sábado, 14 de abril de 2018

Mi crítica de "Las Formas del Agua" (Cine)

Acabo de ver la ganadora del Oscar a la Mejor Película 2017, la obra del también oscarizado Guillermo del Toro "Las Formas del Agua" y me caben mis dudas si esta era la mejor película del año pasado o simplemente una muy buena (excelente) historia de este hacedor de monstruos. Pero preguntémonos: ¿es "Las Formas del Agua" una fábula moderna de príncipes y princesas? Sí, lo es. ¿Es una de amor? También lo es. ¿Es una de espionaje norteamericanos vs. rusos? Y sí... ¿Es una de monstruos? También. ¿Es una película de suspenso? Sí, claramente. ¿Es un musical? Y, sí... ¿Es un film fantástico? Por supuesto. Por una vez la mezcla de todo ese pastiche resultó una muy buena película y podemos decir que tiene todos los ingredientes para entretener al público.
Por un lado tenemos una mujer muda (que no sorda), Elisa Espósito, que es empleada de limpieza en una gran corporación (la excelente Sally Hawkins) que parece no haber tenido nunca un novio y que nos recuerda en las primeras escenas a "Amelie", sobre todo por su inocencia, su boina al estilo francés y por la música francesa del extraordinario Alexander Desplat. Pero de Amelie sólo continuará un aura enamoradiza y romántica a lo largo de toda la película, no hay más parentesco que ese. Que comparte su mudez y su vida de soledad con otro solitario, su vecino, mucho mayor que ella y dibujante fracasado Giles (el siempre eficaz Richard Jenkins), pelado y barbado, que usa un peluquín para presentarse en sociedad. Ambos son adictos a las películas musicales del viejo Hollywood y a los pasos de danza, pero este es un dato menor. La asistente de limpieza tiene una compañera de color... negro, en la empresa, Zelda (Octavia Spencer) que le hace pata en todo, además de traducirla.
El agua está presente en toda la película. Desde el comienzo con la habitación de Elisa completamente bajo el agua, con sus muebles flotando, hasta la bañera que Elisa llena hasta el borde y en donde se masturba todos los días con fruición, pasando por la que vierte en la cacerola para hervir los consabidos tres huevos para su almuerzo. Un día, en esa extraña corporación, llega un tanque repleto de agua y con algo extraño adentro, que irá a parar a un laboratorio cerrado. Pero como mujeres de limpieza que son, ahí estarán cuando la horrible criatura le arranque dos dedos al Gral. Richard Strickland (Michael Shannon), el malo de la película, que como todo film que se precie, debe tener un maldito. Sí, ahí están para limpiar el reguero de sangre que ha dejado tras de sí Strickland y observar al extraño habitante de ese tonel de agua verdosa: un ser repugnante, mitad hombre mitad monstruo, con cara de pescado, recubierto con escamas y de piel viscosa, que permanece encadenado a esa extraña bañera. Claro, el General ha dejado tirado el bastón con el cual castiga a la criatura con descargas eléctricas en su cuerpo. Los dedos son juntados por Elisa y reconstituidos al cuerpo de Strickland. Elisa empieza a frecuentar a la criatura muda y a hacer buen rapport con ella, primero ofreciéndole un huevo cocido y más tarde poniéndole música de Glenn Miller. No olvidemos que todo esto transcurre durante la imprecisa década de los 60, con buena recreación de época y en plena Guerra Fría y carrera espacial por ver si soviéticos o americanos son los primeros en pisar la luna.
