lynch no apuesta por la imitación de la Swanson, sino por un producto marca Valeria: le da al público lo que espera de ella, aunque construye un personaje, que tiene aristas difíciles y riesgosas de caer en la "machietta" a cada paso, sabe cruzar el río con soltura. Para todos los detractores que la escucharon en la publicidad y dijeron que eran unos chirridos espantosos (su voz), que la esforzaba más allá de lo soportable, les tengo que decir que se guarden sus comentarios allí donde les quepan, Valeria está asombrosa, es como Gardel, cada día canta mejor, no hay gritos en su tesitura y todo es armonioso y acorde con el personaje que le toca transitar, tiene una voz espléndida y sabe usarla, al igual que todos sus compañeros de elenco. Hasta Rodolfo Valss trabaja un tono de bajo impensado en su carrera y en su coloratura, que conviene remarcarlo. Chiesa deslumbra, por cierto, en un papel hecho a su medida, al que agrega toques de humor, y Carla del Huerto resulta encantadora e hipnótica en esa Betty que logra enamorarnos.
La historia central se basa en una vieja celebridad de Hollywood (estrella de la Paramount para más datos) que ha sido descartada cuando el cine mudo dio paso al sonoro (un ejemplo de esto en tono de comedia es "Cantando bajo la lluvia") y ha sido olvidada por los miles de fans que morían por verla a la salida de los grandes estudios. Conoce casi por azar a un escritor joven, Gillis, a quien le encarga reescribir el guión que ella ha pergeñado para su vuelta al set, este acepta a regañadientes un trabajo imposible,  agitado por la falta de trabajo en la industria de sueños y ella, en un afán por vencer el paso del tiempo, termina enamorándose de él. Este se ve llevado a no defraudarla, ya que Norma es depresiva y ha tenido varios intentos de suicidio, y se mete a la cama con ella, pero a la vez se enamora de Betty, novia de su amigo Artie y co-guionista de un cuento de aquél. Cuando el guión de Norma es rechazado por el prestigioso director Cecil B. De Mille, Max, fiel consejero y encargado de escribir las cartas de miles de fanáticos que llegan a ella todavía, le oculta el fracaso. Luego nos enteramos que Norma ha sido una belleza a sus 16 años, cuando empezó a filmar, y que Max ha sido su primer esposo. Cuando Betty descubre que Joe es un gigoló, lo deja, y éste se marcha de la casa de Norma, en donde vivía. Pero Norma no permitirá ser abandonada, le descerraja tres tiros y lo deja flotando en la piscina (que es donde empieza la película y el musical) y ella entra en un estado de locura del que no volverá a salir.
El tema del paso del tiempo, de la decadencia, la no aceptación de la vejez y el ansia por reverdecer es el eje de la obra. Pero también los sueños de todos los que piden sus deseos en la noche de año nuevo: dejar de ser actores de reparto y brillar algún día. El ascenso y la caída parecen marcar el film y el musical. Norma/Valeria se mueve con los gestos de las películas mudas, una gesticulación que vuelve ridículo y patético a la vez al personaje, sostenido desde el imposible de lo irreal. Tratamientos de belleza, la llegada a los estudios en un Rolls-Royce (sí, aparece el auto en escena, en el pequeño escenario del Maipo, que parece agrandarse por la sabia mano de su director), y la conquista de un galán joven, serán los remedios con que enfrenta la Desmond a su presunta desaparición. Ya ha desaparecido, porque la han borrado de las pantallas, y el cine era su vida, así que es una muerta en vida, una especie de zombie. El entierro de su compañero, un chimpancé, al comienzo de la obra, da cuenta del grado de alienación que porta Norma al tener por referente al animal más similar al humano, pero un animal al fin y al cabo.
Hablar de éxitos musicales en este exponente del género sería redundante, pero "Rendirse", "Sin hablar" y "Como si nunca hubiese dicho adiós", en la voz de Valeria se convierten en oro en polvo, así como el lucimiento de Chiesa en el tema central "Sunset Boulevard", o "No me va a importar", junto a Carla del Huerto, constituyen nuevos hitos. "Los deseos de año nuevo" trae el clima festivo a la obra, cantado por todo el grupo de amigos fracasados de Joe. En suma, que ver "Sunset Blvd." constituye una experiencia revitalizadora y un regalo para el corazón. Aunque la entrada es cara, ya lo sé, se puede sacar con un gran descuento en Tickets. Y apúrense porque quedan 8 semanas en cartel para este portento. Después no me digan que no les avisé. 
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

jueves, 31 de mayo de 2018

Mi crítica de "Mamá Decía" (Teatro)


Este mes tuvimos tres estrenos de Teatrix, sumado a los de "Todas las canciones de amor" y "Casados sin hijos (Somos childfree)", llega ahora una buena comedia de Alicia Muñoz: "Mamá decía". Esta autora debe tener algún vínculo cercano con la muerte, ya que de las dos obras que vi suyas ambas hablan del tema. Es la autora de "Justo en lo mejor de mi vida", que protagonizara Luis Brandoni y luego Miguel Ángel Rodríguez, bajo la dirección del primero, obra que habla de la muerte del padre de familia (que está presente en la obra, después de muerto, viendo todo) y como reaccionan sus seres queridos. En la que nos convoca hoy habla de la relación de dos hermanos ante la muerte de sus progenitores, con seis meses de diferencia. Lo bueno de esta prolífica autora es que lo realiza todo bajo la sabia lente del humor, haciendo llevaderos y menos trágicos los temas.
"Mamá decía" está interpretada por Diego Pérez (Mauri) y Marcelo Mazzarello (Chiqui) bajo la hábil dirección de Gullermo Ghío. Un defecto que tiene la pieza y que conviene remarcar es la poca decodificación de lo que se habla, ya que ambos intérpretes tienen un problema de dicción que hace difícil de comprender el texto. Salvado este inconveniente, y el hecho de que se trata de una comedia ligera (fue presentada en Mar del Plata como comedia "veraniega", aunque con un poco de mayor vuelo que los esperpentos preparados para el verano). Mauri y Chiqui vienen del velorio de la madre de ambos, la cual estuvo con su hijo Chiqui hasta la muerte porque el otro decidió irse con su padre siendo muy joven y abandonar juntos el hogar. Es por eso que ambos se criaron con la falta de un progenitor y del hermano, que, reconocen, tanto les hizo falta. La madre tenía un muy mal concepto de su marido, pero éste era emprendedor, soñador, no se conformaba con la vida rural a que estaban confinados y quiso irse a la ciudad a fundar empresas. Fundó y fundió catorce empresas, se ve que muy buen olfato para los negocios no tenía... Lo cierto es que Chiqui se quedó con su madre y se aquerenció con el campo, trayendo todas las costumbres provincianas (su vestimenta habla de ello) muy en contraste con la vida urbana de Mauri, quien se dedicó a manejar las empresas del padre. Las diferencias entre ambos no pueden ser mayores. Chiqui no comprende cómo puede ser que Mauri no se haya casado, que tenga una novia (Florencia) y una ex pareja (Antonella) con quienes se comunica a todas horas, y entre las cuales, Chiqui le arma un bodrio terrible, porque no saben nada la una de la otra, y en un momento en que Mauri se está bañando, Chiqui atiende el teléfono celular y el de línea a la vez y las pone casi al habla.
Mientras tanto, Chiqui ha reparado en la vendedora de helados que está bajo el departamento de su hermano y piensa que es el amor de su vida, y va a declarársele... Ella lo acepta y pasan el mes que los hermanos viven juntos, de pleno romance (sin tocar la cuestión sexual, por supuesto, "para eso está el matrimonio", sentencia el campesino). El título de la obra procede de las constantes referencias que hace Chiqui a los dichos y entredichos de su madre, a la cual consideraba casi como una sabia. "No hay que llorarla, para que no se le mojen las alitas", "ahora vive en la casita del cielo", dice con total seriedad el hermano "inculto" (que resulta tener más sentido común que el urbano). Chiqui es un compendio de sinceridad, inocencia y simpleza frente a la vida alocada que presenta su hermano.
Para colmo de males, un día llega Mauri buscando una carpeta de la D.G.I. porque le han allanado la fábrica. Su hermano le dirá que ahora se trata de la AFIP, y se dan cuenta que el padre, que era quien llevaba todo el control de la fábrica (de cepillos, para ser más exactos), lo ha dejado en banda y que ahora no tiene cómo hacer frente a las demandas del Estado. Lo que era previsible ocurre, los obreros toman la fábrica, la AFIP le pone la faja de clausura, y hasta le prenden fuego. Mauri cae en una desesperación y una depresión tal por haberlo perdido todo que se pasa 15 días durmiendo, sin salir de su departamento ni bañarse. Será Chiqui quien le infunda ánimos para seguir adelante, en parte con los dichos de su madre, en parte con reflexiones de cosecha propia. Por suerte, antes de que todo estalle, llega el seguro que su padre le había dejado en vida y ahora tiene plata para regalar. Los conflictos con sus dos mujeres no se han solucionado, y Florencia decide abandonarlo yéndose al Caribe con su contador. Una nueva bomba para Mauri.