Elisa comienza a hacerse presente en la vida de su monstruo y a mirarlo con amor, sintiéndose parte de él. Ella, a su manera es también una criatura especial dado su mudez y su soledad y por eso la empatía con el bicho es casi inmediata. Los dos están solos y desamparados en medio de un gentío de presencias. Se tienen el uno al otro, y lo descubren enseguida, el espécimen, que resulta tan agresivo con los demás es cariñoso con Elisa y hasta se deja acariciar, y acaricia él también. Pero Strickland tiene un jefe por encima de él que pide que maten al monstruo. Parecidas órdenes recibe Dimitri, un espía soviético que trabaja en la empresa y que se hace pasar por un investigador americano, de sus compatriotas que no quieren que sus adversarios desentrañen el enigma del monstruo. Pero Dimitri se niega a eliminarlo, porque él es, ante todo un investigador, y está estupefacto por el descubrimiento que los americanos hicieron en el Amazonas y a quien los indios veneraban como un dios: esa enigmática criatura venida de lo más insondable de las aguas sudamericanas.
Es por eso que cuando se desate la batalla para matar al enigma, Elisa se decida a secuestrarlo con la ayuda de su amigo Giles y a alojarlo en su bañera. Todo será parte de una operación comando, ahí es donde entra en juego el suspenso de la trama: el apuro de los jerarcas por matarlo, el secuestro organizado que programa Elisa, la camioneta de un Giles que se hace pasar por operario de lavandería y la complicidad del bueno de Dimitri, no resignado a que se extinga esa vida. Vamos a ser indiscretos. La operación tiene éxito y Elisa lo asila en su bañadera, en donde se le entrega desnuda en cuerpo y alma a su extraño inquilino y copulan fuera de la mirada inquisitiva del espectador (tal vez en algún fundido a negro, como sucedía en "La Rosa Púrpura de El Cairo").
Pero el propio Strickland es amenazado por su superior: su vida está en peligro si no aparece la criatura. Empieza a buscarlo denodadamente y desemboca en Dimitri, a quien sus camaradas le han descerrajado tres tiros. Lo tortura hasta que este dice que fueron las mujeres de la limpieza.
Entretanto Elisa vive su propia historia de amor con el monstruo: se encierran en el baño, clausuran todas las posibles filtraciones de agua y deciden llenarlo del líquido elemento para amarse libres y desnudos en su hábitat. Las goteras que caen en el cine de abajo de la casa le demandan a Giles que vaya a inspeccionar, y este abre la puerta del baño causando la pérdida de toda el agua y el descubrimiento "in fraganti" de los dos amantes. Por fin Elisa ha encontrado la horma de su zapato. Alguien que la ame  la comprenda por lo que es. Simplemente eso. Por eso se siente dichosa en el trabajo, a donde va con una sonrisa de oreja a oreja y por una vez en el film cambia su rostro de eterna melancolía. Desde el fondo de las aguas, cubierto de algas y con mancas en su cuerpo, con branquias en lugar de pulmones y con escamas a la vez de la piel, ha encontrado a su amor. Pero debe devolverlo a su elemento, y programa la lluvia que sucederá a los pocos días para echarlo en el muelle.
Todo se precipita. La criatura escapa, hiere a Giles y mata a su gato, se refugia en el cine. La herida le hace crecer el pelo al asombrado vecino de Elisa y ésta recupera a su amado. Se preparan para llevarlo a la zona de dársenas para llevarlo nuevamente al agua, pero detrás de ellos va Strickland... Y no voy a contar más porque se acerca el final de la película. ¿Podemos decir que esta es una película con final feliz? En cierta forma sí, porque el amor de ellos se convierte en eterno, pero no avancemos más. Es una película con una alta estilización y un romanticismo que impregna cada una de las imágenes. Y cuando decimos que es una fábula moderna, lo es, porque está contado a la manera de las viejas tradiciones orales o narrativas de la literatura, sin ese aire a moralina, por suerte, pero con toda el aura de cuento fantástico. Si no la vieron, conviene verla porque es un cine que hace bien al alma y a los sentidos, que nos ayuda a concientizar al diferente, al marginal, y aceptarlo con todo el amor que seamos capaces de darle. Es "E.T." en versión adulta.
Y gracias por leerme nuevamente hasta acá.
El Conde de Teberito (un crítico independiente).

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