Chiqui le hace recordar que cuando estuvo realmente enamorado fue de Teresita Camaño, una chica del pueblo que dejó sin despedirse y quien tuvo un hijo de soltera y nunca se casó. Luego nos enteraremos lo que "mamá decía": que ese hijo era de Mauri, y por el cual el volverá al pueblo buscando su amor verdadero. Los espíritus de los padres se hacen presentes, igual que en la otra obra, cobrando vida sobre las cosas materiales (pueden cortar la luz, voltear las fotografías de ambos, tirar un cuadro, encender y apagar un velador) y por fin dan su aprobación a las actitudes de ambos.
La comedia fue llevada con no poco ingenio y resulta cómica en más de una situación (lástima que no se les pueda entender del todo lo que dicen). Las actuaciones son buenas (es lo que se puede esperar de una comedia costumbrista veraniega), siendo bastante buena la performance de Mazzarello como ese hermano de hablar campero y con buenas intenciones que no siempre son tomadas como tales y la siempre eficaz solvencia de Pérez para encarar personajes cómicos y tiernos a la vez, acá complejizado con la neurosis que impone la vida en la ciudad, algo que no logra entender el otro, más acostumbrado al sonido de los grillos. Decir que se sacan chispas entre ambos no sería exagerado ya que consiguieron un muy buen ensamble y logran transmitir complicidad, carcajadas y ternura a ese público ansioso por reírse (un día tendríamos que hacer un estudio sociológico sobre qué es lo que busca el público "vacacionante" en un teatro -no olvidar que Alfredo Alcón tuvo que bajar de cartel su "Los caminos de Federico" una temporada en Mar del Plata-).
No estaremos frente a una gran obra argentina, pero merece ser vista para reírse un rato y poder apreciar el oficio de dos comediantes, que, sin golpes bajos (esto hay que señalarlo), logran llegar al público y divertir sanamente. Que no es poco.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

lunes, 28 de mayo de 2018

Mi crítica de "Conferencia sobre la Lluvia" (Teatro)

Una vez más fuimos invitados gentilmente mi amiga teatrera Amalia y yo, por mi amigo Fabián Vena para verlo en escena. Siempre supone una tremenda responsabilidad tener que hacer una crítica de sus espectáculos, no sólo porque se trata de un ser querido sino por tratar de estar a su nivel de calidad. Fabián tiene una virtud (entre muchas) y es la habilidad con que escoge sus obras, tiene una vara tan alta que uno puede ir a ver una obra en la que esté él que sabe que nunca lo va a defraudar. Tiene muy buen gusto y olfato a la hora de elegir.
Debo confesarles un secretito. Fabián hizo sus primeras labores sobre un escenario oficiando de sonidista y apuntador mío en mis unipersonales, a los 16 años. Y se ve que la idea estuvo muchos años rondándole y por fin cristalizó: se animó a hacer un unipersonal él mismo y bajo su propia dirección (en conjunto con José Luis Arias). Y empezó con todo. Con un texto de el escritor mexicano Juan Villoro a quien debo confesar que nunca leí, con esa magistral "Conferencia sobre la Lluvia". El personaje es un bibliotecario sin nombre, que está buscando sus extraviados apuntes para dar una conferencia sobre la lluvia. Pero es sólo una excusa para hablar del tema que más nos interesa: los libros y la lectura, y la pasión por ellos. Yo, como lector voraz y amante perpetuo de los libros (en este momento me encuentro disfrutando de la "Metafísica" de Aristóteles) me pliego enteramente a cada uno de sus parlamentos y de la emoción que supone tener un libro en la mano, acariciarlo, olerlo, recorrer sus páginas a vuelo de pájaro, detenerse en algún parágrafo... Él mismo admite que desde que sus tíos le regalaron a los 10 años "Los hijos del Capitán Grant", de Jules Verne, se estableció un rápido enamoramiento de los libros.
Y es que la lectura se encara como otra forma de unipersonal. Es el desafío de abismarse en un mundo extraño completamente solo, enfrentándose a uno mismo y a sus voces interiores (y recuerdos, y sensaciones, y gustos y placeres), en todo caso en franca comunión con el autor del libro, ese ser misterioso que dejó su impronta tal vez hace siglos para que ojos ávidos de saber lo reconstruyan. Es imposible no recordar la gran biblioteca ideada por Umberto Eco para "El Nombre de la Rosa", otro libro de homenaje a los libros, escrito por un gran amante de la literatura. Y más actualmente tenemos en España a Carlos Ruíz Zafón con su tetralogía de "el cementerio de los libros olvidados", serie de novelas que empezó con "La sombra del viento" y que relata la existencia de una gran biblioteca a la que se accede casi como a una logia masónica (la única condición es la pasión por la lectura) y en la que yacen libros abandonados u olvidados por siglos y de los que el aficionado puede llevarse uno para leerlo siempre que lo restituya. Dos magníficos ejemplos de como la literatura influye en el ser humano, único de entre los animales que posee el don de la lectoescritura.
Pero volvamos al unipersonal. Los papeles sobre la conferencia no aparecen, y lo que hace el otro yo de Villoro en escena es improvisar una charla versada en la lluvia, en la que se cuelan versos y textos de autores famosos como ese "Me moriré en París con aguacero, un día del cual ya tengo el recuerdo", de César Vallejo, o aquel otro "ni siquiera la lluvia tiene manos tan finas", de E. E. Cummings. Pues eso es la conferencia, una excusa para hablar de libros. Y de amores. ¿Por qué los grandes amores van siempre unidos a las grandes lecturas, podría preguntarse un no-bibliotecario como yo? Porque hubieron dos grandes amores en su vida unidos también a la lectura. Soledad y Laura, la antítesis de mujer. Soledad, la primera, hija de un cacique indígena y que tenía verdadera aversión por los libros. Su labor consistía en pasarle el plumero. Y odiarlos. Púdica como pocas, no tenía el menor prurito de gritar subida a una silla cuando un ratón (de biblioteca) se presentaba, lo que ocasionó el desbarajuste entre ellos dos, ya que él optó por defender a un libro antes que a ella.
Y Laura... la infinita Laura, con quien realmente se sintió pleno y que lo llevó a conocer todo un largo camino de experiencias físicas que desconocía. Pero eso era lo único que podía compartir con Laura, los placeres físicos. Aquella de "¿te gusta este hotel o no es lo suficientemente sórdido?" Profesora de Letras en la Universidad, se enamoró de él con sus ojos miopes de tanto leer pero a condición de vivir la felicidad que les deparaba el momento, sin querer conocer nada de la vida del otro ni dar a saber de la suya propia, nada de dobleces o bajezas.
Hay un sujeto a quien envidia el bibliotecario su amplia pelada, su "grande abdomen vacuo", como dijera Palés Matos y su pasión por la lectura, quien conoce del enredo entre aquél y Laura. Cuando el bibliotecario le pide algunos libros que le había prestado, falta uno en la entrega: la versión original de la traducción de "Las mil y una Noches", realizada por el Coronel Richard Burton, aquel que escribía en diez escritorios diferentes diez libros distintos a la vez. Se plantea la intriga de por qué no le devuelve el libro, hasta que la sorprende a Laura, en una visión furtiva, leyéndolo. Como él quería la felicidad completa con Laura, aquella de poder compartir cuerpo y alma, y esto no es posible para ella, todo se va al demonio. Sólo le llega al tiempo un regalo de ella: una cesta con un gatito llamado Bruno, quien se convertirá en inseparable compañero del lector avezado.
El viaje por entre anécdotas, libros y citas literarias se convierte en uno de esos decursos que uno hace con verdadero placer. Es un gozo ver a Fabián en escena, mal trazado, casi desprolijo, cargando pilas y pilas de libros, subrayando un párrafo en alguno de ellos y sacar otros tantos de los anaqueles para citar algún autor. El trabajo de Vena, con un acento difícil de identificar, se convierte en una minucia de detalles, inflexiones de voz, el tono justo para dar cabida a las bromas y la impostación precisa para emocionar. Su dirección ha sido la exacta para darle alma a ese bibliotecario distraído y cabrón que odia, por sobre todas las cosas a los hombres que usan chancletas, y sobre todo, con medias... También es reacio a escribir, no quiere caer en la autoindulgencia de ver su nombre tatuado en la tapa de un libro.
La escenografía la constituyen un escritorio atestado de libros, una silla y un atril sostenido por... libros. Y el fondo de escena lo adorna una proyección de una infinita biblioteca, que puede convertirse, según los avatares del texto en unas goteras que caen sobre el piso o ráfagas de lluvia que vuelan por los aires con gracia.
Debo admitirlo, una de las cosas que me hubiese gustado ser en mi vida es -como la pasión de Borges- ser bibliotecario, y tengo mis archivos de libros, películas o músicas diagramadas con la precisión de tal. Y en cuanto a mi relación con los libros, tengo un lema: "a mí pídanme el culo pero no un libro de mi biblioteca..." Espero haber estado a la altura de semejante obra, por demás exquisita.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).